30. Siempre hay alguien que espera algo de ti

Ese lunes me encontraba en casa revisando las notas para mi clase del día siguiente cuando el familiar sonido del teléfono me interrumpió. Se trataba de la melodía que anunciaba una inevitable conversación con mi madre, con quien no había hablado desde antes de conocer la verdadera identidad de su informante, evadiendo en la medida de lo posible cualquier conversación que pudiera recordarme a Yue y a Touya. Resignada a no poder postergarlo por más tiempo, saqué el teléfono de mi bolso.

—Buenas noches mamá.

Dos semanas, Tomoyo. ¿Te parece bien?

Al menos no puedes decir que no has sabido de mí —me arriesgué a jugar la partida—. Tus informantes te deben mantener al tanto de mis actividades, ¿o me equivoco?

Tomoyo, no empieces.

En una situación normal probablemente estaría riendo por dentro, fascinada por el tiempo récord en el que había acabado con la careta de mamá y su paciencia, pero en esos momentos era una de las cosas que menos me importaba. La verdad era que no había ganado nada. Había sido lo suficientemente ingenua para pensar que ganar la batalla de tomar mi propio rumbo y mudarme a Tomoeda me serviría de algo, pero Sonomi había tenido la guerra entre sus manos desde siempre. Me tenía a en sus manos también.

—¿Puedo saber a qué debo el placer de tu llamada? —suspiré y casi pude percibir el cambio en ella a través del auricular.

Organizaré una cena de Navidad en la casa y necesito tu confirmación para saber si estarás presente o no. ¿O piensas salir con ese dentista?

—¿Te refieres a Touya? —casi suelto una carcajada amarga. Casi—. ¿Qué pasó con tus informantes madre? No puedo creer que no te hayan dicho que entre él y yo no hay nada. O quizá prefirieron que yo te diera la noticia: hace ya una semana que él y yo hablamos al respecto y decidimos que lo mejor sería mantener las distancias. Después de todo, él no deja de ser el padre de uno de mis alumnos y no quisiera que el niño se confundiera —hablé en un tono casual, temblando por dentro, llorando por dentro sin saber cuál de los dos Kinomotos en los que pensaba en ese momento me dolía más, aunque sabía perfectamente a cuál había decepcionado de primera mano. En realidad, cada palabra había sido una mentira. En primer lugar, sabía que Yue había sido oportuno en avisar a su jefa sobre mi rompimiento (si es que así se le podía llamar a terminar algo que no había tenido oportunidad de empezar) con Touya; en segundo lugar estaba ese “decidimos” en el que Touya no había tenido voz ni voto. Yo simplemente me había marchado y abandonado todo. ¿Un acto cobarde? Sin duda alguna, y de lo que más me arrepentía era de no haber tenido la cara de poder enfrentarlo hasta el final.

¿De verdad? Pues me parece una decisión de lo más inteligente por parte de ambos. Entonces asumo que estarás libre en Navidad —habló en tono casual y con el tacto que la distinguía, sin el más mínimo atisbo de sorpresa—. ¿Vendrás a casa?

De cualquier manera había decidido ir. Había muchas cosas de las que quería hablar con ella, pero no había encontrado (mejor dicho, no había buscado) la ocasión para hacerlo. Planearlo para la cena de Navidad podría ser una pésima idea, pero al menos me daría una razón válida para verla y espacio de una semana para prepararme. Por otra parte, en verdad no tenía opción: la invitación de Sonomi tenía más aspecto de sentencia que de invitación, y sabía que ella haría todo lo que estuviera en sus manos por hacerme aceptar, de modo que sólo estaba accediendo voluntariamente a lo inevitable:

—Sí mamá, ahí estaré en Navidad. Tendré unos días de vacaciones, de modo que estaba pensando en quedarme en casa un tiempo si no te es inconveniente.

Sabes que siempre eres bienvenida en esta casa Tomoyo.

—Lo sé —suspiré antes de dar el tema por terminado—. Mamá, quisiera pedirte un favor.

Eso sí que es raro. Dime —accedió a escucharme, pero como todo buen favor pedido a Sonomi Daidouji, ella no accedería de buena fe antes de escuchar hasta cada detalle de él.

—Ordena a tus espías que dejen de seguir a Touya. No le veo necesidad si no hay nada entre nosotros.

