3. Celebra las fiestas con estilo

—Es un bombón, ¿verdad?

Si no hubiéramos estado en el pasillo, tan cerca del patio donde los niños jugaban, definitivamente habría soltado la carcajada ante las ocurrencias de la profesora Nakamura tras mi declaración sobre lo ocurrido en casa de los Kinomoto. Los pequeños ojos de la mujer no habían tardado en brillar ante la mención del padre de mi alumno. A sus cincuenta años, esa señora tenía las hormonas de una universitaria.

—Nakamura-san, tengo novio. Es un hombre gentil, sensible, inteligente, trabajador, galante, guapo, con muy buen gusto y atlético… y no es gay —aclaré, acostumbrada a ser ésa la primera réplica que escuchaba siempre que describía a Eriol

—¿Y se puede saber de dónde sacaste semejante joya?

—De la universidad —respondí con una sonrisa. Nakamura se encogió de hombros.

—Muy bien por ti, linda. Mientras tanto, en el mundo real, las mortales suspiramos por sujetos como Kinomoto.

Era imposible. Esa mujer siempre tendría algo con qué debatirme.

—Es guapo, pero un poco payaso para mi gusto.

El tipo había querido burlarse de mí no una, sino dos veces. Era un socarrón de primera y encima un irresponsable con su pobre hijo. ¿Qué clase de persona pone a cocinar a un pequeño de ocho años? En lugar de limpiar la casa y hacer la comida para su padre holgazán, ese niño debería estar jugando y ensuciándose de tierra y lodo con otros de su edad. En otras palabras: viviendo su infancia.

—Un payaso que está para comerse —continuó ella—. Cuando Kinomoto-kun fue mi alumno, no dejaba de buscar cualquier excusa para hacer venir a su padre.

Y algo hizo clic en mi cabeza.

—Oh, ahora entiendo por qué Touya se sorprendió de que no tuviera quejas sobre el comportamiento de su hijo. Usted lo llamaba tan seguido que llegó a creer que ese niño era todo un vándalo.

—¿Un vándalo? No lo creo. Para Kinomoto-san, su hijo nunca pasó de no prestar atención en clase y ser un poco inquieto.

Miré al patio. El pequeño Ryusei leía tranquilamente sobre la misma rama en que lo había visto ayer. ¿Inquieto? Tenía que ser una broma.

—¡Ryu-kun! —un grito en el patio llamó mi atención. Era raro que alguien llamara al susodicho por su nombre. Pronto vi aparecer a una pequeña que llegó corriendo a los pies del “árbol de lectura de Ryusei”.

—¿Quién es ella? —mi curiosidad siempre dispuesta a saltar a la menor provocación.

—Takefumi Ayami-chan, es mi alumna.

Lo siguiente que vi fue al niño bajando de su árbol para encontrarse con su nueva compañía, quien le obsequió un jugo que extrañamente él aceptó. Digo “extrañamente”, porque nunca lo había visto aceptar los regalos que sus compañeras de clase tan gustosamente le ofrecían.

—Cuando Ayami-chan acababa de entrar a la escuela y Kinomoto-kun estaba en mi clase, hubo un pequeño altercado con unos niños de quinto —explicó Nakamura—. Esos chicos comenzaron a molestarla porque una vez vino a la escuela con calcetas de diferentes colores (la verdad es que es un poco distraída), y cuando la hicieron llorar Kinomoto-kun entró a defenderla. Míralo, se ve muy flacucho, pero es todo un pequeño karateca y les dio unas buenas patadas a los tres. Por supuesto, tuve que citar a su padre, fue la primera vez que vi a Kinomoto-san. El punto es que desde entonces ningún niño se atreve a acercarse a él.

Diez minutos de charla con Nakamura eran como una visita a la Interpol. Ahora entendía por qué ninguna discusión con ese niño terminaba mal: simplemente los otros le tenían miedo. Y seguramente era ésa la misma razón por la que no tenía muchos amigos… por no mencionar su extraña personalidad.

—¿Y esa pequeña es su única amiga? —aventuré a preguntar.

