5. Que tu vida profesional no intervenga con tu vida personal… ni viceversa.

Y así como la primera, las dos semanas de preparativos para el festival escolar se pasaron volando y los arreglos se extendieron hasta el sábado, por lo que el primer fin de semana pude ver a Eriol y tuvimos que conformarnos con una videollamada. Pero finalmente el sábado del festival llegó y desde temprano todos los niños corrían de un lado a otro disponiendo todo para la gran inauguración a mediodía.

Mis alumnos no eran la excepción. Estaban tan ansiosos como nerviosos y tuve que pasar un buen rato tratando de calmar a uno de los protagonistas de nuestra obra, el pequeño Aizawa que parecía temeroso de olvidar sus líneas en el peor momento. Pero la hora de  abrir las puertas para dejar pasar a los padres y el público en general llegó más pronto de lo que creía y tuve que apresurarme a dar las últimas indicaciones a mis alumnos, tanto los que estarían en el puesto del patio como los que se concentrarían en la obra. Era agradable verlos ayudarse unos a otros.

—Kinomoto-kun, ¿has visto mi espada? —se acercó Aizawa a Ryusei. El nervioso pequeño no conseguía recordar en dónde había dejado la espada de cartón que había hecho para su personaje. Ryusei se encogió de hombros.

—No.

Aizawa suspiró y fue a hacer la misma pregunta a otro compañero. Temía que si no la encontraba caería en otro ataque de pánico, así que me acerqué a Ryusei y me agaché a su lado para hablarle al oído.

—Creo que a Aizawa le gustaría que alguien lo ayudara a buscar su espada. ¿No te parece?

Él parpadeó dos veces antes de responder. Sus cejas pobladas se unieron en su frente.

—Entonces debe pedir que alguien lo ayude.

Entiendo tu lógica, pero no siempre funciona así; quise decirle pero me reservé el derecho de hacerlo y mejor cambié mi estrategia.

—¿Y no te gustaría a ti ayudarle? Es muy importante para la obra.

Él me miró con sus ojazos oscuros y asintió, pero no se movió de su lugar. Ya me iba acostumbrando a sus respuestas exactas.

—Entonces te propongo una cosa: vamos a buscar esa espada. Entre todos es mucho más fácil. ¿Está bien?  Ya verás que se pondrá muy contento si lo ayudamos —esta vez, además de asentir puso manos a la obra y comenzó a buscar por el salón y los pasillos. Al darse cuenta de que tenía un ayudante, Aizawa sonrió y corrió a decirle de qué color era su espada. Casi podría apostar que era la primera vez que veía a Ryusei cruzar algo más que preguntas y respuestas con uno de sus compañeros. Un gran paso, si estamos hablando de uno de mis alumnos más singulares.

No pude vigilarlos por mucho tiempo. Tenía que darme rondas al patio para ver cómo iban los demás. Era un poco difícil tener al grupo dividido de esa manera, pero después de verificar el puesto de galletas fui alcanzada por la siempre elocuente profesora Nakamura.

—Te dan ganas de dividirte en dos para estar en todos lados, ¿verdad? —me sonrió y yo asentí—. Pero no te preocupes, son más responsables de lo que a veces nos atrevemos a imaginar. ¿No quieres un poco de agua? Mis pequeños están vendiendo limonadas.

Necesitaba una, así que caminé con ella hasta el puesto de segundo grado y ahí me encontré con la pequeña Ayami, fan acérrima y probablemente única amiga de Ryusei. Al verme la chiquilla se sonrojó y me tendió un vaso.

—Usted es la maestra de Ryu-kun.

No era una pregunta, pero igualmente asentí.

—¿Irás a ver a tu amigo a la obra en la tarde?

—¡Sí, ahí estaré! Yo no pude estar en la obra de mi clase porque… porque dicen que soy muy distraída —hizo un pequeño mohín, pero yo no podía negar semejante aseveración: mientras la niña decía esto no se daba cuenta de que había tomado otro vaso y ya estaba derramando su contenido en el piso.

