24. Prepárate para lo peor

Mi primera sorpresa del día me la llevé nada más abrir los ojos —probablemente incluso antes—, al sentir la extraña almohada bajo mi mejilla. Si tenía alguna duda sobre si lo que había pasado anoche había sido un sueño o no, en ese instante quedó resuelta por completo: la mayor prueba palpitaba tranquilamente contra mi oído. Su pecho desnudo —igual que el mío— era lo único que alcanzaba a ver sin mover la cabeza, pero al tomar conciencia del resto de mi cuerpo enredado alrededor del suyo no me tomó más de un segundo confirmar que no eran las únicas partes expuestas.

Mentiría si dijera que puedo describir mi reacción más inmediata, porque no lo sé. ¿Vergüenza o regocijo? Quizá ambas, incluso un poco de pánico y hasta lujuria. Acaricié su pecho con los dedos y me humedecí los labios con la lengua sintiendo aún el cosquilleo de sus besos en la madrugada, primero controlados y luego hambrientos y desmedidos, como si quisiera hacerme pagar por liberar los sellos que él había dispuesto con tanto esmero. Sonreí aún más e inhalé su aroma semi-primitivo: una mezcla del casi extinto remanente de su loción y nuestros sudores combinados. Los recuerdos de la noche me fueron asaltando sin armonía, sobreponiéndose uno al otro en desorden cronológico. La boca de mi estómago comenzó a arder como un carbón al rojo vivo con imágenes de Touya atrapado bajo mis caderas en el sofá; de su mano sujetando mi espalda en el pasillo, apretando mi cuerpo enroscado contra su torso; de su boca cubriendo cada centímetro de mi piel y sus dedos provocándome mil sensaciones; luego nuevamente otra escena en el sofá conmigo mordisqueando su cuello y luchando con los botones de su camisa mientras él alzaba mi blusa sin decoro; finalmente otra imagen en la cama, esta vez de sus ojos negros sin sonrisas socarronas al convertirme en una gelatina de éxtasis con un cosquilleo caliente recorriéndome de pies a cabeza.

—¿Qué estás tramando esta vez? —como siempre, no debía esperar el clásico “buenos días” y el beso suave en los labios, propios ambos de las historias románticas. Demasiado cliché para Touya Kinomoto.

—Antes de decírtelo debo saber si piensas huir o participar voluntariamente —lo tenté y escuché el eco de su resoplido.

—¿Incluye tener que ponerme la ropa?

Me reacomodé sobre él para mirarlo de frente y su sonrisa guasona me dio los buenos días.

—Sólo que quieras que te la vuelva a quitar.

Alzó ambas cejas y simuló un silbido.

—Si piensas hacerlo tan rápido como ayer, no creo que valga la pena el intento.

Anoche casi le había arrancado los botones de la camisa y por un momento me vi a mí misma como a la yo de mis sueños, pero en mi defensa debo decir que no fue él el primero en quedar desnudo. Apenas le había desabrochado la camisa cuando él se desembarazó de mis manos y me quitó la blusa, asaltándome a besos y hurgando con los dedos bajo mi ropa, haciéndome olvidar lo que había pensado hacer apenas segundos atrás. Unos segundos después supe que la visión de sus ojos oscuros al posarse sobre mi cuerpo desnudo me perseguiría por el resto de mi vida.

—Aún no he hecho nada —se burló él al escucharme ahogar un gemido con sólo recordar lo ocurrido—, pero si tanto lo deseas… —posó su mano en mi cintura y con su dedo índice fue dibujando mi costado expuesto para demostrar su punto. Constaté nuevamente que su piel era tan cálida que la mía, en contraste, parecía un témpano.

—¿Qué te hace pensar que eso es lo que quiero? —lo miré a la cara sin poder contener del todo mi sonrisa lasciva. Touya, en cambio, se encogió de hombros.