Si lo que dices es cierto no sé por qué te preocupa tanto que lo estén siguiendo. ¿Hay algo de lo que no quieres que me entere con respecto a ese dentista?

Por supuesto que había anticipado que decirle aquello sólo lograría levantar sospechas, por lo que ya tenía una respuesta preparada.

—No quiero que cada persona que se cruce conmigo tenga que ser asediada de por vida —respondí con todo el temple del que pude hacer alarde—, y definitivamente no quiero intervenir en la vida privada de mi alumno, fue precisamente por eso que opté por alejarme de su padre en primer lugar.

De acuerdo, no solicitaré más información sobre Kinomoto-san —ella accedió inmediatamente, y fue precisamente eso lo que me puso sobre alerta—. Sólo me gustaría resolver una pequeña pregunta que tengo: si te atrae tanto y la única razón por la que decidieron no salir fue tu posición como maestra de su hijo, ¿no quiere decir que cuando ese niño cambie de grado y de maestra ustedes tendrán la puerta abierta para iniciar una relación?

Sonomi sabía ver el ojo del toro a la distancia. Por supuesto que ésa sería una opción si realmente mi situación como maestra hubiera sido el problema entre nosotros, pero sucedía que no lo era, aunque eso no significaba que mamá tuviera que saberlo. El lado positivo era que esta vez no necesitaba inventar una excusa ni mentir porque lo que venía a continuación sí era verdad:

—No  realmente, ni siquiera será factible. Estoy pensando en regresar a Tokio después de terminar el año escolar —informé con un tono neutral que hasta a ella le haría sentirse orgullosa.

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Después de la plática con mamá no estaba de humor para preparar la cena, ni siquiera para comer, pero decidí salir a la calle a despabilarme un poco y buscar alguna excusa para animarme a comer algo, aunque no había avanzado más de una cuadra cuando decidí probar suerte en el restaurante que me había recomendado Sakura una vez. Me sentí extraña tomando un lugar en la barra para no ocupar una mesa para mí sola, pero sabía que si pedía comida para llevar no me sentiría mucho mejor en la soledad de mi casa. Pedí un donburi y me quedé en blanco esperando a que llegara, captando trazos de conversaciones que no me interesaban a diestra y siniestra hasta que por el rabillo del ojo me pareció ver una figura muy familiar saliendo de los lavabos. Mi primera reacción fue voltear la cabeza para que no me viera, pero entonces lo pensé dos veces y me levanté de mi lugar para salir a su encuentro.

—Buenas noches Yue-san —si acaso lo sorprendí él no dio muestras de ello y me respondió con una muda inclinación de cabeza—. Necesito decirte algo… imagino que estás con alguien en este momento —me adelanté al ver que miraba discretamente hacia una mesa a mis espaldas—, pero es rápido. Sólo quería decirte que hablé con mamá y la he convencido de dejar de investigar a Touya y a su familia… aunque supongo que de cualquier forma te vas a enterar cuando te lo comunique ella misma —reí con ironía y le vi alzar una ceja. Pareció querer decirme algo, pero nuevamente continué. Sólo quería terminar con eso y anunciarle la resolución que había requerido de noches insomnes a raíz de mi conversación con Touya y que, me pareció, sería muy de su interés—. Además le informé que… que… —ésa que titubeaba con voz trémula frente a un hombre en medio de un restaurante no podía ser yo de ninguna manera, y sin embargo a eso había quedado reducida—, que regresaré a Tokio en cuanto termine el ciclo escolar. Me voy de Tomoeda, así que ya no tendrás que preocuparte por mi presencia aquí —solté como si cada palabra rasgara a su paso mis cuerdas vocales.

La única respuesta de Yue fue lanzar una mirada hacia mi costado, a la altura de mi bolso, y no quise creer lo que eso significaba hasta que escuché la vocecilla:

—¿Se va de Tomoeda, señorita Daidouji?

Se me cayó el alma al suelo al saber quién acababa de escuchar lo último que hubiera querido decirle.

—Hola Ryusei-kun —volví el rostro lentamente hacia él y traté de sonreírle como pude. Yue no se movió de su lugar y Ryusei no apartó su mirada de mí.

—Buenas noches, señorita Daidouji. ¿Piensa irse de Tomoeda? —repitió sin perdonar la pregunta. Sentí claramente cómo se resquebrajaba algo en mi interior al momento de asentir lentamente con la cabeza.

