31. Olvida todo lo que aprendiste

Ahí estaba él, con un gesto imposible de leer. Las manos en los bolsillos de su bata y los ojos fijos en mí; las pobladas cejas en una línea casi horizontal, sin fruncir, sin alzarse ni descender; los labios igualmente rectos. Entonces su rostro se inclinó ligeramente con la templanza de un maniquí y se dirigió a su hijo:

—Ryu, voy a hablar un momento con tu maestra. Pasa y quédate con Kawazaki-san mientras Yuki termina su trabajo o haz tu tarea si tienes algo pendiente.

El niño asintió y se despidió de mí como si fuera cualquier otro día. Cuando pasó al lado de su padre incluso aceptó sin tapujos la mano con la que éste le revolvió el cabello antes de cruzar la puerta. En cuanto el pequeño se fue, Touya se cruzó de brazos.

—Supongo que lo que sea que quieras hablar tomará más de dos minutos ¿Te parece si entramos a algún local? Hace un poco de frío acá afuera.

Entonces tomé nota de que sólo traía la bata puesta y alguna camisa debajo. Habían anunciado que nevaría esa noche y el frío que estaba haciendo no era para menos.

—Si no te molesta, podemos subir —señalé con la mirada hacia mi piso y él se encogió de hombros. Entonces se hizo a un lado y con un movimiento e cabeza me indicó que pasara primero, cosa que hice sintiendo sus ojos en mi espalda mientras subíamos la escalera y llegábamos a la puerta de mi piso. El silencio corría entre nosotros como un armiño blanco deslizándose por cada recoveco disponible, expandiéndose súbitamente cuando abrí la puerta y mis muebles aparecieron frente a nosotros. Me concentré en quitarme los zapatos, bufanda y abrigo para no distraerme pensando en lo diferente que era esta vez de la última que habíamos entrado juntos, con las manos entrelazadas y una ansiedad a flor de piel. Ahora el armiño del silencio se deslizaba hacia mi sofá, desapareciendo en partículas de polvo cuando me relamí los labios secos y tragué lo que se sintió como una bola de estambre por la garganta.

—¿Quieres algo de té?

—No, gracias.

Bien, seguía el momento incómodo. Durante todo este tiempo yo aún continuaba buscando una reacción adecuada para la información que Ryusei me acababa de transmitir. Me tambaleaba entre el hueco que me había quedado al ver la tristeza en el rostro del niño y la confusión, ira incluso, de no entender las razones de Touya para hacer pasar a su hijo un trago tan amargo al decirle de buenas a primeras ese secreto que tanto se había molestado en guardar sin saber cómo iba a reaccionar. Me senté en el sofá y esperé a que Touya hiciera lo mismo, pero dejé mis ojos fijos en el interesante espectáculo de mis rodillas.

—Le dijiste a Ryusei-kun sobre su abuelo —solté de pronto—. ¿Puedo preguntar por qué lo hiciste?

—Me pareció que era el momento de decírselo.

Me irritó el tono casual con el que lo dijo, como si no hubiera estado lleno de temores un par de semanas atrás, recordando su experiencia al ver a su hijo secuestrado, hablándome con una sinceridad que en su momento había agradecido silenciosamente.

—Un momento muy oportuno, por cierto —identifiqué veneno en mi lengua—. Sabías que estaba pensando en renunciar a mi trabajo e irme de Tomoeda para evitar cualquier roce de la prensa con ustedes, por eso decidiste soltarle la bomba a un niño de nueve años. ¿Creíste que si él lo sabía yo ya no me sentiría responsable de que alguien más lo descubriera y decidiría quedarme? —mientras hablaba, no podía quitarme de la cabeza el pequeño cuerpo de mi alumno entre mis brazos y sus ojos tristes—. ¿Qué clase de padre pone a su hijo en esa situación sólo para poder seguir acostándose con su maestra de primaria?

—Lo que estás diciendo no tiene ningún sentido —Touya habló en un tono moderado, pero podía percibir la molestia en su voz. En mi fuero interno yo misma sabía que estaba interpretando las cosas desde el peor punto de vista y acababa de decir algo que muy seguramente no había debido, pero entre el estrés de los últimos días y lo ocurrido con mi alumno un momento atrás había alcanzado un punto de amargura acumulada en el que todo parecía más negro que de colores y no me podía detener.

