27. Los verdaderos amigos no existen: tarde o temprano alguien te traicionará

Una de las cosas que más me gusta de Tomoeda es que, a diferencia de Tokio, rara vez te encuentras con ríos de gente, aun siendo un domingo a mediodía y en una de las plazas más concurridas del centro. El ambiente comenzaba a llenarse de navidad y la temporada de compras había comenzado, pero todo apuntaba a que no tendría problema en encontrar a mi “cita” a la entrada del centro comercial.

Hice todo lo posible por no mirar el reloj con impaciencia, pues era yo quien había llegado temprano, pero no pude evitar esperar subconscientemente el repiqueteo de las campanas del reloj al dar las doce en punto.

Din-don, din-don…

Ahí estaban. Era momento de recordar que estaba nerviosa. Vamos, Tomoyo, no es más que un favor para ella, me convencí apenas un momento antes de ver la silueta que se acercaba sin prisas hacia mí.

Tum-tum.

¿Éste había sido mi corazón? Muy bien, ahora estaba teniendo los síntomas de una colegiala, pero no podía evitar el vuelco ocasionado por verlo nuevamente a solas, especialmente si me ponía a recordar nuestra conversación de la última vez.

—¿No tienes frío? —fue su saludo al verme metiendo ambas manos en los bolsillos.

—Olvidé los guantes en casa —sonreí—. Muchas gracias por venir. ¿En dónde dejaste a Ryusei-kun?

—Tú misma me dijiste que viniera a solas porque querías hablar conmigo —Touya frunció el ceño y a mí me ganó la risa. Y pensar que hasta hacía unos días me había devanado los sesos llevando a cabo un plan para atrapar al informante de mamá únicamente para poder mirar a este hombre a la cara sin temer las consecuencias ni pensar en chantajes. Si bien lo más seguro era que el susodicho se encontrara ahora mismo entre la multitud, vigilante, al menos ahora que tenía a Eriol de mi lado podía confiar en que pronto tendría la manera de enfrentarme con él cara a cara. Touya, mientras tanto, ni siquiera se daba por enterado y su actitud desenfadada y su ceño fruncido tan naturales parecían casi un bálsamo para mis nervios revueltos. Agradecí que no fuera la clase de persona que te presiona con preguntas como “¿por qué has estado evitándome?” ni “¿ocurre algo malo?”. De lo contrario el simple hecho de verlo sería un estrés más sobre mis hombros.

—Lo sé, sólo sentía curiosidad por saber con quién está ahora.

—Entonces, ya que no te dignaste a decirme siquiera a dónde vamos hoy, creo que te dejaré con la duda —se encogió de hombros con altivez y miró a su alrededor—. Bien… ¿cuál es el plan?

En realidad no necesitaba que me dijera que Ryusei estaba con Sakura y Syaoran, ya que ella misma me lo había dicho la noche anterior por teléfono, así que me olvidé de eso y le guiñé un ojo.

—Es un secreto, pero primero necesito que me acompañes a comprar algo.

—¿Por eso me citaste en el centro comercial? —alzó una ceja aburrida—. Pudiste haber pasado antes y vernos en otra parte.

—¿Y dejar de aprovechar la oportunidad de divertirte yendo de un escaparate a otro? —me llevé una mano a la boca simulando inocencia y empecé a andar—, ¡Ni loca!

—¡Vaya! Hoy la profesora viene de muy buen humor —Touya comenzó a seguirme hacia el interior y escuché su silbido a mi lado—. ¿Tantas ganas tenía de salir conmigo? Pudo haberme dicho antes y…

—Quizá no deberías cantar victoria tan pronto —siseé con una sonrisa y una pequeña dosis de veneno—. ¿Quién sabe? Puede que lo que para mí es una noticia maravillosa para ti no lo sea tanto.

