26. Si vas a apostar, espera el momento y hazlo en grande

Tenía un plan. Sin embargo no podía precipitarme si realmente quería que funcionara, así que esperé pacientemente a que llegara el momento adecuado. Mientras tanto pasé mis días llevando una vida cautelosa, haciendo los preparativos como si fueran una parte más de mi rutina, consciente de que al menos un par de ojos habría de seguirme por todos los rincones de Tomoeda. Continué yendo y regresando de la escuela en mis horarios regulares, dejándome acompañar a ratos por Ryusei, a quien un día cualquiera pedí que echara unas postales que traía en el bolso “para mis amigos de Tokio”. El niño no rechistó en arrojarlas al primer buzón rojo por el que pasamos y lo mismo ocurrió con las cartas que le di la siguiente vez que caminamos juntos. Era agradable y tranquilizador poder hacer esto con Ryusei, especialmente cuando dejó de preguntarme si ocurría algo malo desde que me vio saludar nuevamente a su padre en lugar de esquivarlo. Touya, por su parte, no dejaba pasar la oportunidad de fastidiarme como lo haría con Sakura, lo cual era perfecto para mí, pues daba la sensación de que todo transcurría con normalidad entre nosotros. Sólo un observador obstinado alcanzaría a detectar ese algo en su mirada que me causaba escalofríos en cuanto su hijo se daba la vuelta. En unos segundos Touya era capaz de aislarme, desnudarme y estimularme sin siquiera mover un dedo para luego alejarse dando palmaditas en el hombro de Ryusei con una sonrisa victoriosa en los labios. Yo, por mi parte, agradecía que se abstuviera de intentar hacer su jugada (como había anunciado que haría), aún cuando ello significara mantenerme en ascuas y a la deriva, pues por el momento no podía darme el lujo de cometer otro error como el de aquella noche trágico-mágica, cosa que se volvería extremadamente difícil si él se diera a la emboscada.

No. Tenía que contar mis días con paciencia y esperar al viaje escolar para poder actuar, celebrando en silencio la conveniencia de que el destino elegido para este año hubiera sido precisamente Tokio, otorgándome la oportunidad perfecta para hacer mis movimientos sin despertar la más mínima sospecha por parte de los informantes de mamá, a quienes no me habría podido quitar de la espalda de haber ido por mi cuenta. Aclarado esto, creo que puedo darme la libertad de afirmar que ni siquiera mis pequeños y entusiastas alumnos habían esperado ese fin de semana tanto como yo. Por la mañana, mientras todos subíamos al autobús, los grupos de niños compartían entre sí las cosas que querían hacer en la capital y los recuerdos que pensaban llevar a sus familiares y amigos. Yo, en tanto, sujetaba mi maletín con una mano sudorosa pese al frío de un invierno que se acercaba cada vez más, relajándome apenas un poco a medio camino. Aunque aún no podía decir a ciencia cierta que no hubiera algún espía entre el cuerpo de maestros, no había razón para que alguno sospechara lo que traía entre manos, y si uno de ellos intentaba escabullirse del hotel en algún momento —como yo pensaba hacerlo—, no sería difícil saberlo a través de los demás y podría descubrir al “infiltrado”. Siguiendo la misma lógica debía suponer que ellos también se enterarían de mi pequeña escapada, pero lo más probable es que ocurriría a la hora de apagar las luces y para entonces yo ya habría terminado con mi tarea y regresado a mi habitación. En pocas palabras, no les sería tan fácil saber a dónde me había dirigido ni con quién me había visto.

Al llegar a nuestro destino lo primero que hicimos fue acomodar a niños y niñas en sus respectivas habitaciones y darles un tiempo para desempacar antes de convocarlos en la recepción del hotel, donde todos fueron agrupados en parejas antes de dirigirnos a Shibuya para hacer una visita al templo Meiji como parte de nuestro primer día de actividades. Como responsable de mi grupo opté por dejarles el acomodo de las parejas a los alumnos, pero con el número impar de niños era evidente que debía conformar un grupo de tres o uno de ellos se quedaría solo. Por supuesto, no había duda de cuál sería el sujeto solitario en mi clase. Sin embargo, en lugar de acercarse a mí para informarme que no tenía compañero, el pequeño se subió al autobús detrás de sus compañeros con la misma naturalidad que ellos y se sentó solo en uno de los asientos, abriendo su mochila al momento y sacando de ella al que podría ser por siempre su mejor compañía: un libro.

