4. Nunca desperdicies la oportunidad de una buena alianza

A la semana siguiente comenzaron los preparativos para el festival escolar. En otras palabras, serían dos semanas de caos absoluto entre los alumnos. Aunque las clases continuaban era evidente que habían pasado a segundo término. El primer día todos mis alumnos estaban ansiosos por conocer la distribución de papeles para la pequeña obra que representaríamos y en los días subsecuentes había un desfilar de niños por los pasillos con telas y cartones de colores. Los salones de clase se convertían provisionalmente en talleres de costura, ensayos y preparativos para los puestos que se dispondrían en el patio. Las actividades de los clubes deportivos se suspenderían por unas semanas para dar a los pequeños más tiempo después de clases para preparar sus temas y presentaciones respectivos. El único club que continuaba funcionando con regularidad era el del coro, pues ellos también tendrían su propia presentación hacia el final del festival.

Por si fuera poca cosa estar al pendiente de que mis alumnos no se pelearan durante las diferentes tomas de decisiones ni se desesperaran en los ensayos, ni (peor aún) surgieran accidentes con tantas tijeras y hasta agujas en el rededor, había juntas de maestros todos los días para organizarlo todo y verificar avances. Tampoco en la sala de maestros faltaban algunas discusiones acaloradas, así que al final del día terminaba un poco aturdida y con ganas de ir a casa a relajarme un poco.

Con esa idea salí el jueves después de una de las juntas más largas. Al finalizar las clases habíamos estado en la sala de maestros cerca de tres horas y lo único que agradecía (pese al reclamo incesante de mi estómago vacío) era que al fin habían quedado resueltos la mayoría de los conflictos que se habían presentado en la semana. A fin de cuentas, todos queríamos que resultara bien. Sin embargo, nada me prepararía para la cadena de sucesos que estaba a punto de desarrollarse a partir de ese momento…

Todo empezó con la sorpresa de encontrarme con uno de mis alumnos sentado en el borde de una de las jardineras que estaban cerca de la salida. Raro, pues ya todos se habían ido a sus casas, así que no pude contener mi curiosidad y caminé directamente hacia él. Al sentirme cerca, él levantó la mirada y se puso de pie.

—Profesora Daidouji —me recibió con una cortés inclinación de cabeza.

—¿Qué haces aquí, Ryusei-kun? —no pude evitar preguntar—. Creí que ya todos se habían ido.

—Sí, se fueron. La estaba esperando, maestra.

¿A mí? Me señalé con un dedo y é asintió. Mi curiosidad no hacía más que crecer cada vez que estaba con ese niño.

—¿Y se puede saber para qué me esperabas?

—Sí.

Entorné los ojos. Era aquí donde se supone que él debía decirme por qué. Olvidaba por un instante lo exactas que eran sus respuestas.

—Y bien… ¿para qué me esperabas?

—Para entregarle esto —hurgó entonces entre su mochila y pronto sacó un libro que no tardé en reconocer.

—Ah, es el libro sobre los Incas —sonreí. No creí que se acordaría de ello. Incluso yo lo había olvidado con tanto ajetreo.

—Ya lo terminé, y usted me preguntó si podría prestárselo cuando lo hiciera.

Evidentemente no lo había dicho tan en serio, pero él sí se lo había tomado así, de manera que con mucho gusto acepté y agradecí el detalle. También sentía curiosidad con respecto a las civilizaciones antiguas y lejanas, pero nunca me había propuesto leer un libro entero al respecto. A lo mucho había leído algún artículo esporádico en internet o alguna enciclopedia. Pero siempre hay una primera vez para todo, me recordé.

—¿Vas a esperar a alguien más? —pregunté y él meneó la cabeza—. Entonces, ¿qué te parece si te acompaño a tu casa? Ya voy hacia la mía, así que podemos caminar juntos.

—Está bien —él asintió y guardó rápidamente dos libros que tenía afuera de la mochila para colgársela al hombro.

—¿Estabas haciendo la tarea? —él asintió y yo me alegré que su espera no hubiera sido en vano. No sabía cuánto tiempo había estado el niño solo aguardando en el patio. Nos pusimos en marcha y pronto cruzamos la salida para llegar a la calle.

—La señorita Daidouji era la única maestra que llevaba puesto un kimono el viernes —comentó de pronto y debo confesar que me tomó por sorpresa.

—¿Te encontraste con más profesores en el festival del templo? —Ryusei asintió—. ¿Y te gustan los trajes tradicionales? —nuevamente asintió—. Me alegra, porque te veías muy guapo con esa yukata.

El niño parpadeó y pude notar un ligero sonrojo en sus mejillas. Desvió entonces la mirada al suelo y se encogió de hombros.

