7. Siempre espera lo inesperado

Preparando el atuendo perfecto para la famosa fiesta se me escurrieron los días como arena entre los dedos. No era tarea fácil: debía ser perfecto en cada detalle. No demasiado ostentoso, pero tampoco sencillo; sobrio pero fresco. Pero al final lo logré. Tendría que dejar de llamarme Tomoyo Daidouji si no pudiera manejar un asunto así entre mis manos, pues debo confesar que tengo gran facilidad para temas de moda, así que voila:  un exquisito vestido azul rey se irguió como campeón indudable de mi guardarropa para esa noche. Un escote discreto que decía “soy la hija de tu jefa, así que ni se te ocurra acercarte” y una espalda de ensueño que remataba con un “peligro, zona restringida”. Por supuesto, la mejor parte sería ver a mi madre aprobar el vestido cuando me saludara de frente y arrepentirse al segundo siguiente que me viera pasar de largo a su lado y se diera cuenta de mi pequeño acto altanero.

Después de esta pequeña pero soberbia introducción de mi parte, continúo. Tomé el tren a Tokio desde muy temprano por la mañana para arreglar los últimos detalles con Eriol, quien también debía estar impecable, aunque no es mucho lo que como mujer deba hacer con él. Es una gran ventaja tener un novio con un sentido del gusto digno de debatir contra cualquier homosexual consumado, así que puedo confiar en sus decisiones al respecto a ciegas.

Lo primero que hicimos es evidente: desgastar la cama con una buena dosis de hormonas, pero después era hora de prepararse y rápidamente nos bañamos y arreglamos hasta quedar como una pareja de ensueño. Ni siquiera Sonomi Daidouji podría objetar lo bien que lucíamos juntos. Punto a mi favor. Estuvimos listos justo a tiempo y salimos directo a la fiesta, que no hubiera podido ser más ostentosa de lo que vimos al llegar. Dinero, dinero y dinero. Las orquídeas a la entrada te susurraban “Hola, ¿tienes idea de lo costosas que somos?” y la champaña que circulaba en las manos de los meseros te saludaba con su vaivén, “Tómame, porque con lo que cuesta medio litro de mi néctar podría alimentarse una familia en África durante un año”.

Típico de Sonomi.

La fiesta apenas comenzaba cuando llegamos. Inmediatamente mi madre fue a recibirme con una radiante sonrisa. Yo le respondí con una similar y así hubieran podido sacarnos una foto perfecta para la página de sociales: “La poderosa Sonomi Daidouji y su hija muestran su inquebrantable unión a pesar de los rumores de que esta última se negase a continuar con las riendas de la Corporación Daidouji”.

No digo que mi madre sea un lobo, ni mucho menos. Me quiere a su manera, pero desde un principio supe que no dejaría pasar esa oportunidad en vano para recordarme lo contenta que estaba con mi decisión de mudarme a Tomoeda, así que no podía evitar estar un poco a la defensiva.

El encuentro con Eriol fue mucho menos fingido. Mi madre no solamente ve con buenos ojos que tenga por novio a un soltero de “tan buena cuna, además de codiciado” (en palabras suyas), sino que Sonomi, como toda buena estratega que es, sabe muy bien que Eriol puede llegar a ser un gran aliado en el proceso de convencerme de regresar a Tokio y “tomar las responsabilidades que me corresponden de una buena vez”. Después de todo, ¿qué mejor argumento que vivir junto al amor de mi vida y no tener que sufrir separados por la distancia?

Sí, Sonomi Daidouji no se la pensaría dos veces para usar ese argumento a su favor.

Volviendo a la fiesta: ya conocía a la mayoría de sus socios y empleados de mayor confianza, así que no fue necesario ahondar en presentaciones y pronto Eriol y yo nos pudimos escabullir a un lugar más aislado a tomar la primera copa de la noche.

—Tranquila, sólo será un par de horas —Eriol tomó mi mano y me guiñó un ojo. Yo suspiré sin fingir mi apatía—. ¿Sabes? A veces no entiendo muy bien la relación que hay entre tu madre y tú. Siempre me dijiste que ella no estaba de acuerdo con que estudiaras pedagogía y sin embargo pagó tu carrera y asistió a la ceremonia de graduación. Y tú, pese a que no te interesa participar de su empresa, nunca faltas a los eventos importantes que organiza. Creo que ustedes dos se parecen más de lo que crees.