—Ayami-chan, el vaso —Nakamura le llamó la atención y la pequeña hizo un gesto de sorpresa antes de correr para limpiar su pequeño caos. No pude evitar tratar de imaginarme a los dos amigos juntos. Uno demasiado serio y poco dado a la conversación, y la otra risueña y dicharachera, además de distraída. Parecían polos opuestos.

—————

Afortunadamente el día pasó sin mayores contratiempos y pronto la atención comenzaba a centrarse en las presentaciones que haría cada clase en el escenario dispuesto al otro lado del patio. Me dirigí al puesto de galletas para invitar a mis alumnos a apoyar a los compañeros que se presentarían. Ahí me encontré con ni más ni menos que el papá de Ryusei y sus extraños amigos. Lo que no esperaba era verlos acompañados de una hermosa jovencita de ojos verdes y curiosa melena castaña. Ella y Touya caminaban al frente y los otros dos más atrás. Me pregunté si sería su pareja. ¿Pero no era ella muy joven para él? Parecía incluso un poco más joven que yo, así que calculé que tendría unos veintidós, quizá incluso veintiuno.  ¿Touya salía con una chica nueve años menor que él?

—Tomoyo —él me vislumbró y no tuve otra opción que acercarme—. Te presento a Sakura…

Ocho, nueve años, seguía pensando yo mientras él hablaba. ¡Era la edad que tenía Ryusei! Y no es que estuviera en contra de las relaciones con diferencia de edad, pero ella podría ser apenas una universitaria y él… bueno, él ya tenía un hijo en tercer grado.

—Ryu me ha hablado de ti, pero no creí que fueras tan joven. Por favor, cuida bien de él —la hermosa chica, Sakura, hizo una inclinación formal y yo al ver sus enormes y brillantes ojos color verde esmeralda sonriéndome me sentí por completo cautivada. ¡Qué hermosa era! Touya, sin duda, tenía buenos gustos.

—Claro —sonreí tratando de fingir que no me había quedado perdida en mis pensamientos—. Ryusei-kun es un niño fabuloso. ¿Vienen a verlo a la obra?

—No, en realidad veníamos a supervisar cómo cerraban los puestos. Nos iremos a casa después de eso —Touya arqueó una ceja y yo sentí que se me tensaba la mandíbula. Encendí mi detector de sarcasmos.

—¡Touya, no seas grosero! —saltó Sakura regalándole una mirada asesina a su novio, pero él se encogió de hombros.

—Tranquila monstruo. A veces Tomoyo hace demasiadas preguntas.

¿Qué diablos quería decir con eso? Además, ¿le había llamado monstruo a su hermosa novia? Ese hombre…

—No me llames así frente a la maestra de Ryu. Va a pensar que eres un papá demasiado infantil, así que compórtate.

Demasiado tarde, querida, ya lo pienso.

—Tranquilos, muchachos —salió Yukito como el patriarca de paz—. ¿No creen que deberíamos ir adelantándonos para apartar un lugar cerca del escenario?

—Tienes razón. ¿Traes la cámara Touya? Papá no te va a perdonar si no le llevas imágenes de la actuación de su único nieto.

¿Papá, nieto? ¿Acaso ya estaban comprometidos?

—Creo que con una foto bastará. ¿Cuántas expresiones y posiciones diferentes puede tener un árbol?

—Podemos tomar desde diferentes ángulos y escoger la mejor —propuso Yukito y yo ya me sentí de más en esa conversación entre la pareja y los otros dos, así que me dispuse a marcharme.

—Técnicamente, la mejor foto sería una en la que pudiera apreciarse su cara, así que tendremos que acercarnos. Fujitaka-san inclusive se subió a los primeros escalones del escenario para tomarte esa foto cuando fuiste cenicienta en la preparatoria. Fue una buena toma.

Y no, no se estaba dirigiendo a Sakura. Yue (que hasta el momento había estado callado como una tumba) no le hablaba a otro, sino a Touya. Y todo cayó en su lugar…

—¡Oh, ahora entiendo por qué Ryusei-kun tenía miedo de que le tocara un papel femenino! No quería que le tocara hacerla de cenicienta como a su papá en la escuela.

