8. Si sientes claustrofobia, sal de la caja

Ese lunes llegué más temprano de lo acostumbrado a la escuela, aunque recién me di cuenta cuando comprobé que era la primera en la sala de maestros. Dejando mi maletín sobre el escritorio con un suspiro más pesado de lo deseado salí de nuevo al pasillo. Era momento de merodear por los laberínticos pasajes de la primaria Tomoeda.

Eran pocos los alumnos que iban entrando ya a sus salones; en su mayoría niños con padres ocupados y trabajadores que los llevaban a la escuela en su camino al trabajo, aunque como consecuencia los pequeños debían esperar hasta media hora antes de que el resto de sus compañeros se les uniera en el salón de clases.

Hubiera querido agradecer el silencio tan raramente encontrado en esos pasillos, pero en esos momentos me sentía  mucho más deseosa de sofocarme en medio de un estruendo de gritos de todas las tonalidades, tropezarme con algún chiquillo apresurado o cualquier otro bullicio infantil… en fin, todo, cualquier cosa que me arrancara el pensamiento que me había quitado el sueño esa madrugada. Pero el edificio seguía semidesierto y el eco de mis pasos me sonaba como el tic-tac del reloj. Las paredes parecían vibrar a cada metro que iba avanzando y de una ventana abierta se colaba el susurro del viento, tarareando sin saberlo el nombre de Eriol.

No podía entender aún qué era lo que había pasado entre nosotros, todo tan de repente. El sábado comprometidos, el domingo peleando como gatos, próximos a sacarnos los ojos, aunque ambos tan dignos y soberbios que ninguno de los dos sería el primero en saltar al cuello del otro.

Salí al patio a respirar un poco de aire fresco, calibrando en cada respiración la tensión del día anterior, reviviendo su gesto irritado y sus manos apretadas a sus costados mientras intentaba “razonar” (en sus propias palabras) conmigo. Después de esperar el “momento adecuado” para discutir con él sobre mi decisión durante la comida (pensándolo bien, quizá no era ése el momento adecuado, aunque quizá ninguno lo sería). Cuando hube terminado mi desairado monólogo su expresión no había cambiado tanto, aunque parecía más cansada.

—¿Esperar hasta el fin del ciclo escolar? —me había dicho, y conociéndolo seguramente se sujetaba de las uñas para no terminar la frase con un “¿te has vuelto loca?”, y mi retórica sobre el valor de mi trabajo, lo hermoso de ver diariamente a mis alumnos y mis deseos de verlos terminar el año entre aplausos y abrazos fue muriendo poco a poco en mis labios mientras sus ojos me contemplaban como si estuviera encerrada entre cuatro paredes blancas—. ¿Y qué pasará después, Tomoyo? Comenzarán otros ciclos y vendrán más niños, una y otra vez. Te encariñarás con ellos también. Y si tanto te interesa tener tus propios hijos ¿podrás renunciar a tu trabajo para cuidarlos a ellos cuando llegue el momento?

Lo admito, su pregunta me hizo tambalear. Eriol es un hombre muy tranquilo… tranquilo y astuto. Nunca ha elevado la voz en ninguna discusión, pero siempre ha sabido cómo escabullir sus dagas en los lugares más adecuados. Tragando saliva escupí una respuesta de la que me arrepentí aún antes de terminar la última palabra:

—No tengo por qué hacerlo. Mamá nunca descuidó su trabajo por mí y…

La discusión terminó en un rotundo fracaso desde ese instante. ¿No hubiera podido mejor mencionar a las millones de madres trabajadoras de Japón? De todas ellas, tenía que usar como ejemplo a la única con quien mantenía una relación un tanto catastrófica. La mirada de Eriol me lo decía todo: parecía una mosca ahogándome en el agua y agitando las alas desesperadamente… inútilmente.

Caminando por el patio junto a la pared del edificio me abstraje un momento observando los botones de unas rosas que habían colocado los de primer año en una colorida maceta sobre el alféizar de la ventana de su aula. Sonreí al recordar las margaritas que uno de mis alumnos había llevado la semana pasada para adornar mi escritorio.

