6. No existe una situación desfavorable, sólo actitudes desfavorables

Esa noche no pude dormir bien. Las palabras de Touya me siguieron hasta la almohada. Durante la madrugada me preguntaba una y mil cosas sobre mi relación con Eriol. No sólo era la distancia. Creo que lo peor era comprender que nuestros intereses no eran los mismos: él ni siquiera quiere pensar en la palabra “hijos” y yo siempre he soñado con eso. Siendo sinceros ¿a dónde nos dirigíamos realmente? Si queremos que lo nuestro funcione, ¿Tendré que renunciar a mi trabajo en Tomoeda y volver al bullicioso y caótico Tokio? ¿Tendrá que renunciar Eriol al éxito que tanto trabajo le está costando conseguir y marcharse a una ciudad que apenas figuraba en el mapa? ¿Debería seguir manteniendo mis esperanzas de poder cambiar su opinión sobre la paternidad algún día y formar una familia de verdad?

A la mañana siguiente desperté con un ligero pero continuo dolor de cabeza, de ésos que no te tumban en la cama, pero tampoco te dejan en paz. Como había prometido, Eriol llegó muy temprano y decidí abordar el tema con él pero realmente no salió nada fructífero de nuestra corta charla al respecto. Eriol se mostró evasivo con respecto al tema y al cabo de un rato lo entendí: ¿qué sentido tiene romperse la cabeza por un futuro tan desconocido? Nuestra relación es estable y los dos somos inteligentes y nos queremos, así que deberíamos ser capaces de salir adelante en cualquier situación. Lo que Touya dijo es verdad: no podremos estar lejos uno del otro por toda la vida, ni sabemos cuándo volveremos a estar completamente juntos ni cuál sería nuestro destino, y probablemente esos argumentos serían suficientes para acabar con cualquier relación, pero no la nuestra, no para dos personas tan obstinadas como nosotros. Además, Eriol en cierta forma tiene razón: aún somos muy jóvenes y tenemos mucho tiempo por delante para poder analizar y aterrizar nuestros planes sobre formar o no una familia.

Era momento de punto y aparte. El resto del día decidimos disfrutarlo con una función de teatro y haciendo el amor al volver a mi apartamento hasta que murió la tarde. Eriol regresó a su cotidianidad en Tokio y yo a la mía en Tomoeda. Una llamada diaria y un “te amo” cada noche. Sé que hay parejas que bajo el mismo techo conviven menos que nosotros. Así pasaron un par de semanas y pronto me olvidé del asunto, y probablemente me hubiera olvidado incluso de Touya de no ser porque ahí estaba todos los días su hijo con algo nuevo bajo la manga para recordarme que había hecho un trato con el padre. Ahora era Tomoyo Daidouji: espía secreta de niños de primaria. Cada mañana reía al recordarlo.

—¡Auxilio! —el grito de una pequeña de cuarto grado me llamó la atención y entonces asomé la cabeza por la ventana del pasillo en donde estaba para ver cómo uno de sus compañeros lanzaba una araña sobre su almuerzo durante el receso. Ryusei, apostado en su rama de preferencia, bajó para ver qué pasaba en medio del alboroto que se había armado rápidamente, pues otros dos niños se habían sumado a la tarea de estropear también el almuerzo de las dos amigas que acompañaban a la primera. Pensé en reportarlo con la maestra de los seis, pues me parecía que eran de la misma clase, pero Ryusei ya se había acercado y no pude más con mi curiosidad. Para defender mi posición podría decir que debía estar presente para evitar alguna pelea mayor.

—No es bueno molestar a las niñas —fue su comentario introductorio y los tres chicos se detuvieron en su tarea para burlarse de él, cosa que a Ryusei pareció no importarle. Estaba más ocupado tomando a los insectos que vagaban por la comida y devolviéndolos al césped.

—¡Mátalos, mátalos! —chillaban las niñas.

—¿Por qué?

—Porque son feos.

—Porque las arañas pican.

—Porque son asquerosos.

Ryusei contempló a las chicas por espacio de unos segundos y frunció el ceño, confundido.

—No son feos, son insectos. Las arañas no pican, muerden, y lo asqueroso sería que no existieran, porque ellos comen otras cosas que sí son asquerosas, como animales muertos, excremento…

—¿Excremento?