—Así es, pero aún no. De hecho, cuando lo haga ya no seré tu maestra de todas formas —respondí como si realmente aquello pudiera importar, esperando que al menos él lo creyera así.

—Ya no la veré en la escuela —analizó—, y… ¿ya no volverá a cenar con nosotros?

Meneé la cabeza y él bajó la suya. Aunque exteriormente su gama de emociones parecía la de un robot para el resto del mundo, pude darme cuenta de la tristeza con la que acababa de apartar sus ojos de mí. Había decepcionado a la persona a la que jamás hubiera deseado mentir, a la que no quería herir, a la que no quería fallarle.

—La voy a extrañar —confesó, partiéndome el alma de paso,  antes de alzar el rostro nuevamente con el brillo de la esperanza en los ojos— ¿Piensa volver a Tomoeda?

Esta vez fui yo quien no pudo mirarlo. Como si pudiera ayudarme en algo miré a Yue y lo encontré con la misma expresión impertérrita de siempre, y al regresar mi  atención a Ryusei vi que todo rastro de esperanza se había terminado de extinguir en sus ojos. Podría ser un poco descuidado en algunos aspectos sociales, pero hasta él sabía identificar cuando un adulto luchaba por no mentirle.

—No lo sé. Me gustaría, pero… no sé si pueda —me encogí de hombros en un gesto lastimero. Ryusei parecía querer preguntar algo más, pero Yue tomó su mano.

—Nos están esperando. Puedes platicar con tu maestra en otra ocasión.

El pequeño asintió y se despidió de mí sin poner objeciones. Cuando los vi caminar a la mesa me di cuenta que Touya y Yukito estaban esperándolos en sus respectivas sillas, los ojos de Touya clavados en mí, estrictos y silenciosos, preguntándome con un ceño sobre el cambio repentino en el estado de ánimo de su hijo cuando éste lo alcanzó. Nunca había visto una mirada tan fría y acusadora en él, y me atravesó como al culpable que escucha la condena merecida. Mi loable respuesta fue una cobarde evasión de miradas, regresando a mi lugar en la barra y pagando por la comida que ya no tuve ánimos de tocar, saliendo a la fría calle antes de que el abandono de mi comida alcanzara otro lugar en mi conciencia. Avancé por las banquetas bañadas de cascadas de luces blancas y de colores en pleno diciembre, pero la musiquilla navideña que flotaba en el aire desde la tienda de electrónicos a mi derecha no ayudaba a aligerar el estado anímico en el que había caído. Caminé con dirección a casa con el bolso en mi mano sin sentir realmente su peso, repasando lo mismo una y otra vez en mi cabeza como un mantra: Es lo correcto, me forcé a recordar en mi fuero interno para no sucumbir a las dos miradas que no hubiera querido llegar a conocer: la de decepción de Ryusei y la de delación de Touya. No, no quería irme de Tomoeda ni quería renunciar a esos meses que me habían hecho sentir completa por primera vez en mi vida; no quería hacer a un lado aquello por lo que había luchado, pero no podía seguir engañándome pensando que había dejado atrás la sombra de mi madre y mi familia sólo por estar en un pueblo perdido en la nada, lejos de casa. Al menos en algo Touya había tenido razón: no había hecho más que huir y vivir cómodamente en mi ilusión de que todo había cambiado, como un pájaro creyéndose libre en una jaula más grande que la anterior. Si quería acabar con la paranoia de ser vigilada a tiempo completo primero debía empezar por enfrentar a mamá en su terreno. Claro, tratándose de Sonomi no podía hacerme ilusiones ridículas: nunca dejaría pasar la oportunidad de hacer todo a su alcance para controlarme, pero eso no significaba que yo tenía que resignarme a lidiar con sus ocurrencias. Tendría que mejorar mi habilidad de negociar con ella; ceder en algunos puntos a cambio de otros, y estaba segura de que al menos una de sus condiciones sería mantener un mínimo nivel de actividad en su empresa y sus reuniones sociales, cosa que tendría que acomodar a mi horario de trabajo, pues entre mis demandas innegociables estaba mi vocación como pedagoga. Básicamente tendría que reestructurar y adaptarme a una vida que se equilibrara entre mi concepto de una vida plena y mi responsabilidad hacia la familia a cambio de no involucrar a terceras personas. Llevaría tiempo, pero lo lograría, aunque el sacrificio estaba claro desde un principio: probablemente, para cuando hubiera logrado mi objetivo, Ryusei y Touya apenas conservarían un vago recuerdo de mí como alguna maestra de primaria que se cruzó en sus vidas de manera desafortunada.