“Piénsalo Tomoyo: No puedes tener tu trabajo en Tomoeda y una familia feliz en Tokio al mismo tiempo. A veces debes sacrificar algo a cambio.”

Se me borró la sonrisa al recordar la última frase de Eriol antes de que la discusión se extinguiera en una despedida de mi parte para marcharme a la estación del tren. No nos gustan los melodramas, por lo que ambos nos prometimos meditar al respecto y hablar con más calma la próxima vez.

Claro que siempre es muy fácil decirlo y pasear por la calle con cara de autosuficiencia pensando lo maduros que somos como pareja, pero hacerlo es otro tema. Esta vez sabía que no sería tan sencillo como en otras ocasiones. ¿Debería renunciar a Tomoeda, a mis alumnos y a la tranquilidad que había conseguido por primera vez en mi vida lejos de los cuarteles Daidouji y tener una vida “felices por siempre” al lado de Eriol?

Sentí la garganta seca al pasar saliva. Nunca creí que enfrentar semejante decisión me acarrearía tantas dificultades. Aunque aún tenía 5 días para pensarlo una y otra vez…

—Señorita Daidouji —afortunadamente una vocecilla llegó desde un costado para traerme de vuelta a la realidad. Sonreí al constatar que se trataba de la pequeña Ayami. Me acerqué a ella y la saludé. Al no ser una de mis alumnas, no sabía que solía llegar tan temprano, pero instantáneamente me explicó que se encontraba ahí esperando a su adorado Ryusei para saludarlo antes de irse cada uno a sus respectivas clases.

En verdad es imposible no conmoverse ante tanta ternura, y es que escuchar a una pequeña de  siete años decir que se coloca en ese puesto cada mañana para esperar la llegada de su amigo tan sólo para poder desearle buenos días podría parecer incluso algún cliché de película romántica. Su sonrisa infantil y fascinada, su persistencia y su paciencia me resultaron tan cautivadoras que todo pensamiento negativo hasta ese momento se esfumó de la cabeza. ¿Qué sucedería si el amor fuera tan inocente y puro a mis veintitrés años? Probablemente caminaría sin dudarlo al altar de la mano de mi príncipe azul, abandonándome con alegría a sellar mi destino a su lado con un beso. Y como dije, toda negatividad desapareció de mí, por lo que en lugar de situarme en esa imagen (nerviosa y dubitativa), preferí colocar a Ayami y a Ryusei: ella alegre y arrobada, él serio y condescendiente. Completando la escena podía ver al padre de Ryusei (no conozco a los padres de Ayami, por lo que sólo había dos manchones a su lado) con una de sus sonrisas ladinas y muy probablemente haciéndole alguna broma pesada sobre su vestido a la pobre de Sakura, quien tendría que contenerse durante la ceremonia.

Sakura. Nada más pensar en ella se me vino la idea a la cabeza. Inmediatamente me despedí de Ayami y regresé a la sala de maestros en busca de mi bolsa. Sonreí al encontrar mi celular en su compartimiento y me apresuré a marcar antes de poder pensarlo dos veces y dejar que lo que parecía una buena idea se convirtiera en otra cosa.

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Ya en el café, con el vaso de té helado cerca de mi mano y a una flamante Sakura sentada frente a mí, supe que había hecho bien en llamarle temprano para pedirle vernos por la tarde. Por un momento pensé que rechazaría la invitación (después de todo, apenas nos conocemos), pero su carisma y la naturalidad con la que se desenvolvía hacia conmigo me hacían sentir bastante relajada y hasta un poco ilusionada en imaginar que podríamos llegar a llevarnos muy bien en un futuro.

—¿Y cuándo piensan hacer la boda? —preguntó sorbiendo su soda italiana sin apartar sus enormes y curiosos ojos verdes de mí. Fue ahí cuando pasé saliva. Inmediatamente percibió mi incomodidad al respecto y su rostro cambió también, pero decidí enfrentar el tema antes de que ella lo cambiara para ahorrarme la molestia.