Touché. La cara de Touya era una fabulosa amalgama de emociones. Creo que él mismo se debatía entre lanzar miradas asesinas a su amigo por dejarlo en evidencia, a mí por descubrir su secreto o a Sakura por morirse de la risa. Me olvidé por completo de mi deseo de irme de ahí.

—Te veo muy sola, profesora. ¿No invitaste a tu novio al festival? Regularmente otros maestros lo hacen.

La sonrisa se borró de mi boca. Eriol había dicho que vendría, pero se supone que llegaría a mediodía y ya eran las cinco de la tarde. Lo peor es que no me contestaba las llamadas y yo no podía evitar preguntarme si acaso algo le había pasado. Entre molesta y preocupada, había guardado cualquier reacción y mis conclusiones para después, pero el comentario nocivo de Touya (porque estaba segura que lo había hecho a modo de venganza) las había hecho aflorar de repente.

No, señor, no le daría el gusto de verme molesta.

—Mi novio está en camino. Tiene que venir desde Tokio, así que probablemente algo lo retrasó —barbilla elevada, me recordé. Ahora sonríe e invítalo gentilmente a desaparecer de tu vista—. Yukito-san tiene razón: les sugiero que se vayan adelantando para que alcancen un buen lugar.

—¿No irás también a ver a tu grupo?

Ante la pregunta de Yukito, fingí mirar mi reloj.

—Falta todavía media hora para que salga y mi novio no debe tardar en llegar, así que lo esperaré un rato más de este lado del patio. Allá le será más difícil encontrarme con tanta gente.

El cuarteto estuvo de acuerdo y se marchó entre nuevas discusiones por parte de la pareja y un silencio muy cómodo entre Yue y Yukito. Yo me senté junto a una de las jardineras y miré por enésima vez mi celular por si acaso me había llegado algún mensaje de texto. Nada.

¿Dónde estaba Eriol?

——————-

Mi grupo fue el cuarto en presentarse, así que aún quedaban varios por salir antes de terminar el ciclo de presentaciones. Después de felicitar a mis alumnos su esfuerzo y el buen trabajo que habían hecho me dirigí a mi salón de clases a limpiar algo de lo que había quedado tirado entre el ajetreo final. Según el programa, los chicos debían encargarse de recoger todo el lunes a primera hora, pero pensé que sería buena idea ayudarlos un poco. Acababa de comenzar con la escoba cuando escuché el teléfono en mi bolso, que había dejado sobre el escritorio. Era de Eriol:

“Lo siento princesa. Se me cruzó un asunto urgente y no alcancé a tomar el tren hoy. No te avisé antes porque no pensé que tardaría tanto. Saldré mañana en el primer tren a Tomoeda”

Releí el mensaje otras dos veces con un suspiro. No quería molestarme, Eriol no merecía eso de mi parte. Él también tenía su trabajo y así como el mío me había requerido el sábado pasado, había veces en que el suyo también le exigía más tiempo. Sin embargo, no podía evitar sentirme un poco decepcionada en ese momento. Admito que así como mis niños querían que sus padres vieran el resultado de su arduo trabajo, yo también había esperado que mi novio pudiera conocer a mi clase y sentirse tan orgulloso de ellos como yo.

—Tendrá que ser para la próxima —intenté animarme sin lograrlo mucho. Me sentía desganada y francamente apática, así que olvidé un poco la escoba y recosté la cabeza sobre el escritorio. No sé cuánto tiempo pasó, pero me di cuenta de que me había quedado dormida cuando un sonido en la puerta me despertó de golpe.

—¿Qué haces aquí? —ya estaba oscuro, así que tardé en distinguir su silueta, pero reconocí su voz inmediatamente.

—Eso debería preguntar yo —respondí. Touya encendió la luz y caminó hacia mí.

—Ryu olvidó su mochila aquí —echó un vistazo hacia los escritorios y comprobó que en una de las sillas estaba, en efecto, la mochila de su hijo—. Creía que eso de dormir sobre el escritorio les correspondía a los alumnos —entonces su mirada se desvió hacia mi mano y comprendí que aún tenía el celular entre mis dedos—. Tu novio no vendrá, ¿verdad?

