29. Identifica el momento de la retirada

Aspiré una bocanada de viento frío y la dejé escapar en forma de vapor para tranquilizar mis ánimos mientras andaba hacia las dos siluetas que esperaban a las afueras del campo de fútbol, aunque el efecto calmante fue más efectivo al ver al extraño dúo tomado de la mano. Incluso me olvidé de sentir la ráfaga helada que sopló a mis espaldas al presenciar una vez más la tierna ironía formada por el “intimidante” macho treintañero y su inocente y estoico vástago ataviado con una sudadera grande sobre su uniforme del equipo. Antes de llegar a ellos me descubrí con la sonrisa restaurada, la misma que me había costado practicar frente al espejo en casa a raíz de la última conversación con Yue y en vísperas de la que tenía pendiente con Touya.

—¿Ves papá? Te dije que la profesora Daidouji llegaría a tiempo.

—Disculpa, sólo pensé que después de juntarse tanto con… Sakura, se le pegaría —dijo justo a tiempo de corregirse después de ver la mirada que le solté al anticipar su famoso apodo hacia su hermana, a quien había tenido la oportunidad de visitar a lo largo de la semana para llevarle el aceite de cítricos con vitamina E para la piel que le había traído de Tokio, además de tomarle unas cuantas fotos y anotar sus medidas para poder realizarle un par de atuendos que tenía en mente. Ver su sonrisa de madre ilusionada y ser testigo de las miradas preocupadas de Shaoran cada vez que la veía tropezar con el inmobiliario había sido como una ráfaga de aire fresco en medio de la nebulosa sin pies ni cabeza en la que se había transformado mi vida últimamente. Y, aunque mi amiga no había perdido la oportunidad de preguntarme cómo iban las cosas con Touya, había conseguido mantener mis ánimos en su lugar y contarle sobre las divertidas transformaciones que había sufrido su cara en la tienda de maternidad y al enterarse la noticia del embarazo de su hermana (omitiendo la parte en la que le había hecho creer que la futura madre sería yo).

Por supuesto, la culpabilidad que sentía al ocultarle tantas verdades era un punto y aparte con el que yo tenía que lidiar por mi cuenta.

—¿Cómo te sientes, Ryusei-kun? ¿Nervioso? —quise saber mientras caminábamos, liderados por Touya, hacia el interior de las instalaciones deportivas.

—Muy bien, gracias. No estoy nervioso —aunque su gesto extrañado más bien parecía querer preguntarme por qué habría de estar nervioso. Claro, ironicé mentalmente, únicamente iba a jugar la semifinal inter-escolar contra la primaria que defendía su campeonato este año. Desistí de siquiera intentar preguntarle si no le emocionaba la idea de ganar el partido y llegar a la final y, en su lugar, solté un suspiro y le dediqué una sonrisa.

—De cualquier manera, lo más importante es que te diviertas, ¿de acuerdo?

—Sí —me regaló una de sus escasas sonrisas diminutas y quedé más que satisfecha. Entonces Touya se detuvo para dejar que lo alcanzáramos y le revolvió el cabello a su hijo con una mano tendiéndole la maleta deportiva que había estado cargando hasta ese momento.

—Creo que es hora de que te reúnas con tu equipo. Parece que el entrenador ya está hablando con ellos —con el mentón señaló hacia el grupo de niños sentados sobre el césped y el hombre, apenas un poco mayor que Touya, quien les decía algunas palabras que, por la distancia, no alcanzábamos a escuchar—. Anda, patea unos traseros en la cancha.

—Pero papá…

—No lo digo de manera literal —Touya entornó los ojos—. Es un decir. Anda, ve.

—¡Tú puedes Ryusei-kun! —le grité mientras lo veía marcharse y agité una mano en el aire—. ¡Mete muchos goles!

Lo vimos asentir conforme se iba alejando y Touya me señaló el puesto de crepas dulces que habíamos pasado a la entrada.

—¿Quieres comer algo mientras los chicos calientan? Todavía faltan unos quince minutos antes de que empiece el partido.

Accedí y desandamos nuestro camino hasta el puesto, donde algunos padres también pedían sus raciones de dulce previo al partido de sus hijos. Cuando llegó nuestro turno yo elegí una crepa con chocolate amargo y fresas bañada en más chocolate, en tanto Touya prefirió la de manzana y canela.

—Eso es mucho chocolate. No estarás en tus días, ¿cierto? —su sonrisa asomó sin pudor alguno mientras pagaba y el calor que sentí en las mejillas me hizo cambiar la idea de insistir en pagar mi parte por la de desollarlo en ese preciso instante.

—No, aunque no estoy segura de que te hayan escuchado en Hokkaido —mascullé haciendo lo posible por tomar “delicadamente” la crepa que me ofrecía en lugar de arrebatársela con lujo de violencia. Touya, afectado como una piedra, le dio una mordida a su crepa y comenzó su camino hacia las gradas. Mientras yo planeaba la manera de regresarle el numerito él se detuvo casualmente frente a una máquina expendedora y compró dos latas de bebida de soya sabor café.