Cuidado Eriol, pensé, estás pisando terreno blando, y le lancé una mirada de advertencia.

—Para tu información, se llaman “compromisos familiares”. En tu familia, si alguien no cumple con las reglas de la casa lo mandan al diablo ¿cierto? —él se encogió de hombros con esa sonrisa misteriosa y aparentemente inocente—; en la mía, se le invita a comer y se le recuerda entre bocado y bocado que como seres humanos somos criaturas sociales.

—Son animales muy civilizados en tu familia entonces —Eriol alzó su copa y me miró divertido. Yo no pude evitar reír, pero igual le di un pequeño codazo por el deleite con el que dijo animales—. Pero es una de las cosas que más me gustan de ti: que eres… —fue interrumpido por el familiar sonido de su celular y se llevó una mano al bolsillo para sacarlo y ver el número que marcaba—. Permíteme un momento, es un cliente —se excusó y se escabulló hacia un costado para apartarse del bullicio. Yo me quedé con mi copa contemplando el rojo frutal a través del cristal.

—Hola —dijo una voz de pronto detrás de mí—. Pero sí eres Tomoyo, ¿verdad? ¡Vaya que eres tú, qué cambiada estás!

Me volteé para encontrarme con la señora Ikari Kurumizawa, la asistente principal de mi madre y prácticamente su mano derecha. Le saludé y ella me acarició la mejilla. No había ocasión, desde que tenía memoria, en que no hiciese eso. Era una buena mujer, no puedo negarlo, sólo que a veces resultaba efusiva y parlanchina hasta el hartazgo.

—¿Qué te has hecho en ese pueblito que estás tan cambiada? ¡Estás preciosa, Tomoyo-chan! Y mírate nada más, tan delgada y sonriente. ¿Creciste?

—Eh… —¿qué se supone que debía responder? —. Sólo llevo tres meses allá, Kurumizawa-san.

—Pues te han sentado muy bien —ella hizo un gesto con la mano y después miró a su alrededor para asegurarse de que no hubiera nadie cerca—. Oye, antes de que lo hagan público y todos se enteren y te rodeen, quiero felicitarte. El joven Hiragizawa es un hombre especial. Siempre supe que debía ser para ti. Son tal para cual —me guiñó un ojo.

—Eh… gracias… creo —titubeé quedito. Creo que era bastante del dominio público que éramos novios, así que no entendí de qué me estaba hablando, pero tratándose de Kurumizawa-san tampoco debía tener mucho sentido lo que dijera.

—Desde que Sonomi me dijo, hace una semana, no he dejado de esperar el momento. Sabes que para mí eres como una hija —lo sabía, y a veces tenía que sentir sus gigantescos senos contra mi cara cuando lo demostraba en uno de sus efusivos abrazos—, así que ya no puedo esperar al final de la fiesta para tener mi cámara lista —alzó su cámara y de nueva cuenta recordé algo: definitivamente había convivido mucho con esa mujer en mi infancia. De ahí mi afición inconfesa por las cámaras. He ahí la culpable, y sonreí (esta vez de verdad), pero luego mi sonrisa desapareció.

—¿Esperar para qué cosa, Kurumizawa-san? ¿Qué ha preparado mamá esta vez? —mamá siempre dejaba una sorpresa hacia el final de cada una de sus fiestas para impresionar a sus invitados. Era ya un sello de la Casa Daidouji.

—¡Oh, pues…!

—Sea lo que sea, seguro será increíble —fue Eriol quien la interrumpió, regresando de donde había ido y metiendo el móvil a su bolsillo. Nos miró a ambas con una sonrisa—. Conociendo a tu madre, no se conformará hasta hacerlo más sorprendente que en la fiesta pasada.

Me encogí de hombros. Eriol tenía razón, y ahora que él había llegado la señora Kurumizawa no tardó en despedirse para ir con los demás invitados, no sin antes darnos una palmadita a cada uno en el hombro.