—Ryusei-kun —le hablé sentándome a su lado—. ¿Por qué no te unes a algunos de tus compañeros y hacen un grupo de tres?

Me miró por encima de las páginas y cerró el libro.

—Usted dijo que debíamos formar parejas.

—Bueno, no hay problema si hay un trío —le sonreí y tomé el coraje para decir lo siguiente—. ¿No te gustaría hacer algunos amigos?

Pareció confundido con mi pregunta.

—Tengo amigos.

—Mitsuo-kun, Shin-kun, Ichirou-kun y Ayami-chan no están en tu misma clase. Me refiero a si no te gustaría tener amigos entre tus compañeros —expliqué, aunque por dentro al menos me hizo feliz constatar que Ryusei consideraba a los tres chicos de cuarto como sus amigos. Tratándose de alguien como él, es un paso importante.

Como era de esperarse, Ryusei se tomó mi pregunta con toda seriedad, dándose tiempo para responder un elocuente y monosílabo “sí”. Reprimí entonces un suspiro y en su lugar le regalé una sonrisa.

—Entonces escoge a alguien para convivir durante el viaje, ¿de acuerdo? No me gustaría ver a nadie solo.

Él asintió en entendimiento y me señaló con un dedo.

—Usted está sola. ¿Quiere ser mi compañera?

Conseguí contener un súbito sonrojo y por poco sufrí un ataque de ternura al ver sus enormes ojos contemplándome con inocente curiosidad. Desde su perspectiva todo parecía tener lógica: él estaba solo y yo también, así que era lo más normal del mundo que formáramos equipo, pero para mí todo se llenaba de tonalidades rosas y estrellas fugaces tratándose de él. Por supuesto, si sigue con esa lógica dentro de unos años terminará ilusionando a muchas adolescentes para luego preguntarse el porqué de la colección de corazones rotos a su alrededor. Si a sus 9 años puede hacerle eso a una mujer de 24, no es ridículo pensar lo que hará a los 15.

—Me encantaría, pero como profesora y responsable de todos, tengo que estar al pendiente de los demás. ¿Qué te parece si le preguntas a Mikoshiba-kun?—sugerí mirando a mi alrededor hacia los dos asientos al lado de los nuestros—. Ya que tú viviste en Tokio por mucho tiempo estoy segura de que puedes platicar de muchas cosas con él y Tajiri-kun —no estaba segura de que estuviera haciendo bien al enviarlo con los niños más tímidos de la clase (y sin embargo más sociales que Ryusei, al menos entre ellos dos), pero sabía que ellos no se atreverían a (o no podrían) rechazar a su compañero. Como esperé, Ryusei no lo pensó dos veces antes de llevar a cabo mi sugerencia y se dio por satisfecho al ser admitido por el par. Sentí curiosidad por cómo sería el comportamiento de esos tres teniendo en cuenta que los otros dos eran demasiado tímidos para hablar con alguien fuera de su círculo de dos y Ryusei difícilmente tenía más vocabulario en una conversación que un robot. Miré a los asientos de atrás; quizá debí pedirle que se fuera con Ninatsu-san y Miura-san. Al menos las niñas solían sentir un encanto natural por Ryusei y él era lo suficientemente caballeroso (gracias a Yukito-san, por supuesto) para no ser desatento con ellas, además de un experto en ignorar conversaciones que no le interesaban, de manera que difícilmente se hartaría estando rodeado de niñas.