—Toma —me extendió una, que tomé con la mano libre—, la necesitarás con tanto dulce.

Sólo entonces me di cuenta de su treta: al distraerme con su ridícula bromita se había evitado el incómodo debate de “yo pago”, “no, yo invito”, que con ambas partes obstinadas se hubiera extendido hasta el momento de iniciar el partido sin ningún acuerdo plausible entre los dos.

—Gracias —dadas las circunstancias, acepté la derrota y continuamos hasta encontrar un asiento entre las gradas—. Déjame adivinar —comencé en cuanto noté lo alejados que estábamos del resto de los familiares que asistían al juego—, aunque te preocupa que tu hijo no se relacione con sus compañeros, tú no eres precisamente un as haciendo amistades con otros padres. ¿Sabes? Por lo general un niño no puede desarrollar habilidades sociales que no aprende en casa.

Touya le dio la misma importancia a  mi comentario que la que le concedió a la última mordida que dio a su crepa, relamiéndose el pulgar sin prisas y sin apartar sus ojos de mí hasta que se incorporó nuevamente y me tendió una mano.

—Está bien, profesora, usted gana. Vamos a socializar con los demás padres. Ya que  la mayoría de los niños son mayores que Ryusei es probable que no la conozcan, pero ése no es problema, ¿verdad? —una sonrisa maquiavélica reptó por la comisura de sus labios—. Por cierto, ¿cómo debo presentarla? ¿Como “Tomoyo” o como la profesora Daidouji que simplemente viene a ver a uno de sus alumnos jugar?

En situaciones normales y con gente “normal”, yo solía estar un paso al frente sin ninguna dificultad. El problema era que las piernas de Touya eran demasiado largas y le encantaba aprovechar la delantera.

—Está bien —rendida, le señalé el asiento que acababa de abandonar—, puedes sentarte. Supongo que de cualquier formar nada los persuadirá de pensar que vengo como tu pareja.

—Supones bien, y de acuerdo a lo que me has dicho imagino que no te agradan los rumores —recuperó su lugar y dirigió una mirada distraída a los niños que calentaban de un lado de la cancha.

—Aún así decidiste invitarme a venir.

—Dijiste que querías hablar este fin de semana y yo ya le había prometido a Ryusei que vendría a verlo jugar —se pasó una mano por el cabello con desenfado.

—También hubiera podido ser mañana.

—Yukito nos invitó junto con el mon… Sakura y el moco… su esposo a comer mañana —se corrigió, aunque con cierto desliz a propósito para ver mi reacción al escucharlo atreverse a nombrar así a mi embarazada amiga.

Adoro pensarla embarazada. Aunque no fue ése mi pensamiento en ese instante.

—Con Yue… —susurré (más para mí que para él) y Touya asintió como quien no quiere la cosa, aunque no dejé de notar la tensión en su mandíbula al escuchar mencionar el nombre. No era para menos considerando que la última vez que lo había hecho era a causa de un ramo de flores a la puerta de mi casa y con su nombre en una tarjeta. Era mi culpa el malentendido que pudiera estar teniendo lugar en la cabeza de Touya, aunque probablemente seguía siendo preferible a la perspectiva de saber que su amigo me había estado siguiendo los pasos para fungir como espía de mi madre y evitar la divulgación de información que pudiera afectar la vida de Touya y Ryusei. Por si fuera poco, en lugar de aclarar las cosas, después de mi conversación con Yue me había tomado la libertad de pedirle a Touya que no intentara hablar al respecto con él, pues quería ser yo misma quien desenmarañara el asunto. Claro, con lo que no había contado era con que los días pasaran sin que Touya y yo pudiéramos coordinar nuestras agendas para encontrar el momento y la privacidad para hablar. Diciembre se convertía en una temporada pesada en la escuela ante los exámenes que se avecinaban, pero no era la única, pues al parecer también era la temporada en que las adolescentes se abalanzaban al consultorio dental pidiendo limpiezas para tener una dentadura impecable en navidad y año nuevo.

—Ryusei va a jugar de titular —la voz de Touya me distrajo y mi atención cambió hacia la cancha, donde los niños se alineaban. El partido estaba  a punto de empezar.

—Los chicos del otro equipo se ven muy grandes, ¿no te parece? —inquirí, agradecida por el cambio de tema. Touya silbó con ese brillo calculador en sus ojos.

—Siempre lo parecen, especialmente si los comparas con Ryusei, que es el más pequeño del equipo, por eso suelen confiarse… hasta que se dan cuenta que su edad es lo de menos —dijo con el mismo orgullo retorcido con el que había hablado de la inmunidad de su hijo frente a las preguntas de los reporteros—. ¿Crees que no lo digo en serio? —agregó fingiendo enfado cuando no pude contener una risilla.