————–

No fue fácil, pero pudimos pasar desapercibidos la mayor parte del tiempo en la fiesta. Fuera de algún “¡Oh! ¿Eres la hija de Sonomi Daidouji? ¡Eres igualita a tu madre!”, o el clásico “Me acuerdo mucho de ti, te conocí cuando eras pequeña”, seguidos de algún comentario sobre la cotización de la empresa en la bolsa. De no ser por esto último, a momentos casi parecía una reunión familiar.

Eriol no se apartó de mi lado en ningún momento y yo le agradecí en silencio por esto. Regularmente en este tipo de fiestas nunca ha faltado el socio que quiere presentarme a su hijo para que “no nos aburramos en una fiesta de adultos”. Cuando era una niña no me molestaba, pero desde que entré a la adolescencia entendí que los señores esperan que mágicamente surja el amor entre su “capullo” y la heredera del emporio Daidouji. De sobra está decir y los chicos no se molestarían con un buen revolcón con la linda hija con carita de muñeca de porcelana (y seguramente piensan que con el cerebro igualmente hueco).

El tiempo se pasó relativamente rápido, de manera que antes de darnos cuenta Sonomi se encontraba tomando el micrófono y anunciando una “pequeña” sorpresa para los asistentes, invitándolos a tomar de las copas que ofrecían los meseros y disfrutar del evento. Fue entonces que escuchamos un estruendo en el jardín y todos nos asomamos hacia afuera, en donde un estallido de pirotecnia sirvió como apertura para la entrada de un hombre vestido de negro y con máscara. Iba acompañado de cinco hermosas edecanes e hizo una reverencia al llegar a unos diez metros de nosotros. Rápidamente nos dimos cuenta de que se trataba de un mago. Parece extraña la presencia de un mago en una fiesta para adultos, pero debo admitir que éste era espectacular: todo un experto que en cuestión de minutos realizó trucos desde prestidigitación hasta levitación, y finalmente hizo aparecer en medio del jardín un Ferrari rojo con un lindo macaco en el capó. Los aplausos no se hicieron esperar, e incluso Eriol y yo estábamos pasmados. Había visto esa clase de trucos muchas veces en televisión, pero es muy diferente verlo en vivo y en directo.

Hacia el final del acto el mago solicitó dos voluntarios y Eriol me invitó a que nos ofreciéramos. Yo con gusto acepté. Quizá estando del otro lado podría conocer un poco sobre el truco que emplearía el mago, así que tomé la mano de mi novio con una sonrisa y ambos caminamos hacia el hombre, quien nos presentó dos casetas que parecían cabinas telefónicas, sólo que totalmente cubiertas y adornadas. Eriol entró a una de ellas y yo a la otra. Esperaba encontrar alguna puerta falsa, cortinas o espejos ahí dentro, pero no había nada. Todo estaba oscuro y tampoco podía escuchar lo que ocurría afuera. Tan sólo me asusté un poco cuando la cabina comenzó a moverse y sentí que me arrastraban hacia otro lado. ¿A dónde me llevaban? No lo sabía, pero tampoco tenía razón para entrar en pánico, aunque el lugar se sentía un poco claustrofóbico, de modo que me recargué contra una de las “paredes” y esperé a que cesara el movimiento, cosa que tardó cerca de cinco minutos más. Esperaba que estuviera pasando algo interesante allá afuera, porque ya se me hacía bastante tiempo para un sólo acto.

Entonces escuché que daban tres toques a la puerta y me preparé para salir. La puerta se abrió y frente a mí estaba el mago otra vez, tendiéndome su mano enguantada e invitándome a salir entre un estruendo de aplausos de la multitud. Aún sin idea de lo que había ocurrido, salí y me sorprendí de ver que estábamos en otra parte del jardín. La multitud había tenido que seguir al mago a este nuevo lugar, en donde había pétalos de rosas regados por doquier haciendo una bella alfombra roja sobre el césped. Lámparas de gas con una flama danzante colgaban de un árbol sobre nuestras cabezas, uno de los más grandes de la propiedad. Todos parecían muy satisfechos con el acto, sea cual éste fuese, aunque yo seguía sin saber lo que había pasado. Me arrepentí un poco de ofrecerme como voluntaria: por querer saber más, al final no había visto nada. ¿Eriol lo habría pasado igual?

—Eriol —recordé y miré al mago—. ¿Dónde está mi novio?