Touya calló después de esto, posiblemente anticipando que lo que tenía que platicar con él no le vendría demasiado bien, y yo continué guiándolo por la plaza, consciente sólo después de sus palabras de que en verdad había pasado algo de tiempo desde que había tenido una cita normal (sin incluir teorías de conspiración) con un hombre. “Cita” el apelativo me sabía raro, ¿pero qué más podía ser? Un favor hacia una amiga, quise convencerme, pero sabía muy bien que tratándose de Touya mis inclinaciones no eran tan platónicas. Tampoco podía negar que estaba feliz. “Gracias por venir”, le había dicho, y eso no lo había hecho en nombre de Sakura, sino mío.

—Aquí es —me detuve de pronto y señalé con un movimiento de cabeza a la vitrina frente a nosotros—. ¡Mira qué hermosos son!

La cara de Touya no podía estar más en contraste con la mía y honestamente eso sólo lo hizo aún mejor.

—¿Quieres que te acompañe a una tienda de maternidad? Estás de broma, ¿ver…dad? —su rostro fue cambiando del fastidio más absoluto a una expresión cercana al terror. Su piel morena palideció a tal grado que bien podría igualarse con la mía. Se volvió hacia mí y su mirada reflejaba claramente la turbulencia que estaba teniendo lugar en su cabeza, seguramente recordando la noche en que habíamos tenido sexo como conejos y sus posibles consecuencias a más de un mes de haber ocurrido. Mi insinuación de que una idea “maravillosa” para mí podría no serlo tanto para él seguramente tampoco contribuía a apaciguar sus conclusiones.

—¿Qué pasa, Touya? ¿No quieres entrar conmigo? —tomé de su mano y tiré de él, arrastrando lo que sea que quedaba de él y su humanidad hasta el interior de la tienda conmigo y sonriendo con la inocencia de una niña, haciéndome la loca—. ¡Mira qué lindo modelo! —dije tomando un vestido de maternidad en azul—, aunque creo que se vería mejor en verde. ¿No te parece?

Por supuesto, seguía hablándole a una roca. Pero me estaba divirtiendo tanto que había olvidado todo rastro anterior de nerviosismo. Esto estaba saliendo mucho mejor de lo planeado.

—Aunque quizá sea más importante enfocarse en los zapatos. Después de todo, el embarazo puede causar que los tobillos se inflamen, ¿cierto? —medité en voz alta, procurando poner un dulce timbre en la palabra “embarazo”—. Tú sabes más de eso que yo, Touya. ¿Qué opinas?

—Tomoyo… —habló finalmente, como si no quedara rastro de vida en su voz—, tú… esto —intentó señalar a su alrededor, pero sus ojos volvieron inmediatamente hacia mí, abiertos como platos—. ¿Estás embarazada? —me tomó de los hombros y yo sonreí a efecto de evitar una carcajada—. ¿Es mío? No, espera… perdón por preguntar —desvió la mirada. Evidentemente la última vez que había hecho esa pregunta no había sido bien recibida. Decidí que había sido suficiente para un jaque mate.

—Descuida. La buena noticia es que no estoy embarazada —solté con un tono casual y alegre. Los ojos de Touya volvieron a posarse en mí y su palidez había sido rápidamente sustituida por un ceño.

—¿Cuál es la mala noticia?

—¿Quién dijo que debía haber una mala  noticia forzosamente?

Si era posible, el ceño se hizo aún más profundo.

—La táctica de hacer a alguien pensar en el peor de los casos para reducir el impacto de una noticia. No nací ayer, Tomoyo —masculló entre dientes—. ¿Cuál es la mala noticia?

—¿Realmente imaginarme embarazada de un hijo tuyo te parece el peor de los casos? —fingí haber sido alcanzada por un golpe bajo y desvié la mirada para que él no viera mis ganas de reír. Escuché el bufido de Touya frente a mí.

—No hagas esto más incómodo de lo que ya es. Si quieres puedo darte cien razones por las que sería una mala idea y otras cien por las que “al menos podría ser peor” —gesticuló con los dedos—. Ahora dime cuál es la mala noticia.

Alcé la vista nuevamente y le sonreí. Había visto a través de mi pequeño drama tan claramente que no podía seguir fingiendo.

—¿Prometes que no te molestarás?