—Lo siento, yo… —me mordí el labio inferior para intentar no reír, pero mi expresión me delataba. Meneé la cabeza y lo señalé agitando un dedo en el aire—, ¿sabes? No sé cómo le ha hecho Ryusei para mantenerse inocente todos estos años. Te deleitas tanto con su personalidad única y sus habilidades como lo haría un villano de película ante su creación más espeluznante.

—¿No se supone que es normal estar orgulloso de tu hijo? —chasqueó la lengua.

—¡Claro! Pero lo más normal sería presumir el magnífico estudiante que es, y sin embargo no lo has hecho ni una sola vez. En cambio, disfrutas ver cómo la gente se lleva un chasco cuando lo conoce y se da cuenta de que nada en él es lo que parece —le guiñé un ojo—. Aunque eso no es malo en sí, sino… —esta vez estiré mi mano y detuve el dedo a centímetros de su nariz— ¡esa expresión de Doctor Malo que tienes! ¡Realmente lo disfrutas!

—Por supuesto que lo hago. ¿Acaso es pecado?

—Lo seguirías haciendo aún si lo fuera —me encogí de hombros y un brillo malvado asomó en sus ojos antes de efectuar su siguiente movimiento—. ¡Oye, ése es mi café! A eso se le llama robar, ¿sabes?—reclamé al verlo dar un sorbo a mi lata.

—Tienes razón… —sonriéndose, regresó su mirada hacia la cancha como si nada—, un pecadillo insignificante no me detendría.

Con su mirada clavada en la patada inicial del juego, algo me decía que esas palabras cargaban más significado del que podían aparentar.

—Hablé con Yue —solté diez minutos después. Aunque mi vista seguía clavada en el niño que iba a cobrar un tiro libre, casi pude palpar el aire tensándose alrededor de Touya—. Tienes razón, es un amigo muy valioso en quien puedes confiar —cuando me viré para verlo, tenía sus ojos escrutadores clavados en mí, preguntando en un ceño marcado todo cuanto no se atrevía a decir en voz alta. Me di cuenta que su mirada, aunque intensa y oscura como siempre, albergaba un innegable atisbo de cansancio. Seguramente había sido una semana dura para Touya, pero había cumplido con su parte de no interferir, probablemente mejor de lo que yo hubiera podido hacerlo. Le agradecí el voto de confianza en silencio y me concedí el lujo de  permitirle ganar un nivel más de respeto de mi parte.

—Claro que lo es —se sonrió como si fuera lo más natural del mundo, pero pude notar el alivio repentino en su mandíbula.

—Es casi gracioso. A simple vista parece una persona muy misteriosa… y lo es, pero eso no quiere decir que sus motivos “ocultos” sean precisamente malos o turbios. Al contrario, él sólo quiere cuidar de las personas que más quiere —suspiré—. Yue… él está preocupado por ti y por Ryusei-kun.

—Nunca había visto a Yue enviarle flores a alguien —contestó como al descuido, aunque era evidente cuál era su punto—. Eso sí que es algo extraño.

Más extraño de lo que crees, considerando a quién se las mandaría si pudiera, no pude evitar pensar, mordiéndome los carrillos por un momento—. Podríamos decir que eso fue un malentendido. Él no envió las flores —me recibió un ceño marca “¿entonces quién?”—, en realidad las mandó una amiga de Tokio a la que me encontré durante el viaje escolar, sólo que se equivocaron de nombre en la tarjeta —sí, una amiga que se parecía mucho a mi ex, al que “por casualidad” encontré en un café para pedir su ayuda. Me sentí culpable por saltarme esa “nimiedad”, pero no era el momento para entrar en detalles. Lo peor es que, pese a mi capacidad innata para mentir, ni yo misma me creería o que acababa de decir y la mirada suspicaz de Touya indicaba lo mismo. Suspiré nuevamente—. Sé que suena ridículo, pero, aunque no confíes en mí y si realmente confías en Yue, puedes preguntarle directamente a él.

—Está bien —anunció después de medio minuto—. Después de todo, ¿por qué habrías de inventar algo así? No soy nadie para que me debas cuentas ni explicaciones.

¿Eh? quiero decir, tenía razón en eso, pues no teníamos ninguna relación formal ni algo remotamente cercano a eso, pero la manera en la que lo había dicho era… ¿o quizá era la forma en la que yo lo había percibido?

—Tienes razón, pero de cualquier forma quería aclararlo. Además, aunque no haya nada real entre nosotros, incluso Yue piensa que tenemos una especie de relación y está preocupado por lo que hablamos hace unas semanas. Tú sabes, lo de la prensa metiéndose en tu vida y la de Ryusei-kun.

¿Difícil decirlo de una manera casual, como si hablara del clima? Sólo un poco. Creo que me sudaron las manos, pero al menos no titubeé. Touya se llevó una mano pensativa al mentón.