—En realidad, es por eso que quería hablar contigo —empecé—. A decir verdad, no sé si realmente quiero casarme, al menos en este momento. Para serte sincera, tengo demasiadas dudas al respecto, pero no sé si eso sea normal —confesé—. Sakura, ¿cómo te sentiste tú cuando Syaoran te pidió matrimonio?

Su mirada cambió al instante. Si pudieran salir estrellas de su sonrisa radiante y nostálgica, sin duda alguna lo harían.

—Sentí que volaría en mil pedazos por la emoción. Fue muy romántica la forma en que lo hizo —jugueteó un poco con sus dedos, nerviosa de sólo recordarlo—. Fue en Enero. Me invitó a esquiar a las montañas y por la noche en el albergue tuvimos una cena a la luz de las velas y al final nos sentamos abrazados en el sofá frente a la chimenea con nuestras tazas de chocolate caliente y un malvavisco flotante —contaba extasiada y creo que yo estaba igual de emocionada tan sólo de ver su cara de ensueño—. Fue entonces cuando sacó el anillo.

Me llevé una mano a la boca para contener un grito de emoción. Me sentía como una quinceañera escuchando a su amiga relatar su primer beso. Me descubrí tratando de contener mi propia sonrisa.

—Le temblaban tanto las manos que el anillo cayó en mi chocolate —rio con un gesto casi infantil—. Aunque yo también estaba nerviosa; tanto, que olvidé que tenía una cuchara y metí a la mano a la taza para sacarlo. Me quemé un poco, pero valió la pena. Luego Syaoran lamió el chocolate de mi mano sin dejar de mirarme a los ojos y me besó los dedos —se sonrojó. Ahora sé por qué me sentía como una quinceañera, y era precisamente porque esa chica era tan inocente que me hacía actuar igual.

—Sakura, eso no sólo es romántico, ¡Es muy sensual! —reí sólo para ver su reacción. Ella se sonrojó aún más.

—Bueno, sí, un poco…

—Está bien, continúa —la animé al ver que bajaba la mirada apenada. A veces era muy tímida, totalmente contraria a su hermano.

—Pues… entonces me dijo que quería pasar su vida conmigo y me hizo la pregunta. Yo lloré de alegría y lo abracé. Ni siquiera pude contestarle, sólo lo besé una y otra vez, y esa noche…

—¿Hicieron el amor hasta el amanecer? —me adelanté, ya emocionada con la narración, pero esta vez Sakura me miró con ojos como plato. Demasiado tímida, pensé.

—No… —tragó saliva—, bueno, sí, un poco… —se humedeció los labios y carraspeó—. Pero quería decir que esa misma noche llamé a papá y le dije que me casaría con Syaoran.

—¡Vaya, es muy hermoso! —y repentinamente mi sonrisa se borró al caer en la cuenta—.  Conmigo fue muy diferente —creí que lo había pensado, pero me di cuenta que en realidad lo había susurrado cuando Sakura me tomó de las manos.

—No todas las personas reaccionan igual ante la perspectiva de saber que sus vidas cambiarán para siempre para estar al lado de alguien. Pero eso no significa forzosamente que no ames a Eriol, aunque… —su mirada se volvió abierta y cristalina. No sé cómo describirlo: Sakura es esa clase de personas que destila magnetismo y algo más que es difícil de entender, pero que no te permite apartar la mirada. Es tan transparente y limpia que actúa como un espejo. Mirarla es como encontrarse a sí mismo—, olvida lo que iba a decir. Lo importante es que descubras qué es lo que quieres en tu vida y lo que estás dispuesta a hacer para lograrlo. Si Eriol te ama, estoy segura que sabrá apoyarte.

—Sí, quizá tengas razón —aunque era la última parte la que más me preocupaba, y creo que Sakura se dio cuenta de mi desazón porque a continuación pareció tener una idea.