—Su novio también traía una yukata. Era su novio, ¿verdad?

—Sí. Vino a visitarme especialmente para el festival —sonreí.

—¿A visitarla? —él me miró nuevamente con extrañeza en su rostro infantilmente fruncido—. ¿Él no vive en Tomoeda?

—No. Vive en Tokio.

—¿Y no lo extraña? —sus ojos negros eran casi enormes al preguntar esto—. Cuando yo vivía en Tokio extrañaba mucho a la tía Sakura.

—¿Viviste en Tokio? —esta vez fui yo la sorprendida—. ¿Cuándo fue eso?

—Sí, hasta los cinco años. Entonces nos mudamos a Tomoeda. ¿Extraña a su novio? —volvió a preguntar y entonces entendí que no le había respondido antes. Nakamura tenía razón: este pequeño era todo un personaje. Difícilmente dejaría una duda sin aclarar.

—Claro que sí, por eso  nos vemos los fines de semana —y, hablando de personajes—. Por cierto, ¿qué te parece tu papel para la obra?

Ryusei sonrió.

—Me encanta.

—¿Aunque no tengas diálogos?

Él se encogió de hombros

—Los árboles no hablan.

Y efectivamente así era, pero no era eso a lo que me refería. Normalmente los niños se peleaban por obtener el protagónico, o al menos algún papel secundario, pero nunca había visto a un pequeño quedar tan satisfecho con quedarse quieto durante toda una obra y ser parte de la decoración. Sin embargo, desde el momento en que había recibido su papel Ryusei lucía de lo más contento con él.

—Me gusta ser un árbol. Yue dice que ellos hacen… —titubeó y pareció forcejear con la idea unos segundos— fotosintiosis. Limpian el aire sucio y nos dan oxígeno, así que los árboles son vida, ¿no?

Sonreí preguntándome por qué aquel extraño hombre le enseñaría los principios de la fotosíntesis a un pequeño de ocho años, aunque seguramente alguien como Ryusei tendría mucha curiosidad al respecto. Me abstuve de corregirlo y asentí.

—Eso es muy cierto, ¿pero no te hubiera gustado más hacer un protagónico? —él me miró con cierto recelo y entonces aclaré—. Quiero decir: ¿no te hubiera gustado ser alguno de los principales?

Él meneó rápidamente la cabeza.

—No me hubiera gustado que me tocara un papel de niña. Además, papá dice que no existe papel pequeño.

¿Y por qué tendría que tocarle hacer un rol femenino? Había suficientes niños para hacer los papeles de niños y bastantes niñas para hacer los de niñas, así que no entendí a qué venía ese miedo de tener que hacerla de niña, pero no quise averiguar más al respecto. Por lo demás, tenía razón en cuanto a que todo papel es importante. ¿Qué sería de nuestra obra sin un árbol tan encantador? Sonreí.

—Por cierto, Tenshi parece irse adaptando muy bien a su nuevo hogar. Creo que le gusta la piedra que puse de adorno en su pecera.

—¿En serio? —sus ojos se iluminaron—. Entonces, ¿no cree que muera como dijo Yue?

Meneé la cabeza.

—Claro que no. Ya verás que…

—Así que ahí estás —ambos nos volvimos al escuchar aquella voz y encontramos a su padre a unos metros de nosotros observándonos con una indescifrable mirada.

—¡Papá! —el chico sonrió ante la visión del hombre y fue a saludarlo. Touya, en cambio, aprovechó para despeinarle el cabello.

—Llegué a casa y vi que ni siquiera habías llegado de la escuela, así que ya iba a buscarte —entonces me miró a mí—. No avisaron que estarían saliendo tan tarde. Se supone que por eso se suspendieron los clubes.

—Es mi culpa. Ryusei-kun me estuvo esperando para prestarme un libro que le había pedido —él alzó una ceja suspicaz y entonces saqué de mi bolso el dichoso ejemplar—. Es éste.

—Ese libro es de papá —observó tras darle una rápida ojeada a la portada—. Ya es un poco viejo y es probable que algún dato tenga que ser actualizado, pero creo que te gustará.

¿Eso era todo? Suspiré. Al darme cuenta de que él no estaba enterado del famoso préstamo pensé que me reclamaría a mí o a su hijo por hacerlo sin su permiso, pero parecía más preocupado por tomar la mochila de Ryusei para llevársela al hombro y mirar el reloj para continuar su camino.

—Vamos a casa, ya es un poco tarde. ¿Qué te parece si pedimos una pizza?

El rostro de mi alumno brilló al escuchar la última palabra.