Pero lo hecho, hecho está, pensé y anticipé que ése sería un día interesante. De cualquier manera no tenía que preocuparme por mi otro pendiente hasta que llegara la noche. El resultado fue ver al grupo más aislado del salón ser asediado por niñas que se habían enterado de que Ryusei era originario de Tokio y querían hacerle mil preguntas sobre los lugares más divertidos o dónde podrían comprar esto o aquello. Cada vez que esto ocurría los otros dos se refugiaban en las espaldas de su tercer compañero y éste se resignaba a dar datos y asentir con la cabeza sin inmutarse ante el acoso femenino, tomándose incluso la libertad de hacer un par de mapas en las libretas de dos niñas que no parecían entender sus indicaciones. Mikoshiba y Tajiri, desacostumbrados a recibir tanta atención, parecían querer salir corriendo en cualquier momento, especialmente cuando alguna de las preguntas de sus compañeras parecía dirigida a ellos, pero consiguieron controlar sus impulsos cuando especifiqué que nadie podía abandonar a su pareja (o grupo, en su caso). Llegué a pensar incluso en Ayami, quien seguramente se sentiría celosa de ver lo solicitado que era su querido amigo, pero me di cuenta de que no sería la única al notar las miradas irritadas que algunos de mis alumnos dirigían al niño más solicitado.

A partir de ese momento supe que no me arrepentiría de mi pequeña sugerencia a  Ryusei. Ése sería un viaje escolar muy divertido.

————-

No fue fácil escabullirme esa noche. Como había esperado, la profesora Nakamura no perdería la oportunidad de invitarnos a una partida de cartas y deslindarme del compromiso  requirió de usar a mi familia como excusa, argumentando que había quedado de cenar con mi madre. Una pequeña mentira que funcionó a la perfección… más o menos, pues no olvidó guiñarme un ojo y agregar un “Si yo fuera tú no perdería la oportunidad de sorprender un poco a ese ex novio perfecto o reencontrarme con algún amigo. Después de todo es una noche bonita y yo te puedo cubrir con los demás si no llegas a dormir hoy. Sólo asegúrate de regresar antes del desayuno”. Debía darle crédito por adivinar a medias mis intenciones, aunque a la vez sus ideales románticos difícilmente tendrían cabida en mis planes de esa noche… y probablemente cualquier otra considerando mi situación.

Tomé un taxi hacia Arakawa y me apeé cerca del hospital Sekikawa, donde me cercioré de que ningún auto me había seguido antes de caminar hacia mi restaurante de sushi favorito: un pequeño lugar con espacio para apenas unos pocos comensales, sin más vista al exterior que la puerta de cristal cubierta en ¾ por la cortina de entrada y algunas cajas. Conocía bien al dueño y chef, quien siempre me recibía con una cordial sonrisa detrás de su inmaculado delantal y se aseguraba de no dejarme ir sin antes probar su delicioso tamagoyaki (1).

—Bienvenida señorita —saludó el señor Takahashi nada más verme cruzar la puerta. Aunque sabía mi nombre nunca había dejado de llamarme simplemente “señorita”—. Pase. Estaba a punto de servir a su novio hasta que me dijo que usted también vendría esta noche.

—Gracias —le sonreí sin molestarme en aclarar la situación entre el hombre que esperaba sentado al final de la barra y yo. Durante años habíamos ido a ese lugar como una pareja y no tenía el tiempo ni el ánimo para deshacerme en explicaciones que no valían la pena hacer, especialmente si estaba a punto de sentarme a pasar “una velada más” con él—. Lo siento, ¿Llevabas tiempo esperando? —saludé con una sonrisa perfecta a Eriol y simulé acomodarme el cabello para lanzar una mirada a la calle. Comprobé que difícilmente alguien alcanzaría a vernos desde afuera.

—No es nada. Te ves hermosa como siempre —su sonrisa galante hizo espejo de la mía y se levantó para ayudarme a quitarme el abrigo como siempre había hecho—. Llegué hace diez minutos, tal como indicaste —susurró contra mi oído mientras simulaba darme un beso en la mejilla. Asentí y ambos tomamos asiento, ordenando al señor Takahashi lo mismo de siempre.

—Gracias por venir —susurré finalmente a Eriol. Debía atentar contra todas las leyes de la lógica que, de todas las personas en Tokio, fuera a él a quien necesitara ver en esta ocasión, pero al mismo tiempo sabía que era él quien más podría ayudarme.