—Tú sabes que cuando una mujer dice eso sólo lo hace aún peor —no sé si sus ojos me estaban quemando en las brasas del infierno o si me enviaban directo al polo norte, pero no podía dejar de pasar el momento de mi vida con toda la escena.

CD 27—Está bien, pero si le pones una mano encima a tu hermana, especialmente en el estado en el que está, te las verás conmigo, Touya Kinomoto —le señalé con el dedo, pero mi amenaza fue recibida con un silencio total. Aprovechando la ocasión, sin mayor pudor saqué mi teléfono y tomé una instantánea del rostro pasmado de Touya. Tuve incluso tiempo de enviársela a Sakura antes de que Touya se diera cuenta siquiera de que le había sacado una foto.

—Voy a matar a ese mocoso —fue lo primero que gruñó mientras yo volvía a revisar los vestidos y alzaba un par frente a mis ojos.

—Y dejarás huérfano a tu sobrino, claro. Pasando a cosas serias, ¿cuál te parece mejor?

—Ambos me dan igual. Lo que quiero saber es por qué Sakura te pidió a ti que me dieras la noticia. ¿No podía al menos ser un monstruo honorable y venir a…? —se interrumpió cuando mi dedo índice aterrizó en su nariz.

—Ni se te ocurra volver a llamarle monstruo a tu hermana frente a mí, menos ahora que… ¡voy a ser tía! —exclamé abrazando los vestidos con emoción.

—¿Tía?

—Sakura es mi amiga. ¿Algún problema con eso? —lo admito, normalmente soy civilizada, pero cuando se trata de la linda Sakura o el tierno Ryusei ni yo misma me reconozco. Touya pareció entenderlo y en una aspiración profunda se tragó todas las respuestas y maldiciones que había pensado hasta ese momento. Después de un fuerte bufido señaló uno de los modelos con fastidio.

—Éste está bien.

—¡Muy bien! Entonces ya tenemos tu regalo para Sakura-chan.

3…2…1…

—¿Mi… qué?

Aún no sé por qué disfruto tanto de hacer esto. Quizá sea por todas las que él me debe o puro sadismo de mi parte, pero la sensación de ver a Touya en esta clase de aprietos no se puede comparar tan fácilmente.

—Pues… como buen hermano que eres tienes que felicitar a Sakura-chan por su embarazo y desearle salud a ella y al bebé —contesté como si fuera la cosa más evidente del mundo—, así que en tu próxima visita lo mejor será llevarle un pequeño regalo.

—Es una broma, ¿verdad?

—Es la segunda vez que lo preguntas el día de hoy —le recordé—, y no lo es.

Que me castiguen si quieren, pero no puedo evitarlo.

—No voy a comprarle un regalo a Sakura como si estuviera feliz de que tenga un hijo con ese mocoso.

Hay adultos caprichosos y tercos, y luego está Touya. Yo, por supuesto, estaba más que dispuesta a echarle sal a la herida.

—¿Acaso te dan celos de pensar lo que Sakura y Syaoran hicieron para concebir al bebé?

—No estás ayudando —y su mirada lo expresaba aún mejor que sus palabras.

—Tu hermana ya es un adulto. Tiene mi edad, Touya. ¿Te recuerdo cuántos años tenías tú cuando nació Ryusei?

—Esto y eso son cosas…

—¿Muy diferentes? —me crucé de brazos y él hizo lo mismo. Honestamente hubiera querido llevar la discusión un poco más allá. Sí, me estaba divirtiendo, pero ya comenzábamos a llamar la atención en la tienda y también tenía que recordar mi palabra hacia Sakura: hacer que Touya digiriera la noticia de la mejor manera posible. Lo que ella menos quería presenciar con tanta náusea era a su hermano y su esposo peleando una guerra sin cuartel. Tomé entonces el vestido que Touya había señalado y comencé a empujar al mastodonte hacia la caja registradora.

—¡Hey! No he dicho que vaya a comprar…

—Hagamos un trato: si le regalas un vestido de maternidad a tu hermana y haces una tregua de paz con Syaoran hasta que el bebé nazca, tú y yo… —tiré de su camisa hasta tener su rostro a escasos milímetros del mío y añadí un tono sugerente a lo que susurré cerca de sus labios—, podemos continuar esa “conversación” inconclusa de la última vez. Ryusei estará todo el día con Sakura, ¿no?