CD 30 mix

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—¿Estás comiendo bien, Daidouji-san? Te ves más delgada estos días —fue lo primero que dijo la profesora Nakamura cuando salimos de la sala de juntas el viernes previo a Navidad. No cabía duda que a su lado cualquiera se vería delgado, pero en esas circunstancias tampoco podía negar que tenía razón: apenas si había comido en las últimas semanas, perdiendo el apetito primero tras mi conversación con Yue, luego a raíz de mi discusión con Touya y finalmente con la metida de pata que había tenido con Ryusei al inicio de la semana.

—¡Oh, jo-jo-jo! —me llevé una mano a la boca y simulé una risita altanera—. Tengo una cena con mi familia en Navidad y me he preparado un poco para no recibir el año nuevo con algunos kilos de más —comprobé que seguía siendo una mentirosa profesional. ¿Entonces por qué no funcionaban mis dotes con los Kinomoto? Era como si quedaran anuladas en el momento en que alguno de ellos (incluyendo a Sakura) entraba en mi campo de visión.

—¿En verdad? —suspiró, aliviada—, y yo que empezaba a preocuparme. Incluso me ha parecido que últimamente traes ojeras, pero quizá sea la dieta. Procura no sobrepasarte, ¿de acuerdo? —me advirtió apuntándome con un dedo—. ¡De por sí ya estás muy delgada! A los hombres también les gustan las curvas después de todo —me guiñó un ojo antes de separarnos al llegar a la verja de entrada y despedirnos. Comencé entonces mi camino a casa, tan desdichado como los que había recorrido desde el martes en que Ryusei había dejado de esperarme a la salida para acompañarme. A lo largo de esa semana me había dado cuenta de lo mucho que me hacía falta su presencia amigable, sus silencios extraordinarios y sus preguntas inocentes e incómodas. Me hacía falta su mirada transparente y directa. Suspiré. No era exactamente que me estuviera evitando en la escuela, pues su comportamiento seguía siendo el mismo a los ojos de todos: cumplía sus labores con la misma precisión de siempre y tenía la misma falta de interés en interactuar con la sociedad como siempre, pero sus preguntas habían dejado de ser curiosas para convertirse en un simple trámite entre nosotros como profesora-alumno. En resumen, nadie más notaría que había algo cocinándose en su interior, algo que me daba pena ver cada vez que, tras entregar un trabajo, regresaba a su lugar sin mirarme con esos ojos penetrantes y honestos.

Casi quise reírme de mí misma. A estas alturas no sabía cuál de los dos Kinomoto me había dolido más: si el padre o el hijo. Ambos me habían dado acceso sin restricciones a su vida y yo les había dado la espalda, o al menos eso tenían derecho a pensar.

—Señorita Daidouji —levanté la mirada hacia el frente para ver al dueño de la vocecilla que me había llamado, encontrándome con el niño de mis pensamientos a la puerta de una papelería con la mochila al hombro.

—¿Qué haces aquí, Ryusei? ¿Se te acabó alguno de tus materiales? —traté de preguntar con normalidad. El niño lanzó una rápida mirada al interior de la tienda y luego regresó su atención a mí.

—No. Ayami me pidió que la acompañara.

—Ya veo —su caballerosidad resignada y casi accidental me sacó una sonrisa—. Eso es muy amable de tu parte. Seguramente hiciste a Ayami-chan muy feliz al venir aquí con ella.

—Sí —se encogió de hombros sin modestia ni mucho menos altanería—. Eso dijo.

—A mí también me hace muy feliz cuando me acompañas a casa —confesé e hice todo cuanto estaba de mi parte para que sonara de manera casual.

—¿Quiere que lo haga? —me pareció ver un nuevo brillo en sus ojos al formular esta pregunta. Yo me sentí tan insegura como un hamster al momento de asentir.