—Un poco de experiencia de las últimas horas —alzó una ceja maquiavélica, seguramente recordando lo mismo que yo: ese instante en que, frustrada por no haber hecho más que derretirme a merced de un hombre que aún seguía con el cinturón en su lugar y toda su ropa (salvo su camisa) prácticamente intacta, lo había detenido con ambas manos y empujado contra el respaldo del sofá, usando la misma frustración a modo de voluntad para impulsar mi cuerpo trémulo hacia adelante y sentarme a horcajadas sobre él. Después, aún con el fantasma de su tacto, me había esforzado en mantener la postura y enfocarme en sus ojos, anhelantes pero cautelosos. Él lo deseaba tanto como yo, eso podía verlo, ¿entonces por qué no lo hacía simplemente? La verdad me golpeó como un rayo: Touya quería satisfacer mi apetito minimizando el riesgo (para ambos) en caso de que en un futuro decidiera arrepentirme. Lo que él aún no terminaba de entender era que no se trataba de un simple capricho, sino de mí mandando todos mis prejuicios y temores al infierno para hacer por una noche lo que realmente quería hacer. “Sé lo que estás haciendo, pero no te va a servir. Es todo o nada” musité contra sus labios sujetando su rostro entre mis manos con una decisión apenas más grande que la vergüenza de saber lo que estaba admitiendo, escudándome aún en mi recién adquirida valentía tras los sucesos de ese día.

Le sonreí a la mueca autosuficiente que tenía frente a mí, no viéndolo a él ahora, sino al hombre que me había mirado en silencio y sin simular su tribulación por espacio de medio minuto antes de dar un mudo y apenas visible asentimiento con la cabeza para quemarme nuevamente la piel con las manos, esta vez con un tacto desprovisto de control y lleno de su propia ansiedad, probablemente a la par que la mía.

—Esas sonrisas son raras en usted, profesora —habló finalmente después de parpadear, coronándose esta vez con un ceño y relegando la imagen de la noche al terreno de los recuerdos.

—Y la acabas de arruinar —bromeé y él nos revolcó para terminar colocándose sobre mí alzando una ceja guasona.

—¡Ah! Lo siento, ¿se supone que éste era el momento en el que tenía que decir algo cursi sobre lo linda que te ves cuando sonríes así?

—Igual lo acabas de hacer —declaré victoriosa y le rodeé el cuello con ambos brazos—. También se supone que ahora es cuando me tienes que dar los buenos… días —sofoqué un gemido al sentir sus dedos pellizcándome suavemente y opté por callarme. Touya, en cambio, sonrió aún más.

—Eso sí que lo puedo hacer, profesora —me besó, su mano descendiendo hacia mi cadera, haciéndome consciente de cada fibra de mi piel expuesta y en contacto con la suya. De repente soltó un leve gruñido de protesta y al apartarse su mirada había cambiado, enmarcada ahora por su ceño patentado—. Hey, ¿a qué hora tienes que ir a la comisaría a declarar?

¡Mierda! la policía. La realidad llegaba siempre en los peores momentos.

—A las diez y cuarto —mi tono de frustración apenas pudo equiparar a su resoplido.

—Una hora para desayunar, bañarse, arreglarse y llegar —masculló entre dientes. No había tiempo para nada y ambos lo sabíamos, y sin embargo ninguno de los dos se movió un milímetro de su posición por espacio de unos cinco minutos, atrapados en la frontera entre mi cama, tan llena de nosotros, y el piso, tan lleno de realidad. Finalmente, agobiado por el último minuto, Touya se separó y giró sobre la cama para finalmente sentarse al otro lado y posar los pies en el suelo.

Realidad.

—Voy a preparar algo de desayunar. Tú puedes bañarte mientras tanto, pero tendrás que apresurarte… ¿Dónde diablos…? Ah, aquí está —con el fastidio impreso en cada movimiento, tomó sus trunks (la única prenda que había en toda la habitación) y caminó a puerta.

—Por un momento pensé que irías desnudo a la cocina —intenté bromear para aligerar el momento. Funcionó, pues Touya se volvió hacia mí desde su posición para dedicarme una sonrisa burlona.

—Lamento desilusionarte por ahora, pero creo que los vecinos de enfrente no disfrutarían tanto de la vista.

—Si no recuerdo mal, las cortinas estaban cerradas anoche —insinué con otra sonrisa y él alzó una ceja divertida.

—Menos mal, o se habrían llevado un buen espectáculo. Supongo entonces que ahora no tengo de qué preocuparme… a menos que la profesora tenga cámaras escondidas en su casa —se encogió de hombros y cruzó campantemente la puerta cerrándola tras de sí.