Mi segundo jaque mate del día. Estaba tan ofuscada luchando contra mi propia ansiedad, los nervios de lo que semejante frase implicaba y un sonrojo inminente, que no sé cómo había conseguido decir cada palabra ni si había colocado cada una en su lugar gramatical adecuado, pero el efecto fue inmediato: Touya me arrebató el vestido de las manos y esta vez él tiró de mi mano hacia la caja.

—Más te vale que esto no sea una broma, porque ésta sí me la cobraré —me miró de reojo y yo meneé la cabeza, muy probablemente con las mejillas tan rojas como ardientes—, y más le vale a ese monstruo no tener objeción con cuidar de su sobrino hasta la noche si es necesario. Le servirá bien para irse acostumbrando a tener un niño en casa —murmuró con una media sonrisa que puso en aprietos a la cajera mientras él sacaba la tarjeta de su cartera. Al menos podía concederle que no era el único que comenzaba a sentir cierta urgencia por salir de ahí cuanto antes.

——–

Había intentado desviar mi propia atención de nuestro “trato” hablando sobre el embarazo de Sakura y cómo Ryusei quedaría encantado con su nuevo primo, pero nada podría quitarme los escalofríos que me daba la mano firme de Touya sujetando la mía después de un falso intento de detenerme frente a una vitrina para darme tiempo a calmarme. En ese instante la nula paciencia de Touya se había convertido en desesperación y me había tomado la muñeca con una sonrisa casi fúnebre para advertirme que nuestro tiempo en el centro comercial había llegado a su fin. Cuando le pregunté si le parecía bien ir a mi casa él simplemente se encogió de hombros y respondió con un silente asentimiento. Aunque aparentaba lo contrario entendí que él estaba tan ansioso como yo, anticipando lo que ocurriría una vez llegáramos al piso. Me di cuenta de que, pese a que su espera había sido tranquila y muda durante las semanas que demoré en resolver mis conflictos previos a revelarle quién era y, más adelante, en contactar a Eriol para encontrar a los espías de mamá, Touya había tenido que soportar la nada agradable tarea de permanecer entre las sombras hasta que yo decidiera darle un poco de luz. Quizá por eso había estado tan dispuesto a venir a nuestra “cita” tras decirle que quería hablar con él.

—¿Por qué nunca has venido a preguntarme algo sobre mí? Estoy segura que no debe ser nada agradable para ti quedarte con la duda —me atreví a decir finalmente sin dejar de andar. No estuve segura de si el agarre de su mano se intensificó un poco más o si yo deseaba que así fuera.

—¿Qué te gustaría que te preguntara? —evadió mi pregunta con otra sin siquiera volverse para mirarme.

—Algo sobre mí o mi familia, no lo sé. O el porqué te he estado evitando desde que… desde esa noche.

—¿Me estabas evitando? —bufó un esbozo de risa—. Lo siento, no me di cuenta, sobre todo porque se supone que hablamos hace unas semanas. ¿O me equivoco? Según recuerdo fue en tu departamento.

Touya sabía ser irónico y sarcástico cuando así lo quería, y yo también, pero esta vez no era mi caso.

—Estoy hablando en serio. A mí no me gustaría que alguien… por ejemplo, tú… cambiara tan súbitamente de actitud e intentara mantener distancia sin siquiera decirme nada; peor aún, después de pasar una noche increíble…

—¿Así que increíble, eh?

—Touya… —advertí y él alzó ambas manos, liberando la mía en el proceso—, lo que quiero saber es… si no te ha molestado mi mala actitud. También quería pedirte disculpas.

Touya entornó los ojos y bufó. En ese momento me pareció leer en su expresión algo como “Esto no arruinará el resto del día para el sexo, ¿verdad?”, pero inmediatamente su rostro cambió por completo y adquirió una nueva seriedad. Su ceño estaba de regreso en un santiamén y aflojó un poco el paso sin detenerse al andar.

