23. Mantén la calma frente al peligro

Todos tenemos una zona de confort, una especie de burbuja dentro de la cual podemos movernos sin pasar por mayores preocupaciones que sobrevivir el tedio del día a día. Esto no significa que todo lo que ocurra en su interior sea perfecto, pero normalmente nada va más allá de los problemas de la vida diaria; un poco de estrés que puede deformar nuestra burbuja sin llegar a reventarla. A veces, en un acto casi heroico, hacemos algo para salir de ella y entramos en una nueva burbuja, esta vez más grande. Eso hice yo, por ejemplo, cuando decidí dejar mi vida en Tokio para trabajar como profesora de primaria en Tomoeda. Sin embargo, otras veces esto no ocurre de manera tan voluntaria. Puede ser un suceso trágico o afortunado, pero de vez en cuando la vida nos da un giro drástico que revienta nuestra burbuja sin mayor aviso.

Recuerdo aquel jueves de finales de octubre como una de esas veces.

Cuando uno piensa en la profesión de maestro o profesor, lo último que puede venir a la mente es la sensación de peligro. Solemos pensar que el mayor riesgo al que un trabajador de la educación se puede enfrentar es un montón de adolescentes furiosos buscando jugar una broma absurda a modo de venganza por un curso fallido. Tratándose de un maestro de primaria las posibilidades de peligro parecen aún más reducidas. Yo misma debo admitir que toda la vida pensé de igual manera. Trabajar con niños puede involucrar muchas cosas, pero rara vez algún peligro para el profesor; al contrario, regularmente es uno como adulto responsable quien tiene que preocuparse de que el alumno no se meta en problemas.

Ese día cambié mis ideas al respecto para siempre.

Todo comenzó con una mañana tranquila y monótona. Incluso el cielo parecía indeciso entre un día claro y uno nublado, con unas betas de nubes grises pero tenues sobre un fondo azul pálido. En resumen, era uno de esos días que algunos autores tardan media página en describir sólo para demostrar que era un día corriente, como cualquier otro, pero que terminó siendo algo completamente diferente capaz de cambiar una vida, o al menos la trama de una historia.

Ese jueves, mientras mis alumnos se dedicaban a redactar una carta para la clase de japonés, yo me paseaba entre sus pupitres para aclarar sus dudas y ver sus avances cuando me encontré con Ryusei contemplando distraídamente hacia la ventana. Al ver su actitud despreocupada le pregunté si había terminado su carta, a lo que él asintió.

—¿Y se puede saber a quién la dirigiste?

—Sí —su mirada regresó hacia la ventana mientras yo rumiaba por enésima vez la cantaleta de aprender a formular preguntas abiertas frente a ese pequeño.

—¿A quién?

—A la tía Sakura.

La mención de ese nombre hizo brincar una chispa en mi cabeza, aunque sólo se tratara de la chispa de la curiosidad, así que me incliné un poco más hacia mi alumno y le hablé por lo bajo.

—¿Y me dejas ver qué le escribiste?

—Sí —concedió sin mayor trámite y me tendió el sobre donde ya había metido la carta doblada. Al instante me imaginé a mí misma con su misma edad escribiendo una carta a alguien como Sakura. ¡Cuántas cosas le contaría! Aunque después del fin de semana anterior probablemente terminaría incluyendo, queriéndolo o no, alguna referencia a su hermano. Desdoblé la hoja y, aunque un poco decepcionada, creo que ya no me sorprendió ver tan sólo una línea en ella:

“Si papá se da cuenta puedes decirle que fue mi idea. Espero que no se enoje contigo”

Y todo en mi mente fue blanco. No era lo que yo estaba imaginando, ¿verdad? Pero no podía sacarme la idea de la cabeza. Era como una ecuación matemática donde la idea de Sakura ahora era igual a un iluso complot para ponernos a su hermano y a mí en una relación imposible. Sin embargo, ¿por qué otra cosa podría Touya enojarse con ella? Además, ¿por qué Ryusei se habría de echar la culpa? Pero, si fuera lo que yo estaba pensando, eso implicaría que Ryusei estaba enterado de los planes de Sakura y, aún más, que estaba de acuerdo y no quería que su padre se molestara con su tía por ello. Probablemente incluso tomaba parte en el fallido complot. Eso, o yo estaba siendo demasiado paranoica. Suspiré. Bien podía tratarse de algo que Sakura le había comprado a su querido sobrino sin el consentimiento del padre. También podría ser algo que involucrara una actividad con Shaoran y Ryusei y que pudiera herir el orgullo del otro.

—¿Hay algo mal en mi carta señorita Daidouji? —me di cuenta de que mi alumno me observaba con abierta curiosidad (creo que me había llamado ya un par de veces sin obtener más que mi gesto hecho piedra). Me recuperé al instante con mi sonrisa más profesional y le devolví el papel.