Doble mierda.

La realidad es como una bofetada, pero cuando te das cuenta de que acabas de filmar tu propia película porno casera con dedicación especial para tu propia madre, la realidad se convierte en una estampida de elefantes triturándote al pasar. Una nube negra se formó en mi cabeza, cubriéndolo todo e inundando de terror y caos hasta el más mínimo pensamiento. ¿Habría visto mi madre el video? Era temprano aún y seguramente estaría en la oficina. ¿Lo habrían visto sus espías? No sabía si por las mañanas revisaban las grabaciones de la noche. Quizá no lo hacían, a menos que hubiera algún problema, de lo contrario sólo tendrían una aburrida película de mí durmiendo durante varias horas. Pero anoche había ido a casa con un hombre. Si ellos lo investigaban no tardarían en saber que se trataba del hombre prófugo, informarían a mamá de inmediato y… analizarían el video de principio a fin.

¡Mierda, mierda, mierda, mierda…!

Probablemente nunca había echado tanta peste en este mundo como lo hice esa mañana. Toda mi vida me habían enseñado a enfrentar cualquier problema con la mente fría, la frente en alto y a tener dignidad ante la vergüenza, pero nada ni nadie me preparó para esto.

—¡Hey! ¿Sigues aquí? —la voz irritada de Touya me trajo de vuelta a la recámara y me desconcertó sentir cómo apartaba las sábanas que cubrían mi cabeza. ¿En qué momento me había escondido bajo ellas? Lo miré apenas a través de los flecos que me caían sobre la cara y le vi fruncir el ceño—. ¿Qué pasa? No me digas que te estás partiendo la cabeza por lo de anoche.

Estaba claro que no se refería al incidente del hombre armado en mi casa.

—Yo…

Entornó los ojos y dio un resoplido.

—Tienes algo qué hacer ahora. Concéntrate en eso y olvídate de lo demás por ahora. Después, cuando tengas tiempo, podrás darle todas las vueltas que quieras y arrepentirte si se te da la gana. Entonces podrás esconderte en tu cama y maldecirme si quieres, pero por ahora haz tu parte y date un baño. El desayuno está casi listo.

No tenía nada que decir contra la fría lógica de Touya, sólo que no era eso precisamente lo que me preocupaba. ¿Arrepentirme? No tenía razón para hacerlo, al menos no de que hubiera sido él, pero no podía decirle que mi temor se debía a la red de micrófonos y cámaras que seguramente adornaba los rincones de mi piso.

No tienes ni idea.

Con un suspiro derrotado me levanté de la cama y, por primera vez consciente de la vigilancia que me rodeaba, arrastré la sábana conmigo para cubrir mi cuerpo desnudo. Touya se dio cuenta de esto y seguramente lo interpretó como un signo de vergüenza de ser vista por él. Sentí su mirada escrutadora y suspicaz sobre mí, pero no comentó nada al respecto. Sólo me recordó que no tardara más de cinco minutos y cerró la puerta tras de sí sin mirar otra vez. Pero aún bajo la ducha yo seguí viendo sus ojos oscuros conteniendo una emoción áspera como los bordes de un cañón oxidado. ¿Y ahora qué diablos iba a hacer?

——-

Touya me acompañó a la oficina de policía. Por supuesto que se dio cuenta de que mi actitud no era la misma de antes, pero no intentó presionar ningún botón ni volver a tocar el tema desde el desayuno. Yo, por más que quería aclararle que la razón de mi palidez no era precisamente la que él se imaginaba, no podía encontrar la manera de hacerlo sin mencionar la parte de los “posibles videos” que “posiblemente” habían sido vistos por mi madre. Había optado por un incómodo silencio y los inevitables suspiros que se me escapaban de vez en vez, forzando una mirada suspicaz de Touya sobre mí en cada ocasión. En algún momento, exasperada por la tensión que seguía creciendo invisible y silenciosa (pero sobre todo silenciosa) entre nosotros, preferí intentar entablar una conversación que pretendía por todos los medios ser casual.