—Sé que hay algo que ocultas, pero si pudieras decírmelo o si hubiera algo que pudiera hacer para ayudar ya me lo habrías dicho.

—¿Quieres decir que confías en mí? —mi pregunta probablemente demoró al menos medio minuto en llegar después de la sorpresa inicial. Touya inclinó la cabeza como quien no quiere la cosa.

—Sería ridículo no confiar en una mujer que te llama a mitad de la noche para obligarte a ir a un bar a escuchar su relato de cómo su novio le puso el cuerno, acto seguido te confiesa que trae un liguero y después deja que todo el encanto se vaya por el retrete (literalmente) mientras vomita una vida entera en tu cuarto de baño —enlistó sin mucha emoción—. Aunque admito que probablemente no debería ser tan importante, pero entonces se da el caso de que es la maestra de tu hijo y se está jugando toda la confianza que puedas tener en ella como profesora en una mala noche.

—Gracias… creo —musité en medio de mi estupor—, aunque no es necesario que sigas recordándome lo que pasó esa noche —balbuceé, esta vez segura de lo roja que debía estar mi cara. Había límites para mi acto de la profesora perfecta y todos convergían en lo ocurrido esa noche.

—¿Por qué no? Después de todo fue la noche en que me di cuenta que me gustabas —dijo con el mismo tono con el que hubiera podido decir “creo que tengo hambre”, pero al mirarlo a la cara me di cuenta de que sus ojos estaban muy fijos en mí. Le vi detenerse y sólo entonces constaté que lo había hecho porque yo me había quedado clavada en mi lugar. En silencio volvió a ofrecerme su mano y esta vez fui yo quien la tomó sin detenerme a pensarlo dos veces. Era cálida y real, casi tanto como su inesperada confesión. Por si acaso era posible, debía estar roja como una cereza y mis labios temblaban por más que yo me mordiera los carrillos para no terminar sonriendo como una tonta ilusa. Hice mi mejor intento en distraer mi reacción, digna de una primeriza.

—Tiene gustos muy extraños, Kinomoto-san.

—Ni lo mencione, profesora.

—¿No se ha detenido a pensar que pudo ser simplemente la sensación de proteger a una “damisela en aprietos”? —fue mi último manotazo de auxilio antes de hundirme en el mar de una dicha casi infantil. Le gusto, era lo único que en realidad estaba pensando, gritándolo y haciendo eco de las dos palabras una y otra vez en mi cabeza.

—¿Damisela en aprietos… ? —alzó una ceja casi sardónica—. Pregúntale a tu ex novio encendido y despechado esa misma noche. No me hubiera gustado estar en su lugar, te lo dije. Por cierto… espero tener mejor suerte que él esta tarde.

Casi reí al recordar mi conversación con Eriol en Tokio y eso me ayudó a no trastabillar con el último comentario de Touya. Le guiñé un ojo al mismo tiempo en que su consultorio y mi apartamento aparecían en el horizonte.

—Descuida. La tendrás. ¿Quieres que incluya el liguero en el menú?

—No me molestaría —y para demostrar su punto apretó un poco el paso. La verdad era que tenía ganas de decirle muchas cosas, especialmente de confesarle que ese “me gustas” era recíproco (aunque ya era más que evidente), pero en ese momento solamente quería fluir con la corriente y dejar que ocurriera lo que tenía que ocurrir entre nosotros. Con ese mismo espíritu llegamos a mi piso y, casi me sorprendió que no me temblara la mano a la hora de buscar las llaves y dar con la adecuada para abrir la puerta. Emití una sonrisa triunfal al entrar al recibidor y descalzarme, sintiendo a Touya hacer lo mismo a mi lado, además de quitarse el abrigo. Esta vez no había cámaras alrededor que me pudieran consumir la imaginación. Todos los días revisaba prácticamente cada rincón de la casa en busca de alguna y no cesaría de hacerlo hasta recibir noticias de Eriol sobre los desgraciados que las habían puesto en primer lugar.

—¿Estás redecorando? —Touya notó inmediatamente la falta de algunos cuadros y al menos la mitad de la decoración. Había reducido drásticamente los recovecos donde cualquiera podría ocultar cámaras y micrófonos.

