25. No todas las sorpresas son malas

Noviembre llegó sin mayor noticia que el frente frío que azotó a Japón por una semana. Demasiada calma para mi mente intranquila. Por una parte había estado esperando alguna señal de vida por parte de quien fuera que querría usar los infames videos para chantajearme; por otra, había mantenido un debate interno conmigo misma sobre hablar con Touya al respecto o seguir posponiendo lo inevitable. A veces me plantaba de frente a su consultorio, dispuesta a pedirle unos minutos a solas y explicarle el porqué de mi repentina actitud evasiva, disculparme al menos, pero entonces volvía mi paranoia inicial: ¿con qué cara explicaría que en algún lugar de Japón (probablemente Tokio) alguien contaba con suficiente material para exponernos públicamente? Él era un padre de familia y Ryusei apenas un niño. Ninguno de los dos tendría por qué verse involucrado en escándalos de revistas del corazón y ser la comidilla de gente sin faena ni vida propia. Frecuentemente me sentía más que dispuesta a esperar al dichoso chantajista, pagarle lo que se le ocurriera pedir y regresar a mi vida tranquila fingiendo que nada había pasado, pero las cosas nunca son tan simples en la realidad y no podía ser tan ingenua como para pensar que todo podría ser resuelto tan fácilmente. Entonces mi ciclo de histeria daba otra revolución y regresaba al inicio.

Tampoco me había quedado sentada y cruzada de brazos esperando el apocalipsis: al día siguiente de hablar con mamá y descubrir la telaraña que su espía había tejido para mí me apresuré a voltear mi piso de pies a cabeza, buscando cualquier equipo de monitoreo (micrófonos, cámaras, etcétera), pero no encontré más que una cámara apostada en una lámpara junto a la entrada, colocada en ángulo para grabar a cualquiera que se plantara en el umbral de mi puerta. Nada más. Sin embargo mis días de respirar tranquila estaban aún muy lejos, pues descubrí pequeños hoyos en el reloj de pared, muebles y objetos en la sala, cocina y mi habitación. Seguramente el equipo de espías de mamá había retirado todos los aparatos para evitar que yo los descubriera, dejando únicamente el de la entrada para seguir monitoreándome como mamá les había ordenado que lo hicieran. Naturalmente, la cámara restante terminó hecha pedazos en un depósito de reciclaje de electrónicos, pero esto no sirvió de mucho para dejarme tranquila. Los días siguieron pasando sin mejorar (ni empeorar) la situación hasta que una tarde, al salir de la junta mensual de profesores, me topé con la criatura que aguantaba el frío como podía con nada más que el suéter del uniforme escolar. Pese a sus mejillas coloradas por el viento helado que la lluvia de la mañana había traído consigo, su expresión parecía la misma que si fuera un día de verano. Sus ojos me miraron sin parpadear.

—¿No trajiste otro suéter el día de hoy? hace mucho frío para llevar únicamente el uniforme —comenté quitándome el abrigo automáticamente para colocárselo encima—. ¿Por qué no te has ido a casa?

—Sí, traía uno. Acabamos de terminar la práctica y la vi saliendo de la sala de maestros, así que la esperé. ¿Quiere que la acompañe a casa?

Me tomó unos segundos acomodar sus respuestas a las preguntas que le había formulado antes, pero me quedé con más dudas de las que tenía al principio, así que le agradecí la oferta y tomé con gusto un lugar a su lado en la acera, preparándome mentalmente para una sesión de las que sólo se pueden tener con Ryusei.

—¿Qué hiciste con tu suéter? —empecé tras asegurarme con una mirada de que mi abrigo lo cubriera bien. El color hueso con los ribetes negros y el tamaño sobrado no le sentaban precisamente bien, pero a él parecía no importarle en absoluto.

—Se lo dejé a Ayami.

—¿Ella no traía uno?

—Sí.

—¿Qué le pasó al suyo? —pregunté con paciencia. Teníamos todo el camino por delante.

—Se mojó cuando iba a la escuela en la mañana.