—Espero que hayan conseguido encontrar a un suplente a tiempo. Sólo tuve oportunidad de informar a la profesora Nakamura y dejar un mensaje en la máquina de la secretaria del director anoche. De lo contrario los niños van a tener que volver a lidiar con Akatsu-san.

—¿Fue el que los puso a estudiar por dos horas en silencio mientras se ponía a trabajar en su ordenador la vez en que te reportaste enferma? —Touya intentó seguirme la conversación. Yo asentí—. Ryusei dijo que hizo llorar al chico daltónico.

—También me enteré de eso, sí. Al profesor Akatsu le molesta que los niños usen rojo en sus apuntes y Takefumi-kun no se dio cuenta de que estaba usando el bolígrafo equivocado… —entonces un pensamiento me cruzó la cabeza de manera casi violenta y me detuve sin mayor aviso. Touya se paró un paso más adelante, extrañado—, ¡Ryusei-kun! Creo que deberías ir a casa. El pobre debió asustarse al no encontrarte por la mañana y quizá te está buscando.

Touya se sacudió mi repentino ataque con un encogimiento de hombros.

—Anoche le dejé un mensaje en el refrigerador para que calentara los restos de la cena para desayunar y llevara algo de dinero para comprar el almuerzo en la escuela.

Aliviada, continué caminando y Touya siguió a mi lado, pero no pude dejar de notar lo evidente:

—¿Cómo supiste que no regresarías por la mañana?

—No lo sabía, pero como me dijeron que había un problema con el consultorio y que la policía estaba en el lugar, me imaginé que podría llevar algo de tiempo. Total, si regresaba antes del amanecer lo único que tenía que hacer sería remover la nota del refrigerador al llegar.

—Un padre precavido —analicé en voz alta, pero Touya no le dio mayor importancia. Después de esto nuestra conversación volvió a morir y ambos anduvimos con pasos pesados y los ojos fijos en cualquier casa o edificio, aunque a ratos sentía las miradas furtivas de Touya, indudablemente analizando mi extraña actitud y falta de compostura, pero nuevamente no hubo una sola palabra al respecto.

Nuestro encantador ritual de “finjo que no pasa nada/finjo que no me doy cuenta” sólo se terminó cuando, al llegar a la comisaría, nos encontramos con Yue esperando también a rendir su declaración. Él y Touya intercambiaron miradas y sólo en ese instante recordé que Touya probablemente no sabía aún que había sido Yue quien había sometido al ex convicto. Yue se había ido apenas terminar de ser interrogado por el policía, probablemente antes de que Touya llegara. Me pareció entonces que Touya le iba a preguntar lo que hacía allí, pero justo en ese momento Yue le recordó que tenía un consultorio que atender. Perdida en el drama de mis pensamientos, tampoco me había detenido a pensar en ese detalle. Si bien yo había conseguido dar aviso de mi ausencia de hoy, no se me había ocurrido hasta ese instante que no era yo la única que tenía un trabajo y responsabilidades por la mañana. ¿Qué diablos estaba pasando conmigo?

—Le pedí a Kawazaki-san que cancelara todas mis citas de la mañana —respondió Touya sin ceremonias—, pero creo que no debería haber problema si Tomoyo se queda contigo.

Mientras yo me preguntaba en qué momento de la noche o la mañana Touya había hecho esa llamada, Yue respondió un lacónico “no hay problema” y, tras una última mirada analítica que duró un segundo más de lo que hubiera deseado para mi comodidad, Touya se marchó alzando una mano a modo de despedida, dejándome al lado del hombre más silencioso de toda Tomoeda. Un joven se acercó a preguntarnos si teníamos cita y nos asignó unos asientos para esperar nuestro turno, pues el detective a cargo del caso estaba ocupado.

—No te sorprendió que viniera con Touya —hablé de pronto. Supuse que no tenía sentido guardar apariencias y decidí encarar el tema yo misma. Yue meneó la cabeza en una negativa—. ¿Tu hermano te dijo que estaba conmigo? —Yue me miró con sorpresa por un instante efímero como el batir de alas de un colibrí, luego volvió a su estado natural y asintió lentamente. Si acaso Ryusei era un niño de pocas palabras, estaba muy claro de quién lo había aprendido y que aún le faltaba mucho para superar al maestro. Miré a mi alrededor buscando distraerme, pero las agujas del reloj parecían caminar más lento de lo normal y desistí con un suspiro—. Supongo que conociste a Touya a través de Yukito-san. ¿Siempre se llevaron tan bien?