—Admito que la carta me tomó por sorpresa, pero supongo que no fue simplemente una ocurrencia eso de salir a pasar la velada con tu ex, así que me pareció que debía venir. Ahora, dadas las precauciones que tomaste… —agregó mientras miraba de reojo hacia la puerta—, ¿debo suponer que alguien te está siguiendo?

—No estoy segura, pero actuemos como si así fuera —sugerí sin mirar a mis espaldas—. No sé si mi computadora o mi cuenta de correo estén siendo hackeadas o si haya algún dispositivo en mi teléfono, así que decidí tomar tu idea de la carta, aunque me pareció adecuado darte algunas pistas para que supieras de antemano que era yo, de lo contrario probablemente no habrías venido —aventuré y él me regaló una de sus misteriosas sonrisas. Entendí que no me había equivocado—. Eriol, necesito tu ayuda —salté directamente a la parte más difícil.

—Con mucho gusto, mientras no tenga nada qué ver con el juicio que tengo ahora contra tu madre. No me gustaría decepcionar a mis clientes —rio casualmente mientras servía un poco de sake de la botella que ya estaba ahí desde antes de mi llegada.

—Tranquilo, no se trata de eso… —pausé cuando el cocinero acercó el primer plato con un sushi de atún sobre la barra. Ambos nos dimos tiempo de saborear con calma y en silencio las dos piezas servidas. El platillo estaba tan delicioso como siempre, pero mis nervios mancillados no me permitieron disfrutarlo por completo.

—Sigo pensando que es el mejor atún de Tokio. ¿No quieres uno? —Eriol señaló al sake, invitación que rechacé y pedí en su lugar un té helado.

—Necesito que me ayudes a investigar a los espías que tiene mamá tras de mí —solté de pronto. Pese a lo que acababa de decir, cualquiera que nos viera pensaría que hablábamos sobre cosas triviales de enamorados—. Quiero saber quiénes son y cómo contactarlos.

—¿Y qué te hace pensar que yo soy la persona adecuada para ayudarte? —preguntó él sin inmutarse al tiempo que recibíamos el sushi de anguila—. Creí que, siendo su hija, conocerías mejor a los hombres que Daidouji-san contrata.

—Y ellos me conocen a mí. No puedo ir con ellos y negociar información sabiendo que ella les puede pagar diez veces más que yo para que no me digan nada —di unos toquecitos nerviosos con los palillos en el plato antes de decidirme a tomar la pieza sobre él—. Además, los únicos investigadores que conozco son gente que trabaja para ella. Tú, en cambio, tienes tu propio equipo de investigadores y podrías averiguar fácilmente algo como eso. ¿Me equivoco? Pero aún más importante es que nadie espera que seas tú, de todos, quien me ayude.

—Tienes razón —concedió una vez terminó su ración de anguila—. Supongo que te debo este favor después del asunto de las fotos.

—Sabes que hubiera preferido no tener que recurrir a esto, pero es… realmente importante para mí poder encontrar a esas personas —confesé y él me contempló en silencio por casi un minuto.

—No puedo evitar preocuparme si lo dices de esa manera. Normalmente no dejarías que me diera cuenta de que hay algo que te tiene ansiosa, pero… —rio una vez más de esa manera queda e impersonal—, creo que no debería incumbirme la razón por la que estás así, ¿cierto?

Meneé la cabeza. Al menos en eso debía ser sincera. Llegó el otoro (2) y ambos comimos en silencio. Sabía que Eriol tenía preguntas que no se molestaría en admitir y lo mismo sucedía conmigo. Ambos teníamos orgullos que alimentar y era precisamente gracias a eso que podíamos sentarnos tan civilizadamente uno al lado del otro en un lugar que alguna vez fue una parte importante de nuestro tiempo juntos.

—¿Cómo va la demanda? —pregunté de manera casual y él no pareció sorprendido—. Como bien supondrás, mamá no menciona gran cosa al respecto cuando hablamos.