—Caca —aclaró con toda la naturalidad del mundo.

—¡Qué asco! —las tres niñas se fueron corriendo y dejaron sus almuerzos intactos sobre el césped. Los tres abusivos, en cambio, seguían muertos de la risa.

—¡Eso estuvo genial! —uno se acercó a Ryusei y entre carcajadas le puso una mano sobre el hombro—. Dijiste que no las molestáramos y por eso creí que las defenderías, pero las mandaste a volar. Ahora la comida es nuestra.

—Pero es su comida —parpadeó Ryusei aún confundido con la huida de las pequeñas y el repentino trato amigable del otro.

—Y ya no se la comerán porque mencionaste la palabra “caca” —otro chico se adelantó a tomar una de las cajitas y le guiñó un ojo—. ¿Quieres? Hay mucho.

—Aquí hay pulpo —el tercero hurgó en otro de los almuerzos—. ¿Quién quiere?

—Pero eso no está bien —Ryusei ya no sabía a cuál de los tres dirigirse—. ¿Por qué lo hacen?

—Porque tenemos hambre, ¿tú no?

—Sí, pero…

—Entonces come. No es bueno desperdiciar la comida —se adelantó el segundo y, ni tardo ni perezoso, le acercó una croqueta de pescado—. Están ricas.

Ryusei titubeó y se quedó mirando dubitativo la croqueta.

—Papá dice que la comida no se debe desperdiciar porque hay gente que no la tiene…

—Mi mamá dice lo mismo. Toma.

El pequeño Kinomoto finalmente aceptó y cogió la croqueta, masticándola rápidamente.

—Ustedes son como los Hadza —comentó de pronto y todos le miraron como si fuera un extraterrestre. Yo no pude evitar darme de topes con una mano. Ese chico era un amor, pero a los ojos de la mayoría nunca dejaría de ser el extravagante Ryusei.

—¿Qué es eso? —preguntó finalmente uno sentándose e indicándole a Ryusei que hiciera lo  mismo.

—Una tribu de África —se sentó también—. No son completamente nómadas pero sólo comen lo que cazan o recolectan, aunque no siempre consiguen comida y  a veces pasan días así.

Era el fin: ahora lo correrían a patadas por ser una “rata de biblioteca”, pensé, pero el chico de la araña (y que parecía ser el cabecilla del grupo de pequeños malandrines) pareció muy impactado con la información.

—¿En serio? ¿Y ellos no tienen que ir a la escuela?

Los otros dos soltaron sendas carcajadas, aunque Ryusei no supo su primero reír o responder a la pregunta. Ahora la intrigada era yo: ¿Acaso el pequeño Kinomtoo había logrado conseguir un par de nuevas amistades con chicos mayores que él? Pero no podía evitar reírme también. Ese pobre chico había terminado haciendo todo, menos lo que se había propuesto: defender a las damiselas en peligro. En lugar de ello las había espantado y se quedó a disfrutar el botín con los chicos malos.

Interesante, pensé. Ya no podía esperar a ver cómo continuaba esa historia.

————

Por la tarde recibí una llamada de mamá. Puede parecer que después de casi tres meses fuera de Tokio extrañaría a mi familia pero la verdad es otra. Sonomi Daidouji nunca se caracterizó por ser una madre especialmente amorosa, más bien era como si la casa fuese una extensión de su empresa: lo manejaba todo a la perfección, no podía haber errores, y como no podía haber errores tampoco quedaba mucho espacio para sentimentalismos. No me quejo, no puedo decir que tuve una triste infancia ni odié a mi madre porque su empresa fuera más importante que yo para ella. No, en realidad sé que siempre se preocupó por mí… a su manera. Después de todo yo debía ser su sucesora, su “obra maestra”.