—¿Salió de casa sin paraguas pese a que ya estaba lloviendo desde temprano? —no me sorprendió tanto de ella, considerando lo despistada que podía llegar a ser en ocasiones—. Bueno, es muy amable de tu parte ofrecerle tu abrigo, pero no tenías por qué esperarme a la intemperie.

Asintió una vez y continuó andando tranquilamente, totalmente ajeno a la admiración silenciosa de la que era objeto no sólo por parte de su acérrima seguidora número uno (quien seguramente andaría flotando entre nubes, cubierta por el calor del pulóver de su querido amigo), sino por mí; admiración que seguía creciendo como la hiedra cada vez que hablaba con él. Nuestra conversación, como siempre, continuó con una serie de preguntas de mi parte y respuestas precisas de la suya. Así “hablamos” sobre la perseverante Ayami, Sakura y Syaoran, Yukito, Yue e incluso su trío de amigos de cuarto grado. Le pregunté también si le había informado a su padre sobre el viaje escolar que se aproximaba, pero cambié inmediatamente de tema tras la primera mención de Touya y regresé al tema de las tareas y el club de fútbol, entre otros asunto de bajo calibre, hasta que nos encontramos ante el letrero de consultorio médico que ya conocía de sobra. Lamenté que nos tuviéramos que despedir tan pronto y se lo dije, a lo que él me miró con una de sus expresiones ilegibles.

—Puede pasar conmigo si quiere. Aún queda media hora para que papá termine de trabajar.

—Gracias, pero la verdad es que… —la verdad es que no tengo idea de cómo enfrentar a tu padre ahora— tengo que llamar a Tokio por un asunto de familia —mentí con un sabor de azufre entre los dientes y la mirada, cobarde, lejos de los ojos expectantes de un niño de nueve años. De más está decir que no era la primera ni la última vez que lo hacía, pero el escozor que me dejó no mejoró al sentir su mirada fija en mí, oscura y penetrante. Por un minuto me creí la mayor escoria del mundo.

—¿Su familia está bien?

—Sí, sí, todo está bien —me apresuré a contestar casi a trompicones. Tranquila Tomoyo, me recordé, ¿dónde está la mujer dueña de sí misma?—, pero no hemos podido hablar últimamente y hoy mamá sale más temprano del trabajo, así que pensé que sería el momento adecuado para llamarla —seguí sepultando más mentiras, una sobre otra, como si ahora no pudiera detenerme.

—¿Está enojada con mi papá? —preguntó con el mismo tacto que una lluvia de verano: sin preámbulos y de golpe.

—¿Por qué preguntas eso?

—Papá cambia el tema cuando le hablo de usted, como cuando se enoja con mi tía Sakura, y usted hace lo mismo. Mi tía dice que a veces mi papá puede ser muy pesado. ¿Está enojada con él? —incapaz de mantener una pregunta sin responder, Ryusei repitió la suya. Me demoré unos segundos en contestar, asombrada por su inesperada perspicacia, y comprobé de una vez por todas que su aparente falta de sentido común para aspectos de la vida diaria mucho más elementales no era otra cosa que falta de interés. Descubierta e incapaz de seguirle mintiendo, bajé los hombros y le regalé una sonrisa conciliatoria.

—No lo estoy. Tu padre no ha hecho nada malo, si es lo que te preocupa —me agaché para estar a su altura y mirarlo a los ojos—, sólo que hay algo de lo que necesito hablar con él y no sé cómo hacerlo. ¿Me entiendes?

—Sí. ¿Es algo sobre mí? Si quiere, yo mismo puedo decírselo —se ofreció—. La tía Sakura también me da recados que ella misma no puede darle.