—De acuerdo, Ryusei-kun se lo tomó mucho mejor de lo que cualquiera de los dos esperaba, pero sigue siendo un niño y es más sensible de lo que parece. ¿Acaso no lloró cuando se lo dijiste?

—No.

—Eso no significa que no se haya sentido muy mal al respecto; triste, quizá decepcionado. Touya, estamos hablando de su abuelo —me volví hacia él con cara de pocos amigos y él enfrentó mi mirada sin inmutarse. Prácticamente acababa de llamarle mal padre, a él, al orgulloso Touya, y su rostro apenas mostraba un ceño. ¿Qué diablos estaba pasando por su cabeza?

—Por supuesto que se puso triste, incluso perdió el apetito por un día y eso es mucho decir. Tomoyo, voy a reformular tu pregunta: ¿realmente crees que pondría a Ryusei en esa situación por algo de sexo?

Sus ojos negros me taladraron como dos clavos. No con furia, sino con un dolor tan profundo como sutil. Fue la primera vez que me di cuenta de por qué Touya sabía identificar mis mentiras como si fueran una carta abierta sobre la mesa: porque su maestría para ocultar dolor y preocupación era superior a la mía en muchos aspectos. En un parpadeo repasé cada ocasión en la que Touya me había hablado en un tono casual sobre la muerte de Nakuru, las dificultades que había pasado para criar a Ryusei, su inquietud de ver la falta de interés de su hijo en hacer amigos, y finalmente el infierno que había pasado cuando había creído perder a Ryusei a causa del abuelo. Recordé la templanza con la que me había hablado la noche en que había sido acorralada por un prófugo en mi propio departamento, así como la paciencia con la que había esperado a que me decidiera a hablar con él después de mi inesperado (y nunca explicado) distanciamiento por el asunto de las cámaras en mi piso. Había subestimado sus emociones al respecto debido a su falta de reacción, pero había sido engañada por sus encogimientos de hombros y sus sonrisas guasonas. Probablemente ésa había sido su manera de evitar preocupar y lastimar a sus seres queridos, primero a Sakura, luego a Ryusei. Había pasado su infancia cuidando de su hermana tras la muerte de su madre y después se había dedicado a criar a Ryusei después de haber perdido a la mujer que amaba y a la madre de éste.

Y yo acababa de poner en duda su responsabilidad como padre y su amor por su propio hijo.

—No. No lo creo —bajé la cabeza sintiéndome como una intrusa en mi propia casa—. Lo siento.

—¿Sabes por qué me decidí a hacerlo? —aunque no se había alterado realmente antes, su voz sonaba más suave ahora. Cuando hice un movimiento negativo con la cabeza él continuó—. Porque también vi lo mucho que le había afectado enterarse de que pensabas dejar Tomoeda. Si hubiera esperado hasta que fuera demasiado tarde para decírselo, además del asunto de su abuelo también habría tenido que lidiar con la culpa de saber que él había sido la razón de que te fueras. Al menos ahora, si aún te quieres ir, no será con la excusa de que es para proteger a Ryu.

—Lo siento —repetí con un nudo en la garganta. No necesitaba ser adivina para saber que esa decisión le había costado sangre a Touya, pero que lo había hecho anteponiendo el bien de Ryusei a sus temores. Su manera de enfrentar el problema había sido mucho más directa y madura que la mía, y sin embargo lo había juzgado y justo ahora me sentía peor que mal por ello, como un pedazo de escoria nadando en un río de aguas negras. Yo había pensado en huir, vistiéndome de falsa heroína y sintiéndome una mártir por volver a casa a cumplir con mis “obligaciones”; él, en cambio, había dejado a su hijo decidir por sí mismo en lugar de seguir alimentando un problema protegiéndolo de algo de lo que probablemente ni siquiera necesitaba ser protegido. Frente a alguien como él, mis razonamientos y decisiones parecían un drama adolescente. Sin darme cuenta había entrado en un ciclo de autocompasión que sólo estando frente a él supe reconocer y del que ahora quería y debía salir, pero estaba demasiado frustrada y terriblemente avergonzada para lograrlo con sólo pensarlo—. Otra vez te juzgué sin razón, yo… —traté de limpiarme los ojos con una mano cuando sentí la primera lágrima caer sobre mi pantalón. Ni siquiera supe por qué era yo la que lloraba sin una razón aparente, pero Touya tomó mi mano y la apartó de mi rostro, regresándola a mi regazo sin soltarla.