—No alcanzó tren. Vendrá mañana.

—Se lo perdió, fue un buen festival, así que quien debe lamentarlo es él, no tú.

—No lo lamento… —comencé y él inclinó la cabeza; evidentemente no me creía—, bueno sí, un poco, pero tampoco me puedo volver loca por eso. Son cosas que pasan.

—De una vez te digo que si piensas mantener una relación a distancia, la paciencia será tu mejor compañera.

—¿Es un consejo? —esta vez yo incliné la cabeza. Touya dándome un consejo parecía una situación casi irreal.

—Llámalo como quieras. Tampoco debes escucharme si no quieres…

—Gracias —lo interrumpí y vi que sus ojos se abría un poco más. No se había esperado que llegaría a agradecerle algo en serio, aunque a decir verdad yo tampoco. Pero lo cierto era que en ese momento él estaba ahí y me apoyaba, aunque fuera muy a su manera, y en una ciudad donde eran pocas las personas a las que conocía y en quienes podía confiar, acepto que fue muy reconfortante sentir un poco de calidez de su parte.

—Iremos a cenar ramen —Touya se aclaró la garganta—. ¿Quieres acompañarnos?

—Gracias, pero estoy bien. Aunque tu hijo lo haga ver como algo terrible, no le veo nada de malo a cenar sola —sonreí—. Supongo que querrán celebrar a Ryusei-kun por su buena participación.

Touya se encogió de hombros. Ese gesto era casi un tic para él.

—Sakura insiste en que vayamos. No puede resistirse a la tentación de celebrar cualquier cosa con su sobrino. Además, sólo es una excusa para invitar también al idiota de su novio y que se nos una después del trabajo.

¿Su novio… su sobrino?

—¿Sakura es tu hermana?

—Claro —me miró como si fuera la cosa más obvia del mundo—. Creí que eras buena para sacar conclusiones.

—No se parecen para nada. Ella es muy hermosa y parece una buena persona —me crucé de brazos.

—¿Qué estás insinuando? —alzó una ceja inquisitiva y yo  me limité a sonreír como un ángel.

—No eres precisamente la envidia del edén —entonces decidí aprovechar el momento para agotar el nuevo recurso que tenía a mi disposición—. A decir verdad, no creo que hayas sido la cenicienta más hermosa en la historia de tu escuela.

Esto era cercano a un jaque, y lo descubrí por la mirada que recibí entonces de Touya. Parecía querer atravesarme como el metal al ácido. Pensé que si pudiera sacar humo por su cabeza seguramente lo haría en cualquier momento. Inclusive se acercó hasta quedar justo junto a mi escritorio como una amenaza latente, próximo a ahorcarme, sacarme los ojos o alguna cosa similar. Yo, entretanto, me regodeaba de esa deliciosa sensación de tenerlo finalmente probando una cucharada de su propia medicina.

—Para tu información, no estuvo tan mal. Te aseguro que pude ser más convincente y “bonita” de lo que hubieras sido tú con ortodoncia y acné en la cara.

—¿Có…cómo sabes que usé brackets? —sentí mi cara arder y maldije por dentro haber titubeado. Él apoyó una mano en el escritorio y se inclinó hacia mí sin pudor alguno, tomando mi mentón con la otra mano. Estaba invadiendo totalmente mi espacio personal y sentí que el rostro se me enrojecía aún más. Nunca había visto sus ojos oscuros tan de cerca, a tan sólo algunos centímetros de los míos, y entonces su mirada descendió peligrosamente hasta mis labios. Un momento… ¿estaba pensando en besarme? ¡No! En un ataque de pánico me hice para atrás y me zafé del agarre de su mano. Él se sonrió con esa mueca burlona marca Kinomoto.

—Tienes la dentadura perfecta, demasiado perfecta para una mandíbula tan fina, sobre todo considerando el tamaño de tus incisivos centrales.