Contuve la risa imaginándome a Sakura utilizando a su sobrino como emisario de las malas noticias. Me imaginé vívidamente a Ryusei informando a Touya con su tacto (o falta de él) característico sobre el compromiso de Sakura o incluso su relación con Syaoran. Recordé cómo en aquella carta que había escrito a su tía también se había ofrecido a actuar de culpable en cualquiera que fuera el plan que Sakura había tramado. El niño parecía tan acostumbrado a enfrentar a su padre en representación de otros que lo hacía sin el menor atisbo de miedo, probablemente porque era el único para el que Touya podría guardar cierta condescendencia; o quizá simplemente era inmune a la irritabilidad del hombre. Después de todo, ¿cómo castigar a un niño como él, que se tomaría una tarde en su habitación como una oportunidad para continuar leyendo ese libro que lo tenía atrapado? Para un niño que no era adepto a los videojuegos ni a la televisión, el único castigo posible parecía privarlo de sus libros, pero ni siquiera Touya sería un primate capaz de hacer algo tan cruel e inconsciente. Honestamente no me gustaría estar en los zapatos de Touya al momento de tomar una decisión sobre qué hacer en semejante caso, e incluso imaginármelo hizo que olvidara por un momento lo demás hasta que el gesto confundido de mi alumno y su voz llamándome me trajeron de vuelta a la realidad.

—Perdón. No, no es nada que tenga que ver contigo. No te preocupes, intentaré aclarar las cosas con tu padre lo más pronto posible. ¿Está bien?

—Sí —asintió dos veces y su rostro se iluminó por primera vez. Me di cuenta de que mi desidia también estaba afectando de manera indirecta al pequeño y tomé nota de resolver el problema cuanto antes. Necesitaba sólo un poco de valor.

Nos despedimos y lo vi cruzar la puerta del consultorio y, ya dentro, volverse para decirme adiós con la mano. En ese momento apareció una bata blanca desde el fondo del pasillo y no me quedé a comprobar de cuál de los dos doctores en el consultorio se trataba. Subí las escaleras y finalmente llegué a mi apartamento.

——–

El timbre sonó a eso de las seis, casi media hora más tarde. Aunque no me lo esperaba, no me sorprendió demasiado ver a Touya de pie en el umbral de la puerta al asomarme por la mirilla, especialmente cuando reparé en el bulto pálido que colgaba de su brazo.

—No recuerdo haberle comprado un abrigo blanco a Ryu recientemente —alargó la mano hacia mí, tendiéndome la pieza a modo de saludo causal, como si nos hubiéramos visto por la mañana y todo siguiera tan normal como siempre desde la última vez. A estas alturas ya no supe si admirar o detestar su habilidad para actuar tan relajadamente. Tomé el abrigo con ambas manos y me esmeré en imitar su actitud esbozando una sonrisa sarcástica pero “adorable”.

—Gracias, pero es color hueso. ¿También eres de los que dicen que los dientes son blancos? —golpe bajo para un dentista. Touya alzó una ceja y me lanzó una fascinante mirada brutal que me arrancó una risa sincera. Esta vez me hice a un lado y lo invité a pasar—. ¿Tienes cinco minutos?

—Estamos esperando a que Yuki termine con su último paciente… o, mejor dicho, con la madre histérica de su último paciente —bufó dando un paso al interior y descalzándose—. Creo que tengo más de cinco minutos —aunque su tono seguía siendo desenfadado, pude percibir la tensión en su mandíbula. Pocos hombres tienen tan buena intuición para anticipar lo que se avecina cuando una mujer les pide “cinco minutos”.

—En realidad, quería disculparme contigo por mi cambio de actitud desde el otro día —fui directo al grano en cuanto se descalzó—. No tiene nada que ver contigo ni quiero que pienses que me arrepiento, porque… —valor, Tomoyo, míralo a los ojos, me dije, muy bien, ahora sigue así y no te acobardes. Reparé en que al menos no estaba frunciendo el ceño y tomé aire—, porque no lo hago. Honestamente, si tuviera que elegir lo volvería a hacer —sentí mi cara arder, esa información probablemente estaba de más y ahora tenía que regresar al punto principal antes de seguir revelando sinsentidos—, sólo que cambiaría un par de cosas.

Un ceño, luego una ceja alzada—. ¿Un par de cosas?

En cualquier otra ocasión me hubiera deleitado con ese tinte de hombría lastimada que asomó en sus ojos, pero no era eso a lo que me refería.

—Comenzaría, por ejemplo, por decirte algo que creo que debes saber —caminé al sillón y me senté con los brazos cruzados. Touya no esperó por mi invitación para hacer lo mismo en el sofá—. No soy tan sólo una maestra de primaria. Me guste o no, tengo una familia bastante singular y hay cosas por las que debo responder. ¿Has oído hablar de la Corporación Daidouji?