Me di cuenta que mi pregunta había sonado desesperada desde todos los ángulos posibles. Mi capacidad de conversación frente a alguien como Yue era para dar lástima, pero su respuesta fue la sorpresa del día.

—No lo conocí por Yukito, y no nos agradamos en un inicio. De hecho, fue todo lo contrario.

—¿Qué? Entonces… ¿Cómo se conocieron? —inquirí sin reservas. Sabía que no tendría otra oportunidad como ésta para hablar con él. Yue me miró de reojo y se acomodó en su asiento. Sus ojos se concentraron en la ventana más cercana y se tomó su tiempo antes de contestar. Tanto, que creí que no lo haría en absoluto.

—Fue a través del padre de Nakuru. A él no le parecía Touya como pareja de su hija y me pidió un favor para deshacerse de él.

Entonces todo cobró sentido frente a mis ojos: Yue, experto en artes marciales, capaz de dejar sin sentido a un hombre armado en cuestión de segundos. Touya había admitido que había alguien mejor que él y más calificado para enseñar a Ryusei, y que esa persona era Yue. Sumando 2+2 todo estaba claro. El padre de Nakuru había pedido a Yue que se “deshiciera” de Touya y ambos se habían enfrentado. Casi podía ver la épica batalla frente a mí, con dos adversarios duros de roer sacando lo mejor del otro. Imaginaba un desenlace de película: ambos cubiertos de sudor y agotados, reconociendo la habilidad de su contrincante, dándose la mano con respeto al terminar la pelea, sin rencores.

—¿Peleaste con Touya? ¿Quién de los dos ganó?

Yue me miró una vez más por el rabillo del ojo y luego volvió su atención al joven que regresaba para llamarnos a declarar. Como él era el primero que debía pasar, se puso de pie y meneó la cabeza de una manera apenas perceptible.

—No hubo ninguna pelea —a continuación desapareció con el otro hacia la oficina del detective.

——–

Yue me acompañó de regreso a casa después de finalizar el papeleo en la policía, aunque esto no quiere decir precisamente que hayamos continuado con nuestra conversación anterior. De hecho, para no variar, la mayor parte del camino transcurrió en el más absoluto silencio a excepción del sonido de nuestros pasos en la acera y los indistintos ruidos de la calle. Ya me había esperado ese panorama cuando se ofreció a acompañarme, lo cual por sí mismo había sido una sorpresa tratándose de él pese a que sabía de antemano que lo hacía meramente para cumplir con su palabra hacia Touya, pero mi sorpresa fue a mayores cuando fue él quien interrumpió el acostumbrado silencio para enunciar una pregunta que realmente no sonó como tal:

—Touya no sabe que eres la hija de la presidente de Corporación Daidouji.

Seguramente lo había visto en los expedientes o el inspector a cargo del caso se lo había mencionado, pero aun así fue tan inesperado que tardé algunos segundos en musitar un escueto “no”. Después, al ver que él no agregaba nada, me vi en la necesidad de hacerlo yo misma:

—No es que haya querido ocultarlo, simplemente no me ha parecido necesario hacerlo hasta ahora. Vivo más bien alejada de todo lo que tiene que ver con mi familia —anuncié sinceramente. El rostro de Yue no mutó en lo más mínimo.

—Asumiendo que sea posible alejarse de una familia así —o, en otras palabras, “hagas lo que hagas, nunca dejarás de ser una Daidouji”. Pude sentir lo que estaba pensando no sólo en sus palabras, sino en el silencio que les siguió, en el aire y hasta en la monotonía de su voz. Además lo había sabido de antemano: Yue no me veía con buenos ojos, especialmente cuando se trataba de mi cercanía hacia Touya y Ryusei. Tampoco era que pudiera culparlo por ello. A todas luces yo no era una buena compañía para ninguno de los dos. No sólo no había sabido quedarme dentro de mi papel de maestra de primaria, sino que mi “condición” ineludible (en otras palabras, mi apellido) podía intervenir con su privacidad. Yue quizá no sabría lo de las cámaras y grabaciones en mi piso, pero tampoco era tonto y conocía cómo se movía el mundillo de las familias acomodadas y sus escándalos de revistas del corazón.