—¿Por qué está preocupado?

¿Era yo o ese ceño seguía creciendo?

—Dime, ¿hay algún secreto que no te gustaría que Ryusei-kun supiera? —finalmente, tras casi media hora de partido, había hecho la pregunta. Touya pareció meditarlo un poco y sí, definitivamente el ceño seguía creciendo—. Por supuesto, si es así no tienes por qué decírmelo. Sólo me gustaría saber si hay algo de lo que Ryusei-kun no debería saber.

—¿Además de que tengo relaciones con su maestra?

Debía ser un talento el suyo de traer estos temas a colación tan desenfadadamente. Igual asentí.

—Supongo que hay algo… —supe que me lo iba a decir cuando lo vi bajar la cabeza y fingir mirar el partido—. Ryu piensa que su abuelo paterno está en el extranjero, pero la verdad es que sigue viviendo en Tokio.

—¿Y por qué le has hecho creer eso?

—El papá de Nakuru nunca me aceptó como la pareja de su hija, mucho menos cuando ella quedó embarazada y decidimos vivir juntos sin casarnos, pero todo se fue definitivamente al carajo cuando Nakuru murió. Nunca se quitó de la cabeza la idea de que ella murió por mi culpa, aunque desde un principio quiso a Ryu como si fuera su propio hijo. Pese a nuestras diferencias, él se comportaba con su nieto igual que cualquier abuelo amoroso. Ryu también lo quería mucho… aún lo hace, pero un día, mientras discutíamos por alguna tontería como muchas otras veces, el viejo perdió los estribos y me dijo que, si no renunciaba a mi trabajo, mejor le diera la patria potestad a él. En aquel entonces trabajaba en un grupo médico y al ser el nuevo me tocaba hacerla de suplente y doblar turnos más veces que otros, así que muchas veces él tenía que ir a recogerlo a la escuela y cuidarlo en mi lugar y no perdía la oportunidad para insinuar que lo descuidaba mucho. Si algo le pasaba a Ryu sería mi culpa, decía, así como decía lo mismo de la muerte de Nakuru. Unos días después de nuestra última discusión, cuando fui a recoger a Ryu a la escuela, me dijeron que él ya se había ido con su abuelo, pero cuando fui a su casa no había nadie. Intenté localizarlo todo el día, pero no tenía cómo hacerlo: el hombre tenía el celular apagado y hasta ese día nunca había considerado prudente darle un celular a mi hijo de cinco años. Para cuando se hizo de noche yo ya había recorrido todos los lugares de la ciudad a los que sabía que solía llevarlo y me estaba volviendo loco. Contacté a Yue y le pedí ayuda para encontrarlos. Como apenas habían pasado unas horas y en la escuela había testigos de que se había ido con su abuelo, no podía denunciarlo a la policía, pero no podía quedarme de brazos cruzados. Por supuesto, esa noche no pude pegar un ojo y al día siguiente ni siquiera fui a trabajar, temiendo lo peor y no sabiendo si debía quedarme en casa y esperar una llamada para pedir un rescate o salir a buscarlo por todo Tokio. Pasaron tres días en los que recorrí cada rincón de Tokio, sin noticias de mi hijo o el viejo. En la policía tampoco me hicieron mucho caso cuando les dije que estaba con su abuelo. Te sorprendería la ineptitud de las autoridades y la falta de utilidad de las leyes al respecto —soltó una risa amarga, reviviendo lo que debían haber sido los peores días de su vida.

—¿No te ayudaron a buscarlo? —pregunté con voz ahogada y él se encogió de hombros. No pude evitar tomar su mano y él entrelazó sus dedos con los míos, regalándome un intento de sonrisa, como si quisiera asegurarme que todo estaba bien.

—Me estaba volviendo loco cuando finalmente Yue me llamó y me dijo que el hombre había usado su tarjeta bancaria en Okkinawa. Tomé el siguiente vuelo a Okkinawa y fui a unas cabañas en donde me dijo Yue que se había efectuado la transacción. Ya era de noche, pero encontré a Ryu agazapado entre los arbustos con una lámpara, atrapando insectos. Me saludó como si no llevara tres días sin verme y yo lo abracé como si no hubiera mañana. Fueron las 76 horas más largas de toda mi vida. ¿Puedes imaginarte lo que es tener, al menos por un segundo, la idea de que nunca volverás a ver a un hijo? Te aseguro que es algo que no le deseo ni a mi peor enemigo.

—Ni siquiera me lo puedo imaginar —respondí con una sensación helada en la piel, acariciando el dorso de su mano con mi pulgar, como si con ello pudiera borrar esa memoria de su cabeza. Touya me había parecido muchas cosas buenas y malas desde que lo conocí, pero nunca vulnerable. En ese momento me pareció más humano que nunca, más real.

