28. Conoce los motivos de tu adversario

CD 28

Aún sentía la mirada de Touya en mí después de ver la puerta cerrarse tras de él. Entonces todo en mi cabeza fueron maldiciones: hacia Yue, hacia todo cuanto había creído hasta ese momento, e incluso hacia mí. ¿Cómo diablos no lo había visto venir? Reviví cada momento en el que me había encontrado a Yue de manera inesperada por la calle. Aún en un pueblo pequeño como Tomoeda era demasiado para tratarse de una simple casualidad. Pensé en aquella vez que me había encontrado con Eriol en el café. Yue había dicho estar en el primer piso con un cliente, y sin embargo a Touya le había comentado que me había visto con mi ex, siendo que Eriol y yo habíamos estado en el segundo piso. Recordé también la noche en que me salvó apareciendo de la nada en mi piso. ¿Y quién me había recomendado ese lugar para vivir? Un piso que había resultado estar plagado de micrófonos. Me había alegrado al pensar que Touya, con su desconfianza y actitud sobreprotectora, notaría la presencia de cualquier persona sospechosa cerca de su consultorio (y, por ende, de mi apartamento), pero ni él ni Yukito repararían en una persona de confianza. Yue incluso había convencido a Touya de darme las llaves del consultorio a cambio de que yo hiciera lo mismo y desde entonces había tenido libre acceso a mi departamento. Si continuaba pensando en todo lo que había ocurrido, también tenía explicación la misteriosa aparición del regalo de mamá después de la visita de todos (incluyendo, por supuesto, a Yue) en mi casa el día de mi cumpleaños. Cada pequeña circunstancia iba encajando rápidamente en su lugar como un rompecabezas.

—¿Cómo fui tan tonta? —farfullé tomando mi abrigo con las manos temblando de rabia. De haberme dado cuenta habría podido evitar tantas cosas… incluyendo situaciones como la que acababa de pasar. ¿Acaso no se me hubiera podido ocurrir otro plan? “Hazme llegar un arreglo de orquídeas azules. Puedes pedir en la florería que no se lo entreguen a nadie más que a mí, así ni siquiera los espías podrán interceptarlo” le había dicho a Eriol con la confianza de haber concebido un plan infalible. Lo único que tenía que hacer era poner el nombre del espía (o los espías) de mamá en el remitente y una nota sobre cómo encontrarlos o contactar con ellos (cosa que no había sido necesaria tratándose de Yue). Parecía un plan perfecto y hasta fantástico con el toque de las flores, pues un paquete o una carta con esas especificaciones de entrega podría levantar sospechas por parte de los informantes. En cambio unas flores no serían tomadas tan en serio, pudiendo ser incluso de un admirador secreto. Lo que no contaba era con Touya estando presente en el momento en que éstas llegaran, y es ahí donde todo había fallado. Mi desazón era que no podía desmentir a Touya y decirle que no era lo que pensaba, sino algo aún peor: Yue trabajaba como espía para mi madre. En realidad, ni siquiera se trataba de que me sintiera herida por haber confiado en él. Para bien o para mal, estaba acostumbrada a recibir esa clase de sorpresas e incluso había aprendido a admitir mi culpa al bajar la guardia, pero el desgraciado había traicionado a Touya y a Ryusei, y eso lo pagaría con sangre.

“Nunca confíes ciegamente en alguien. Aún las personas más cercanas a ti te pueden traicionar a cambio de un poco de dinero” repetía mi madre y yo odiaba cuando Sonomi Daidouji tenía razón. Había subestimado la facilidad con la que mamá había tenido acceso a la información personal de Touya y a todo cuanto ocurría a mi alrededor. La había subestimado a ella.