Aunque terminar como maestra de primaria en una ciudad tan lejos del mundo financiero no era precisamente el resultado que ella había esperado para su “obra maestra”. No, Sonomi Daidouji dejó muy en claro que ella no me ayudaría aunque volviera arrastrándome de rodillas implorándole perdón y rogando por una oportunidad para dirigir la empresa a su lado. En pocas palabras yo era su “fracaso maestro”. Tampoco podría haber esperado otra reacción de su parte, e incluso probablemente me hubiera asustado que de pronto se volviera toda maternal y dijera cosas como “si es tu sueño, entonces hazlo, atrévete a ser feliz”. Dan escalofríos de sólo imaginarlo, aunque definitivamente lo habría hecho frente a otros sin pensarlo dos veces. La hipocresía Daidouji también corre por mis venas: somos expertas en sonrisas dulces al mayoreo.

¿Entonces por qué la llamada? En poco menos de dos semanas sería la fiesta de aniversario de la compañía. Veinticinco años se dicen fácil, pero no lo son. Seguían siendo más de los que yo tenía, y mamá llevaba al mando cerca de quince. No importaba si yo estaba en Arabia saudita o en Tomoeda, faltar como su hija no era una opción, así que al llegar el día tendría que presentarme como la encantadora Tomoyo de siempre y brindar junto a sus socios y empleados.

Después de colgar llamé a Eriol para avisarle. Inmediatamente reservó el día en su agenda para poder acompañarme y eso me quitó un gran peso de encima. Ninguna reunión podía terminar mal con alguien como él a mi lado. Ciertamente era el novio perfecto y sabía manejar hasta la peor de las situaciones con una destreza infalible, así que me senté en el sofá aliviada de tener todo en su lugar nuevamente… o probablemente no. Admito que aún me sentía algo inquieta al respecto; tenía un extraño presentimiento y no entendía de qué se trataba. Nunca había sentido temor de mamá. ¿Por qué entonces esta ocasión parecía tan importante? Probablemente sería por tener que medirnos las máscaras como quizá nunca antes: ella, la madre amorosa y orgullosa de su hija la “autoexiliada”; yo, la hija perfecta y orgullosa de su madre.

Algunas náuseas de por medio.

Estaba comenzando a entrar en una probable crisis de histeria, y no soy precisamente la clase de persona a la que le guste dejarse llevar por el drama y encerrarse en casa a lamentar su vida, de modo que decidí salir a correr y sudar felizmente mis fantasmas, así que me cambié de ropa y fui directamente al parque pingüino, donde rápidamente me vi inmersa entre niños corriendo y alguna que otra pareja de adolescentes acariciándose bajo los árboles. El cambio de atmósfera me sentó bien, además todo parecía transcurrir más lentamente y los colores que brotaban a mis ojos eran cada vez más vívidos bajo el hechizo de Sigur Rós en mis oídos. Me gusta escuchar música tranquila mientras corro, me hace sentir más ligera y libre, como si mi cuerpo no existiera en absoluto y no fuera más que una hoja moviéndose con el aire.

Estaba funcionando. La perspectiva de encontrarme en una fiesta con mamá después de la última discusión tras la cual llegué a Tomoeda ahora no parecía más que un simple trámite. Además, no estaría sola y todo pasaría rápido en compañía de Eriol. Finalmente me encontraba tan relajada contemplando esta nueva perspectiva que tardé bastante en darme cuenta que un hombre que trotaba a mi lado me estaba dirigiendo la palabra. Fue hasta que vi su mano haciendo señas en mi campo visual que me sobresalté y lo miré.

—Perdón —dije sacándome los audífonos y él me sonrió apenado.

—No, discúlpame tú a mí por asustarte, pero te estaba llamando desde hace unos cien metros y me di cuenta que no podías escucharme, así que decidí alcanzarte —rió y se formaron unos hoyuelos a los costados de su boca. Era un hombre atractivo y tendría menos de treinta años—. Tienes las agujetas desatadas, te puedes caer.

Sorprendida, miré hacia abajo y confirmé que las cintas de mi pie derecho se habían aflojado, así que agradeciéndole me hice a un lado del camino para permitir el paso a los demás corredores mientras las arreglaba. Él se detuvo también.

—No vienes a correr seguido, ¿verdad? No te había visto antes por aquí.

Meneé la cabeza y le expliqué que prefería correr por las mañanas. Al instante pareció interesado.

—¿En serio? ¿A qué hora? Ha estado lloviendo últimamente por la mañana, ¿no te mojas?