—Todos aquí conocen mi apellido. No es precisamente algo de lo que me sienta orgullosa como para gritarlo a los cuatro vientos, pero si no veo razón para tenerlo en secreto es porque no tengo nada que ocultar —mentí… al menos un poco. Mi apuesta siempre había sido que, siendo un pueblo tan pequeño, nadie supiera o se interesara en mi apellido y las minutas sobre mi familia. Agradecí que Yue siguiera mirando al frente todo el tiempo en lugar de escudriñar en mi lenguaje corporal como solía hacerlo Touya.

—A Touya no le importaría si se tratara de él solamente —dejó el resto de la frase haciendo humo de las cenizas de la primera mitad. “Pero es diferente cuando se trata de Ryusei”, igual, no necesitaba decirlo para dejar su punto claro y bien asentado como un clavo incrustado que llevaría en la piel a partir de ese instante. Asentí.

—Lo sé, pero no hay de qué preocuparse al respecto —le sonreí pese a que él no podía verme. Al menos intenté que mi voz sonara alegre y relajada—, porque entre Touya y yo no hay nada. Lo que sea que haya pasado hasta ahora, yo misma me encargaré de aclararlo antes de que haya confusiones —si es que a aquello se le podía llamar una “confusión”. Intenté no tragar saliva. Yue hizo un ligero movimiento de cabeza que se asemejaba a un bien disimulado asentimiento.

—Antes de que sea demasiado tarde —sentenció.

Si es que acaso aún no lo era.

—Sí, antes de que sea tarde —repetí. Nuevamente evité tragar saliva pese a que sentía la maraña acumulándose en mi garganta. La atmósfera se volvía más y más densa a nuestro alrededor, por lo que fue un verdadero alivio ver mi piso a lo lejos. Sin embargo entonces me di cuenta que aún tenía algo pendiente con él—. Por cierto… —titubeé, esta vez anticipando mi propia sinceridad—, gracias —tomado por sorpresa, me miró de reojo. Su ceja alzada hizo toda la pregunta—, por lo de anoche. Quizá no era tu intención, pero igual me salvaste. Honestamente no sé en dónde estaría ahora si no hubieras llegado en ese momento y lo hubieras detenido. Lo más seguro es que ni siquiera estaría viva.

Había intentado no ponerme emotiva, pero los malos recuerdos de la noche y el temor del hubiera me habían atacado como fantasmas invocados por mis propias palabras. Al final mi voz me había traicionado y había tenido que apresurar las palabras para no terminar haciendo un drama. Yue asintió y caminó unos pasos más en silencio, sopesando mis palabras y lo que él respondería, porque estaba claro que lo haría.

—No hay nada qué agradecer. Sólo hice lo que tenía qué hacer.

Por supuesto que lo sabía: su presencia había sido mera casualidad, y si había tumbado al otro seguramente era porque, como había dicho en su declaración, el otro había salido de la cocina apuntándole con el arma. Yue no había hecho nada más que defenderse, pero igual me había salvado la vida en el proceso. Meneé la cabeza al llegar frente al consultorio y él dio señales de dirigirse a éste mientras yo subía las escaleras

—Igual te debo una y te doy mi palabra de que puedes pedirme cualquier cosa, en cualquier momento. Quizá no será suficiente para pagarte, pero haré lo que pueda por ti —sonreí frente al cuasi-ceño que me dirigió y me despedí antes de que pudiera contradecirme, sintiendo un peso menos sobre mis hombros al momento de abrir la puerta de mi piso. Pero la hora de la verdad apenas había comenzado. Con la misma racha de valor que me había asaltado anoche tenía que enfrentar uno a uno mis temores, deberes y responsabilidades, y la conversación con Yue había sido tan sólo la primera fase. La siguiente sería mucho más complicada, pensé al tomar el teléfono en mis manos.

—Hace mucho que no sé nada de ti —escuché la voz de mamá tras el tercer timbre del teléfono—. ¿A qué debo el honor de que mi única hija se digne a llamarme?