El hombre me señaló la otra caseta, que estaba a unos metros de mí. Me invitó a abrirla y yo con una galante reverencia (al menos quise ser una buena voluntaria para el acto) accedí a hacerlo, pero al abrir la puerta solté un grito y me fui de espaldas cuando el macaco del Ferrari me brincó encima. No pensé que podría lastimarme, pero el susto nadie podría quitármelo y seguía con el corazón en la garganta mientras el animal se paraba sobre mi cabeza y jugaba con el broche de mi cabello.

—¡Hey! —me quejé cuando lo sentí tomarlo y deshacerme el peinado. Bien, pensé, una hora frente al espejo a la basura. Al menos era ya el final de la fiesta, me consolé.

El mago hizo un gesto al animal y éste se quedó congelado en su lugar. Al menos lo tenía bien domado, pensé, o podría escaparse en cualquier momento, y no es que me preocupara que se llevara mi broche, pero un simio perdido en Tokio no podría ser nada bueno por donde se le mirara. Entonces para mi alivio el animal accedió a entregarle de nueva cuenta el broche al mago y entonces éste se acercó y me tendió una mano para ayudarme a ponerme de pie.

—Lo lamento —se disculpó y fue la primera vez que escuché su voz en todo el espectáculo. Me sonó conocida, pero era difícil distinguirla bien porque quedaba sofocada por la máscara—. Le regreso su broche, señorita.

—Descuide —le sonreí y tomé el broche. A continuación él hizo un gesto para pedir una ovación por parte del público y yo nuevamente hice una ligera reverencia. ¿Ése sería el fin del acto? Pero aún faltaba Eriol…

—Pero señorita Daidouji, no puede usted creer a este charlatán —dijo de pronto un hombre entre el público—. ¿Qué no ve que le ha timado? El broche que le ha dado no es la misma joya que le robó el animal. ¡Ese mago es un ladrón!

Me quedé con los ojos como platos. ¿Acaso estaba denunciando un robo enfrente de todos? Y sentí la adrenalina correr por mis venas. ¿El mago en realidad no era más que un ladrón? ¿Y qué haría ahora que se veía descubierto? Quedé de piedra, apretando la pieza aún en mi puño y sin saber cómo reaccionar. Las caras de todos parecían tan sorprendidas como la mía, pero nadie se atrevía a decir nada aún. Mi madre no estaba por ningún lado. Siempre observaba sus “sorpresas” desde otro punto de vista. ¿Habría escuchado la acusación que acababa de hacerse?

Pero fue el mago quien finalmente rompió el silencio.

—Usted me ha descubierto —y se volvió hacia mí—. Efectivamente, lo que usted tiene en sus manos no es su tocado de cabello, señorita Daidouji.

¿Y así lo admitía? Incrédula levanté el puño y lo coloqué frente a mis ojos. Con una mano temblorosa lo abrí y constaté que, en efecto, ése no era el broche de zafiros que había estado usando. De hecho, ni siquiera tenía la forma de un broche.

—¿Un anillo? —balbuceé y el mago se quitó la máscara. Al levantar la mirada me encontré frente a frente con el rostro sonriente de nadie menos que Eriol.

—Tomoyo… —tomó la mano con la que sostenía el anillo y me besó los dedos—. ¿Quieres casarte conmigo?

El silencio fue aún más abrumador que ante la previa acusación de robo. Lo único que se escuchaba a mi alrededor era el estruendoso sonido de mis propios latidos. Había sido raptada de mi realidad y llevada a una muy diferente en donde los magos roban objetos que se transforman en anillos de compromiso y de pronto los ellos mismos resultan ser tu novio de ojos azules, hablándote con voz aterciopelada e iluminados por las llamas de las lámparas colgando de un árbol.

“¿Quieres casarte conmigo?” Se repetía la pregunta una y otra vez en mi cabeza, pero mi garganta estaba seca y cerrada y mis músculos rígidos cual muerto. “¿Quieres casarte conmigo?”

Tenía que huir de ahí. No sabía si era buena o mala idea, pero tenía que escaparme de ahí, de toda esa gente, de mi madre grabando desde algún punto estratégico, de mi novio tomándome la mano y pidiéndome matrimonio, del mago (que había resultado ser el “acusador”) sonriéndome desde un costado y de esos pétalos de rosa aplastándose bajo mis pies.