Si ésa era su manera de ligar, necesitaba una buena depuración, pensé. Claro que me iba a mojar bajo la lluvia. Aún no conocía la manera de crear un campo protector para correr bajo el agua sin terminar empapada.

—Uso un juego impermeable —comenté como si de verdad eso evitara que acabara siempre con los pies mojados y fríos y terminé de anudar el cordón—. ¡Listo!

—Kento Kawazaki —se presentó de pronto y me di cuenta de que no sería tan fácil librarme de él. Soy una corredora solitaria. Me gusta admirar las plantas y animales con un poco de música relajante de fondo, no un galán con sonrisa de muñeco.

—Tomoyo Daidouji —me presenté reanudando la carrera y él me imitó.

—¿Cuánto sueles correr normalmente?

Resistí la tentación de entornar los ojos. Era definitivamente la clase de persona que si te encuentra cosechando fresas te preguntará sobre fresas, y si te ve saltando en paracaídas te preguntará sobre acrofobia o deportes extremos.

—Unos cuarenta minutos. Cinco a seis kilómetros a lo sumo.

—Muy bien, se ve que tienes condición.

No necesito decir que aprovechó este comentario para comerme con la mirada de arriba abajo y de regreso. Sí, sé que tengo buen cuerpo pero no está en oferta, así que aparta tus ojos de aquí, pensé.

—Gracias —logré forzar una sonrisa. Tenía que deshacerme de él, pero no le haría notar que me estaba incomodando. Los lobos huelen el miedo, pensé, y yo no era ninguna presa indefensa.

—Oye, por aquí hay un restaurante italiano buenísimo. Me gusta ir a veces terminando de estirar. ¿No te gustaría acompañarme?

—Muchas gracias, pero…

—No importa que vayas vestida así —me interrumpió—. Yo también estoy así y mira que estoy sudando, de manera que por eso no te preocupes. Yo invito, ¿qué dices?

—Lo siento, pero tendrá que ser en otra ocasión.

Y abrió la boca para insistir nuevamente cuando fue inesperadamente interrumpido, pero no por mí.

—Será mejor que lo olvides, Kaito.

Conocía esa voz, y al detenerme para mirar hacia atrás no me sorprendió mucho encontrar a Touya sentado en una banca a escasos cinco metros de nosotros. Acabábamos de pasarlo y no me había dado cuenta de ello. Él sostenía un libro en la mano.

—Hola Touya… qué sorpresa —mi “acompañante” sonrió, pero de pronto parecía un poco nervioso e incómodo.

—Es maestra de primaria, probablemente tendrías más oportunidad si la invitaras al zoológico que a tomar una copa en un restaurante italiano —comentó como si nada dejando el libro a un lado—. Además, tiene novio y tampoco creo que le interese salir con un hombre casado, así que déjalo así.

¿Casado, había dicho? Supongo que sí, porque el otro se puso aún más nervioso tras su sonrisa.

—Te equivocas, Touya, yo… no era eso lo que…

—No es de mi incumbencia. Si te vas ahora no le diré a Rei —Touya lo miró con hastío y cierto aburrimiento—. Lo que pase entre ustedes dos no es de mi incumbencia.

El sujeto desapareció como la espuma y yo continué de pie frente a Touya, quien ante mi mirada confusa se limitó a encogerse de hombros aún en su posición sobre la banca. Por un momento mi memoria regresó a lo ocurrido después del festival escolar y ese vergonzoso momento en que estuve cerca de quebrarme por sus comentarios burdos y afilados. Elevé los ojos al cielo y esperé a que él no fuera a sacar el tema a colación.

—Es el esposo de mi asistente en el consultorio. La ha engañado con media Tomoeda desde hace un año, pero ella sigue sin querer dejarlo, así que no es mi problema —comentó a modo de explicación y yo agradecí con un suspiro que se enfocara en el tema—. No tienes por qué agradecerme.

Recuperé la compostura y le miré con una ceja alzada. ¿Agradecerle?

—No lo estaba haciendo.

—Es cierto. ¡Qué malos modales! —esa media sonrisa morena se arrastró desde la comisura izquierda de su boca y yo me crucé de brazos.

—¿En serio? No recuerdo haberte pedido un favor. Además, puedo librarme de un hombre como él yo sola.