—Supongo que lo de “no saber nada de mí” no es más que un decir —le refuté entornando los ojos al techo—. Tus informantes no podrían ser tan incompetentes.

Por supuesto —admitió ella. Su tono ahora era mucho más serio—. De lo contrario nunca me enteraría de los peligros por los que pasas gracias a tu negligencia. Sabes que esto no habría ocurrido si contaras con un guardaespaldas.

Al menos ahora sabía que estaba plenamente enterada del asunto.

—Es ridículo que una simple maestra de primaria tenga un guardaespaldas. No lo necesito.

—¿Qué más necesitas para darte cuenta de que ése no es tu lugar? Ese hombre pudo haberte hecho algo.

—Pude haber sido yo, pero también cualquiera.

—Tú no eres cualquiera, Tomoyo. Tú eres mi hija.

¿Qué quería decir con eso? ¿Era una manera de expresar su preocupación como madre o mi responsabilidad hacia ella y la empresa como alguien que compartía su apellido? No lo sabía ni me quería decantar por ninguna de las dos. Tratándose de Sonomi, cualquiera era igualmente probable.

—Lo que quiero decir es que fue una casualidad que fuera yo. En cambio, si fuera por la ciudad con un guardaespaldas irremediablemente terminaría atrayendo más atención hacia mí. La gente investigaría quién es esa profesora que necesita un cuerpo de seguridad. Hasta ahora, nadie en Tomoeda sabe quién es Tomoyo Daidouji

—¿Nadie?

El rostro de Yue apareció frente a mis ojos. Bueno, casi nadie.

—La policía no dará datos sobre mí a la prensa —eludí la pregunta—. Por cuestiones de seguridad, sólo se informará que el convicto fue atrapado en Tomoeda.

—De cualquier forma me encargaré de que ese hombre, Yue Tsukishiro, reciba una remuneración generosa. Te ha salvado la vida.

Ella lo sabía. Sabía todo lo que había ocurrido, al menos hasta el momento en que Yue había intervenido. Mis manos comenzaron a sudar.

—No creo que quiera recibirla —tragué saliva. Tenía que averiguar qué más sabía mi madre y cómo se había enterado de ello. ¿Por informe de sus espías? ¿Por las grabaciones de los micrófonos? ¿Por video? ¿Por las declaraciones en la policía? O quizá todas las anteriores.

—Eso ya lo veremos. No me gusta estar en deuda con nadie y todos tienen su precio.

¿Y cuánto dinero es suficiente para saldar la deuda  por salvar una vida? Una risa amarga murió antes de llegar a mi garganta. A veces ni yo misma podía creer las ocurrencias de mamá.

—En ese caso, Yue-san no es la única persona con la que estoy en deuda —solté tentativamente. Me sentí como un pescador cebando una caña y lanzándola al agua.

—¿Te refieres al dentista? —la caña se tensó más rápido de lo que pensé. Tenía que sujetarla con ambas manos.

—Sí. Él ha hecho algunas cosas por mí.

—Te gusta ese hombre, el padre de uno de tus alumnos.

Sujeta bien esa caña, Tomoyo. Jala un poco más, pero no dejes que el hilo se rompa.

—Sí. Quizá intente dar el siguiente paso con él.

—Dar el siguiente paso —repitió ella—. ¿Piensas entablar una relación con ese hombre? Sabes lo que eso puede significar. Además, si lo que acabas de decir es cierto, él ni siquiera sabe quién eres.

Había escuchado bien sus palabras y no eran para nada lo que había esperado. El pez parecía más tranquilo de lo que había imaginado. ¿Había lanzado el cebo correcto?

—Tendré que decírselo entonces, pero no creo que le importe —seguí dando vueltas al carrete y probé mi suerte un poco más—. Incluso me ayudó mucho después de lo que pasó anoche.

—¿También él? Creí que había sido cosa del otro. Entonces tendré que encargarme de saldar cuentas con él también.

Eso era todo lo que necesitaba. Era momento de retirar la caña y regresar al pez al agua.

—No te molestes, de eso me encargaré yo. Por lo demás no te preocupes: además de ellos dos y la policía, nadie sabe lo que pasó, así que no hay que temer por un escándalo.