—Eriol, yo…

—Te amo —me interrumpió apretando mi mano, enviando escalofríos por todo mi cuerpo.

—Y yo a ti…

—Entonces acepta… por favor —me sonrió y vi su sonrisa temblar, sabía que él estaba tan o más nervioso que yo. Debía estarlo, pero yo no podía responder aún. Mi cabeza daba vueltas y mis labios se negaban a abrirse, así que torpemente asentí con la cabeza en un movimiento casi convulso. Con una sonrisa más segura esta vez, Eriol tomó el anillo de mi mano y lo deslizó entre mis dedos trémulos.

La multitud estalló nuevamente en aplausos. De la nada salieron fuegos artificiales desde atrás y frente a nosotros. Todo se convirtió en un caos, en un big bang en el jardín, en un ardid de personas, emociones, alegrías y pasiones. La gente se acercó para felicitarnos, repartiendo abrazos y sonrisas, manos estrechadas y palabras alegres por doquier.

Y yo seguía como piedra.

Fue en ese momento que las palabras de Kurumizawa rebotaron en mi cabeza:

“Oye, antes de que lo hagan público y todos se enteren y te rodeen, quiero felicitarte”

Ella lo sabía. ¿Y los demás?

————

Cuando llegamos al departamento de Eriol todo era aún bastante confuso. Los colores de las paredes inclusive parecían haber mutado y los sonidos de la calle llegaban sofocados a mis oídos a través de la ventana del pasillo. Ni siquiera sentí la mano que Eriol tenía en mi espalda, sino hasta que él me dio un suave empujón para invitarme a entrar al apartamento con él. Me dejé arrastrar como autómata, aun escuchando como fantasmas las palabras de entusiasmo por nuestra futura boda, las felicitaciones, los brindis, las preguntas.

—Has estado muy callada todo el camino —Eriol atravesó la sala y se dirigió a la cocina para servir un vaso de agua que luego me acercó—. ¿Sigues sorprendida?

Lo miré y luego al vaso y el agua tembló en el cristal cuando lo tomé para dar un trago que pasó lentamente por mi garganta. ¿Sorprendida era la palabra? Pocas veces, o quizá nunca, me había sentido así. En el agua danzó de repente el rostro de Sonomi sonriendo con cámara en mano, apareciendo de la nada entre los árboles. Sonriendo, aplaudiendo y sonriendo otra vez.

—Planeaste esto con mamá —balbuceé por primera vez algo coherente y sentí su mirada sobre mí—. ¿Hace cuánto que llevan planeando esto?

—Princesa… —Eriol retiró el vaso de mis dedos pálidos y lo colocó sobre la mesa para tomar mis manos. Me di cuenta de que las mías estaban heladas en comparación con las suyas—. Es verdad que tu madre me ayudó a planear la sorpresa y me dio permiso de hacerlo durante la fiesta para pedir tu mano, pero el asunto de casarme contigo no es de nadie más que nosotros.

—Sabes que es lo que ella quería.

—Sí, pero no por llevarle la contraria vamos a hacer algo que no queramos —sentí sus labios en mi frente—. Yo te amo y tú a mí. Los dos queremos estar juntos, ¿cierto? —asentí como zombi—. Entonces, ¿por qué vamos a negárnoslo sólo por no darle la satisfacción a tu madre?

—Creí que no querías formar una familia —lo miré finalmente a los ojos. Mi “acusación” fue directa y él la entendió: ¿Por qué me había dicho apenas unas semanas atrás que no habláramos de matrimonio y esos temas y ahora venía a pedirme matrimonio después de hacerme repensar mi posición al respecto? Me sentía como pelota de ping-pong, sin saber sobre qué lado de la mesa iría a terminar después del último golpe.

—Discúlpame. Llevo planeando esto desde hace meses, pero no podía arruinar la sorpresa, así que tuve que inventarme algo —me miró con ojos avergonzados.

—¿Sobre casarte conmigo o sobre formar una familia?