Mi piso quedó atrás con el sonido de un portazo y bajo mis pies sentí pasar rápidamente las baldosas de la banqueta. Ningún sonido era claro a mis oídos y las casas y escaparates pasaban como turbios fantasmas a mis costados. Podría decir, sin temor a equivocarme, que encontré la casa a golpe de instinto, pues no había pensamiento lógico en mi cabeza ni tengo memoria de lo que ocurrió desde el instante en que abandoné mi piso hasta el momento en el que me vi frente a la pequeña casa que Ryusei me señalaba a veces cuando regresábamos juntos de la escuela. Me detuve ahí por espacio de unos minutos intentando calmar la vorágine de ideas y emociones. Una parte de mí sólo quería hacerlo trizas, pero mi yo racional sabía que aquello no era más que un sueño metafórico y, aún si pudiera vencerlo físicamente, jamás tendría la iniciativa moral para llegar a tales límites.

—Un momento —me recordé—, primero tienes que confirmar tu información —suspiré. Antes de adelantarme al desuello, tenía que comprobarlo por mí misma.

—¿Qué información? —escuché la voz de Yue a mi derecha y respingué en mi lugar, mirándolo primero de reojo para comprobar que no fuera mi imaginación y volviéndome luego hacia él con la mente trabajando a mil por hora.

—Creí que estarías adentro —me defendí y él alzó sin mayor ceremonia una bolsa de compras que había sacado de la tienda de la esquina. Con eso se ahorró explicaciones y fue directo al grano:

—¿Qué necesitas?

Con el paso del tiempo y gracias a nuestras escasas y breves conversaciones, pero aún más gracias a la influencia que él tenía en Ryusei, había aprendido que, si quieres extraer información de alguien, la pregunta de respuesta cerrada no siempre era la mejor opción. Si me hubiera preguntado “¿Necesitas algo?”, aún podría dar una respuesta negativa y desembarazarme de todo, pero Yue se había ahorrado toda esa ridícula cortesía y adoptado la única idea lógica: que mi visita sin previo aviso y en ese estado de agitación evidente no era para nada con propósitos meramente sociales.

—Hablar contigo —contesté de la misma manera en que él lo habría hecho. Esta vez usaría su misma estrategia. Él me analizó por unos segundos, sopesando mis palabras y hasta el arco firme de mi espalda. Entonces dio el primer paso hacia el jardín y me miró de soslayo.

—Yukito no está en casa ahora.

No necesitaba más invitación que ésa y en silencio esperé a que abriera la puerta para entrar tras él. No cruzamos una sola palabra hasta entrar en el comedor de estilo tradicional y sentarnos ambos en los cojines frente a la mesa. No necesitaba esperar a que Yue, exento de toda convención social de etiqueta, me ofreciera una taza de té o café, o siquiera agua. Él simplemente se enderezó sobre el cojín y me contempló con esa mirada adusta y analítica que le confería un aire casi felino a sus ojos grises. Comprendí que el peso de la conversación recaería sobre mí, de manera que tendría que saber darle un inicio directo y sin rodeos. Siguiendo la estrategia de Yue, decidí omitir la primera pregunta y abrir la puerta que daba entrada a mis suposiciones:

—¿Hace cuánto que conoces a mi madre?

Sus cejas descendieron unos milímetros y su mirada se ensombreció por unos momentos. Había jugado una carta alta en mi primera mano, pero la apuesta inicial también lo era y no había espacio para estrategias ambiguas.

—En agosto hablé con ella por primera vez vía telefónica.

Tenía que poner todos mis sentidos en cada una de sus respuestas si quería obtener la información que necesitaba. De ahí deduje que nunca la había visto en persona, o habría referido en su lugar un encuentro (Yue no da respuestas incompletas, sino precisas). “Hablé con ella”, había dicho, de manera que no había sido ella quien le había contactado, sino viceversa.

—¿Por qué la contactaste?

—Para ofrecerle un servicio superior al que tenía.

—¿Un servicio como informante?

—Sí.

Nos contemplamos en silencio por espacio de unos minutos, midiéndonos con la mirada. En un breve intercambio de palabras habían quedado demasiadas cosas en claro, pero lo que más me fastidiaba era la calma con la que Yue se atrevía a revelar algo así.  Aún así hice lo posible por no adelantarme aún y regresar a un punto previo que no podía pasar por alto.

—Dices que le ofreciste un mejor servicio. ¿Quieres decir que alguien me estaba siguiendo antes que tú? —y, antes de que me contestara con un monosílabo, agregué—. ¿Y cómo lo supiste?