—Me di cuenta de eso —alzó el mentón sarcástico y yo decidí comenzar a estirar las piernas. Había sido suficiente ejercicio por hoy.

—Para tu información, no es raro que un hombre necio se me acerque para intentar ligar, así que debo estar siempre preparada.

—Con esas licras no me sorprende —tomó nuevamente su libro y comenzó a buscar la página para reanudar su lectura. Agradecí en silencio que no aprovechara el comentario parar mirarme las piernas o, peor aún, a la cara, porque había sido totalmente inesperado y no pude evitar sonrojarme.

—Hace calor y es más cómodo así —me defendí mirando mis piernas perfectamente visibles con las licras cortísimas y ceñidas.

—Estoy de acuerdo: siempre es más cómodo mirar un buen trasero con ropa ajustada y no tener que estarlo buscando tras capas y capas de ropa holgada o faldas largas —sin dejar su lectura, me sonrió maquiavélicamente y yo sentí mi cara arder. ¿Quería decir que me había estado “observando” o simplemente se refería a que los hombres normalmente lo hacían todo el tiempo (cosa que tampoco es para sorprenderse)? Un momento… ¿Con “buen trasero” se había referido al mío?

Respira y sigue estirando, me recordé. Me preguntaba si se notaría que mi cara no sólo estaba colorada por el ejercicio.

—¿No trajiste a Ryusei-kun al parque contigo? —cambié de tema y él levantó la vista de las páginas para señalarme en dirección hacia el prado. Apenas entonces me di cuenta que había dejado la parte profunda de la ruta y había regresado al área de juegos cerca de la entrada. Efectivamente había cumplido mi cuota de seis kilómetros, pero también vi a mi alumno jugando una especie de bádminton para tres con la que reconocí de inmediato como la hermana de Touya y un apuesto joven de cabellos castaños.

—¿Es el novio de Sakura? —no pude evitar sonreír—. Hacen una pareja perfecta.

Sentí a Touya ponerse de pie a mi lado y claramente lo escuché gruñir.

—Se casarán en un mes. Sakura ha estado muy estresada con los planes de la boda y por eso ese chiquillo insoportable insistió en que viniéramos al parque hoy.

Por alguna razón comprendí inmediatamente que con “chiquillo insoportable” no se refería precisamente a Ryusei. De modo que teníamos un hermano celoso…

Sonreí.

—¿Cuál es su nombre?

—Syaoran Li

—¡Oh, es chino! —me llevé una mano a la boca con un poco de exageración—. ¿Y no piensa llevarse a su esposa a China?

—Claro que no. Sobre mi cadáver —de perfil a mí, su gesto era ahora el vivo retrato de lo que llamaríamos un ceño espartano. Me lo imaginé gruñendo como macho y gritando “¡Esta noche cenaremos en el infierno!”

—Pero… ¿no te agrada la idea? —me hice la inocente—. Seguramente a Ryusei-kun le vendría bien un primito con quien jugar.

Ahora sí me gané la mirada asesina. Podía descuartizarme en cualquier momento, lo juro, pero yo continuaba sonriéndole como un inocente angelito, conteniendo una carcajada interna.

—Nada de “primitos” para Ryu. Para eso están sus compañeros de la escuela.

Alcé los brazos para estirarlos también y me llevé una y otra mano hacia los omóplatos. Continué con tono casual:

—Hablando de sus compañeros de escuela, hoy tu hijo hizo bullying a tres niñas de cuarto grado.

—Eso no puede ser cierto.

Me encogí de hombros. Claro que no quería difamar al tierno Ryusei, sólo quería ver la reacción de su padre, pero evidentemente el hombre conocía bien a su hijo.

—En parte sí, en parte no. Lo hizo sin querer. Por cierto, ¿no te contó que se ganó un par de amigos?

Sorpresa. Creo que era la primera vez que lo veía con esa cara. Su expresión se suavizó por completo ante la confusión.

—¿En serio?

—Algo así. Al menos es la primera vez que lo veo comer con alguien que no sea la  pequeña Ayami. Ya veremos cómo continúa esto.

Pero Touya parecía satisfecho con las buenas nuevas.

—Muy bien, profesora, te has ganado una estrellita en la frente —me tomó del brazo y comenzamos a andar en dirección de los otros—. ¿Eres buena para el bádminton?