—Sobre casarme contigo. En cuanto a la familia, lo importante es que estemos juntos, ¿no crees princesa? —sonrió, pero vio que yo no le devolvía la sonrisa y se encogió de hombros—. Si quieres, podemos apadrinar a un niño en África… ¡O diez! Pueden ser los que tú quieras. ¿Qué te parece?

—Está bien, pero hablo de tener nuestra propia familia —no pude evitar insistir. No quería fastidiar a Eriol dándole la vuelta a lo mismo una y otra vez, pero si él ya había vuelto a poner el tema sobre la mesa, esta vez también quería que entendiera lo que yo quería. Él desvió la mirada y supe que seguía indispuesto a cambiar su opinión. Sentí un nudo negro creciendo en mis entrañas.

—¿Qué te parece si lo discutimos después? —me dio un beso en la mejilla—. Todavía es muy pronto y estoy algo cansado. Apuesto a que tú también —con una mano en mi espalda me instó suavemente a continuar caminando.

—¿Qué pasará con mi trabajo en Tomoeda? —susurré dejándome arrastrar hasta la cama y sentándome en la orilla—. Tengo un contrato por un año. Los niños… pronto será el festival de deportes… además…

—Shhh… —Eriol se sentó a mi lado con su sonrisa reconfortante de siempre, aunque no me sentí del todo reconfortada—. Tranquila, princesa, ya encontrarán un suplente.

Y mi espalda se arqueó levantándome hacia arriba como un resorte.

—¿Un suplente? —repetí mirándolo con ojos como platos—. No, no un suplente. A esto se refería mamá cuando me decía que en menos de un año regresaría arrastrándome a Tokio, ¿no lo ves? Ella lo tiene todo calculado —comencé a respirar agitadamente—. ¿Qué es lo que te dijo, Eriol? ¿Cómo te convenció?

—Tomoyo, tranquila —él también se puso de pie y puso sus dos manos sobre mis hombros—. ¿Por qué piensas eso? Dame algo de crédito, ¿o no crees que también te necesito a mi lado?

Tenía razón, debía tenerla, pero yo no podía dejar de sentirme acorralada. Mi madre me lo había sentenciado: yo no tendría futuro en Tomoeda y mi destino sería regresar a Tokio y a ella. Además, Eriol declarándose precisamente en la fiesta de la empresa, frente a socios, empleados y algunos empresarios no podía ser casualidad. Comencé a pensar en la posibilidad de que la idea de una alianza entre las empresas Daidouji y Hiragizawa surgiera en la cabeza de la calculadora Sonomi. ¿O es que acaso no lo habría hecho ya?

—Lo siento —tragué saliva y me disculpé finalmente—. Creo que no me siento bien. Todo esto es muy repentino.

Eriol asintió y me tomó entre sus brazos meciéndome dulcemente. ¿Qué estaba mal conmigo? El hombre más maravilloso del planeta acababa de pedirme matrimonio y estaba segura de que cualquier mujer mataría por estar en mi lugar. No obstante, yo no podía dejar de pensar en mi propia carrera, mis ideales desparramados por el suelo y mi orgullo ninguneado por el de Sonomi. Estaba siendo paranoica y lo sabía: mi lucha de orgullos con mi madre nada tenía que ver con el amor que Eriol me demostraba día a día. Además, podía continuar mi trabajo como profesora en Tokio, por más que no fuera tan tranquilo y hermoso como Tomoeda, ni los niños tan sonrientes y dicharacheros. Por más que en ello me fuera la libertad de escoger mi propio destino.

Tranquila Tomoyo, cerré los ojos y me aferré al abrazo de Eriol. Ya no más paranoia, ya no más poner mis sueños y mi orgullo y terquedad sobre los sentimientos de mi novio, sobre mis propios sentimientos, porque estaba claro que yo le amaba y quería formar una familia con él, ¿no?

—¿Vamos a dormir? —Eriol finalmente se separó de mí y me levantó la cara con una mano en mi barbilla. Asentí en silencio y le vi desaparecer hacia el cuarto de baño para lavarse los dientes. Le seguí y ambos nos colocamos frente al espejo a cepillarnos. Miré nuestro reflejo y traté de conectarlo con el resto de mi vida por las mañanas, por las noches. Ahí estaba el nudo negro otra vez.