—Los vi cuando fuimos a la casa en la playa. No fue difícil ver que era a ti a quien seguían, aunque primero pensé que su intención era secuestrarte, siendo la hija de la presidenta de Corporación Daidouji. Poco después comprobé que ésa no era su intención y tu conversación con Hiragizawa terminó por disipar cualquier duda de que los que te seguían no eran más que un par de ineptos que no sabían mantener la discreción que su trabajo necesitaba.

Primero me sorprendí de que hubiéramos sido seguidos hasta la playa por los anteriores empleados de mamá, pero después me pareció natural que para un espía profesional como Yue  no hubiera sido difícil identificar a otros de su tipo.

—Entonces viste tu oportunidad y la aprovechaste —musité intentando tragar junto con mi saliva el asombro que me ocasionaba su “frialdad empresarial”—. Ése fue el día en que me recomendaste mudarme al piso sobre el consultorio de Touya. ¿Lo hiciste para tener más accesibilidad a mi departamento y poder acercarte sin despertar sospechas? Debías estar muy seguro de que mamá aceptaría tu oferta de trabajar para ella. ¿Cómo sabías que lo haría?

—Tus seguidores no habían entrado al café, así que, a menos que tuvieras un micrófono en tu ropa o accesorios, ellos no podrían saber que tu ex novio acababa de ponerte sobre alerta. Además, después de dejarte para anotar el teléfono del dueño del piso, caminé hacia ellos y me detuve un momento con la excusa de pedirles que me cambiaran un billete por monedas para la máquina expendedora. Como pensaban que yo había sido tu cita esa noche, no podían arriesgarse a que los descubriera siguiéndote con la mirada y se distrajeron con cualquier tontería. Así me aseguré de que no se dieran cuenta de que te interesaba el piso. Cuando llamé a tu madre le informé que sabías de tus espías y que te mudarías de casa. Como imaginé, ella se mostró escéptica y dijo que ellos le informarían de algo así. Le sugerí que confirmara cualquier información con su servicio, dejé mi número y le dije que se comunicara conmigo más tarde, cuando te hubieras terminado de mudar y tus espías, desconcertados, llamaran a su jefa para notificarle algo que yo ya le había anunciado con días de anticipación.

Conforme había ido describiendo los acontecimientos de aquel día, pude ir reviviendo la rápida conversación con él, su sutil pero insistente recomendación del piso y su súbita despedida al declarar mi intención de anotar el teléfono para comunicarme con el dueño. Sentí mis uñas rasgar ligeramente el tejido de mis medias. El sigilo y la efectividad del ataque de Yue para eliminar a sus adversarios y quedarse con el trabajo habían sido los de un felino depredador, y su capacidad de fraguar un plan tan elaborado en un abrir y cerrar de ojos y hacerme partícipe de él eran dignas de un maestro de ajedrez. Su visión de negocio y oportunidad rivalizaba con la del mismo Eriol y era la que mi madre habría buscado de cualquier empleado, pero especialmente de cualquier hijo (cosa que yo jamás había tenido). No cabía duda de por qué lo había contratado.

Aunque mi exterior era una estela de piedra como la suya, por dentro estaba boquiabierta frente a las aptitudes de mi adversario.

—Mamá paga muy bien —hablé finalmente—. Debes haber necesitado con urgencia ese dinero para haber traicionado a tus amigos  a cambio de él.

Yue alzó una ceja, pero su actitud autosuficiente no cambió con ello.

—¿Traicionado, dices?

—A Touya, y quizá debería incluir a Ryusei-kun y a Sakura también. No sólo has violado mi privacidad, sino la de ellos —apreté la falda entre mis manos intentando no perder los estribos frente a él. Tenía que forzarme a mantener la compostura si quería negociar con ese hombre—. Si acaso no lo sabes, cualquiera consideraría una traición haber pasado información sobre ellos a mi madre a cambio de unos billetes.

—Tienes razón, por eso no consideré necesario decírselo a él.

Lo estaba intentando de verdad, pero su cinismo llegó al límite de mis capacidades.