Lo había dicho. En un solo aliento y casi sin pensarlo, pero lo había dicho y lo más difícil siempre era empezar. Primera fase superada… de muchas. Tomé aire nuevamente mientras Touya me miraba como si no terminara de entender.

—Claro, ¿quién no? Algunos de los juguetes de Ryusei son de tu empresa —se encogió de hombros.

—Bueno, pues la presidenta de la compañía es mi… —parpadeé—, espera, ¿dijiste “tu empresa”?

—O la empresa de tu madre, como prefieras llamarla —asintió con el mismo tono neutral. Si hubiera buscado cualquier atisbo de ironía, burla, molestia o algo parecido habría fallado terriblemente. Para Touya era una información tan obvia como decir que el agua de coco viene del coco.

—¿Lo sabías? —me vi haciendo la estúpida pregunta y él volvió a asentir con naturalidad.

—Te llamas Tomoyo Daidouji, vienes de Tokio, tienes una madre engreída que hace fiestas opulentas para su compañía, tu ex viste marcas que no puedo ni pronunciar y es tan agradable como una patada en el trasero. Aunque éste es tu primer trabajo puedes vivir sola holgadamente, vistes ropa fina y tienes tu propio auto —enlistó—. No hay que ser un genio para sacar conclusiones, ¿sabes? Además existe Internet, aunque no se me ha ocurrido buscarte aún —admitió en el mismo tono impersonal.

Y ahí estaba yo buscando la reacción más apropiada. Por un lado él tenía razón: era demasiado evidente; pero por otra parte no era ésa precisamente la reacción que cualquiera tendría, sobre todo considerando que él me había confiado su historia y la de su familia sin que yo le dijera algo de mí a cambio. Lo más normal sería al menos un “¿por qué no me lo dijiste desde un principio?” pero una vez más: Touya no era lo que cualquiera llamaría una persona “normal”. Para empezar, era el padre de Ryusei y eso ya era mucho qué decir. De hecho, en su mirada seria pero desenfadada pude ver mucho de mi extraño alumno. Touya no se andaba con rodeos preguntándose quién era yo, así como a su hijo le importaba un comino si algunos en la escuela les temían a sus amigos por su mala fama. Pero al mismo tiempo no se trataba de que no le interesara (ya lo había dejado en claro cuando recién nos conocimos), mientras fuera algo que no afectara a su hijo. A fines prácticos, probablemente igual le hubiera dado si le dijera que tenía poderes mágicos y estaba en una misión secreta para salvar al planeta.

—¿Hay algo más que quieras decirme? —se inclinó sobre su asiento al ver que yo seguía en mi fuero interno por balbucear algo, pero yo aún no había llegado a la parte escabrosa: el punto donde entran los espías en la historia.

—Es posible que… alguien me haya visto contigo. Tú sabes, en cualquier momento podrían empezar a circular rumores —evité su mirada. Aunque lo que decía era cierto, aún no era ni la mitad de la verdad.

—Imagino que sí. Después de todo tu encantador ex también se llevó esa impresión, ¿cierto?

¡Ah! me había olvidado de Eriol, pero al parecer Touya creía que era a eso a lo que me refería. De todas formas decidí tomar ese camino sólo para anticipar un poco su reacción.

—Cierto, y si algo así saliera a la luz no me gustaría que Ryusei-kun y tú se vieran involucrados en un escándalo.

El gesto de Touya no mutó en absoluto. Su mirada impenetrable siguió fija en mí hasta que al fin se enderezó en su asiento como si hubiera tomado alguna resolución imposible de averiguar para mí.

—¿Crees que alguien se atrevería a molestar a Ryu?

—No me refiero sólo a sus compañeros —aclaré—. Los periodistas, especialmente los de la prensa rosa, pueden llegar a ser un auténtico dolor de cabeza. Pueden intentar acercarse a él y hacerle todo tipo de preguntas.

Para mi sorpresa, Touya se cruzó de brazos y alargó una sonrisa maquiavélica.