—Sí, aunque hoy te veo ocupado. ¿Te gustaría venir conmigo otro día? Yo… te extrañé esta semana —algo estaba muy mal conmigo si yo parecía tener la templanza de una hoja al viento frente a un niño de nueve años, pero era mi manera más sutil de extender mi mano hacia él y pedirle que no me odiara por tomar una decisión que quizá a su corta edad no entendía, pero que me parecía la mejor para él. Ryusei, en cambio, asintió tranquilamente.

—¿Me extrañará cuando se vaya a Tokio?

Su pregunta fue como una cachetada envalentonada por la inocencia del que desconoce el alcance de la sinceridad. Pero afortunadamente mi lastimera respuesta fue interrumpida antes de comenzar.

—¡Gracias por espe…! ¿Señorita Daidouji? —Ayami apareció detrás de nosotros justo en ese instante, acarreando una bolsa entre sus manos—. ¿También va a entrar a la papelería?

—Hola, Ayami-chan —la saludé e inmediatamente noté que traía puestos los guantes que Ryusei había llevado en la mañana. Sonreí al imaginar a la distraída criatura olvidando los suyos y a mi alumno ofreciéndole su par sin mayor ceremonia camino a la papelería—. No voy a entrar, sólo me detuve a platicar con Ryusei-kun un rato. ¿Después de esto regresará cada uno a su casa o irán a otra parte?

—A casa —sonrió ella echando un ojo al contenido de su bolsa. Me di cuenta de que se trataba de papel para origami—. Voy a hacer muchas figurillas para regalar en navidad —anunció con energía, comenzando a andar, y nosotros la seguimos—. ¿Va usted también en esta dirección? ¡Ah! También tengo pensado hacer uno para usted, Señorita Daidouji. ¿Cuál es su color favorito?

—Violeta, y muchas gracias Ayami-chan. Me gusta mucho el origami —de vuelta a mi buen humor, me sentí con ánimos de darle un pequeño empujoncito imaginario—. ¿Y vas a hacer uno para Ryusei-kun también? —como esperaba, el sonrojo de la pequeña no se hizo esperar, pasando desapercibido para el ausente niño que iba absorto en sus pensamientos.

—¡Sí! —me sorprendió la firmeza con la que lo dijo pese a su evidente bochorno—, a Ryu-kun le voy a dar el más grande y verde.

—¿Verde?

Asintió con toda seriedad.

—Es su color favorito —se señaló el pecho con un dedo, orgullosa—, yo sé todo sobre Ryu-kun.

—¿En serio? —me reí.

—Sí. ¿Y usted sabe todo sobre el papá de Ryu-kun?

Contrario a lo que hubiera podido esperar en cualquier otra ocasión, esta vez su inocente pregunta se sintió como un balde de agua fría.

—No. Hay muchas cosas que no sé sobre Kinomoto-san —procuré que mi ánimo repentinamente decaído no fuera tan evidente—. Después de todo no puedo saberlo todo sobre los padres de todos mis alumnos, ¿cierto?

—Pero… —Ayami hizo un puchero—, el señor Kinomoto es especial para usted, ¿verdad?

Definitivamente no era lo mejor que podía decirme frente al hijo del susodicho sin dejarme en una encrucijada por encontrar la respuesta más adecuada sin dar esperanzas al niño, pero al mismo tiempo sin defraudarlo.

—Todos lo son… a su manera. Tú también eres muy especial —esquivé como pude el tema—. Me hubiera encantado que fueras mi alumna.

—¡Y a mí me encantaría que usted fuera mi maestra! —dio de brinquitos sin detener el paso—. Pero Ryu-kun me dijo que usted ya no va a estar el próximo año. ¡Yo de verdad quería tener clases con usted!

Comprobé que estaba pasando por una racha de exceso de sensibilidad, porque con una declaración tan simple y abierta sentí todos los deseos de abrazar a esa pequeñita y decirle lo mismo que quería decirle a mi alumno: “no me quiero ir”. Era como si Tomoeda me estuviera lanzando semillas que germinaban inmediatamente a mis pies, reclamándome por una decisión que en ningún momento había querido tomar. Me di cuenta de que era mucho más que los Kinomoto: eran los niños, el cuerpo de profesores, la señora que siempre me atendía con una sonrisa en la panadería de la esquina, el Rey Pingüino que me saludaba en el parque cuando salía a correr por las mañanas y hasta los hermanos Tsukishiro, incluyendo al témpano de hielo —que había demostrado no serlo— de Yue.