—¿Dónde está el video? —me dejé de andar por las ramas—. No me preguntes a cuál video me refiero porque sabes de qué estoy hablando.

—No tengo ese video.

Apreté los dientes para no lanzarme sobre él y respiré profundamente.

—Ambos sabemos que no se lo has dado a mamá. Voy a preguntar una vez más: ¿Dónde lo tienes y qué es lo que quieres a cambio?

—Te pareces más a tu madre de lo que te gustaría admitir —Yue se cruzó de brazos con la misma parsimonia de siempre—. Ya te lo he dicho: yo no tengo ese video, así que no puedo negociarlo.

—¿Entonces dónde está? —insistí comenzando a temer lo peor.

—No existe.

—¿Crees que nací ayer? —mascullé y para mi sorpresa descubrí que Yue tenía razón: incluso usaba las mismas expresiones que mamá—. Había cámaras en todo mi apartamento esa noche, estoy segura, y si lo que quieres es dinero jamás te desharías de una evidencia tan valiosa sin negociar al menos con una de las partes interesadas en tenerla.

—Entonces deberías preguntarte si lo que quiero es realmente dinero.

Me estaba probando. Sabía que lo hacía, pero a pesar de eso no tenía idea de cuál sería la respuesta correcta. La cambié por una pregunta.

—¿Qué es lo que quieres entonces?

—Que los Kinomoto no tengan que pagar con su vida privada tus imprudencias.

Lo miré como se podría mirar a un loco de remate.

—Te agradecería que me explicaras lo que quieres decir. ¿Cómo vas a evitar que mamá o cualquier otro se meta en sus vidas privadas si precisamente tu trabajo es informar sobre… ellas? —antes de terminar la frase, la lógica de Yue había comenzado a tocar a la puerta de mi cabeza. Yue evidentemente se dio cuenta de mi titubeo.

—¿Ahora lo entiendes? La mejor manera de mantener las narices de tu madre lejos de Touya es hacerle creer que está lo suficientemente cerca.

—Como su espía puedes controlar la información que le proporcionas —razoné—. ¿Es eso lo que quieres decir?

Yue asintió y todo comenzó a revolverse a mi alrededor al tiempo que lo hacía. Me di cuenta de que había subestimado al hombre que tenía frente a mí. Él se había hecho a la tarea de transmitir suficiente información a Sonomi para satisfacer su curiosidad sobre la clase de persona con la que estaba saliendo, pero hasta el momento nunca había escuchado a mamá mencionar algo sobre el pasado de Touya, su familia, Nakuru o algo similar.

—Si hubiera otra persona al servicio de tu madre, o si los que estaban antes hubieran sido un poco más minuciosos, Daidouji-san habría tenido información muy importante con respecto al pasado de Touya y Ryusei —su mirada se volvió severa y fría—… y, por el bien de Ryusei, hay algunas cosas que no le convendría saber al respecto.

—¿Qué clase de cosas? —quise averiguar, aunque anticipé la respuesta que me daría enseguida:

—No las he mencionado a cambio de dinero, ¿qué te hace pensar que te lo diría a ti?

Ryusei sabía cómo había muerto su madre y muy probablemente conocía los detalles de las penurias que tuvo que pasar su padre entre la universidad y cuidar a un bebé. Touya era una persona franca no sólo conmigo, sino con su hijo, pero si había algo que le ocultaba a Ryusei entonces debía tratarse de algo serio. Por un momento me cruzó la idea de que en realidad no fuera su padre biológico, pero las similitudes físicas entre ambos eran demasiado evidentes. Aparte de eso, no podía imaginarme de qué se podría tratar.

—Una vez dijiste que habías conocido a Touya a través del padre de Nakuru. ¿Fuiste contratado por él para espiarlo? Si es así, ¿cómo es que terminaste siendo amigo de Touya al grado de ponerte en esa situación para protegerlo? —sonreí recuperando un poco de seguridad. Si acaso no podía sacarle información sobre Touya (porque estaba claro que no me lo diría bajo ninguna circunstancia), al menos había otras maneras de ir recolectando piezas en el rompecabezas—. No eres un ingenuo ni andas a ciegas: si alguno de tus actuales o futuros clientes se entera de que ocultas información importante a favor de las personas a las que investigas, perderás cualquier oportunidad de trabajo.