—Quisiera verlos intentando sacar algo de información de él. Necesitarán un poco de suerte y mucha paciencia.

Me quedé de piedra. ¿Todavía estaba hablando con Touya Kinomoto, el mismo padre y hermano sobreprotector? Busqué un poco de sarcasmo en su gesto, pero no vi más que un asomo de orgullo burlón. No me habría sorprendido en cualquier ocasión que no involucrara la posibilidad de ver la tranquilidad de su hijo alterada.

—¿Estás hablando en serio? —pregunté al fin. Sus ojos, fijos en alguna idea casi malvada, tardaron unos segundos en regresar a mí—, porque yo sí.

—¿Cuántas veces has conseguido sacarle a Ryu una respuesta de más de dos palabras? Considera, además, que tú le agradas. Ryu generalmente intenta ser bueno y accesible cuando se trata de alguien que le agrada.

Buen punto, pero mi sentido común me decía que no era suficiente.

—Aún así, no quiero que ustedes se vean afectados por mi causa… —empecé y él entornó los ojos al techo, dando muestras de comenzar a fastidiarse.

—Ya que eres de familia elite, me sorprendió que no reconocieras a la familia del mocoso en la boda del monstruo.

—¿La familia de Syaoran? —detesté mi confusión casi pueril, pero no entendía qué diablos tenían ellos que ver con todo esto. Seguía esperando el momento del estallido, ese instante en el que Touya perdería los estribos y defendería a su familia como un perro guardián y receloso.

—Son dueños de varios transportadores y algunas textiles en Hong Kong. Están forrados de dinero y al parecer son bastante conocidos por sus negocios a nivel internacional. Cuando en China se enteraron de que el hijo único varón y primer heredero pensaba casarse con una japonesa “común”, también tuvimos una buena dosis de periodistas indeseables por un rato.

—¿La familia de Syaoran? —repetí como idiota, mirándolo como a un extraterrestre. Sakura nunca había mencionado nada al respecto.

—Parece que últimamente está en auge entre los herederos de las corporaciones renunciar a sus asuntos familiares, venir a Tomoeda en busca de una vida “normal”, conseguir un trabajo “normal” y meterse con mi familia —ironizó como quien no quiere la cosa. Abrí la boca, pero no me salieron las palabras y la volví a cerrar. Touya se encogió de hombros y se dejó caer contra el respaldo del sofá, mirando al techo—. En cualquier caso, no creo que los periodistas japoneses sean peor que los chinos. Esos idiotas acabaron con los rosales de papá.

Mi paciencia se acababa. ¿Por qué no hacía las cosas más simples para los dos y se molestaba de una buena vez? Estaba lista para enfrentar su ira, pero no esto. Me estaba dejando sin armas nuevamente y, lo que es peor, ni siquiera lo hacía de manera premeditada.

—Touya… —me tallé los ojos y tragué saliva antes de atreverme a lanzar la pregunta decisiva—. ¿Quieres decir que no te molesta que no te haya dicho todo esto antes de involucrarlos a ti y a Ryusei-kun en este embrollo?

Me miró de reojo, aún con el rostro hacia el techo—. ¿Qué embrollo? Eres la maestra de Ryu, no creo que se pueda evitar.

—Sabes que no me refiero a eso. Ya no es algo tan simple como ser únicamente su maestra. Estoy hablando de este asunto entre nosotros. Me involucré contigo y… —comencé y cerré la boca nuevamente. Si bien habíamos pasado una noche juntos, nunca habíamos hablado de que hubiera algo entre los dos. Habíamos discutido el supuesto de que la prensa rosa nos inventara un romance a raíz de que Eriol les dijera algo, pero eso no quería decir que hubiera algo de cierto en ello. La sonrisa lánguida de Touya hizo acto de aparición y yo sentí algo muy cercano a la claustrofobia.

—¿Nosotros? —arrastró la palabra casi con el mismo deleite con el que a veces me llamaba “profesora”.

Muy bien, Tomoyo, tú puedes con más que esto. Eres una mujer madura y centrada.