—Va a ser un proceso largo. Es lo mejor para ambas partes —explicó sin emoción alguna—. A mis clientes les redituará más mientras más complicado se vuelva el proceso, en cambio que a la Corporación Daidouji le conviene que esto tarde en resolverse. Mientras más tiempo pase el público irá perdiendo interés.

Solté una risa.

—Definitivamente no nací para los negocios. La estrategia no es lo mío.

—¿Bromeas? —alzó la copa tras servirse nuevamente—. Ese actito del trío con Kaho en mi departamento no se le hubiera podido ocurrir a cualquiera. Fue un magnífico ejemplo de cómo desacreditar a una persona desleal frente a la competencia. Eres una Daidouji y tienes el talento, Tomoyo, sólo que no te interesa explotarlo.

Eriol debería pasar a la historia como el único hombre capaz de elogiar la forma en la que había sido mandado al diablo, pensé.

—Tengo otras prioridades —me encogí de hombros echando un vistazo al pulpo que aterrizaba frente a nosotros.

—Llevar una vida normal y modesta como maestra de primaria en un pueblo que nadie conoce, entiendo —sonrió—. Al menos agradezco que le quites más el sueño a tu madre que yo.

—Mamá suele enfrentar demandas todos los días, pero sólo tiene una hija a quién echarle la carga de su empresa encima. Creo que eso explica muy bien lo de los espías —ironicé y Eriol no podía estar más de acuerdo— ¿Cuánto tiempo crees que te tome investigarlo? —aproveché haber regresado al tema.

—Si hay comunicación constante entre ellos y tu madre (cosa que supongo), no debería tomar más que unos días, pero por si acaso dame hasta la próxima semana. Por cierto, ¿cómo prefieres que te contacte? Entiendo que el correo haya resultado eficaz y muy vintage para ti, pero no creo que funcione igual de bien en el sentido inverso: alguien estará revisando los sobres que llegan a tu casa.

—Lo sé, pero no te preocupes —le guiñé un ojo— tengo un plan.

—Y dices que no se te da la estrategia —se acodó sobre la barra con esa sonrisa suya tan misteriosa e intrigante—. ¿Sabes? Tu mamá habría lamentado menos tu deserción si no hubieras demostrado ser tan astuta… —comenzó, mas cambió de opinión al percibir mi mirada de advertencia—. Quiero decir: te escucho.

———

Al día siguiente nos tocó visitar la Torre. Aunque algunos de los niños ya habían visitado la estructura más famosa de Japón, la mayoría de ellos corrían hacia los ventanales extasiados al momento de pisar el mirador. Después de darles unos minutos para contemplar la ciudad y tomarse fotos unos a otros, los formé en un semi-círculo a mi alrededor y procedí a explicarles la historia de la Torre de Tokio, desde su construcción hasta datos curiosos escondidos en sus 333 metros de altura y la comparativa con la original (y más pequeña) Torre Eiffel. Cuando los invité a adivinar a cuántos metros de altura estábamos dentro del observador principal, las respuestas más extravagantes no se hicieron esperar, pero una única mano se alzó entre el grupo, esperando pacientemente a que el resto de sus compañeros siguiera soltando números a ciegas.

—Ciento cincuenta —habló Ryusei cuando finalmente le cedí la palabra. Los dos compañeros a su lado parecían abochornados, no acostumbrados a sentir la atención de los demás sobre ellos y temiendo una situación como la del primer día.

—Correcto —anuncié y escuché una exclamación general. Algunos volvieron a asomarse por la ventana, como si con eso pudieran confirmar el dato de un vistazo—. Nuestra escuela no mide más de treinta metros, así que es como si apiláramos cinco escuelas, una sobre la otra, y subiéramos a la azotea a mirar la ciudad. ¿Les parece alto? —me detuve a escuchar el asentimiento general y luego les guiñé un ojo—. Pero no vayan a intentar salir a la azotea de la escuela, ¿de acuerdo? Es peligroso.

—Pero yo vi a Kinomoto-kun allá arriba el otro día durante el recreo —comentó una niña y todas las miradas (incluyendo la mía) se dirigieron a él. Sus dos compañeros dieron un paso hacia atrás, dando a entender que ellos no tenían nada qué ver con el asunto. Como Ryusei no se molestó en negar la acusación, tuve que dar por entendido que era cierta.