—¡Bien! —entonces me miró a mí—. ¿Le gusta la pizza, profesora Daidouji?

—Claro.

—¿Y de qué quiere que la pidamos?

Entonces entendí. Ese “le gusta” no era simple curiosidad, sino una invitación. Negué con la cabeza e hice un gesto con las manos declinando la invitación.

—No, yo no… Yo voy a mi casa, ¿recuerdas?

—¿No le gustaría cenar con nosotros? —Ryusei miró a su padre—. Papá, ¿podemos invitar a la señorita Daidouji a cenar?

Touya se encogió de hombros por toda respuesta y me miró. Entonces eran dos pares de ojos negros contemplándome fijamente.

—Yo sólo acompañaba a Ryusei-kun a casa porque me queda de camino —salvo una pequeña desviación, claro está—, así que no es necesario que…

—Lo siento, Ryu, parece que para tu maestra todo tiene que ser estrictamente “necesario” para poder aceptarlo.

Esa sonrisa socarrona había tardado bastante en hacer acto de aparición, pensé. Pero finalmente ahí estaba.

—No realmente —me enderecé. Se llama educación y cortesía, “apreciable” señor Kinomoto.

—Entonces puede cenar con nosotros —sonrió Ryusei acercándose a mí—. Siempre es mejor que comer a solas.

Sentí que la cara me ardía de vergüenza. Eso es exactamente lo que pasa cuando rebelas un poco de tu intimidad a un niño: no saben cuándo es el momento de callar. Además, ¿por qué me decía eso el niño que comía en la rama de un árbol y sólo esporádicamente se dejaba acompañar por la pequeña Ayami?

—No es por apresurarte, pero tengo hambre —Touya bostezó y me miró con aburrimiento—. ¿Vienes?

—Yo… —titubeé. Diablos, moría de hambre y todavía me quedaba llegar a casa a preparar algo. O quizá pasar algún restaurante. ¿Traía cambio en la cartera?

—Es una pizza, ¿sabes? No una cena con el presidente.

Con tanta mención de la comida, mi estómago no tardó en hacerse notar y gruñir su parte. De más está decir que me puse colorada como un tomate. A veces tu cuerpo decide mandar al diablo tu dignidad.

—Parece que la profesora Daidouji tiene hambre.

Gracias Ryusei, quizá tu querido y burlón padre no lo había notado.

—Está bien. Agradezco la invitación —hice una generosa inclinación de cabeza y continué el camino al lado de mi alumno.

—¿Vas cómoda? Si quieres te puedes quitar los zapatos e ir descalza. Sólo faltan dos cuadras.

—¿A la profesora Daidouji le gusta caminar descalza?

Algún día aprenderás que tu papá es un idiota. Apreté los dientes y sonreí.

—————-

Creí que era una exageración pedir dos pizzas grandes para dos adultos y un niño, pero nunca pensé que el papá de Ryusei comería de la forma en que lo hizo, aunque yo misma me sorprendí comiendo una rebanada más de la que había imaginado en un principio. Prácticamente no toqué la pizza de carne con carne más carne que había pedido Touya, pero la otra tenía albahaca, una de mis debilidades, así que le hinqué el diente con gran generosidad. Hasta Ryusei alzó sus pobladas cejas cuando me vio tomar la última rebanada y me sentí un poco culpable y hasta tentada de dejarla nuevamente en su caja, pero entonces la mirada retadora y socarrona de Touya me puso a prueba. ¿Creía que no sería capaz de comérmela por temor a las calorías? No, señor: Tomoyo Daidouji no da marcha atrás, calorías o no.

Al finalizar la cena Touya recogió las cajas vacías y las colocó en un apartado de cartón y papeles para desechar que tenía en un pequeño armario. No quedaba más por hacer, pues no se había molestado en sacar al menos algunos platos (y no que me importara; tenía tanta hambre que cualquier segundo de espera resultaba precioso), así que se volvió hacia su hijo para indicarle que se fuera a su cuarto.

—Ya no tengo tarea pendiente. La hice en la escuela —se defendió Ryusei, pero Touya fue inflexible.

—Quiero hablar con tu maestra un momento. Puedes jugar un rato si quieres y después salimos al parque, ¿qué te parece?

—Bien, pero… ¿estoy en problemas?

Esbozando una media sonrisa Touya se acercó a él y le removió el cabello.

—Espero que no. Ahora a tu cuarto.

El pequeño se despidió de mí y se fue. Entonces Touya se volvió a sentar en el sofá que había compartido con su hijo (habíamos comido en la sala, no sé por qué razón) y me miró con seriedad. Era tan extraño no encontrar al menos un atisbo de burla en su rostro que llegué a sentirme incómoda. ¿De qué diablos quería hablarme?