—Fui contratado por Akizuki-san para demostrar que Touya maltrataba a Nakuru —soltó de pronto—. Nakuru estaba en el club de baloncesto de su escuela y frecuentemente llegaba a casa de sus padres con moretones y heridas menores. Una vez, mientras visitaba a Touya en el colegio, llegó con el brazo roto después de jugar un partido con él y sus amigos, así que su padre sospechó que todo había sido obra de Touya —continuó sin detenerse, tomándome completamente por sorpresa. En realidad no había esperado que dijera más que un par de palabras al respecto, pero una vez decidido a hablar, Yue parecía dispuesto a dar toda la información pertinente en tanto no comprometiera a Touya o a sí mismo—. Fue cuando me pidió que lo siguiera, pero evidentemente nunca pude demostrar algo que no existía. Sin embargo Touya me descubrió y un día me confrontó tomándome por sorpresa en una trampa para dejarme a solas con él. Ese día no sólo confirmé que Touya nunca haría daño a alguien que le importara, sino que lo arriesgaría todo para protegerlos —desvió la mirada por lo que parecía ser la primera vez desde que lo conocía—. También me dijo que no le importaba que lo siguiera si ése era mi trabajo, pero que a cambio le gustaría conocerme mejor.

Debía estar alucinando, porque en ese momento me pareció ver un sonrojo en sus mejillas. Claro, siendo su piel tan blanca (probablemente más que la mía), hasta el reflejo de los claveles en el florero la harían ver más rosada. Y sin embargo no me equivoco, confirmé al recaer en su silencio incómodo, tan distinto de los que lo caracterizaban, y el hecho de que su mirada seguía clavada en el tatami.

—Quieres a Touya —solté en un suspiro de asombro y sus ojos felinos regresaron a mí, pero no hizo nada para negarlo. A partir de ese momento mi mente en conflicto me impidió seguir coordinando razón y sensatez con lo que decía, sentía o pensaba. Regularmente me emocionaría al descubrir el amor secreto de alguien, independientemente de su sexualidad, y hasta haría lo que estuviera en mis manos por alentarlo a perseguir ese amor por más imposible que pareciera, pero estábamos hablando del hombre “insensible”, frío y calculador, enamorado de la persona que me traía de cabeza, y la verdad es que no tenía la más mínima idea de cómo reaccionar, y por eso terminé diciendo una tontería como “Lo siento, no lo sabía”, que me hizo ganar una mirada de hielo por parte de Yue.

—Por supuesto que no, y nadie más lo sabe, así que será mejor que se quede así.

—No te preocupes, no pienso decirle a nadie.

—Me preocupa más que tu madre siga inmiscuyéndose en la vida de Touya —habló tajantemente, como si apenas dos segundos antes no hubiéramos hablado de sus sentimientos—. Si en realidad te importan él y Ryu, entenderás que seguir cerca de ellos no les traerá nada bueno.

Pero yo no estaba dispuesta a dejarme amedrentar tan fácilmente. Aunque Yue me parecía una persona inteligente y objetiva, ahora mismo podía estarme enfrentando a una opinión parcial de su parte.

—¿Alejas así a todas las novias de Touya?

—Touya y tú no son novios.

Buen punto.

Para tu información, he hablado con Touya sobre las posibilidades de ser rodeados por la prensa rosa si nos ven juntos. Él sabe perfectamente que soy hija de Sonomi Daidouji y no le pudo importar menos. Le advertí que los reporteros querrían saber sobre él y no parece tan preocupado como tú —me crucé de brazos anticipando mi jaque esta vez—. Como podrás ver, he sido sincera con él. ¿Por qué entonces habría de hacerte caso? Podemos manejarlo.