—¿Q…qué? —otra vez titubeaba. ¡Diablos! En un santiamén Touya había dado un viraje total e inesperado a la situación. ¡Yo había cantado jaque apenas un minuto atrás! ¿Cómo habíamos llegado a esto? Traté de aclarar mi mente y respiré para darme un segundo de calma. Casi me atraganté con mi propia saliva al hablar—. ¿Tú… qué sabes de eso?

—Soy dentista.

Abrí la boca, pero no salieron más palabras de ella. Me daba cuenta de que era la primera vez que sabía algo sobre la profesión de Touya. Curioso, pensé: había estado en su casa en dos ocasiones ya, era maestra de su hijo y ni siquiera sabía a qué se dedicaba el hombre. Él, en cambio, parecía satisfecho con ver mi cara de boba, así que me apresuré a cerrar la boca y erguirme nuevamente.

—Así que eres… dentista —repetí, más para mí que para él, pero Touya igualmente parecía complacido. Me aclaré la garganta decidida a borrar esa sonrisa socarrona de una vez—. Ahora entiendo el por qué de la “popularidad” de Ryusei-kun.

Una ceja alzada y nuevamente había ganado la intriga del hombre. Eran increíbles las diferencias que podía encontrar cuando era simplemente “Touya” y cuando retomaba su papel de padre de Ryusei.

—¿A qué te refieres?

—Cualquier niño normal tiene miedo de ir al dentista y enfrentar los fórceps y la jeringa gigante y metálica. Sabes a qué me refiero: en la imaginación colectiva se les caracteriza por ser sádicos y malvados, por divertirse a costa del sufrimiento de sus pacientes —crucé mis manos sobre el escritorio con alegría—. ¿Sabes? Creo que elegiste tu profesión ideal.

—Así que “sádicos” —contrario a lo que esperaba, Touya parecía tan divertido con mi palabrerío como yo misma. A continuación se dirigió hacia el banco de Ryusei y tomó la mochila que supuestamente había ido a recoger y que yo ya había olvidado. Incluso había olvidado que debían estarlo esperando para ir a cenar a alguna parte. Pero una vez hubo recogido la mochila regresó al escritorio y se recargó en una orilla contemplándome con autosuficiencia.

—Creí que tu familia te estaba esperando.

Él emitió lo que pareció ser un resuello complacido y se cruzó de brazos sin moverse de su recién adquirida posición.

—De eso se trata. Ahora, para tu información: he atendido a la mayoría de los compañeros de Ryu y ninguno se ha quejado de que sea un ogro en el consultorio. De hecho, sus madres me han recomendado a otras madres. Es en parte gracias a eso que nunca me hacen falta pacientes.

Así que teníamos a un Touya receloso de su oficio. Bien, pensé, es importante que alguien se sienta orgulloso de lo que hace sin importar lo que la sociedad opine de uno. Por una parte lo comprendía, pues tan clásico es el cliché del cruento dentista como lo es el de la maestra solterona y amargada (seguramente más de algún padre me había imaginado así antes de conocerme), pero no dejaba de sentir ganas de fastidiarlo un poco. Después de todo él me debía un par ya.

—Déjame adivinar: varias son madres solteras o divorciadas.

—Por lo menos la mitad —él chasqueó la lengua—. No me puedo quejar: jamás faltan a una cita.

—¿Alguna se te ha insinuado? —no entendí por qué lo preguntaba así. ¿Acaso sólo ellas tenían hormonas? Bien podría ser Touya el pervertido que se lanza directamente a las piernas de las madres de sus pacientes. El problema era que, por más que lo intentaba, no me lo imaginaba cazando mujeres como un lobo hambriento. Primero tendría que quitarse de encima esa sonrisa macabra o ese ceño que a veces le aparecía en la frente.

—Suelen decir que ellas también tienen algún problema, que les duele una muela, que esto y aquello… Son unos inocentes corderitos cuando llevan a sus hijos, pero cuando hago una cita para ellas… —silbó y me guiñó un ojo—. Olvidan el cuello alto, los pantalones y el pudor en casa.