—¡Espera! —comenzó a hurgar en su bolso—. Creo que tengo uno justamen… ¡sí, aquí está! —sacó una tarjeta y me la extendió enseguida—. Tomoyo, te invito a mi boda. Algunas compañeras de la universidad juraban que nunca se iban a casar con sus actuales parejas, hasta que asistieron a la boda de otra compañera y parece que su opinión respecto al matrimonio cambió mucho y comenzaron a sentir ilusión. Rika incluso se casó a principios de este año —sonrió con entusiasmo—. Además, de verdad me gustaría que fueras, aunque sólo me queda un boleto porque mi hermano decidió no invitar a nadie y me lo regresó, así que… —comenzó a disculparse y la detuve tomando el boleto.

—No hace falta más. Tienes razón Sakura: seguramente pueda hacerme un poco a la idea asistiendo a una boda de verdad —omití absolutamente mencionar que sólo había ido a casamientos de la alta sociedad, de ésos que escupen el dinero por doquier y cualquiera sabe que están basados en cuestiones económicas más que románticas—. Además, quizá sea buena idea ir sola. A estas alturas mi relación con Eriol puede tambalear un poco por mis temores, así que creo que debo hacer esto por mi cuenta y así poder darle una resolución después… —y seguí balbuceando, no sé si para convencer a Sakura o a mí misma de que aquello era lo mejor. No me malinterpreten, en verdad quería ir a la fiesta de Sakura. Mi única duda era respecto a cómo lo tomaría mi novio cuando le dijera que el fin de semana no lo vería considerando que pasábamos por un momento crítico en nuestra relación. ¿Sería realmente buena idea?

—¡Ryu se alegrará mucho cuando le diga que irás! —me trajo ella de vuelta a la realidad y sonreí al instante con la perspectiva de ver a mi pequeño alumno. Ya me lo podía imaginar con un pequeño traje para su corta estatura. Después de ver aquella imagen de él dormitando sobre el pecho de su padre y con mi libro a su lado definitivamente el pequeño Ryusei se había incrustado en mi corazón. Cada día era más imposible pensar que se trataba del hijo de alguien como Touya, aunque cada vez me resultaba más graciosa la comparativa.

—Por cierto… —recordé al pensar en él—. ¿Cómo reaccionó tu hermano cuando le dijiste que te casarías? Tengo la impresión de que es un poco celoso contigo…

—¿Un poco? —Sakura alzó una ceja y entornó los ojos—. En cuanto regresamos de las montañas Touya fue a casa de Syaoran para hablar con él. ¡Dice Syaoran que estuvo interrogándolo durante tres horas!

Me reí. Claro que podía imaginármelo.

—¿Siempre fue así, o sólo con Syaoran-kun?

—Era un paranoico de lo peor —contestó sin meditarlo dos veces—. Desde que era pequeña no permitía que los niños se acercaran a mí. Cuando tenía que hacer algún trabajo en grupo se inventaba excusas para entrar a mi cuarto cada cinco minutos para matar con la mirada a mis pobres compañeros. Gracias a él, los chicos de la escuela me rehuían —bufó—. ¿Sabes qué era lo peor? Que nuestras escuelas estaban juntas, así que en cualquier momento Touya simplemente brincaba la barda y entraba a nuestro patio para alejar a cualquiera que se me acercara.

—¿En verdad? —no pude contener mi sorpresa. Por como lo describía su hermana, Touya realmente sonaba paranoico y hasta un poco psicópata—. Supongo que todo se volvió peor cuando entraste a la escuela media.

—No realmente —Sakura se encogió de hombros—. Cuando él se mudó a Tokio para estudiar ya no le fue tan fácil perseguirme a todos lados, aunque no dejaba de advertirle a papá por teléfono que no dejara entrar a ningún hombre a la casa.

—¿Dándole consejos a su padre sobre cómo ser papá? —reí con la ironía—. Sakura, tu hermano tiene problemas —sugerí a modo de broma, pero ella meneó dulcemente la cabeza.