—Algo así. Ella prácticamente lo idolatra. Es su héroe, ¿entiendes? Y en algún momento él se cansó de rechazar sus obsequios. Ahora deja que lo siga a donde sea.

Un héroe que era hijo de un hombre que resultaba ser una parodia de sí mismo. Las ironías de la vida, pensé.

———-

El viernes por la tarde llegó Eriol de visita. Normalmente nos encontrábamos el sábado por la mañana y pasábamos dos días juntos, pero esta vez había un evento en el templo Tsukimine y lo invité para asistir los dos. Era la primera vez que asistía a un festival en Tomoeda y tenía ansiedad por conocerlo.

Para la ocasión, saqué de mi armario una preciosa yukata color crema con bordados en lila y un obi en rosa. Mi familia es muy ceremonial en cuanto a celebraciones se trata, y siempre debemos portar la vestimenta tradicional, pero no me quejo: me encanta usar un lindo kimono o una yukata de acuerdo a la ocasión y sentirme transportada a otras épocas.

Me peiné con esmero: me recogí el cabello en un moño por un costado, del que salían dos mechones largos en bucles. Un adorno con flores de cerezo en seda hizo el resto. Me maquillé sutilmente, apenas un poco de sombra para resaltar mis ojos violetas y brillo en los labios. Miré en el espejo el resultado y sonreí satisfecha.

—Te ves hermosa —Eriol me hizo dar una vuelta para modelarle y yo también me di el lujo de admirarlo. Se veía muy guapo con su yukata azul con detalles del sol y de la luna. Como dije, mi novio tiene un magnífico gusto.

—¿Vamos?

—Sí, antes de que me arrepienta y te quite esa yukata aquí mismo —su mirada azul decía aún más que sus palabras, así que me apresuré a tomar mis llaves y monedero y salimos a la deliciosa noche primaveral.

El templo quedaba a pocas cuadras, por lo que llegamos caminando, y para cuando lo hicimos la celebración estaba en su apogeo. Los olores a comida se mezclaban por doquier y los gritos infantiles se alzaban desde los puestos de juegos. Éramos de las pocas personas que portaban el traje tradicional, por lo que nos ganamos muchas miradas al pasar. A ninguno de los dos nos importó demasiado; al contrario, estábamos orgullosos de dejar a occidente a un lado por unas horas.

No tardé en encontrarme con algunos alumnos. Iban en sus grupos de amigos y se retaban unos a otros en los juegos. A lo lejos también alcancé a reconocer a Ayami con su familia. La distraída niña no cesaba de mirar aquí y allá, deslumbrada por tanta festividad y color.

Vimos una banca desocupada cerca de un árbol y caminamos hacia allá para disfrutar un rato del simple pasar de la gente, pero justo en el momento en que Eriol me invitaba a sentarme vimos pasar a una pareja con sendos barquillos de nieve. Mi novio conocía bien una de mis mayores debilidades: el helado de frambuesa cubierto de chocolate.

—Tengo una idea: quédate aquí y yo iré a traernos unos helados. ¿Qué te parece?

¿Existía alguna manera de decir que no a semejante oferta? Sin embargo, aunque me ofrecí a acompañarlo, él insistió en que lo esperara ahí. Producto del matrimonio entre un empresario japonés y una dama de la alta sociedad inglesa, Eriol había aprendido la disciplina y los modales a la antigua usanza. El resultado era un elocuente caballero occidental con astucia y firmeza orientales. A mí, por supuesto, me encantaba lo primero y admiraba lo segundo.

No había pasado ni un minuto cuando sentí una presencia a mi lado. Cuando lo vi quedé fascinada con su pequeña y casual Yukata celeste.

—Buenas noches, profesora Daidouji —me saludó Ryusei contemplándome, o quizá debería decir examinándome. Sentada como estaba, nuestros rostros estaban casi a la misma altura—. ¿Está esperando a alguien?

Asentí con una sonrisa y correspondí a su saludo. Entonces me fijé que en su mano derecha sujetaba una bolsa llena de premios de los puestos.