—¿Qué hacías en la azotea de la escuela, Kinomoto-kun?

—Leyendo —contestó como si nada. Ahora las miradas fueron hacia mí. Los niños parecían ansiosos por ver qué era lo que iba a hacer al respecto.

—Pues muy mal hecho. ¿Qué pasó con tu árbol? —tu árbol. Era casi irrisorio lo natural que me parecía llamarlo así.

—Estaba húmedo.

Meneé la cabeza e invité a los demás a pasar al club, que a esa hora se encontraba cerrado al público, para mirarlo por dentro. Se nos había concedido permiso especial para que los niños lo conocieran y uno de los empleados esperaba para abrirnos. Mientras tanto le hice una seña a Ryusei y esperé a que los otros pasaran para caminar tras de ellos con él a mi lado.

—Por favor, no vuelvas a subir a la azotea sin un adulto —le hablé en voz baja y él asintió inmediatamente. Ni siquiera me preguntó por qué no lo dejaba o si estaba mal, pero decidí explicarle—. Aunque sé que eres cuidadoso, no me gustaría que tuvieras un accidente. Apuesto a que a tu papá también le preocuparía si supiera que lo haces.

—¿Le va a decir a mi papá? —sus ojos apenas se abrieron un poco más de lo normal, pero su brillo fue lo que delató su… ¿curiosidad? Honestamente no sabría si llamarlo temor. Pensándolo bien y considerando la forma en la que lo había visto ofrecerse con anterioridad a tareas que involucraban enfrentar a Touya, ¿tenía Ryusei tan siquiera un atisbo de temor  por su padre?

—Espero que no sea necesario hacerlo. ¿Me prometes que no volverás a subir ahí sin decirme antes? Si gustas, puedo acompañarte —casi sonrío al decir esto—, pero no quiero que estés ahí solo. Además, si tus compañeros te ven pueden intentar subir ellos también.

—Lo prometo —contestó al instante. Era un alivio que no pusiera en tela de juicio lo que le decía ni intentara convencerme de que ya era “un niño grande” que sabía comportarse en una azotea. Era maravilloso que no hesitara al darme su palabra de que se mantendría alejado de un lugar que yo consideraba peligroso (aún si para él no lo era), pero al mismo tiempo pude ver una pizca de decepción en él al momento de apretar el aza de su mochila.

—Se acerca el invierno. Ya no vas a poder subir a tu árbol para leer en los recreos; es eso lo que te preocupa, ¿verdad? —alzó la cabeza y me miró con la sorpresa más profunda en sus ojos negros. Llegué a pensar que no llegaría el día en que vería el asombro pintado por todo su rostro, pero acababa de ocurrir. Me felicité internamente: finalmente estaba comprendiendo más a mi alumno. Entonces verifiqué una vez más las posiciones y comportamiento de los niños alrededor del escenario y regresé mi atención a Ryusei, inclinándome un poco hacia él para hablarle en un susurro confidente—. Si quieres, puedo pedir que dejen abierta la biblioteca durante el receso, así tendrás un lugar cálido y tranquilo para leer a tus anchas.

—¿En verdad puedo usar la biblioteca? —No fue mi imaginación: sus ojos se abrieron aún más, destilando la alegría que parecía reservarse para sí mismo el resto del año. Fue tan encantador ver su sonrisa de niño que hubiera querido sacar la cámara en ese instante para grabarlo por siempre, pero habría arruinado el momento al apuntarle con el lente. Estaba segura que el mismo Touya se derretiría al verlo actuar así. Me esperó en vilo hasta que asentí en silencio y sus labios se abrieron finalmente en una sonrisa—. ¡Gracias, señorita Daidouji!

Yo, en tanto, lo miraba embelesada.

—¿Sabes? Te pareces mucho a tu tía cuando me miras así —no imaginaba al padre con esa cara—. Podrías sonreír más seguido. ¿Por qué no lo intentas?