—¿Cómo sigue Ryu en la escuela? ¿Ha hecho algún amigo? —preguntó de pronto y entonces entendí por primera vez que estaba preocupado por la escasa convivencia social que mostraba el niño. Negué con la cabeza.

—No es enemigo de nadie, pero no son muchos los que se acercan a él, y Ryusei-kun no parece tener mucha iniciativa para interactuar con niños de su edad. No lo comprendo —confesé—: no parece tener problemas para tratar con adultos. Creo que en lugar de buscarme para prestarme un libro debería buscar a sus compañeros e interesarse por saber  más de ellos.

—Supongo que era así desde la guardería —reflexionó él—. Parecía más alegre cuando llegaban Yukito o Sakura de visita que estando con niños de su edad.

—Quizá no sea tan malo —quise aventurar—. Quiero decir… no es bueno, pero tampoco puede ser tan terrible. No es precisamente antisocial, simplemente se siente más cómodo entre adultos, cosa que no es tan rara. Supongo que siendo un padre soltero en la universidad no podías costearte una guardería tan fácilmente y tuviste que pedir ayuda a amigos y familiares para cuidar de él, así que aprendió a desenvolverse bien con otros adultos.

—Así que Ryu te lo dijo.

—Bueno, me dijo que su madre murió cuando él nació, así que seguramente tuviste que hacerte cargo de él todo este tiempo, y aunque Tomoeda es más económico que Tokio, no creo que una persona poco preparada podría costearse un departamento como el tuyo en una de las mejores zonas de la ciudad, así que me atrevo a pensar que al menos hiciste una licenciatura, y supongo que no pudo ser fácil hacerlo y cuidar de un bebé al mismo tiempo. Debiste tener unos veinte años cuando Ryusei-kun nació, ¿cierto? —pregunté finalmente. A veces tendía a adelantarme a conclusiones y no siempre eran acertadas, así que no sabía bien si era la verdad y aguardé por su respuesta, que no llegó sino hasta después de que se tomó su tiempo para analizarme con una mirada indescifrable. Por fin se cruzó de brazos y ladeó la cabeza apoyándose un poco más en el respaldo del sofá.

—No estás del todo bien, pero tampoco estás tan equivocada.

Inspirada por esto último me armé de valor para tratar de ir más a fondo:

—Y… ¿puedo preguntar en dónde me equivoqué?

—Tenía veintidós cuando Ryu nació.

—¿Tienes treinta?

Él entornó los ojos. Ya podía adivinar lo que seguía…

—No lo sé, eres tú la que enseña matemáticas a mi hijo. ¿Podrías decirme cuánto es veintidós más ocho?

Me retorcí un poco la falda con los dedos. No me iba a hacer caer en su jueguito de fastidio tan fácilmente, así que me encogí de hombros y tomé un poco de mi vaso de agua con toda  la tranquilidad del mundo. Esperaba que él continuara, pero no lo hizo, así que fui yo la próxima en lanzar la siguiente interrogante.

—Aún tengo una duda: ¿qué pasó con su mamá? ¿Ella…? —me mordí la lengua. Yo y mi maldita curiosidad. ¿No estaba siendo demasiado entrometida?

—Tuvo una complicación pocos días antes de la fecha en que esperábamos a Ryu. La llevé al hospital, pero no pudieron hacer nada: se desangró por dentro y existía el riesgo de que él muriera en la operación, así que ella no quiso arriesgar al bebé, aunque las probabilidades de que él se salvara no eran tan altas. Murió y sacaron a Ryu por cesárea.

Tenía un nudo en la garganta. Touya lo había soltado todo de un sopetón y ciertamente ni siquiera había esperado que respondiera a mi pregunta. Ahora sentía que tenía demasiada información y no sabía qué hacer con ella. ¿Debía decir que lo sentía? ¿Debía seguir preguntando o quedarme callada de una buena vez y largarme de ahí? Eran demasiadas mis dudas, aún más que antes, y Touya permitió que el silencio se alzara hasta cerrarse sobre mi garganta y pretender ahogarme.

—Quizá no debí preguntar…

—¿Por qué? Nakuru no revivirá, no importa si lo sabes o no —él se encogió de hombros—. Ryu no tuvo mamá y eso no cambiará si lo preguntas. Por otra parte, no creo que esté de más que como su maestra lo sepas. Veo que tienes tus teorías sobre él y no están tan equivocadas. Quizá tú puedas ayudarme a entender por qué es así y qué es lo que puedo hacer para que se sienta libre de convivir un poco más con chicos de su edad. Si saber sobre su situación ayuda, entonces no veo razón para no decírtela.