—Veo que te estás divirtiendo. ¿Todo eso lo ganaste tú solito?

—No —como siempre, mi alumno no daba más información de la solicitada.

—¿Vienes con tus amigos? —me animé a preguntar. Esperaba que así fuera, pero él negó otra vez sin decir nada más.

—Ryu, ¿con quién estás hablando?

Al voltearme hacia el recién llegado tuve que hacer acopio de toda mi voluntad para no dejar mostrar mi sorpresa. “No es de buena educación reaccionar ante la gente que es diferente”, me habían enseñado desde pequeña.

—Yue, ella es mi profesora, la señorita Daidouji —contestó Ryu al hombre que se colocó a su lado. El tal “Yue” resultaba ser un hombre de rasgos albinos, con el cabello blanco como la luna y los ojos muy claros, en algún rango perdido entre el gris y el violeta. Tenía la piel tan pálida que casi no contrastaba con su blanca yukata con estampados grises, y su cabello atado en una cola era tan largo que le llegaba por debajo de la cadera. Pero, por encima de todo, si tuviera que describir su mirada diría que era la viva imagen de un felino al acecho.

—Mucho gusto, mi nombre es…

—Daidouji-san… lo he escuchado.

Hielo. Ese tipo era tan frío que se me congeló la sonrisa de cortesía en la cara. Su mirada gélida sólo se apartó de mí cuando Ryusei interrumpió el silencioso análisis mutuo.

—¿Puedo darle mi premio a la profesora Daidouji?

—Tú lo ganaste, es tu decisión lo que hagas con él.

El niño asintió y entonces me mostró lo que cargaba en su mano izquierda, la que no llevaba la bolsa grande. Se trataba de una bolsita transparente con un pez negro de cola azulada nadando en su interior.

—Muchas gracias, Ryusei-kun, pero no puedo aceptarlo. Debió costarte mucho trabajo ganarte un pez tan bonito.

—Entonces con mayor razón debes aceptarlo —interrumpió otra voz—. Como buena maestra, seguramente debes saber que es de mala educación rechazar un obsequio así. Puedes herir la autoestima de un niño muy fácilmente.

Touya.

Lo encaré con seriedad. No sabía en qué momento se había acercado, pero me daba cuenta que el padre de mi alumno no desperdiciaría la oportunidad de anunciar su presencia con un nada sutil chantaje.

—¿No lo quiere?

Pero más cruel que el chantaje de Touya era intentar resistirse a la mirada de ese pequeño. No se trataba de un gesto ensayado como muchos niños de su edad. No, Ryusei no necesitaba juntar las cejas ni torcer la boca en una triste mueca. Él simplemente me contemplaba con sus negros ojazos y la espalda bien erguida para estar a mi altura, en paciente espera de mi respuesta. Su mano con la bolsa y el pez continuaban en la misma posición, aguardando por mi decisión. Suspiré y finalmente me rendí con una sonrisa.

—Claro que lo quiero, pero quiero que sepas que no lo hago por educación —y aquí aproveché para lanzar una mirada de soslayo a su padre—, sino porque en verdad me alegra que quieras regalármelo.

Tomé el pez entre mis manos y una tímida sonrisa asomó en su carita infantil.

—¿Qué nombre le pondrá?

—Eso depende. ¿Es hembra o macho?

—¿Papá? —como todo buen niño, Ryusei debía creer que su todopoderoso padre sabría la respuesta a cualquier pregunta. Claro que a Touya pareció no importarle decepcionarlo y se encogió de hombros meneando la cabeza sin un atisbo de pudor.

—Es hembra —llegó una nueva voz. Al verlo reconocí rápidamente al chico gentil que se había aproximado a ayudarme cuando me caí en el estacionamiento del supermercado—. Buenas noches. Tomoyo, ¿cierto? Me enteré de que ahora eres la maestra de Ryu. Es una agradable sorpresa, ¿no te parece? —sonrió como si los ángeles cantaran sobre su cabeza—. ¡Ah! ¿Cómo sigue tu tobillo?