—Mandé a Ryu al auto y fui por sus cosas… y a romperle la nariz al viejo. Después de eso conseguí poner una orden restrictiva para evitar que se acercara a mi hijo, pero sólo era válida por seis meses, así que usé ese tiempo para arreglar papeles de escuela y ahorrar lo necesario para mudarnos a Tomoeda. También comencé a enseñarle algo de defensa personal a Ryu y le dejé muy claro al viejo que esta vez haría algo más que romperle la cara si llegaba a verlo por el pueblo o volvía a verlo cerca de mi hijo.

Entonces todo había sucedido por eso. Más que buscar un lugar tranquilo para vivir y regresar con su familia, Touya había vuelto a Tomoeda para mantener al hombre alejado y le había inventado una historia a su hijo sobre su abuelo yendo a vivir al extranjero.

—¿Qué pasaría si Ryusei-kun se enterara? —me di cuenta que lo había dicho en voz alta cuando Touya se viró para responderme.

—Sé que Ryu no me guardaría rencor. Él entendería perfectamente por qué le mentí y me lo traje a Tomoeda, pero creo que sería muy doloroso para él saber que su abuelo, la única familia que le queda por parte de su madre, quería separarnos. Él lo quiere mucho y, aunque  el viejo no me caiga bien, no quiero convertir ese amor en rencor de esta manera. A su edad, Ryusei necesita una familia que lo ame, no una a la que temer y en la que no pueda confiar.

Y mi respeto hacia el hombre a mi lado siguió subiendo como el humo. Me quedé muda por un tiempo indefinido, contemplando a lo lejos al más pequeño del equipo, que se distanciaba de su marcador para pedir un pase que recibió segundos después, incapaz de imaginar la infinidad de hubieras que se me ocurrían en ese momento si Touya no hubiera contado con alguien como Yue (alguien que sin duda merecía su confianza), o si hubiera decidido quedarse en Tokio e iniciar una batalla sin cuartel contra el padre de Nakuru, involucrando a  Ryusei en el proceso. Nuevamente mi garganta se llenó de gracias silenciosos que no supieron salir. Gracias por colocar a Ryusei por sobre todas las cosas pese a lo difícil que debió haber sido. Gracias por confiar en mí algo tan personal.

—Creo que hiciste lo mejor —musité finalmente—. Al menos yo no hubiera podido hacerlo mejor. No creo que Ryusei-kun podría tener un mejor padre que tú.

Escuché un esbozo de risa ahogada que Touya reprimió con una mueca torcida.

—¿Finalmente lo admites? Quiere decir que el mundo se va a acabar.

Su sonrisa irónica, guasona e insoportable era como una brisa de aire fresco después de la bruma que me había sofocado mientras Touya me revelaba algo tan crucial e importante a cambio de nada más que mi atención y confianza. La punzada en mi pecho fue un lindo recordatorio de que me estaba enamorando irremediablemente del dueño de esa estúpida sonrisa. Lo odiaba tanto como quería seguir sintiendo la calidez de su mano. Y sin embargo ahora más que nunca me quedó claro que mi papel ahí no causaría más que problemas si significaba romper esa frágil burbuja que Touya tanto se había esforzado en construir para su hijo.

Ahí estaba esa punzada otra vez y solté su mano como si el contacto quemara.

—Hey, ¿qué pasa? Tampoco es para que te… —la voz extrañada de Touya al notar mi cambio de humor fue seguida por el eco del silbato al marcar el fin de la primera mitad del partido.

—¡Es el medio tiempo! ¿Crees que podamos acercarnos a Ryusei-kun para darle más ánimos o el entrenador los requerirá?

Touya no era ningún tonto para no  notar lo falso de mi furor repentino, pero decidió dejarlo por la paz.

—Normalmente los llama para hacer algunos comentarios sobre el partido o hidratarse…

—Entonces iré a comprar algo. ¿No te apetece una bebida caliente? Vi a un hombre con un vaso de té hace rato, así que supongo que deben vender por aquí. ¡Oh, no, quédate aquí! —insistí cuando lo vi hacer amago de ponerse de pie y yo lo hice en su lugar—. Esta vez me toca a mí invitarte —le guiñé un ojo y desaparecí rápidamente de ahí, dejándolo con un ceño descomunal en la tribuna. No tardé en encontrar el puesto de bebidas calientes después de que uno de los asistentes me indicara el lugar, donde pedí dos tés verdes. Cuando caminaba de regreso me pareció que alguien llamaba a Touya a mis espaldas hasta que una mujer me cerró el paso con una sonrisa tímida.

—Lo siento, Kinomoto-san, me di cuenta de que no me estaba escuchando. Yo… bueno, mucho gusto, soy Ichijou Yoko, la madre de Katsuo.

—¿Katsuo-kun? —empecé por lo último que había escuchado, aunque… ¿me había llamado Kinomoto?