—¿Y has salido con alguna de ellas? —lo lamenté antes de terminar la pregunta. Se había escapado de mi boca con tanta facilidad que parecía líquida. Me estaba entrometiendo demasiado y me di cuenta cuando él se volvió hacia mí y me dirigió una mirada carente de burla, absolutamente seria. Me mordí los carrillos para no sonrojarme y comencé una disculpa, pero él levantó una mano para detenerme con un gesto.

—¿Saldrías tú con el padre de uno de tus alumnos?

—No. No creo que sería ético.

—Exactamente —nuevamente mostró esa estrechísima sonrisa suya, apenas un levantamiento en la comisura de sus labios. No pregunté más: Touya no hubiera podido ser más claro.

—Además, tengo novio —agregué y él entornó los ojos.

—Honestamente, no creo que ese argumento te dure mucho. Lo importante es que no sería ético y podrías incluso perder tu trabajo.

—¿Por qué dices eso?

—Nunca me ha interesado saber cómo es en ésta, pero tengo entendido que en muchas escuelas no les tienen permitido a los maestros…

—No me refería a eso —me puse de pie para mirarlo más de cerca. Él seguía recargado en el escritorio, así que podía verlo directamente a los ojos—. ¿Por qué insinúas que no tendré a mi novio por mucho tiempo?

Pese a que esta vez era evidente que había reaccionado más de lo normal a sus usuales intrigas, Touya no se turbó en lo más mínimo por mi reclamo. En lugar de eso me devolvió una mirada indescifrable.

—¿Por qué escogiste Tomoeda? Está muy lejos de Tokio

—Quería probar algo nuevo. Un cambio —respondí encogiéndome de hombros.

—¿Y te gusta?

—Claro que me gusta —no comprendí a adónde iba esto, pero me sentía más enfadada a cada momento. Por supuesto que me iba a molestar que pusieran en duda mi relación de pareja.

—¿Pero regresarás a Tokio para dar clases allá?

—No lo sé —meneé la cabeza, confundida—. Me gusta mucho la tranquilidad de Tomoeda, me gustan mis niños.

Me gusta estar a cuatrocientos kilómetros de casa. A cuatro horas en tren bala de ella, pensé.

Tus niños… —repitió él asintiendo con la cabeza, analizándolo—. ¿Y tu novio vendrá a vivir a Tomoeda?

—No. A él le va muy bien en Tokio.

—Tú en Tomoeda y él en Tokio. Claro, suena como la relación de pareja ideal. Vivirán muy felices  por siempre y podrán visitarse todos los fines de semana con regularidad… como hoy, ¿no? —Touya ladeó la cabeza y finalmente encajó en mi cerebro lo que estaba queriendo decirme. Me descubrí incapaz de responderle inmediatamente y me quedé mirando a la nada. Seguía con los ojos puestos al frente y él continuaba enfrente de mí, pero no era a él a quien veía realmente, sino al vacío en el que acababa de caer tras las crudas palabras de Touya. Simplemente no había pensado en eso antes, ¿por qué? Es decir, habiendo una relación seria entre Eriol y yo, ¿no se supone que deberíamos haber hablado al respecto antes? Pero lo cierto es que en los dos meses que llevaba viviendo en Tomoeda me había encariñado no sólo con la ciudad, sino con esos pequeños con los que convivía todas las mañanas, que lloraban y reían enfrente de mí y me buscaban cuando tenían problemas. Por eso dejarlos y regresar a Tokio, donde estaba Eriol…

Estaba en el hoyo. Eran mis pequeños alumnos y Tomoeda o Eriol, el hombre con el que quería… ¿qué era lo que quería?

—Oye… —una mano en mi brazo me trajo de vuelta a la realidad y parpadeé para encontrarme de pronto con los negros ojos de Touya cerca de mi cara, escrutándome. Vi que iba a decir algo, pero pareció cambiar de opinión y en cambio guardó silencio. Poco a poco un nudo se fue formando en mi garganta. Mi mente continuaba en un fuero interno y no podía decidir qué hacer ni qué decir. De la nada me di cuenta de que la vista se me nublaba. Me sentía como una niña en un barco a la deriva, sin destino, sin saber qué hacer, pero eso sí: temerosa, muy temerosa.