—Tampoco me refiero a que haya algo entre nosotros ahora —hablé con toda la lentitud que conseguí acuñar para no titubear—, pero no puedes negar que hemos cruzado un par de límites que, si no sabemos manejar como adultos, se nos podrían escapar de las manos, y ambos tenemos mejores cosas de qué preocuparnos en estos momentos.

Mis ojos fijos en él se elevaron cuando él se incorporó y caminó hacia mí, interponiéndose entre la luz de la lámpara y yo. Su silueta gigantesca se recortó contra el fondo claro del techo. A continuación puso su rodilla derecha sobre el asiento, justo a mi costado, y se inclinó sobre el mueble con su brazo justo arriba de mi hombro. La visión de su rostro a menos de 30 centímetros pareció más peligrosa aún que la sombra colosal de hacía un segundo.

—“Cruzado un par de límites”, me agrada cómo suena. Hablemos de eso como dos adultos, Tomoyo.

Mi nombre y su sonrisa guasona tan cercana no eran buena combinación. No tragué saliva, no se lo concedería. En vez de eso alcé el mentón y le devolví una sonrisa espejo de la suya.

—Hay muchas clases de límites, Touya, por ejemplo, el tiempo que tu hijo y Yukito-san te estarán esperando en el consultorio antes de subir a preguntar si pasa algo.

Su sonrisa desapareció y pude leer una nada disimulada maldición en el negro de sus ojos. No sé qué deidad me llevó a pensar en semejante respuesta en ese justo instante, pero le estaré eternamente agradecida. Jaque al rey.

—Tienes razón, tengo que irme —se enderezó nuevamente y retiró su rodilla de mi costado, quitando con ello una tonelada de encima de mí. La habitación recuperó sus dimensiones normales mientras él caminaba con aire resuelto a la salida y yo me levanté para escoltarlo.

—Ryusei-kun se molestará porque no lo invitaste a subir contigo —bromeé viéndolo calzarse. Al terminar él mismo abrió la puerta, pero se viró hacia mí antes de cruzarla.

—Más le vale que no lo haga; él tiene a su disposición a su maestra favorita todas las mañanas mientras que a mí me toca lidiar con ella cuando se pone paranoica.

—¿Paranoica? —lo miré como si se le hubiera escapado una serpiente del trasero. Touya dejó escapar un resto de risa y demasiado tarde me di cuenta que había caído en sus juegos absurdos de la misma manera en que lo hacía su ingenua hermana. Recuperé la compostura mientras él se regodeaba de lo fácil que le resultaba sacarme de mis cabales, pero su rostro recuperó la sobriedad tan rápido que lo anterior pareció una alucinación.

—Desde la primera vez que te vi en el estacionamiento del supermercado me di cuenta que habías sido educada para guardar las apariencias. Por eso no me sorprendió saber que eras una Daidouji, pero para Ryusei y para mí… para todos nosotros —corrigió, seguramente pensando en Sakura y los demás—, eres simplemente Tomoyo, te guste o no, les guste a los sensacionalistas o no, así que puedes gastar tu energía en preocuparte por cosas más importantes.

—¿Cosas más importantes? —fallé en mi intento de no fruncir el ceño y el gesto de Touya volvió a torcerse en una mueca socarrona.

—¿Quieres que te dé un ejemplo? —se inclinó hacia mí tan rápido que pensé que me besaría y alcé el mentón un poco para recibirlo, pero a continuación vi el borrón de sus ojos satisfechos y su sonrisa guasona al desviarse por un costado hacia mi oído—. Tendrá que ser otro día, con más tiempo, pero por ahora nos conformaremos con esto —susurró.

Para cuando su sombra desapareció tras la puerta con un “Por cierto, me alegra que finalmente te hayas decidido a hablar conmigo”, el lóbulo de mi oreja seguía cosquilleando con el remanente de su suave mordisco y mis piernas continuaban clavadas como dos estacas en el suelo. Lo odié. Lo detesté por ser tan simple y tan complejo a la vez; por ser impredecible, irreverente y permanecer siempre un paso por delante de mí; por hacerme darme cuenta de mis propios convencionalismos y prejuicios. Me detesté a mí misma por dejarme arrastrar en su juego, incitada por su manera tan sencilla de aceptarme tal cual era, y quedarme sin habla cuando había decidido decir la verdad; por haber terminado ruborizándome como una colegiala, perdiendo el piso frente a su personalidad imperturbable y su energía sexual, obviando como consecuencia la parte más oscura y verdaderamente problemática, la que ni siquiera Touya, con todas sus suposiciones e ingeniosas conclusiones había llegado a pensar.