—El portero —una risita nerviosa—. Verá, el próximo jueves es cumpleaños de mi hijo y me gustaría organizarle una fiesta sorpresa con el equipo. Quería preguntarle si su hijo podría asistir.

—¡Oh, no, se equivoca! —y al ver su gesto apesadumbrado me apresuré a agregar—, Ryusei-kun no es mi hijo.

—¡Ah, qué alivio! —sonrió, únicamente para perder la compostura al segundo siguiente—. ¡Oh! Lo que quiero decir es que por un momento pensé que se refería a no dejar a Kinomoto-kun ir a la fiesta. Lo lamento, debí darme cuenta antes; luce usted muy joven para ser madre de un niño de su edad.

En eso tenía toda la razón.

—No hay problema, pero si quiere preguntar por Ryusei-kun será mejor que lo haga directamente con su padre… —señalé a la banca donde debía estar Touya, sólo para encontrarme con que él no estaba ahí—. Bueno, supongo que debió ir al baño, pero seguramente ahí estará cuando inicie el segundo tiempo.

—Ya veo. Muchas gracias —suspiró—. Por cierto, ustedes dos hacen una hermosa pareja. Además de su hermana, nunca había visto a Kinomoto-san traer a alguna mujer, por eso pensé que usted podría ser su madre. Nuevamente me disculpo

—No se preocupe, aunque tampoco tenemos esa clase de relación —sonreí luchando contra la incomodidad del momento y decidí aclarar la situación de una vez. De cualquier forma, pensé, algunos niños podrían reconocerme y no tenía sentido ocultar quién era—. Soy la maestra de Ryusei-kun, Daidouji Tomoyo.

Su boca se abrió en una “O” que se quedó estática en su rostro por espacio de varios segundos antes de que el color se le subiera a las mejillas. Parecía casi irrisorio que una madre de familia tuviera esa capacidad para abochornarse por algo tan aparentemente intrascendental.

—Lo lamento, yo… bueno, yo…

—Era de esperarse que ocurriera un malentendido si me ven con el padre de uno de mis alumnos afuera de la escuela, así que es mi culpa por no haberlo aclarado antes. La verdad es que sólo quería venir a apoyar a Ryusei-kun. Es muy buen jugador para su edad, ¿no le parece? —hablé con toda la naturalidad del mundo y le sonreí para asegurarle que no había problema. La sorpresa fue que funcionara como lo hizo y la mujer inmediatamente se relajó.

—¡Lo es! Y es muy buen chico. Es un poco… diferente, si entiende a qué me refiero, pero es muy talentoso pese a su edad y a los chicos les cae bien, por eso espero que Kinomoto-san lo deje ir a la fiesta.

—Espero que así sea. Si gusta, puedo comentarle y pedirle que vaya a hablar con usted cuando acabe el partido.

Ella no pudo estar más de acuerdo y, agradeciéndome y repitiendo por enésima vez sus disculpas, regresó a su lugar en las gradas. Aliviada, dejé escapar un suspiro y me preparé para regresar a mi lugar también, reprimiéndome internamente por no haber estado preparada para algo tan esperable como lo que acababa de ocurrir.

—Qué suspiro más largo, profesora —solté un grito al quemarme una mano con el té cuando me giré bruscamente para encontrarme de frente con Touya—. ¡Cuidado! —me quitó inmediatamente ambos vasos y los colocó sobre una grada, sacando enseguida un pañuelo para secarme los dedos y el dorso de la mano, que se había puesto colorada al instante.

—¿Cuidado? —resoplé—, ¿y de quién fue la culpa por salir a mis espaldas mientras cargo bebidas calientes?

—Lo siento —soltó de repente y acercó mi mano a su rostro. No sé qué me tomó más por sorpresa, si el hecho de que se disculpara o la forma en la que comenzó a lamerme los dedos. De lo que sí estuve segura fue que el estremecimiento que me hizo apartar la mano fue culpa de lo segundo.

—Estoy bien, gracias —titubeé al ver sus ojos elevarse del lugar donde estaba mi mano un segundo antes hacia mi rostro. Sentí que la cara me ardía en llamas.

—¿Te preocupa que nos vean los demás? Supongo que un malentendido no sería conveniente después de tomarse tantas molestias en aclararlo, ¿cierto?

Había escuchado mi conversación con la señora. No sólo eso: no parecía muy contento con ello.

—Cierto. Me gustaría evitarlo. ¿No te parecen suficientes los inconvenientes si se supiera? —recuperé la compostura y mi vaso con la otra mano y comencé a caminar hasta nuestro lugar, dejando que Touya tomara su propio vaso y me siguiera—. Creí que ya habíamos hablado al respecto.

—Si mal no recuerdo, te dije que no me interesa lo que la prensa rosa pueda hacer. No sería la primera vez.