Nos desvestimos y fuimos directo a dormir. Eriol no tardó en conciliar el sueño y aunque yo estaba tan cansada que creí que caería como piedra, la verdad es que me removí en la cama durante al menos media hora más antes de rendirme y levantarme para caminar a la cocina tanteando las paredes entre la penumbra. Necesitaba más agua y quizá algo dulce también, pero me detuve a medio camino al ver que algo brillaba sobre el sofá. Al acercarme me di cuenta que era mi celular asomando de entre mi bolsa olvidada en medio de la sala. Verifiqué que el brillo se debía a un mensaje recibido y lo abrí para leerlo. ¿Quién me escribía a esa hora de la madrugada? Mi sorpresa no podía ser mayor al comprobar que el recipiente era de un contacto que había incluido muy recientemente a la lista: Sakura Kinomoto. Habíamos intercambiado teléfonos aquella vez en el parque después de jugar ella, su prometido,  Touya, Ryusei y yo hasta el anochecer. Sentí mi propia sonrisa bailoteando en mis labios y me apresuré a leer el contenido:

“Lo prometido es deuda: ¡venganza!”

CD TouyaSabía lo que eso significaba. En el parque Touya había conseguido hacer de las suyas para avergonzar a Sakura hasta el punto de volverla más roja que un jitomate por el coraje, pero ella había prometido vengarse de sus burlas infantiles cuando menos se lo esperara. Al ver mi ansiedad por saber cómo lo haría me aseguró que sería la primera en saberlo cuando llegara el momento, y ahora mi sonrisa se ensanchaba al ver que había un archivo adjunto al mensaje. Se trataba de una foto y no lo pensé dos veces para abrirla. Tuve que llevarme una mano a la boca para contener la inminente carcajada, y es que allí estaba Touya frente a mí en primer plano, dormitando tranquilamente sobre lo que parecía ser un sofá y con el pequeño —e igualmente dormido— Ryusei entre sus brazos. Pero lo gracioso no era eso, sino los bigotes y la nariz de gato pintados en la cara de Touya con un muy generoso marcador indeleble —y este dato lo supe porque Sakura había tenido el detalle de colocar el marcador en una esquina de la foto para que yo lo viera—. Incluso tuvieron la delicadeza de delinearle un ojo pinto y coronar la sublime obra maestra con un par de orejas de peluche que sólo Dios sabe de dónde sacaron —porque estoy segura que en el delito participaron ambos prometidos.

Quise morir de la risa —vamos, que ese Touya se lo tenía bien merecido—, pero admito que después de la impresión inicial no pude evitar que me invadiera la ternura al ver cómo padre e hijo dormitaban en ese espacio reducido, el primero abrazando al segundo, y mi corazón se adentró en el terreno de lo cursi cuando me di cuenta que junto a Ryusei descansaba el ejemplar de Errores que funcionaron (1) que le obsequié el martes como agradecimiento al momento de regresarle el libro que me había prestado. En realidad era mi manera de disculparme por tardar tanto en devolverle el libro de su abuelo, aunque Ryusei no me reclamó nada y pareció muy contento por el regalo. Esperaba que pudiera gustarle, aunque realmente es difícil saber lo que pueda satisfacer a un niño tan singular como él, pero al final parece que fue una buena decisión. Una parte de mí casi quiso gritar de alegría al constatar que le estaba gustando y probablemente lo estaba compartiendo con su padre esa noche antes de caer ambos rendidos a los pies de Morfeo.

Me preguntaba miles de cosas. Por un lado no conseguía comprender cómo diablos habían logrado pintar todo eso en el rostro de Touya sin despertarlo (tenía el concepto de que era de ésos que dormían dispuestos a despertar al mínimo sonido), y por otro no podía dejar de mirar la mancuerna que esos dos formaban. Eriol no es muy afecto a los niños, por eso su renuencia a tener hijos. Sé que él quiere darme el gusto y por eso su sugerencia de apadrinar a un niño en África, cosa que me parece muy bien, pero que no deja de causarme un pequeño vacío. No puedo imaginarme una familia sin un par de niños corriendo de aquí a allá y entre mis piernas. Pero una última burbuja flotó hasta la superficie desde las profundidades de mi cabeza confundida: era definitivo, estaba enganchada a mis alumnos. Viendo a Ryusei en la pequeña pantalla de mi teléfono me daba cuenta que  no podía llegar un día y decirles de buenas a primeras que me regresaba a Tokio. No podía marcharme y después preguntarme si Hokuto habría conseguido subir sus notas de matemáticas, si algún día Akira dejaría de jugarle bromas a la pequeña Chizumi sólo para verla rabiar, o si el astuto Paul ganaría el concurso de trabalenguas que la escuela solía organizar en diciembre. ¿Y Ryusei haría más amigos? Era increíble, pero tenía muchas expectativas al verlo toparse un par de veces con los niños de cuarto grado que había conocido recientemente.