¿Íbamos a jugar con su hermosa hermana? Fabuloso, pensé; había algo en esa chica que me atraía como un imán. Quizá era su frescura, su soltura, su naturalidad y belleza pese a la ausencia total de maquillaje. No lo sé, pero desde el instante en que la vi por primera vez había imaginado que  a una parte de mí le gustaría ser como ella y poder moverse a través de la vida con la libertad y vitalidad que ella emanaba.

—Claro. ¿Vamos a jugar con ellos?

—Sí, así que no te enfríes aún, porque no pienso perder contra ese mocoso —me dirigió una sonrisa ladina y me guiñó un ojo. Sonreí. A fin de cuentas sería una excelente tarde. Incluso agradecí a Sonomi Daidouji haber sido la causa de sacarme de mis tareas vespertinas y arrastrarme hacia la calle a disfrutar de Tomoeda—. Por cierto… —Touya fingió un ceño esta vez—, ¿qué pasó con el libro que Ryu te prestó? No lo he vuelto a ver y ya son… ¿cuatro semanas?

¡El libro! Me espanté por un momento. Lo había olvidado casi por completo, y no me refería a que no lo hubiera leído, sino a que lo estaba haciendo a la par que otro, casi olvidando que debía regresarlo a su dueño. Me sentí terriblemente avergonzada y me mordí el labio inferior, pero al ver que Touya parecía disfrutar de mi situación opté por encogerme de hombros y sonreírle con la dulzura e ingenuidad de una niña.

—Creo que necesito una semana más… máximo. ¿Debo pagar alguna multa por el tiempo de retraso, señor Bibliotecario?

Touya alzó ambas cejas y pude ver que una risa luchaba por abrirse paso en la comisura de sus labios, pero logró contenerse magistralmente y cambiar su expresión por una más bien astuta.

—Quizá —me miró de soslayo—, pero debería tener cuidado, señorita. Las deudas con un Kinomoto siempre se cobran a tiempo y con intereses.

¿Era una advertencia? Aunque creí que alguien como Touya sabría ponerle más picante a una oportunidad así, pero tan sólo le había agregado un poco de pimienta. Nada con lo que yo no pudiera lidiar.

—Descuida, un Daidouji siempre paga lo justo.

Pero Touya aún no terminaba, y fue justo antes de llegar con Sakura que agregó:

—Es bueno saberlo, porque no hay nada peor que un trato injusto. Ahora dime… ¿qué te parece desaparecer a ese tipo de la faz de la Tierra? —dijo señalando al novio de su hermana—. A cambio podrías incluso quedarte con el libro. Es un buen ejemplar.

—¡Touya, escuché eso!

—Está bien, está bien —Touya alzó las manos en señal de paz—. ¿Te parecen dos libros? ¿Cuántos quieres?

—¡Hermano!

Pobre Sakura, pensé, tenía un hermano adolescente de treinta años.

—¡Profesora Daidouji! —se acercó Ryusei mientras su padre y su tía discutían—. Se ve usted muy feliz hoy.

¿En serio? Y me di cuenta entonces que estaba sonriendo. No sólo eso: al seguir escuchando la sarta de tonterías con la que Touya continuaba empeñándose en molestar a su hermana noté que incluso me costaba trabajo no prorrumpir en carcajadas.

 

Notas de la autora: me congelaré (o liofilizaré, dependiendo de lo que sea mejor) unos 20 años y entonces me casaré con Ryusei-kun. Esa criatura es tan inteligente y a la vez tan inocente que resulta desconcertante y encantador. Y bueno, si no puedo tener al padre, el hijo no me vendría nada mal. ¡Es un amor! Aunque sigo prefiriendo al padre, tan maquiavélico y exquisito, pero al mismo tiempo tan… tierno. Es simplemente hermoso cuando se preocupa por su hijo o cuando ayuda a Tomoyo e intenta hacerse el desentendido. ¡Yo quiero uno así!

El próximo capítulo viene con dibujo incluido, así que estén al pendiente. ¡Gracias por sus comentarios! Si les gustó el capítulo o sienten que hubiera podido ser mejor, no duden en dejar un review. ¡Hasta la próxima!