Me dejó boquiabierta. No sólo era su hijo: también Touya resultaba impredecible. El hombre no dudaba en poner los puntos sobre las íes para sacar adelante al niño. No sólo estaba preocupado, sino dispuesto a hacer lo que fuera por él. ¿No estaba acaso pidiéndome ayuda con esas palabras? Era una bandera blanca, lo que sea por Ryusei. Ya no se trataba de si yo estaba siendo demasiado entrometida o si él era un desconfiado: era Ryusei y nadie más. Y claro, yo no podría estar más de acuerdo.

—Así que por eso me invitaste a comer —concluí finalmente y esa sonrisa torcida comenzó a hacer aparición en sus labios.

—Tenía hambre. No me iba a poner a hablar de esto antes de comer.

—Te diré algo desde ahora: puedo observar a Ryusei-kun, puedo aprender de él y tratar de conocerlo más a fondo, pero yo no puedo hacer nada por interferir y hacer que tenga amigos como si tuviera una varita mágica —aclaré mirándolo directamente a los ojos y él descruzó sus brazos para inclinarse un poco sobre sus piernas y acercarse un poco más a mí. Nuevamente me analizó de pies a cabeza y supe hacia dónde iba—. Antes de hacer una broma sobre brujas, recuerda que eres tú el que me está pidiendo un favor. No busques un enemigo en quien puede ser tu aliado —y, damas y caballeros: touché. Touya se enderezó nuevamente e inclinó la cabeza. No mostró sorpresa (aparentemente su rostro sólo puede variar entre una sonrisa burlona y la seriedad absoluta), pero supe que lo había tomado con la guardia baja al adivinar sus intenciones. Entonces asintió, supongo que para sí mismo.

—Está bien, tú ganas. Además, no podría pedir más: sólo entenderlo y saber cómo ayudarlo, pero lo más importante es que Ryu se sienta cómodo en la escuela —se llevó una mano al mentón—. Esto es algo que nunca hubiera podido pedirle a su antigua maestra.

—¿Por qué?

—Eres muy curiosa.

Sí, lo era… lo soy. ¿Apenas se daba cuenta?

—¿No confiabas en Nakamura-san?

—Esa mujer inventaba cosas sobre Ryu sólo para hacerme ir cuando se le venía en gana. Puedes decir lo que quieras, pero esa maestra parecía más interesada en mí que en mi hijo, así que la respuesta es no, claro que no confiaba en ella.

Tragué saliva y aguanté una risilla. No sabía que Touya se había dado cuenta del plan de Nakamura. ¡Y ella que se ufanaba tanto de eso!

—Bien, entonces veo que los dos estamos de acuerdo —asentí y me puse de pie extendiéndole una mano—. ¿Podemos llamar a esto un trato?

Él se puso igualmente de pie y me encaró desde su altura.

—No necesito una espía que lo siga a todas partes, solamente una maestra curiosa y comprensiva. Supongo que eso queda claro, ¿verdad?

—Una maestra muy curiosa, querrás decir.

—Bien —esta vez apretó mi mano y pude sentir la fuerza de sus nudillos. No fue precisamente un apretón de carcelero, pero por su firmeza convencería a cualquier empresario buscando cerrar un trato millonario.

Recordando que Ryusei estaría esperándolo para salir juntos, no demoramos mucho después de eso y me acompañó a la puerta, pero justo antes de despedirme por completo caí en cuenta de algo:

—Oye…

Alzó una ceja. Acepté eso como un “dime”.

—Dijiste que no confiabas en Nakamura. Así que supongo que confías en mí.

Se recargó contra el marco de la puerta viéndome calzarme. Arrastró una de sus medias sonrisas con ese tinte de burla y un poco de intriga.

—No estás del todo bien, pero tampoco estás tan equivocada.

¿Acaso era su frase favorita?

 

Notas de la autora: para las que pensaron que Touya se portaría como un hombre que no da su brazo a torcer, lamento desilusionarlas. Me gusta esta faceta de él: burlón y protector, pero la única razón por la que sería capaz de solicitar ayuda sería por su hijo (los amo a ambos). Aunque Tomoyo no se queda atrás. Le está tomando la medida al hombre para poder actuar en su favor, pero cada uno tiene que ceder un poco día a día.

Y si todo prospera a buen ritmo… ¿qué diablos pienso hacer con Eriol? Sigan pensando. Me gusta mantener el misterio.

Gracias por sus bellos reviews y no dejen de escribir cualquier comentario que me quieran hacer (no muerdo). ¡Hasta la próxima!