—No eres la única. No debí haberte comparado con tu madre a sabiendas de que no te llevas bien con ella.

—Tampoco es que estuvieras del todo equivocado —suspiré con derrota—. Quiera o no, me parezco a ella en muchas cosas.

—Lo dudo. Cuando hablas de ella la haces sonar como una bruja y tú… no lo eres tanto —sonrió ante la mirada asesina que le lancé.

—¿Tanto?

—Excepto cuando haces esa cara.

—Deberías hacer como Ryusei-kun y aprender de Yukito-san cómo tratar a las mujeres.

Se encogió de hombros y se inclinó hacia mí. Por un segundo pensé que me besaría la mejilla, pero entonces sentí su aliento en mi oído, acariciándome muy a propósito.

—Hay algunas cosas que Yuki nunca podría enseñarme sobre las mujeres. ¿Quieres saber a qué me refiero? —tragué saliva y se me olvidaron las lágrimas en un instante. ¿Cómo había cambiado la conversación tan drásticamente sin siquiera una notificación o una pista para prepararme? Pero, antes de que pudiera reaccionar, Touya volvió a enderezarse y, tras una sonrisa fugaz, su rostro recuperó bastante de la seriedad anterior—. Hablando de tu madre, hay algo que quería decirte, si es que quieres escucharlo.

—¿Sobre mi madre? —lo miré como a un león de dos cabezas. ¿Qué tendría que decir sobre ella si jamás la había visto?—. Está bien, te escucho.

—Sé que no ha sido la epítome de una madre ejemplar y amorosa, pero no deja de ser tu madre y dudo que todo lo que ha hecho haya sido con el mero objeto de fastidiarte la vida. No la conozco ni estoy justificando lo que ha hecho —se apresuró a decir al ver lo que debía ser una expresión no muy amigable en mi rostro—, pero a veces uno como padre hace… cosas…

—¿…de las que no puedes sentirte orgulloso? —intenté completar y él se encogió de hombros.

—Sí, algo así.

—Pero mi madre sobrepasa varios límites.

—Todos lo hacemos y nos justificamos diciendo que es por el bien de los que queremos proteger.

—¿Lo dices por experiencia, señor “para casarte con mi hermana tienes que derrotarme en una pelea”? —reí sintiendo como si me quitaran un enorme peso de encima y recibí un ceño de antología que me hizo alzar las manos en broma a modo de defensa—. Dime, ¿qué es lo más extremo que has hecho por cuidar de Sakura? Lo sepa ella o no —lo dije en tono casual, sin pretender sonar demandante, pero Touya miró al techo como si en él se encontrara la respuesta a todos sus problemas.

—Le pedí a Yue que la vigilara mientras yo vivía en Tokio.

—¿Contrataste a Yue para espiar a tu hermana? —estoy segura de que se me hubieran saltado los ojos si no estuvieran bien enraizados en sus fosas oculares.

—Con lo torpe que es, tenía miedo de que el monstruo terminara cometiendo alguna tontería por confiar demasiado en desconocidos. Ya la conoces, es densa como una mula y cuando era adolescente era mucho peor —resopló con fastidio—. Pero Sakura no sabe nada de esto, así que no se lo digas. Yue hizo un buen trabajo siguiéndola, como siempre, pero eso ya lo sabes.

“Pero eso ya lo sabes” Me quedé de piedra.

—Tú sabes que Yue me estaba… —titubeé y busqué una señal de reconocimiento en su gesto, pero él se limitó a inclinar la cabeza hacia un lado como si no tuviera importancia—. ¿Lo supiste siempre? ¿Cómo? ¡Y por qué no me…!

—Lo comencé a sospechar cuando apareció de la nada para defenderte del convicto loco —explicó sin dejar de mirar al techo, abstraído—, pero nunca lo pude comprobar hasta que lo enfrenté hace unos días y lo hice confesar. Por tu manera de actuar después de enterarte de lo de Ryu y su abuelo, me imaginé que al menos suponías que alguien te estaba siguiendo y luego recordé que lo de tu apartamento había sido una sugerencia de Yue… entre muchas otras cosas. Así que decidí hablar con él y me dijo todo lo que necesitaba saber.