—Lo mismo pensaba yo, hasta que finalmente lo comprendí: en realidad, cuando murió mamá Touya prometió que siempre cuidaría de mí. Creo que lo que no quería era que yo la echara de menos. Él sólo tenía diez años, pero siempre me cuidó como si fuera otro padre. Él me ayudaba a estudiar, me hacía el desayuno por las mañanas y pedía el día libre en su trabajo para acompañarme cuando papá tenía que salir del país. Me cuidaba cuando me enfermaba y hasta iba a hablar con los maestros cuando papá no podía. Gracias a él, nunca eché en falta tener una mamá —sonrió llena de nostalgia y admito que me tembló el corazón. A simple vista es imposible imaginarse a Touya de esa manera, aunque poco a poco había visto el trato que tenía hacia Ryusei y el cariño que sentía por su familia, así que hacerlo resultó increíblemente más fácil de lo que había pensado. A decir verdad, nunca había tenido un hermano y cualquier prospecto en mi imaginación había sido precisamente así, aunque en realidad en mi cabeza era yo la que hacía todo eso y cuidaba de mi hermanito menor.

¿Acaso yo también sería una psicópata como Touya? Sonreí.

—¿Y cómo fue que al final aceptó a Syaoran-kun para ti?

Sakura se acodó sobre la mesa y me guiñó un ojo.

—Se encontró con la horma de su zapato. Si Touya es terco y celoso, Syaoran lo es aún más. En realidad, ha sido el único que se atrevió a ponerle frente y retarlo. Antes de Syaoran, todos salieron corriendo de mi vida en cuanto conocieron a Touya —suspiró otra vez—. En algún momento llegué a imaginar que incluso cambiarían de identidad y se mudarían de país. Pero a Syaoran no le importó, y eso que cuando comenzamos a salir Touya ya estaba de regreso en Tomoeda.

—Eso quiere decir que Syaoran-kun debe ser el indicado —sugerí y ella asintió.

—Lo sé, y me hizo muy feliz darme cuenta de lo que estaba dispuesto a hacer por mí, porque sé que no fue nada fácil para él tratar con el pesado de mi hermano —al decir esto hizo un diminuto puchero.

—Pesado o como sea, lo quieres mucho, ¿verdad?

Asintió nuevamente con esa radiante sonrisa. Por como hablaba de él, era evidente que lo admiraba, pero no quise preguntar más.

—Por cierto, no le vayas a decir a Touya nada sobre lo que te conté. No quiero hinchar su orgullo aún más de lo que ya está —me guiñó un ojo nuevamente y yo le correspondí el gesto.

—Ni una palabra —me llevé un dedo a los labios para sellarlos—. Por cierto, ¿has platicado con Syaoran sobre tener hijos?

Sus enormes ojos verdes parpadearon una y otra vez. Entendí antes de que me lo dijera que ni siquiera había pensado al respecto.

—No lo hemos hablado aún, pero supongo que es algo natural, ¿no te parece? —y ahí estaba su sonrisa soñadora otra vez—. ¿Sabes? A pesar de ser el hermano menor, Syaoran es muy protector y paciente. Estoy segura de que será un gran padre. Me encantaría que mis hijos se parecieran a él.

Esto último pareció decirlo para sí misma, así que ya no quise profundizar el tema ni preguntar sinrazones como qué es lo que haría si Syaoran no quisiera tener hijos. A estas alturas me daba cuenta que el amor entre ellos dos era tan profundo y sincero que ninguno podría pensar en evitar algo que seguramente a ambos les parecía tan “natural”, como ella misma había dicho. La mirada ilusionada de Sakura en cierta forma me recordaba al brillo que había visto en los ojos de la pequeña Ayami por la mañana y mi pregunta de entonces quedó respondida: realmente es posible que alguien a sus veintitrés años pueda mantener la ilusión de un amor tan puro como el de ellos. Hasta me fue fácil imaginarme a los dos con un bebé en brazos. Me preguntaba si Syaoran sería tan celoso con una niña como Touya lo fue (y lo sigue siendo) con Sakura. Me llevé una mano a la boca para ahogar una carcajada cuando por un segundo cruzó por mi mente la idea de cómo hubiera sido Touya si Ryusei fuera una niña. Seguramente la pobre criatura habría tenido que vérselas muy negras para poder tener amigos, aun más que la pequeña Sakura.