—Hablas como si en verdad hubiera algo entre nosotros —me supo mal decirlo con esas palabras, pero tenía que hacerlo de alguna manera. Tenía que dejarle en claro a Touya que aún había un punto de retorno para él y para Ryusei. Su pequeña burbuja todavía podía permanecer intacta gracias a los esfuerzos de Yue, pero no podía decir lo mismo si todo seguía su cauce como hasta ahora.

—Ya te dije antes que no eres tan buena para mentir como crees —llegamos a nuestro lugar y, apenas sentarnos, sentí su mirada oscura sobre mí. La segunda mitad acababa de comenzar y yo centré toda mi atención en el partido—. No eres exactamente una mujer que puede tener relaciones con cualquier hombre y después fingir que nada pasó.

—Touya… —tomé aire y me aferré con ambas manos al vaso térmico, sintiendo su calor irradiando en mis palmas—. Una vez me dijiste que, así como tú no salías con las mamás de tus pacientes, yo no debía salir con los padres de mis alumnos. ¿Ya lo olvidaste?

—Dije que no sería ético y que podrías perder tu trabajo.

—¿Y eso no te parece suficiente razón para no hacerlo?

Me recibió un silencio de medio minuto que ni siquiera fue propiamente cubierto por los sonidos mezclados de la cancha y los vítores de los familiares. De reojo percibí que Touya tomaba un sorbo de su té.

—Me di a la tarea de investigar el reglamento de profesores de la escuela, está disponible en línea ¿sabes?, y no encontré ningún apartado en donde se mencione sanción alguna en ese caso. La única mención es en referencia a una relación alumno-maestro, aunque eso ya es pedofilia —bufó con desagrado—. En fin, si la escuela no lo considera inmoral, yo no tengo por qué hacerlo.

—¿Leíste el reglamento? —lo miré como una idiota por un momento y me gané una sonrisa autosuficiente de su parte, luego sacudí la cabeza—. Espera, aunque en la escuela eso no sea…

—Tomoyo…

—… quiero decir, el hecho de que ellos no vean nada malo en que salga con el padre de un alumno no significa que…

—… cuando te dije que me gustabas no me refería a que quiero salir a tomar unas copas contigo los viernes por la noche y brindar como buenos amigos —soltó sin miramientos—, y sé que esto no es unilateral. ¿Por qué te empeñas tanto en complicarte la vida dándole vueltas?

Lo había vuelto a hacer; soltar un toro y dejarme sin refugio alguno al cual correr para protegerme. Touya es la clase de persona que te puede acorralar con una sola frase, derrumbando de un golpe cualquier esperanza de negar lo evidente, dar la vuelta y retomar tu vida. Era más fácil renunciar a algo si no me lo ofrecía él mismo en bandeja de plata. Quise detestarlo por hacerme eso, pero era imposible. Una vez más me refugié en el calor que mi vaso de té iba perdiendo poco a poco, guardando un silencio que a cada segundo se volvía más abrumador. Touya esperaba una respuesta y no se molestaría en amortiguar esa atmósfera densa que nos envolvía y apartaba del resto del público eufórico; una respuesta que tenía que apresurarme en darle y lograr que me creyera aunque ambos supiéramos la verdad.

—Yo… no puedo hacer esto, Touya —apreté el poliestireno en mis dedos, apenas reconociendo el hilo de voz que salió de mi boca.

—¿Por qué?

Porque no puedo arrastrarlos conmigo a la boca del lobo.

—¿Has pensado en Ryusei-kun? Él sería el más afectado si algo sale mal —cerré los ojos intentando convencerme a mí misma—. Ya te expliqué que…

—Creo que él estaría más que feliz de que fueras algo más que su profesora. Además…

—Me refiero a lo que sería de su vida si esto pasara a ser de interés público. ¿No entiendes que Ryus…?

—¿Ryusei o tú?

¿Qué? Lo miré sin entender de qué hablaba, encarándolo finalmente sólo para encontrarme de frente su mirada irritada. Se me escapó el habla al momento.

—Seamos honestos. ¿Quién saldría más afectado si algo saliera a la luz? Ya te dije que a Ryu no le importaría el acoso de la prensa, ni siquiera sería la primera vez, y a mí me importa un comino lo que puedan decir, pero eres tú quien no podría ignorarlo tan fácilmente.

—Porque crecí rodeada de esto toda la vida, por eso te puedo asegurar que no es tan fácil ni simple como crees.

—Se supone que para eso te saliste de Tokio y dejaste a tu familia atrás, ¿cierto? No quieres que cosas como ésta te estén afectando de por vida, pero sigues actuando como si siguieras viviendo en ese mundo.

—Es muy fácil para ti decirlo de esa manera, pero no puedo pretender salir de casa y pensar que ahí terminará todo. No puedo ser tan irresponsable —comenzaba a molestarme, pero tenía que mantener la calma y hablar con objetividad. Esbocé una sonrisa que no sentía, intentando tranquilizarme y evitar una discusión irreconciliable—, aunque eso no significa que no sea feliz en Tomoeda.