—La gente a la que espiaba se enteró por completo. No parece tan profesional como él mismo lo dice —intenté comentar a modo casual y Touya alzó una ceja.

—No importa mientras la contratista no lo sepa, y no creo que eso ocurra por boca de ninguno de los dos. En fin, sólo quería ejemplificar que a veces los padres cruzamos algunos límites con tal de cuidar a nuestros hijos.

—En el caso de mamá, más que cuidado me parece que es una obsesión por el control.

—¿De verdad lo crees? —giró la cabeza para clavar sus ojos oscuros en mí—. Piénsalo: eres su única hija y heredera y vives en un pueblo donde podría ocurrirte cualquier cosa sin que ella pueda enterarse incluso por semanas, ya que su comunicación no es constante. A mí me suena como a un blanco fácil para cualquiera que quiera sacar una buena suma de la señora Daidouji.

Iba a replicar y me descubrí muda. No tenía con qué contradecir algo así, al menos no tenía manera de negar que existiera esa posibilidad. De hecho no dejaba de recordar la época en la que mamá quiso asignarme un guardaespaldas y terminó desistiendo ante mi insistencia, colocando finalmente un espía tras mis zapatos sin mi conocimiento (y de lo cual me enteraría mucho tiempo después). Pensándolo bien, la idea de que mamá hubiera contratado espías para seguir mi rastro en caso de que estuviera en peligro no era tan descabellada.

—Pero si es como dices, ¿por qué no me lo diría ella misma? Este asunto de los informantes ha hecho nuestra relación aún más difícil que antes.

Touya se encogió de hombros.

—No sé cómo piensa la señora Daidouji, eso te lo dejo a ti. Si lo crees posible por lo que conoces de ella, entonces puede serlo.

—En cualquier caso tengo que hablar con ella al respecto. No puedo estar bajo vigilancia el resto de mi vida… —me interrumpí al escuchar una melodía desde el bolsillo de Touya. Él se apresuró a sacar el teléfono y tras ver el contacto en la pantalla se disculpó para contestar.

—Dime Yuki —escuchó algo breve y continuó—. Lo siento, voy a tardar más de lo que pensaba. Yo ya vi a todos mis pacientes por hoy. ¿Puedes llevarte contigo a Ryu y al rato paso a recogerlo? —volvió a escuchar y asintió con la cabeza pese a que el otro no lo veía—. Sí, pásamelo —tapó el recibidor y volvió el rostro hacia mí, casi divertido—. Ryusei  quiere hablar con ambos —enseguida se escuchó una voz infantil y aguda en el teléfono y Touya lo colocó en altavoz frente a nosotros.

Papá, ¿te vas a quedar con la señorita Daidouji hoy?

—No. Al rato paso por ti a casa de Yuki.

—Le dije lo que me contaste del abuelo. ¿No debía hacerlo?

—No te preocupes, todo está bien, Ryusei-kun —le sonreí al aparato y Touya me imitó.

—Señorita Daidouji, ¿ya no está enojada con papá?

—No estaba enojada con tu papá, sólo teníamos que resolver un par de cosas, pero ahora todo está bien.

—¿Se encerraron en la habitación? —preguntó con un tono casual que me habría hecho dudar de haber escuchado bien de no conocerlo como lo hacía.

—¿Por qué dices eso, Ryusei-kun? —sabía que podría arrepentirme de preguntarlo, pero tenía que hacerlo.

—Mitsuo dice que cuando sus papás se pelean ambos salen contentos después de encerrarse juntos en la habitación.

Touya y yo nos miramos antes de que un gesto travieso comenzara a aparecer en su rostro. Con los labios gesticulé un “No”, pero Touya ya le estaba sonriendo al aparato.

—Aún no lo hacemos, pero tienes razón: quizá sería buena idea intentarlo.

—No, Ryusei-kun —me apresuré a corregir lanzando una mirada glaciar a Touya—, lo que tu papá quiere decir es que hay otras maneras de resolver nuestras diferencias. Cuando dos personas se quieren como pareja, a veces se “encierran en la habitación” juntos y las cosas salen mejor, pero ése no es el caso con tu papá y yo.