—Un poco, sí. No me gustaría tener cosas cayendo de los estantes en caso de que “accidentalmente” golpeara alguno de ellos por la noche… como ocurrió una vez —le concedí una sonrisa angelical y significativa. Su mirada oscura me sugirió que sabía perfectamente a qué “accidente” y noche específica me refería. Uno de los dos podía ser un poco agresivo a momentos y esa persona era justamente…

—También podrías intentar ser menos brusca, pero admito que me gusta más tu solución —me tomó de la cintura para aferrarme a él—. Es menos restrictiva.

Demasiada plática. Lo besé como si se tratara de una venganza contra el tiempo, como si me cobrara cada una de las más de cinco semanas que habían tenido que pasar antes de poder volver a hacerlo. Tiré de él y lo arrastré conmigo hacia el sofá que me había visto deshacerme de todos mis prejuicios y temores la primera vez y él no ofreció resistencia cuando lo dejé caer para después recuperar mi sitio sentándome a horcajadas sobre su cadera. Sus manos apretaron mi cintura y luego parecieron recordar que aún tenía mucha ropa encima, pues no tardaron en arrebatarme el abrigo y comenzar a trabajar con los botones de mi vestido mientras yo hacía lo mismo con su camisa.

—Olvidé ofrecerte algo de tomar —bromeé en un momento al mordisquear su oreja y él deslizó una mano bajo mi sostén.

—Demasiado tarde. Prefiero dejarlo para el final.

—¿Un brindis para celebrar? —me reí al sentir su lengua en mi cuello, pero justo cuando Touya iba a contestar con la primer respuesta astuta que se le viniera a la mente un sonido chirrió en el piso. El timbre de la puerta aullando justo en esos momentos fue tan agradable y bien recibido como una estocada en la espalda con una varilla de acero al rojo vivo. Touya bufó y probablemente su cara de desagrado haría buen juego con la mía de decepción.

—No debe ser nadie —masculló él y mordisqueó mi cuello.

—¿Insinúas que fue el viento? —bromeé, tan renuente de interrumpir lo que estábamos haciendo como él, y ladeé la cabeza para darle más libertad de movimiento, instándolo a seguir—. ¿O quizá un fantas…? —su dedo en mis labios me interrumpió a media frase.

—No hagas un solo sonido. Así se irán pronto —susurró contra mi piel, enviando de paso algunos escalofríos hasta mis tobillos. Yo contuve una risilla y puse mis manos en movimiento para seguir trabajando con su camisa. Continuamos en silencio uno o dos minutos más, hasta que un segundo timbrazo me puso los pelos de punta.

—Al menos deja que me asome por la mirilla —suspiré poniéndome de pie—. Si veo que no es importante no tengo por qué abrir.

Su mirada fue bastante elocuente en darme a entender lo que opinaba al respecto, de modo que me hice la inocente y le sonreí mientras caminaba a la entrada. Al otro lado de la mirilla apareció una gorra azul marino y un chico mirando su reloj con cierta desesperación.

—¿Y…? —Touya apareció a mi lado al verme abotonándome el vestido

—Un mensajero. Supongo que tengo un paquete. Lo recibiré y podemos continuar —le guiñé el ojo y abrí. El joven en el pasillo se enderezó inmediatamente.

—Tengo una entrega para la señorita Daidouji Tomoyo.

Tomé la libreta que me dio y dejé la puerta abierta mientras volvía a entrar unos pasos para sacar el sello de correos de su cajón. Desde el recibidor le vi alzar un hermoso arreglo floral que había dejado sobre el piso. No podía equivocarme: eran unas hermosas orquídeas blancas y azules, mi flor favorita después de la de cerezo. Era imposible que se tratara de una coincidencia, pero probablemente no habrían podido venir en peor momento.

—¿Quién las envía? —Touya salió esta vez junto a mí sin importarle el estado de su camisa. El mensajero pareció intimidado e incómodo.