Él pareció confundido y la magia se rompió. Entendí que quería responder a mi pregunta sin darse cuenta que básicamente se trataba de una pregunta retórica, así que lo tomé de la mano y le pedí que lo olvidara. A fin de cuentas, lo quería tal cual era.

—De acuerdo. La tía Sakura me llamó hoy —informó como si la mención de su tía le hubiera recordado algo de pronto—. Dijo que no podía comunicarse con usted.

—¿Hoy? —parpadeé. Entonces recordé que había olvidado el cargador de mi celular en Tomoeda, por lo que no había podido recargarlo durante la noche. Al sacar el teléfono del bolso me di cuenta que la batería finalmente se había agotado—. Creo que tendré que pedirle su cargador a la profesora Nakamura. ¿Sabes para qué me busca Sakura? Espero que no sea urgente.

—Dijo que era de vida o muerte —comentó con el mismo estoicismo con el que diría que no se trataba de nada importante. Mis ojos se abrieron como platos.

—¿Qué? —casi grité y los niños y el empleado voltearon a verme—. Bueno, primero tenemos que terminar esta visita. Ryusei-kun, ¿podrías prestarme tu teléfono cuando bajemos a la tienda de recuerdos?

—Sí —asintió imperturbable y me siguió para reunirnos con sus compañeros mientras yo no podía sacarme de la cabeza a Sakura y su asunto “de vida o muerte”. No quería exagerar mi imaginación, pero no soportaba la idea de que esa chica se encontrara en aprietos y yo no estuviera a su disposición para ayudarla. Tranquila, Tomoyo, me dije, si fuera algo realmente malo Ryusei no estaría tan tranquilo… ¿cierto?

Ahí mi tranquilidad se fue al caño.

————-

¿Ryu? —contestó la voz de Sakura al otro lado de la línea. Era natural que pensara que era su sobrino quien llamaba, tratándose de su celular.

—Habla Tomoyo. ¿Está todo bien, Sakura-chan? —me apresuré a confirmar regulando mi voz. No podía alejarme mucho de mis alumnos para hacer una llamada mientras ellos vagaban por la tienda de recuerdos, lo cual era una gran ayuda para que Sakura no se quedara sorda con el chillido de mi voz preocupada.

¡Tomoyo! He estado tratando de localizarte, pero tu número…

Lo sé, me quedé sin batería —suspiré al adivinar, por su tono, que el asunto no era tan urgente como lo había imaginado—. Pero Sakura, ¿para qué querías hablar conmigo? ¿Ocurrió algo?

No. Bueno… sí, un poco… bueno, totalmente —soltó una risita nerviosa—, pero no es nada malo… al contrario.

Me alegra escucharlo. Entonces supongo que me tienes una buena noticia —sonreí aliviada y divertida al escucharla hablar sinsentidos.

Sí. Estoy segura que te alegrarás mucho —suspiró—. Tomoyo, yo… —podía adivinar su sonrojo a través de ese titubeo y casi lamenté no poder estar ahí para verlo en persona, aunque tenía muy bien grabada su imagen en mi cabeza para poder repetirla una y otra vez. A juzgar por la emoción en su voz, anticipé lo que diría a continuación, pero seguí sin decir una palabra, disfrutando en silencio un tartamudeo tras otro hasta que finalmente soltó unas palabras coherentes—, bueno, lo que quiero decir es que… estoy embarazada.

—¡Sakura, ésa es una excelente noticia! —pude decir (quizás en realidad grité) finalmente, aunque después de dos minutos de sinsentidos por parte de Sakura ya no era precisamente una sorpresa. De cualquier manera nadie me quitaría el gusto que me daba escuchar eso—. ¿Cuánto tiempo tienes?

Seis semanas. Apenas ayer fuimos con el doctor para confirmar —habló con más normalidad después de haber soltado la nueva—. Me había hecho una prueba casera el viernes, pero no quería anunciar nada antes de ver al doctor.

—¡Felicidades! Necesitamos comenzar los preparativos ¡Esto es tan emocionante!

—¿Pre-preparativos? —casi podía ver su rostro confundido y apenado. Sakura era tan sencilla que no podía imaginar lo que estaba pasando por mi mente en ese momento.