¿Porque ustedes dos no son pareja?

—Exacto. Yo soy tu profesora y él tu papá. Es una relación distinta.

—Pero podría cambiar si los tres nos ponemos de acuerdo —agregó Touya y de reojo vi su expresión divertida.

—Touya, no…

—¿Qué dices, Ryu, te gustaría que tu maestra favorita y yo tuviéramos una relación así?

¿Eso quiere decir que podríamos cenar con ella todas las noches?

—Sí, más o menos. También podría pasar la noche en casa cuando ella quisiera.

“¡Tou-ya!” gesticulé con los labios intentando llamar su atención y roja como un tomate, pero él parecía muy concentrado en lo suyo y se limitó a dedicarme una sonrisa engreída.

Sí, me gustaría.

—A mí también. Ya somos dos. Sólo falta ella de aceptar. ¿Qué dices, Tomoyo, te gustaría?

Si esto era una petición “oficial” para salir con él y ponerle un nombre a nuestra relación, era la más extraña que me habían hecho en la vida. Además, ¿dónde estaba el nerviosismo, el titubeo y el detalle romántico? Touya simplemente no conocía nada de eso y se limitaba a contemplarme expectante, pero con la confianza de un jugador de ajedrez en un jaque. Pese a que nunca se lo había dicho en voz alta, él sabía bien que yo lo quería y que para mí era muy importante incluir a Ryusei en nuestra decisión, pero su manera de acatar el problema era sencillamente inverosímil. Una parte de mí quería acceder de inmediato, atraída inevitablemente por esa personalidad atrevida y apostadora, pero otra tenía miedo al punto de no retorno, especialmente cuando media hora atrás me había sentido tan firme en renunciar a ello y hacer las cosas a la manera difícil.

Mentira. Incluso esa parte de mí quería simplemente mandarlo todo al carajo y besar al hombre imposible que tenía frente a mí.

—Tu maestra no responde. Quizá no entendió bien la pregunta —habló al teléfono sin quitarme los ojos oscuros de encima—. ¿Quieres repetirle de qué se trata, Ryu?

Sí. Profesora Daidouji, ¿quiere ser la novia de mi papá?

—Sí —solté más rápido de lo que pude pensar, antes de poder arrepentirme y Touya alzó ambas cejas. para mi sorpresa me di cuenta de que parecía aliviado. Después de todo, aún con todos nuestros antecedentes incluso alguien con la autoestima de Touya podía temer un rechazo y eso me hizo apreciarlo aunque fuera un poco más.

—¿Qué te parece, Ryu? Aceptó. Quiere decir que podemos celebrar.

Sí. Me parece bien.

—Y que Tomoyo y yo podemos encerrarnos en la…

—¡Sí, vamos a celebrar juntos! —mi alegre tono de voz rivalizaba y contrastaba con la cara de pocos amigos que le dirigí—. Puedes invitar a Yukito-san si quieres, e incluso a Yue-san. ¡También a Sakura y Shaoran! es una buena ocasión, ¿no te parece? —mientras decía esto quité el altavoz del teléfono y me acerqué el aparato al oído, alejándome del sofá para evitar que Touya siguiera haciendo de las suyas. Ryusei estuvo de acuerdo en ayudarme y dijo que preguntaría a los demás al respecto. Me despedí de él y solté un suspiro cuando finalmente corté la llamada.

—Parece estresada, profesora.

—¿Cómo se te ocurre decirle esas cosas a un niño? —pese a mi reclamo, él tomó mi mano y tiró de mí, haciéndome caer sobre sus piernas. Tuve que esforzarme por mantener el ceño que hiciera juego con mi tono de voz.

—Te aseguro que él no se hace otros pensamientos al respecto, a diferencia de alguien a quien le gusta exagerar las cosas —susurró contra mi mentón y yo no pude mantener mi ceño.

—Yo diría que tú te las tomas con demasiada ligereza. Y me refiero no sólo a eso ¿Sabes? La gente suele pasar por fases cuando lidia con un problema: negación, aceptación de lo inevitable, tocar fondo, recuperar la cordura y volverse a levantar, en ese orden. Pero contigo… —meneé la cabeza y me encogí de hombros, exasperada pero resignada—, no lo sé, ¡tú simplemente inventas tu propio orden! Por supuesto que a tu lado cualquiera parece un dramaturgo.