—Lo siento, tengo indicaciones de decir el nombre del remitente únicamente a la señorita Dai… —tragó saliva y dio un paso hacia atrás al ver a Touya acercarse—, ¡O-oiga! —intentó reaccionar cuando el otro tomó la tarjeta que sobresalía entre los pétalos, pero Touya ya se encontraba leyendo el cartón entre sus dedos

—¿Tsukishiro Yue? —el nombre que pronunció en voz alta casi provocó que soltara el sello en mis manos. Touya me miró y yo miré al mensajero que en ese instante recuperaba su libreta—. ¿Es una broma?

—N-no lo sé, señor, mi trabajo es únicamente entregar las flores —balbuceó—. Yo… ¡que tengan buen día! —salió huyendo como cervatillo en estampida. Probablemente un hombre semidesnudo con la amabilidad de un huno plasmada en la cara al ver a su “novia” recibir las flores enviadas por “otro” (y que él había entregado) no le dio muy buena espina.

—Yue… —musitó Touya cerrando la puerta a nuestras espaldas mientras yo regresaba al interior de mi piso y colocaba las orquídeas sobre la mesa. Era irónico que mi cuerpo se sintiera de piedra y al mismo tiempo el corazón se me quisiera salir por la garganta. No podía significar lo que estaba pensando. Miré a Touya y sus ojos negros parecían más turbios e interrogantes que nunca—. También hay algo escrito en el reverso —agregó entregándome la tarjeta.

—“Sé que lo parece, pero no es una broma” —leí en voz alta, sintiendo que todo a mi alrededor se desboronaba rápidamente. Touya buscaba una explicación coherente en mí, pero estaba muy lejos de obtener una que pudiera satisfacerle. Era irónico que incluso si tuviera los delirios de celos más enfermizos nunca podría imaginarse exactamente qué tan mala era la situación para mí, para ambos—. ¿Hace cuánto que conoces a Yue-san?

—Unos diez años —respondió conteniendo lo que fuera que estaba pensando en realidad. Su mirada seguía sobre mí y en algún momento no la pude contener por más tiempo y la regresé a las flores. Quince orquídeas. Mi cabeza estaba más bien en otro lado, preguntándome todos los porqués que se me pudieron ocurrir.

—Responde sinceramente: ¿Confías mucho en él?

Tardó tanto en responder que volví a mirarlo. Frente a mí tenía a un hombre en conflicto. Podía ver al Touya celoso y sobreprotector, el furioso, lidiando con el que no sabía de prejuicios, el que se daba cuenta de que yo estaba tan sorprendida y confundida como él; pero también estaba el Touya que metería una mano al fuego por sus seres queridos, el amigo fiel librando una batalla con el que acababa de recibir una puñalada en la espalda. “Debe haber una explicación”, pude leer en sus ojos y me arrepentí de haber hecho esa pregunta. Finalmente susurró, más para sí que para mí:

—Sí, mucho.

¿Entonces por qué esas flores apestaban a traición? El piso entero se había sumergido en una bruma sazonada por nuestro silencio. Touya estaba de pie a mi lado, luchando contra sí mismo, y yo no tenía el rostro para mentirle y decir que no tenía por qué preocuparse, porque mi confianza estaba tan destrozada como la suya. Él rumiaba interiormente las razones por las que alguien a quien llamaba amigo tendría un detalle tan inesperado con alguien con la que él comenzaba a tener alguna relación, cualquiera que ésta fuera, y yo callaba mis propios temores de que fuera a tratarse de algo aún peor.

—Creo que… tengo que hablar con Yue-san —hablé finalmente. Touya asintió y se abotonó mecánicamente la camisa.

—Haz lo que creas que debes hacer —fue rápido en llegar a la entrada, calzarse y tomar su abrigo y el regalo de Sakura—. Cuando quieras hablar, sabes dónde buscarme —anunció sin emoción en su voz antes de salir.

 

Notas de la autora: Estaba claro que Yue no era el más conforme con esta relación, pero sus motivos aún no han sido expuestos. ¿Qué tiene que ver este ramo de flores con él y ellos dos? Todo y nada a la vez. Antes de responder, será mejor conocer su punto de vista…