—Aquí vivo yo. ¡Muchas gracias por acompañarme! —me di cuenta de que me había perdido en mis pensamientos cuando Ayami se detuvo frente a un portón y agitó una mano en señal de despedida, corriendo hacia su pórtico y regresando después para devolverle sus guantes a Ryusei—. ¡Gracias por los guantes! —le sonrió, sonrojada, y volvió a correr en dirección a la casa, esta vez desapareciendo tras la puerta.

—Y dime… —inicié conversación con mi alumno cuando reanudamos el camino a casa, decidida a no hacerlo en silencio esta vez—, ¿tienes pensado preparar un regalo de Navidad para Ayami-chan? —me contempló como si le estuviera hablando en otro idioma y a punto estuve de repetir la pregunta cuando abrió la boca para contestar.

—No lo había pensado, pero el tío Yukito dice que es bueno responder a un regalo con otro regalo, así que lo haré, y también uno para usted.

—¿Para mí? —en mi ataque hipersensibilidad esta vez sí que estuve a punto de abrazarlo y bailar por las calles con él.

—Sí. Después de todo será mi última oportunidad de regalarle algo.

Y así como me había elevado a las alturas, me dejó caer con la misma facilidad. Lo que implicaban las palabras de Ryusei no era precisamente lo que yo quería pensar en ese momento.

—Entonces yo también haré uno para ti.

—¿Y para papá?

—Yo… —suspiré—, no estoy segura de que tu papá quiera recibir un regalo de mi parte.

—¿Papá está molesto con usted?

—Ehm… creo que sí —los pies me pesaban como plomos con cada nuevo paso mientras seguíamos con esa conversación—. ¿Tú no lo estás?

¡Vaya pregunta! Pero igual no había podido evitarlo. Realmente quería escucharlo de él. Para mi alivio, él meneó la cabeza con su simpleza de siempre.

—Creí que por eso te estabas portando diferente en los últimos días.

Él volvió a menear la cabeza.

—Papá dijo que no la molestara más ni me acercara mucho porque podía confundirla. ¿Está confundida? —me miró de pronto con sus ojos enormes tapizados de curiosidad—. ¿Es por eso que se quiere ir de Tomoeda?

No me quiero ir de Tomoeda, repetí al menos tres veces en mi cabeza para no tener que decirlo en voz alta.

—No estoy confundida —mentí con toda la alevosía. Después tendría tiempo para sentirme mal aunque se tratara de una mentira blanca—. Me voy a Tokio porque tengo cosas que hacer allá.

—Ah… —él asintió reflexivamente y su gesto, todo él, se tornó pensativo, hablando lo siguiente más para sí que para mí—. Yo pensaba que era porque no quería que la gente supiera sobre lo mal que se portó mi abuelo con mi papá.

—¿Qu…qué? —lo miré con la naturalidad con la que habría mirado a una foca volando. Ryusei me volvió a enfrentar con los mismos ojos analíticos.

—Papá dijo que usted ya no quería vernos porque quería protegernos de los papatsis —pronunció como pudo sin perder la seriedad—, porque usted no quería que todo el mundo se enterara de que mi abuelo era un criminal y papá lo había amenazado para que no se volviera a acercar a mí —habló con toda la naturalidad que su extraordinaria condición como Ryusei Kinomoto le otorgaba, dejándome de una sola pieza y sin saber qué hacer con mi cabeza o siquiera mi boca abierta de par en par.

—¿Qu…qué acabas de decir? —fue lo único que alcancé a balbucear como primera reacción. No podía haber escuchado bien.

Touya lo sabía todo. Había leído mis acciones como si las hubiera pensado él mismo. Lo había subestimado al pensar que él no había entendido por qué insistía en alejarme. Pero lo que menos podía creer era que había actuado en consecuencia…

—Que papá me dijo que… —pero detuve su repetición con una mano en el aire.