—Tomaré eso como un cumplido.

—No lo era.

—Viniendo de ti, el sólo hecho de sacarte de tus casillas lo es —estiró la boca en una sonrisa ladeada y divertida—. No todo en la vida son normas y códigos, y tú generalmente pareces muy sujeta a ellos, pero me gustas especialmente cuando rompes todos esos esquemas y te sales de tu personaje de mujer infalible.

—¿Mi “personaje”? —lo miré primero con cara de pocos amigos, luego me reí—. Está bien, entiendo a qué te refieres, pero es inevitable. Fui educada de esa manera.

—Y sin embargo conmigo te comportaste como una bruja vestida de muñeca de porcelana desde la primera vez que te vi. Esa mirada asesina en conjunto con la sonrisa de niña buena daban escalofríos, pero… sí, exactamente así —me señaló el entrecejo con un dedo y me di cuenta que había caído en su juego. Me crucé de brazos y ensanché mi sonrisa “inocente”.

—Es difícil mostrar otra cara frente a un patán con la mente de un adolescente, ¿no te parece?

—Cuidado, profesora, ésa no parece la expresión de una mujer decente.

—Tiene usted razón, Kinomoto-san, pero no todo en la vida son reglas y códigos de conducta, ¿no cree?

Como respuesta me puso una mano en la nuca y haló de mí suavemente hasta besarme en la boca con parsimonia, sonriendo contra mis dientes cuando mordí su labio inferior.

—¿Qué dice, profesora, nos encerramos en el cuarto?

—Nos van a esperar para cenar —gemí cuando sentí su mano deslizándose hacia mi pecho y su lengua bajando sin prisas por mi mandíbula. ¿Cuánto tiempo había sido desde aquella vez?

—Esperé dos meses. Estoy seguro de que ellos pueden esperar un par de horas —susurró contra mi cuello y cerré los ojos conteniendo el aliento. Sentí un movimiento de su mano libre y al abrir los ojos le vi apagar su celular a tientas y hurgar en mi bolso para sacar el mío, pasándomelo sin dejar de abrirse paso en mi blusa con la otra mano y mordiendo suavemente la base de mi cuello—. Apágalo. Esta vez no quiero mensajeros en la puerta ni llamadas inoportunas.

Con todo el autocontrol del que pude hacer acopio hablé con voz inocente.

—¿Y si es Ryusei-kun para preguntar a qué hora nos vamos a ver?

—Que deje un mensaje en el buzón.

—¿Y si es Sakura para decir que…?

—Que deje un mensaje en el buzón.

—¿Y si…?

—Buzón.

Solté una carcajada y tomé su mentón para levantarlo y sonreír contra sus labios antes de besarlo otra vez. Era imposible seguir las convenciones sociales y ser fiel a las normas de una vida estricta tratándose de Touya Kinomoto, aunque estando con él tampoco se me antojaba hacerlo. A mis veinticuatro años, por primera vez me di cuenta de que tenía la oportunidad de vivir como quería, no como me correspondía.

FIN

 

Notas de la autora: todo lo que comienza se tiene que terminar alguna vez. A lo largo de estos dos años y medio me he encariñado con esta historia y sus personajes. Ryusei fue el primer OC al que le he puesto tanto empeño y me cuesta demasiado trabajo despedirme de él, pero sabía que el momento llegaría tarde o temprano.

Existe un epílogo que ya tengo escrito y pensaba publicar al mismo tiempo que este capítulo, pero pensé en dejarle espacio de una semana para leer sus comentarios sobre el final y ver si aún tienen alguna duda o algo que les gustaría leer en el epílogo. Todavía estoy a tiempo de incluir algo más si es necesario.

Finalmente, muchas gracias por acompañarme a lo largo de esta historia, que ha sido muy divertida de escribir y compartir con ustedes. Si quieren seguir teniendo contacto conmigo o saber algo sobre el extraño RP en el que incluimos a Ryusei otras autoras y yo, son bienvenidas de hacerlo en mi página de Facebook (Isis Temp).

No me despido del todo, pues espero que nos leamos en el epílogo.