Esta vez quedé muda por varios segundos: otro que se acordaba de mi nombre inmediatamente. ¿Acaso estos hombres tenían memoria de elefante? Además, ¿por qué seguían apareciendo de uno en uno? ¿Cuántos más faltaban por llegar? Y más importante aún: ¿cómo se llamaba él?

Ryusei lo había mencionado el otro día mientras hacíamos las galletas. Recuerda Tomoyo, recuerda…

—¿Yukito-san? —él asintió y reprimí mi estallido de furor—. Buenas noches, mi tobillo se encuentra muy bien gracias.

Prueba superada. Un momento, ¿él sabía que yo era la maestra de Ryu? ¿Quién se lo habrá contado? Forzosamente debió ser alguno de los dos: Touya o Ryusei.

—¿Entonces qué nombre le pondrá? —insistió Ryusei arrancándome de mis pensamientos suspicaces y me llevé una mano al mentón para pensarlo bien.

—Tenshi —decidí finalmente y de reojo alcancé a ver a Touya entornar los ojos y observarme con una sonrisa socarrona.

—Entonces no importaba saber el sexo para un nombre como Tenshi.

¿Quién era el niño de ocho años aquí?

—De cualquier forma, siempre es bueno conocer el género —me defendió Yukito.

—No tanto. Estadísticamente, un pez ganado en una feria difícilmente sobrevivirá más de dos semanas debido al estrés al que se les somete con los cambios de agua, lugar y alimentación, así que conocer su género no es un factor determinante ni necesario, igual que ponerle un nombre.

—¿Eso es en serio, Yue? ¿Tenshi no va a vivir? —ahí estaba el pequeño Ryusei contemplando al trío de caricatura en yukata que lo acompañaba: el témpano de hielo que se sacaba estadísticas de la manga, Yue; el caramelo estandarte del positivismo, Yukito; y su propio padre, un dinosaurio del sarcasmolítico. Comencé a sentir lástima por mi pequeño alumno que debía debatirse entre a cuál de los tres creer y tomar como ejemplo.

Yukito, pensé, elige a Yukito. Es el más normal y agradable de los tres.

Pero un beso en mi mejilla interrumpió mis pensamientos de golpe. Entonces vi a mi novio llegar triunfante con un manjar de frambuesa en una mano y otro de durazno en la otra.

—Lamento la demora, princesa. Había mucha gente en el puesto —entonces pareció notar la presencia de los otros cuatro—. Eriol Hiragizawa, mucho gusto.

Todos se presentaron y enseguida nos despedimos. Yo quería pasar el resto de la velada con mi pareja y supongo que ellos ganando más premios en los juegos. Claro que era difícil saber quién se beneficiaba más con ello: si el Señor Estadísticas calculando cuánto duraría su buena racha; Don Entusiasta celebrando hasta los intentos fallidos de sus compañeros; el Neardental Kinomoto demostrando su poderío de macho alfa con cada trofeo; o el tierno Ryusei sabiéndose el más cuerdo entre ese trío de locos.

—Me gustaría saber a qué se debe esa sonrisa —escuché de pronto la voz de Eriol en mi oído mientras deambulábamos entre los puestos y parpadeé al voltear y ver su rostro suspicaz. Me sorprendí al descubrir que ni siquiera me había dado cuenta de que estaba sonriendo.

—Será que la estoy pasando muy bien —me encogí de hombros haciendo a un lado mi propia confusión—. No es pecado, ¿cierto?

—No —él se acercó más y me besó suave y brevemente—. Aunque si de pecados habláramos…


Notas de la autora: finalmente Eriol hizo acto de aparición. Por lo pronto todo sigue a favor del novio perfecto. ¿Cómo diablos pienso darle vuelta a la situación? ¿Realmente pienso hacerlo? Pueden ser buenas preguntas.

Sé que son capítulos cortos, pero igual espero que sean de su agrado. ¿Dudas, comentarios u observaciones? Pueden dejarlo en un review.

Hasta la próxima!