—Entonces no tiene sentido que te hayas marchado si sigues viviendo bajo el mismo código de conducta —sus ojos oscuros me perforaron—. Me refiero a esto —levantó una mano hasta colocar un dedo en mi labio inferior—: tus sonrisas hipócritas, tu obstinación en aparentar que todo está bien cuando no lo está, tu  falsa fortaleza, tu “yo puedo sola”, tu afán de ser (o fingir ser) perfecta… pero sobre todo esa incapacidad que tienes de confiar en alguien más. Y te excusas con la noción de que así fuiste educada, culpas a tu madre y al ambiente en el que creciste por ser estricto y cerrado, perfeccionista, falso e hipócrita, pero si sigues haciendo eso nunca vas a salir de él, paparazzis o no, le importe al mundo o no, porque a la única a la que le importa de verdad es a ti.

Cállate, tú no sabes nada.

Pero él no había terminado aún.

—Todo eso de dejarlo atrás es una mentira que quieres creer, pero en realidad no lo intentas porque en el fondo estás orgullosa de ser quien eres, de ser “perfecta” a los ojos de la sociedad, y te sientes superior por haber confrontado a tu madre y “seguir tus sueños” aunque sigas actuando bajo las mismas reglas y llevando el mismo estilo de vida, porque después de todo eres una Daidouji, estés en Tokio o en Tomoeda. Felicidades, Tomoyo, eres una digna hija de tu madre.

Su sonrisa sarcástica fue filosa como un puñal en la espalda. No pude hablar inmediatamente; el golpe había sido más duro de lo que quería creer, como una bala expansiva justo en el pecho. Intenté convencerme de que Touya lo decía por el calor del momento, llevado a ello por mi propio rechazo y mi obstinada insistencia, pero igual dolía. Soy una Daidouji, pero para ti siempre he sido Tomoyo, pensé. Después de todo él era la única persona con la que no podía usar las máscaras de siempre. Él sacaba lo peor y lo mejor de mí, incluyendo facetas que ni siquiera sabía que tenía hasta antes de conocerlo.

Hubiera querido decirle que no tenía ni idea de lo que significaba ser hija de Sonomi y llevar esa carga en todo momento, de vivir cuidando mis pasos y hacer cosas inverosímiles como pedir un favor a mi ex y depender de la intervención de alguien como Yue para evitar que mis descuidos terminaran afectándolo a él mismo y a su hijo, a las personas que quería. Hubiera querido gritarle que, de poder hacerlo, renunciaría por completo a mi apellido y todo lo que éste arrastraba, que lo haría con gusto por vivir una vida tranquila, sola o con él. Hubiera querido decirle todo, confesarme ante  la única persona que podía leerme como si fuera un libro abierto, pero mis labios no se abrieron. Si para Touya funcionaba pensar que ésa era la razón por la que no podía aceptar estar con él, entonces tenía que aferrarme a ella y jugar el mismo juego, concluí ahogándome con el último trago de té y rasgando el material térmico con las uñas, desquitándome con él sin dejar de mirar el vaso vacío, olvidándome ya por completo del partido. Necesitaba calmarme y poner una fachada, llegar a un razonamiento maduro con Touya, quedar como dos adultos que cometieron un error al cruzar una línea que desde un principio había sido muy delgada, pero que podían resolverlo por el bien de un niño que dependía de ambos en sus respectivas medidas. El problema era que mi madurez, mi raciocinio y toda mi frialdad Daidouji se habían ido por el orificio que me dejó la estocada de Touya, de manera que mi primer instinto fue recoger la máscara que se me había caído y huir con ella.

—¡Santo cielo! —me incorporé de pronto intentando sonar sorprendida y casual, aunque me tembló la voz más de lo que quería—. Olvidé que tengo que hacer algo antes de mañana. Perdona, yo… —mierda, las lágrimas se estrellaron en el piso, justo frente a Touya, y fingí mirar a la cancha cuando él levantó la cabeza hacia mí—, el partido, no… ¿me puedes disculpar con Ryusei-kun? —solté una risita trémula y patética y junté las manos frente a la cabeza a modo de disculpa, ocultando mi rostro intencionalmente con ellas—, lamento no poder quedarme.

CD 29

—Tomoyo…

—¡Gracias por invitarme! —hice una inclinación demasiado tiesa y formal, evitando la mano que Touya intentaba acercar a mí, y tomé mis cosas—. Gracias también por la crepa y el café—logré arquear una sonrisa quebrada, agité una mano para despedirme y comencé a bajar las gradas—. ¡Nos vemos!

No miré atrás, ni al niño que corría por el césped intentando alcanzar un pase, ni al hombre que me seguía con los ojos sin responder a mi despedida ni moverse de su lugar.

 

Notas de la autora: en Japón las órdenes restrictivas para impedir acosos o incluso situaciones de peligro normalmente pierden su validez después de 6 meses.