¿En qué momento piensas decirle sobre los espías y los “posibles” videos de ustedes dos copulando como conejos por la casa? Por más que quiera burlarse de mi “paranoia”, por más que se jacte de estar siempre un paso al frente, Touya jamás anticiparía ni admitiría un escándalo como ése. A nadie con más de dos neuronas le haría la más mínima gracia.

—¿Cuándo volverás a juntar las agallas, Tomoyo? —suspiré aún plantada en el recibidor. Estaba molesta por lo patético que había resultado mi intento, pero también tenía un excitante escalofrío recorriéndome desde los dedos, subiendo por los brazos hasta los hombros y bajando por mi espina. Estaba doblemente frustrada. Añadida a mi frustración por no poder hablar hasta el final como hubiera debido, ahora estaba ese calor abrasador que sólo parecía exacerbarse más con el frío que se había colado por la puerta al despedirse Touya, recordándome el tumulto de emociones que había estado sofocando en silencio a lo largo de las últimas semanas. Mi primera reacción había sido primitiva e imposible: salir tras de él y detenerlo para finalizar lo que había iniciado justo antes de irse. Era un impulso que me recorría de pies a cabeza, cosquilleándome y urgiéndome a mandar todo al demonio y hacer lo que quería hacer, a repetir con Touya lo que había ocurrido semanas atrás, una y otra vez.

Puse agua y molí unos granos en la máquina para prepararme un café, pero mientras contemplaba la acuarela del durazno colgada de la pared y escuchaba el quedo ruido del aparato en su labor no tuve mayor opción que llegar a las conclusiones más obvias y absurdas a la que podía llegar en un día como ése:

  1. Había subestimado a Touya, pero especialmente mis sentimientos. No sólo su reacción me había tomado por sorpresa, sino que había exacerbado lo que fuera que sentía por él. Así es: su simpleza al aceptarme por quien era, sin melodramas sobre mi secretismo autoimpuesto —ni siquiera un reclamo de por qué lo había mantenido en ascuas por dos semanas—, había provocado un caudal de alegría que se me escapaba a borbotones por toda la piel. Vaya manera de descubrir que me gustaba mucho más de lo que me había atrevido a creer.
  2. Sea lo que fuera que se cocinaba entre nosotros, no tenía marcha atrás. Al contrario, ahora sólo podía pensar en querer más de eso y no me cabía la posibilidad de no tenerlo. Nunca había temido a la soledad, pero nunca había tenido a mi lado a alguien a quien tuviera tanto miedo de perder. Y no me refería únicamente a Touya, sino a su curioso vástago.
  3. Quizá había sobreestimado a los empleados de mamá. Si no había recibido noticias de ellos en las últimas semanas sólo me quedaban dos opciones: que los videos no existieran o que quienes los tuvieran en sus manos estuvieran aguardando por el momento más adecuado para dar la cara. En el peor de los casos, tendría que ser yo quien diera el primer paso y los encontrara para empezar las negociaciones.

—Entonces tendrán que saber lo que es enfrentarse a una Daidouji —farfullé finalmente contra la pared, mi convicción tan lista como el café que era servido en esos momentos dentro de mi taza favorita. Esa noche decidí que el único hombre al que le permitiría hacerme temblar las rodillas sería Touya Kinomoto, así que los demás tendrían que prepararse para enfrentarme si pretendían intentar lo mismo.

Era momento de trazar mi plan maestro.

 

Notas de la autora: Quiero agradecer a todas las que han dejado sus comentarios a lo largo de la historia, pues sus reviews, tanto en este portal como en fanfiction.net, son el alimento que nos insta a los autores a seguir adelante. El hecho de saber que lo que uno escribe le está llegando a alguien al otro lado del monitor es un gran aliciente.

¡Hasta la próxima!