Pero no podía llorar. No podía. Una Daidouji no se preocupa: se ocupa. No podía llorar antes de actuar. La vida es como los negocios, decía mamá, no se puede vivir sin una estrategia. Y yo creía tener una estrategia: ser la mejor maestra de primaria y llenar todas esas pequeñas cabezas con educación y cultura, con amor por la vida y sus criaturas, y…

Basura, ¿a eso llamaba yo una estrategia?

—Tomoyo, disculpa, no quise decir que…

—Descuida —le sonreí, aunque probablemente fue la sonrisa más quebrada de todo Japón. Tuve que cerrar los ojos porque sentía la maldita humedad crecer más y más—. Es tu opinión y eres libre de expresarla cuando quieras —y un pepino, porque ya sentía que se me cerraba la garganta, así que tomé mis cosas y caminé a la salida—. Debo ir a casa, y tú también, porque me parece que te están esperando.

Asintiendo sin más miramientos Touya me siguió y ayudó apagando la luz. Cuando ambos salimos y me dispuse a cerrar el salón me di cuenta de que aún quedaba caminar a la salida, pero no podía hacerlo a su lado. Necesitaba enfriarme primero, pero para eso debía primero estar sola, así que inventé que tenía que recoger algo en la sala de maestros y me despedí rápidamente de él, pero en el instante en que me disponía a salir volando en la otra dirección sentí que su mano fuerte me detenía tomándome del brazo.

No, por favor, rogué y tragué saliva (que me supo pesada y seca). No vas a lloriquear frente a él, me repetí, no vas a dejarle ver que tu vida sentimental se puede ir al caño en cualquier momento.

—No es de mi incumbencia lo que ocurra en tus relaciones sentimentales —le oí decir sin soltarme. Yo no lo miraba, pero sentí perfectamente sus ojos en mí—. Me pareció que la empleabas como una excusa y por eso lo dije, pero no debí hacerlo. Nadie más que tú debe decidir lo que haces con tu vida y tus relaciones, así que… discúlpame.

Entendí que a él le costaba tanto trabajo disculparse como a mí poder mirarlo y decirle cualquier cosa, por lo que lo único que me atreví a hacer fue asentir torpemente con la cabeza. Lo único que necesitaba era un momento a solas, un poco de reflexión, respirar y tranquilizarme, pensar con la mente fría. ¿Por qué no me lo concedía Touya?

Sólo un segundo. Aspiré profundamente y me volví hacia él. Gracias al cielo que era tan alto, pensé, porque si no alzaba la cabeza nuestros ojos jamás se encontrarían. Sonreí nuevamente como un payaso.

—No te preocupes, no es tu culpa lo que pueda o no suceder con mi vida sentimental. Además, fui yo la que inició el tema, ¿cierto? —me encogí de hombros y “reí”—. Así que… con permiso… —hice una inclinación formal de despedida y finalmente sentí que su mano liberaba mi brazo, quitándome una tonelada de encima—. Por favor, felicita a Ryusei-kun de mi parte. Lo hizo muy bien —continué sonriendo como pude y al fin di la media vuelta para huir de ahí con la espalda erguida y a paso tranquilo aunque las rodillas me flaqueaban. La sentía: la potente mirada de Touya siguiéndome por el pasillo hasta que doblé en las escaleras.

 

Notas de la autora: disculpen por la espera, pero muchas gracias por su paciencia. Entre exámenes, arreglo de documentación, visas y mudanza, la semana pasada fue una semana de locos. Finalmente estoy instalada en Praga. En cuanto al capítulo, yo sólo tengo una cosa que decir: quiero estar a solas en un salón de clases con Touya. Ah, y quiero un pequeño Ryusei para mí. ¿Y ustedes?

Gracias por sus comentarios y todo su apoyo. ¿Te gustó el capítulo, no te gustó? ¿Tienes algún comentario o crítica que hacer? No olvides dejar tu review. Se aceptan ideas, ocurrencias, y uno que otro Touya 😉

¡Hasta la próxima!

Isis T.