—Creo que te escuché bien, pero… —¿por dónde empezaba? Tenía la cabeza hecha una revoltura de ideas paralelas que convergían en puntos imposibles. Por una parte me atreví a tener esperanza en que la simpleza con la que mi alumno veía el mundo y su madurez anticipada fueran suficientes para hacerlo pasar por el trago amargo que esa información podía significar para él; por otra, me sentí miserable por estar pidiendo tanto de un niño para justificar el alivio de saber que no tenía que seguir ocultándole un secreto de esa naturaleza; pero una tercera parte de mí se sintió absolutamente furiosa con el hombre que le había revelado algo así a su hijo, exponiéndolo a una verdad para la que probablemente no estaba preparado. ¿Y si eso ocasionaba un daño irreparable en él? Me detuve a contemplarlo detenidamente  a sabiendas de que nos acercábamos al consultorio, ya a unos metros de nosotros, donde tendríamos que separarnos otra vez. Finalmente me animé a hacer la pregunta— Ryusei-kun, ¿cómo te hizo sentir la noticia sobre tu abuelito?

—Mal —admitió inmediatamente y con una honestidad que por un momento hubiera preferido no escuchar.

—¿Te sientes triste? —aún peor que tener que preguntarlo fue verlo asentir con la cabeza. Me quedé muda intentando encontrar palabras para consolarlo o darle ánimos. No lo logré. Ryusei continuaba tranquilo a mi lado, pero no necesitaba lanzarse al suelo a patalear para que me diera cuenta de que no era el mismo de siempre y de que la noticia sobre su abuelo le había afectado profundamente. Entonces esa tercera parte de mí fue tomando fuerza y la tristeza fue dando paso a la rabia. ¿Cómo se había atrevido Touya a arriesgar la estabilidad emocional de un pequeño al conocer el peligro que había corrido al lado de alguien a quien había amado y en quien había confiado? Ryusei podría ser todo lo estoico que se pudiera decir y más maduro que un adulto en muchos aspectos, pero no por ello dejaba de ser un niño de nueve años. ¿Por qué razón entonces Touya había hecho algo que dijo querer evitar a toda costa? Quise creer que no tenía ninguna relación con nuestra plática del sábado dos semanas atrás, pero sabía que estaba equivocada.

—Señorita Daidouji… —su voz me trajo de vuelta a la realidad y me di cuenta de que me había agachado para estar a su altura. En ese momento pensé que lo hacía por él, para consolarlo, pero más adelante me preguntaría si no lo había hecho por mí, para acallar alguna voz que, en el fondo, se sentía culpable. Tomé sus pequeños hombros y lo acerqué a mí en un abrazo que, tomándolo por sorpresa, él no supo responder.

—Lamento lo de tu abuelo —susurré finalmente—, pero aunque no puedas verlo a él, sabes que tu padre siempre estará ahí para ti, ¿cierto? —lo sentí asentir contra mi hombro—, y… ¿quién sabe? Quizás algún día puedas volver a ver a tu abuelo en otras circunstancias, así que no pierdas la esperanza, ¿está bien?

—De acuerdo —susurró contra mi abrigo y lo apreté un poco más en un abrazo que seguía siendo unilateral, aunque su pequeño cuerpo relajado entre mis brazos me indicó que no había sido un impulso equivocado. Deseé poder hacer algo más para quitarle todo eso de encima. No era justo que una criatura tan joven tuviera que lidiar con la pérdida de uno de sus padres y la naturaleza mezquina de un abuelo egoísta. “Aquí estoy, puedes contar conmigo” hubiera querido decirle ¿Pero era yo la adecuada para hacerlo sabiendo que me marcharía en tres meses? Crear una ilusión en un niño basada en una mentira es un error destinado a una decepción mayor. Además Ryusei ya sabía que yo me iría y ya había sido suficiente de despedidas involuntarias en su vida. No estaba en posición de hacerle una falsa promesa.

Suspiré y me separé de él para verlo a los ojos aún con las manos en sus hombros delgados.

—Ryusei-kun, me gustaría hablar con tu padre. ¿Podrías decírselo ahorita que lo veas?

Él asintió y desvió la mirada hacia algo que estaba atrás de mí.

—Papá, la señorita Daidouji quiere hablar contigo.

Se me cayó el alma al suelo al adivinar lo que estaba a mis espaldas.

—De acuerdo. Dile que con mucho gusto puedo hablar con ella. Mi último paciente canceló.

—Mi papá dice que…

—Gracias, Ryusei-kun, creo que ya lo escuché —me puse de pie y me giré sobre mis talones para encarar la mirada oscura e indescifrable que seguía cada uno de mis movimientos como un lince clavado a la puerta del consultorio. Por primera vez Touya Kinomoto no sonreía como un guasón ni fruncía el ceño. Su rostro labrado en roca nunca había sido tan imposible de leer.