—Touya ya vivió la situación con Sakura antes y piensa que correrá con igual suerte otra vez. Su primer miedo fue que excavaran en su pasado, pero los reporteros estaban más interesados en sacar los trapos de Sakura al sol, aunque tuvieron que regresar a China al no encontrar mucho material “publicable”. El problema es que subestima el hecho de que ahora quien estará en la mira será él. Pero no debería tener que explicarte todo esto. Estamos hablando de tu madre, tú sabes aún mejor que yo lo que ella sería capaz de hacer si quiere desacreditar a la pareja de “bajo perfil” de su hija.

Yue rara vez hablaba, pero cuando lo hacía se aseguraba de dejar pocos hoyos a la vista. Comencé a detestar esta faceta “parlanchina” de él y preferir al que no abría la boca. Odiaba la forma en la que acudía a la lógica para tener razón en todo momento.

—“Desacreditar”, dices —casi sentí ganas de reír—. Es un buen eufemismo.

Hubiera sido más acertado usar “destrozar” en esa oración.

—De cualquier forma no tienes razones para creerme. Desde tu punto de vista, ahora puedo parecer un rival despechado —comentó con el mismo gesto impersonal, como si no estuviera hablando de su propio enamoramiento—, pero puedes satisfacer tu curiosidad directamente con Touya. Si le preguntas tú misma, estoy seguro de que no dudará en decírtelo.

Yo también lo estaba, y fue eso precisamente lo que me hizo temer el momento de hacer la pregunta. Pero no podía resignarme a alejarme con la cola entre las patas nada más porque alguien más me pedía hacerlo. Tenía que confirmar por mi propia cuenta que fuera lo correcto y que no hubiera otra solución.

—Tienes razón —hablé poniéndome de pie, comprendiendo que no había mucho que pudiera sacar de Yue ahora—, hablaré con Touya. Por cierto, creo que ahora él piensa que quien te gusta soy yo. ¿Debería hacer algo al respecto y decirle que simplemente eres espía de mi madre y me has estado vigilando todo este tiempo?

Por primera vez lo sentí tensarse de verdad. Ya era momento de un jaque a su orgullo de hombre racional.

—Aunque Touya sabe cuál es mi trabajo, lo mejor sería que no fuera así.

—Si realmente voy a hacerle entender cuáles son las posibles consecuencias de estar conmigo, nada lo ejemplificaría mejor que revelarle que alguien me ha estado siguiendo —solté tentativamente y él se puso de pie también.

—¿Qué es lo que quieres a cambio?

Era evidente que estaba acostumbrado a tratar con gente como los Daidouji  y se daba cuenta de que ahora yo tenía información importante para negociar con él, desde sus sentimientos por su amigo hasta su trabajo de espionaje sobre él. Era tentador y lo admito, en dos segundos me cruzaron muchas cosas por la cabeza para aprovechar esta inesperada ventaja, pero había un hecho —o muchos— que no podía dejar de tener en cuenta. Meneé la cabeza y bajé las manos a mis costados.

—Pese a todo, me salvaste la vida una vez y no puedo pasar por alto que estás haciendo esto por Touya y Ryusei, así que sería ridículo pedirte algo más a cambio. ¿Sabes? Antes de venir le pregunté a Touya si confiaba en ti —el gesto inmutable de Yue se vio sorprendido no sólo al escucharme, sino cuando le sonreí, esta vez de manera sincera—, y si yo fuera tú atesoraría la confianza ciega e incondicional que él te tiene —me di un momento para apreciar su nuevo sonrojo, ahora perfectamente visible, y tomé mi camino hacia la salida—. Por cierto… —aproveché para preguntar mientras me detenía a calzarme—, ¿por qué quitaste los micrófonos y cámaras en el piso? ¿Sabías que te descubriría? Si es así, ¿por qué dejaste la de la puerta?

—Tratándose de fines prácticos, lo más importante es documentar tus salidas y llegadas, además de si vas sola o acompañada, así que lo demás es dispensable. Para eso puedo bastarme con una sola cámara.