Estaba en medio de mi brote de imaginación con Ryusei en su versión femenina y su paranoico padre pisándole los talones a cada momento cuando la mirada de Sakura se iluminó aún más al voltear en dirección de la puerta y agitó una mano para señalar su posición.

—¡Acá Syaoran!

Miré mi reloj: las siete en punto. Sakura me había dicho que tenía una cita con él en ese mismo café para después ir juntos a comprar un regalo para la madre y las hermanas de él, que llegarían el miércoles de China para asistir a la boda. Creí que a menos de una semana de El Día ambos estarían demasiado nerviosos y ocupados para salir tranquilamente en una cita, pero al parecer lo tenían todo bajo control con ayuda de una prima de Syaoran que se encargaba de coordinar hasta los traslados de quienes vendrían de China. De acuerdo a como Sakura la había descrito, Meiling parecía más una Daidouji que yo misma: imperativa, decidida, calculadora y detallista. Seguramente mi madre estaría más contenta con una hija como ella, aunque lamentablemente para ella no hay nada que yo pueda o quiera hacer al respecto.

Era momento de dejar a los dos enamorados a solas y me despedí en cuestión de minutos. De cualquier forma ya había requerido más tiempo del planeado para conversar con Sakura, aunque no me arrepentía de un solo segundo: hablar con ella y conocer su perspectiva sobre el matrimonio, la familia y esos aspectos de los que nunca había podido hablar sinceramente con gente de mi antiguo y aristócrata circo social (y no me equivoqué ni quise decir “círculo”). Estaba satisfecha y con una invitación en mi mano que no pensaba desperdiciar. Al salir del café aun tenía una mescolanza de las palabras de Eriol y las de Sakura. Ambos habían hablado sobre sacrificar algo a cambio, pero al mismo tiempo no se referían a lo mismo. Si soy sincera, las palabras de Eriol se habían sentido como un ultimátum, en tanto que las de Sakura parecían haber quitado las cortinas de la ventana para permitirme asomarme hacia afuera. Para poder tomar una decisión primero debía buscar en mi interior, pero ahí seguía ese nudo negro creciendo en la boca de mi estómago cuando pensaba en mi futuro y lo que realmente quería hacer. ¿En verdad había un lugar para “nosotros” en mi futuro y en el suyo?

Metí la mano a la bolsa y sentí la invitación en el interior. La rocé con mis dedos y casi podía adivinar los nombres de los novios grabados ahí. Por más que lo intenté no pude imaginarme los nuestros escritos. Estoy segura que cualquiera de mis conocidos en Tokio me aconsejaría regresar a la ciudad y sellar lo que a todas luces parecería el compromiso ideal con el hombre ideal, pero nadie me hubiera hablado como Sakura.

“Lo importante es que descubras qué es lo que quieres en tu vida y lo que estás dispuesta a hacer para lograrlo”

Suspiré y continué caminando con paso firme. No sería fácil descubrirlo ni tomar una decisión al respecto, pero quiera o no soy una Daidouji, y un Daidouji no se amedranta tan fácilmente.

 

Notas de la autora: me gusta ver a Tomoyo dudar. Siento que es más humana y natural. Quizá parezca que le da muchas vueltas al asunto, pero seamos sinceros, ¿quién no lo haría? Pasar o no una vida al lado de alguien no es una decisión fácil. Pero esto da pie a lo que nos espera para el siguiente capítulo, que les aseguro llevará algo de sazón con el delicioso Touya nuevamente en escena.

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¡Hasta la próxima! (dentro de 3 semanas, porque saldré de viaje en el fin de semana que toca actualización)