Reí. Incluso extrañaría los interminables chismes de la profesora Nakamura.

¿Era tan difícil para mi madre comprender por qué amaba mi profesión y no me arrepentía ni un instante de haberla escogido? No sólo ella. ¿Eriol lo entendería también? Si él estaba tan dispuesto a casarse conmigo, ¿qué me diría si le pidiera que me dejara terminar el año escolar en Tomoeda antes de casarnos? Al menos quería cerrar ese ciclo. No podía quedarme así y dejar a medias a mi primer grupo. Todos los maestros coincidían en eso: el primer grupo nunca se olvida. Y quería estar en mi puesto junto a los demás profesores durante la ceremonia del fin de cursos, viendo a mis alumnos pasar al curso siguiente orgullosos de su nuevo gran paso.

Tenía una decisión en mis manos que ahora sujetaban el móvil mucho más firmemente que hacía unas horas que temblaban entre los dedos de Eriol. Vi la idea cruzar frente a mis ojos casi tan clara que podía cogerla en mi puño y eso fue prácticamente lo que hice: aceptaría la propuesta de Eriol y volvería  a Tokio, pero no para trabajar en la empresa de mi madre y formar parte en sus filas, sino para continuar siendo una profesora de escuela elemental. Además, si él realmente me amaba y estaba dispuesto a todo no sólo tendría que saber esperar, porque definitivamente terminaría mi año académico en Tomoeda, sino que comprendería que yo quería formar una familia de verdad, de más de dos.

Yo ya no temblaría. Más importante aún: ya no me tomarían por sorpresa ni me bailarían con el abrakadabra de un mago (literalmente, cabe mencionar). Mi sueño estaba ahí, y era entre niños como Ryusei, como Chizumi o Akira, o como todos los demás, y si Eriol me quería en su futuro, entonces mis sueños tampoco tendrían que competir con ese futuro, sino entrar en él.

Sonreí y le contesté a Sakura para agradecer tan fabulosa imagen. Sin darse cuenta me había ayudado a encontrar mi propia resolución y afrontar la nueva situación. Estaba enamorada, pero no por ello renunciaría a mis propios deseos para seguir a un hombre. Con un soplo mis temores se esfumaron y metí el aparato en mi bolsa antes de regresar a la habitación a descansar finalmente y mucho más tranquila, sabiendo que mañana podría hablar con Eriol. Él me amaba como yo a él, estaba segura, de manera que lo entendería y me apoyaría. Sólo tenía que esperar unas horas y comunicarle mi sentir.

¿Quién sabe? En un futuro podría llegar a ser una novia tan feliz e ilusionada al lado de mi prometido como Sakura con Shaoran. Sólo era cuestión de compartir objetivos.

(1) Errores que funcionaron (Mistakes that worked), de Charlotte Foltz Jones. Ed. Random House Children’s books. 1994

Notas de la autora : hay dos cosas que adoro de este capítulo: el vestido de Tomoyo y la imagen de Touya dormitando con Ryusei entre sus brazos, al grado que no pude resistirme a pintar a mi trigueño favorito. A lo largo de este día subiré la imagen a mi DeviantArt (IsisTemptation) y  Facebook (Isis Temp). En cuanto al capítulo, apuesto a que de aquí comenzarán a surgir varias teorías sobre la relación de Eriol y Tomoyo y cómo es que meteré a Touya en la ecuación. Me gustaría leerlas, así que no duden en compartir si las tienen 😉

Espero que les haya gustado. Un capítulo un poco más largo esta vez, pero no se acostumbren demasiado.

¡Hasta la próxima!