—Entiendo, suena lógico. Pensé que habías preferido evitarte escenas incómodas después de ver esas imágenes de mí con nadie menos que el hombre que amas —dejé deslizar un último comentario venenoso disfrazado de inocente casualidad antes de despedirme con una sonrisa radiante frente a la mirada glacial que recibí. Podrá sonar inconsistente después de que acababa de hablar sobre él salvándome la vida y siendo el gran amigo que se sacrificaba por Touya, pero no podía olvidar tan fácilmente que precisamente gracias a él y sus dichosas camaritas había vivido unas semanas sumida en la más absoluta paranoia. Un poco de hierro a cambio de eso no le vendría nada mal.

Salí de ahí y tomé rumbo hacia la casa. El sol ya se estaba ocultando y me arrepentí de no haber llevado una bufanda conmigo. Recordé el par de guantes que había metido por la mañana en el bolso y me puse a hurgar en él, pero antes de encontrarlos tanteé el teléfono y su cuerpo duro contra mi mano me recordó que Touya me había dicho que lo buscara cuando pudiera hablar con él. Disminuí el paso sin sacar la mano del bolso; sabía que lo más pertinente sería aclarar que las cosas con Yue no eran como podrían interpretarse por el ramo de flores, pero no se me podía ocurrir cómo explicarlo. La opción “me las envió mi ex novio para hacerme saber que tu amigo trabaja como espía de mi madre porque está enamorado de ti y quiere protegerte” estaba totalmente descartada. Peor aún, Touya tenía esa extraña habilidad de ver a través de mis mentiras como si fueran un cristal pulido, de modo que no podía aspirar a ponerme muy creativa al respecto y debía limitarme a algo sencillo pero creíble. Al caso, guardar silencio era simplemente impensable.

—Felicidades, Tomoyo, saliste de un embrollo para meterte en otro —suspiré al llegar a casa y encontrarme con la oscuridad de un piso que horas atrás había estado a punto de incendiarse con la presencia de Touya en él. Finalmente saqué el teléfono del bolso, pero no hice más que quedarme en el sofá, mirando la pantalla oscura por espacio de varios minutos y moviendo el aparato entre mis dedos. Me di cuenta de que no tenía nadie con quién hablar. Últimamente mis contactos de confianza para ventilar mis dudas y pedir consejos habían sido Sakura y el mismo Touya, pero ambos estaban descartados esta vez. Aún si tuviera a alguien a quien contactar, lo más probable es que mi conversación terminara siendo escuchada por el mismo Yue. Con una risa irónica arrojé el teléfono de regreso a la bolsa y permanecí en mi lugar repasando todo lo que había ocurrido ese día como si hubiera transcurrido a lo largo de una semana. Había empezado tan bien, con el rostro de Touya cambiando de colores al enterarse del embarazo de su hermana; su mano tomando la mía para arrastrarme a casa, destilando impaciencia por estar finalmente juntos y a solas; sus labios hambrientos al besarme en ese mismo sofá; sus manos desesperadas acariciándome y desnudándome; las orquídeas y la tarjeta con el nombre de Yue; la expresión dolida de Touya luchando contra la idea de una traición por parte de su amigo; el rostro impasible de Yue al decirme que debía alejarme de Touya por el bien de Ryusei…

Había sido suficiente para un día. Me levanté para ir al baño a llenar la tina con agua caliente. Sólo de una cosa estaba segura: no quería renunciar a Touya sin antes hablar con él. Después de todo, quizá podíamos manejarlo, pero… ¿Qué era ese secreto del que Yue había hablado y que parecía ser tan importante? Si alguien directo como Touya le ocultaba algo a su hijo libre de prejuicios, ciertamente no podía tratarse de cualquier tontería.

—No lo sé, mañana será otro día —solté un suspiro cansado a los azulejos y no me pudo importar menos el splash del agua que derramó por el borde al sumergirme en la tina.

 

Notas de la autora: el enfrentamiento entre dos titanes ocurrió. Los movimientos y razones de Yue han quedado expuestos, muy a su pesar y probablemente al de Tomoyo también. Ahora sólo queda un secreto más por aclarar, y eso sólo puede ocurrir enfrentando una vez más a Touya con las cartas sobre la mesa. Pero una estrategia tan directa no asegura que alguno de los dos vaya a salir intacto.