—¡Por supuesto! —y comencé a enlistar los hermosos vestidos holgados que la harían ver como un hada de cuento, el diseño del cuarto del bebé, la ropita del bebé y las pañaleras que combinarían con la carriola. Tenía que recuperar mi máquina de coser o comprarme la potente belleza que había visto por internet apenas un par de semanas atrás. ¡Nueve meses no podían ser suficientes!

Y así, como por arte de magia, sentí que mi pasión por la vida, en estado de sopor hasta ese momento a raíz del asunto con los espías, renacía como un fénix. De pronto tenía ganas de volcarme sobre cada aptitud y pasatiempo a mi mano y ponerlo en marcha en beneficio de Sakura y su criatura. ¿Hacía cuánto tiempo que no tocaba una máquina de coser? Probablemente antes de la universidad, y sin embargo ahora me urgía tener una en casa y salir a comprar telas suaves, merodear entre texturas y colores y jugar con diseños de fantasía, al igual que mis manos se exasperaban por tener una cámara réflex en ellas, apuntando a la que seguramente pronto sería la madre más encantadora de Japón.

La sangre circulaba por mis venas, roja y caliente, haciéndome sentir viva y radiante. Todo era gracias a esa mujer inocente y casi infantil que me llamaba para contarme la noticia de su vida, como hacen los amigos, sin invitaciones a una cena formal para hacer el anuncio en medio de un brindis. Soy consciente de que para el grueso de la población esto es normal, pero para mí es extraordinario. Tan sólo pensar que ni siquiera había podido esperar a que regresara a Tomoeda para decirme me hacía inmensamente feliz.

Pero Sakura no era la única que me había llevado a ese estado. Estaba Ryusei, el inocente, el indescifrable, el que no sabe de prejuicios, el del espíritu protector y bondadoso, el que no conocía la pena al momento de tomar de la mano a su profesora para cruzar la calle (pese a saber perfectamente cómo hacerlo), el que no necesitaba sonreír para hacer a los suyos felices y que, sin embargo, me había regalado la sonrisa más deslumbrante ese mismo día. Finalmente, también estaba el padre…

Bueno, yo… no creo que sea necesario hacer tanto. En verdad… —Sakura parecía aturdida después de mi ataque de emoción, pero yo no estaba dispuesta a dar tregua.  

—¡Claro que es necesario! Bueno, no me puedo entrometer en la decoración del cuarto si tú y Syaoran-kun lo quieren hacer por su cuenta, pero ya verás que serás la futura madre más hermosa de Tomoeda. ¡Ya puedo verlo! —suspiré con ensoñación, aunque el suspiro al otro lado de la línea no imitaba al mío. Contuve mis ganas de reír. Seguramente a estas alturas Sakura ya había comprendido lo imposible que sería tratar de detenerme y había sucumbido a la resignación—. Es una fortuna que esté en Tokio justamente, así puedo comenzar a buscar unas cosas para los preparativos.

—Eh… no es…

—Claro que es necesario —sentencié y escuché otro suspiro rendido—. Por cierto, ¿ya le dijiste a Touya? Conociéndolo, no creo que se lo tome nada bien.

De pronto el auricular se cimbró de silencio. Estaba todo tan quieto al otro lado que pude escuchar el preciso instante en que Sakura pasaba saliva.

—Ah, eso…

 

  • Tortilla de huevo. La preparación correcta de este platillo es tan especializada que puede ser la carta de presentación de algunos puestos de sushi.
  • Considerada la parte más exquisita del atún, pertenece a la parte baja del estómago del pez

Notas de la autora: hay que tener la cabeza muy fría para pedirle ayuda a tu ex, pero ¿por qué no hacerlo? Después de todo él hizo lo mismo al pedirle que se deshiciera de cualquier cosa que pudiera comprometer su imagen. La buena noticia es que pronto sabremos quién anda tras la pista de Tomoyo y cómo le hará ésta para confrontarlo. Aún mejor noticia es la que Sakura le ha dado a su amiga y la de situaciones que se vienen con Touya al enterarse.

¡Hasta la próxima!