—Tomoyo, cuando me enteré de lo que estaba pasando no fue un escándalo lo que más me preocupó. Recuerda que eres mi única hija.

Había sido demasiado repentino. Su tono de voz apenas si se había desviado de su tinte profesional, pero para mí era tan claro como el agua. Desacostumbrada como estaba a lo que comúnmente se conoce como el “cariño materno”, la búsqueda de la reacción adecuada no hizo  más que incomodarme. No, yo no odiaba a mamá; al contrario, ella siempre se había preocupado por mí… a su manera. Incluso me parecía a ella en muchos sentidos, pero nuestro lazo madre-hija nunca había sido precisamente rosa. Parecía más una competencia de orgullos que un festín de abrazos, sonrisas y confidencias. Entre los Daidouji la regla de oro no es la complicidad, sino la rivalidad, y mamá era una de las grandes al momento de poner las cartas sobre la mesa.

—Tomoyo… —su voz interrumpió los eones de mi estupefacción.

—Entiendo —carraspeé—. Yo… lamento haberte preocupado. Procuraré ser más cuidadosa en adelante.

—Espero que así sea.

—Algún día verás que no es necesario mantener un ojo sobre mí —aventuré sujetando el teléfono con fuerza y escuché su risa irónica.

—Eso espero también.

Nos despedimos. Mi corazón latía rápido sin atinar a comprender lo que había pasado. La actitud (¿maternal?) de mi madre, su aparente desconocimiento de lo ocurrido con Touya y la ausencia total de objeción (a excepción de una advertencia) respecto a la tentativa de “entablar una relación con el dentista”, nada de eso sonaba a la típica Sonomi. ¿Acaso era uno de esos cambios de actitud tras ver a su hija en peligro? no quería confiar en que así fuera, como un milagro conveniente, pero tampoco tenía otra teoría. O quizá era yo la que simplemente estaba siendo demasiado paranoica.

Tenía que haber un video, estaba segura; al menos una grabación de audio, pero Sonomi no sabía nada de ella. ¿Dónde había quedado? Quizá no había más reporte después de la llegada de la policía, cuando todo había quedado en orden. Claro, Touya había aparecido hasta varios minutos después de quedarme sola. ¿Quién se quedaría viendo una grabación donde sólo quedaba yo y todo parecía solucionado?

No, pensé, un profesional se cercioraría de verme meterme en la cama después de algo así. Mamá no contrataba amateurs. Por otra parte, ¿y si no existía un video? Quizá sus investigadores usaban otros métodos, pero…

—Pero hoy salimos juntos —recordé. Touya y yo habíamos salido juntos de mi puerta por la mañana. Siendo así, cualquiera habría tenido que averiguar en qué momento había llegado él… y lo que habíamos hecho, pero mamá incluso parecía desconocer eso. No tenía idea de cómo me había ayudado Touya, ni siquiera de que lo había hecho. ¿Demasiada buena suerte? No, definitivamente no. Alguien no estaba diciendo la verdad; si no era ella, entonces eran sus informantes, pero ¿qué ganarían ellos con mentirle? Aún estaba la opción de que hubieran decidido pasarlo por alto, pero si ella se enteraba del engaño perderían el puesto enseguida. Eso, al menos que ellos supieran que ella no se enteraría porque a alguien no le convenía que así fuera.

Ese alguien era yo.

Y todas las piezas finalmente cayeron en su lugar como un rompecabezas. Conocía ese sabor, era la antesala de un viejo teatro: chantaje. Pero si ése era el caso alguien tendría que estar preparado a vérselas conmigo. No por nada era la hija de Sonomi Daidouji.

 

Notas de la autora: Sé que pensaron que todo estaría viento en popa ahora que Tomoyo había tomado las riendas, pero olvidarse de Sonomi no es buena idea, aunque admitamos que la mujer también tiene su corazón de madre (muy bien escondido tras capas de hielo empresarial).

Bueno, ya les dejé un poco de fanservice y no sé si Nodoka permita publicar la imagen del capítulo aquí, pero si sienten curiosidad pueden verla en mi cuenta de DA (IsisTemptation) y FB (Isis Temp).

¡Nos leemos a la próxima!