—Todo está bien. Me gusta mucho tu caligrafía —agregué a modo de justificación y regresé a mi escritorio. A los pocos minutos sonó la campana e indiqué a los estudiantes que dejaran sus cartas en sus respectivos sobres sin cerrar. Mientras ellos tomaban su almuerzo yo revisaría que la dirección estuviera en orden en cada una de ellas, pues las enviaríamos por correo al final del día. A menos que notara algo en particular no había razón para irrumpir en la intimidad de mis pequeños sin su permiso, así que me puse a caminar de pupitre en pupitre leyendo sobre tras sobre y tomando nota sobre aquéllos que tendrían que hacer alguna modificación. Iba ya por la segunda línea cuando, sin querer, hice que uno de los sobres cayera al suelo y se deslizara bajo una de las sillas. Tuve que agacharme para recogerlo y en eso estaba cuando el sonido de la ventana abriéndose llamó mi atención. Pensé que se trataba del viento y continué con mi tarea hasta que conseguí atrapar el papel entre mis dedos. Cuando finalmente me incorporé y volví la cabeza hacia la ventana me encontré mirando directamente a los ojos de una sombra que antes no estaba ahí y me observaba con la misma sorpresa con la que yo lo veía a él.

—¿Qué hace usted aqu…?

—Creí que no había nadie en este salón —sus palabras no fueron tan terminantes como el frío color negro del cañón que me apuntó al mismo tiempo—. Lo siento, hubiera preferido evitarme un encuentro así.

Fue entonces que toda la información se acumuló como un torbellino en mi cabeza: la ropa que le quedaba algo ajustada; la barba descuidada; el cabello sin lavar, aunque aún demasiado limpio para tratarse de un vagabundo; pero sobre todo, esa noticia escuchada al azar en los noticieros de la noche y algún comentario matutino en la sala de maestros sobre el hombre que había escapado de prisión. Ocurrido a más de cuarenta kilómetros de Tomoeda, no era precisamente algo que tuviera por qué llamar la atención de una tranquila ciudad… o al menos eso había creído, pero la pistola a unos metros de mí insistió en refutar mis cálculos.

—Eres el fugitivo —no pregunté ni él se molestó en negarlo—. Esto es… es una escuela. Hay… hay muchos niños alrededor —tartamudeé haciendo un esfuerzo sobrehumano por no ponerme a temblar. Lo que quería decir era que no se trataba del mejor sitio para esconderse, si es que eso era lo que él quería hacer (lo cual era precisamente lo que yo esperaba).

—No me agradan los niños —farfulló con desagrado—; son muy escandalosos. En estos momentos lo último que necesito es un escándalo. ¿Me entiende?

—¡Sí! —me apresuré a contestar, pero de inmediato me forcé a tranquilizarme un poco. Mi prioridad debía ser la seguridad de mis alumnos y no podía darme el lujo de perder los estribos—. Quiero decir… puedo ayudarlo a salir de aquí, pero no lastime a nadie, por favor.

Pareció meditarlo por unos momentos, pero se interrumpió al escuchar unos pasos corriendo por el pasillo hacia nosotros.

—Pues parece que el recreo se acabó. Lo que pase ahora dependerá de usted, profesora —meneó la mano con la pistola en un gesto significativo e imposible de malinterpretar antes de meterla en el bolsillo de su chaqueta y caminó al frente del salón. Tragué saliva al escuchar la puerta deslizándose al abrirse y asentí en señal de entendimiento. Si algo salía mal y tan sólo uno de mis pequeños salía herido…

No, definitivamente no podía dejar que pasara.

Uno a uno los niños fueron entrando y en sus rostros confundidos podía leer la misma pregunta: ¿quién era el hombre que estaba a mi lado junto al pizarrón? Pero únicamente les indiqué que esperaran a que toda la clase se reuniera para poder introducirles a nuestro “visitante”. Cuando esto ocurrió y todos estaban presentes me dediqué a hacer el papel de mi vida y explicarles con una sonrisa que ese día teníamos una visita muy especial: se trataba de un agente de policía encubierto. Él estaba a cargo de salvaguardar nuestra escuela y vigilar que el convicto del que habían escuchado hablar en las noticias no fuera a aparecerse por la primaria Tomoeda. Fue lo único que se me pudo ocurrir en caso de que a los pequeños se les ocurriera preguntar detalles sobre el oficio del hombre, del cual no sabía nada a excepción de que debía tener información de primera mano sobre los procedimientos de la policía. Con esto, además, podía pedirles sin problema alguno que mantuvieran todo eso en secreto, pues nadie debía saber sobre su presencia en el área, de lo contrario el convicto se pondría en alerta en caso de que se acercara por nuestra zona. Satisfechos los niños y, sobre todo, él con la explicación, procedimos a una serie de preguntas y respuestas sobre las medidas de seguridad que tenían que tomar para que el “tipo malo” no les fuera a hacer daño si se acercaba a su barrio. Admito que me sorprendió la capacidad de inventiva de “Shinji” para responder con meticulosidad a las preguntas más extravagantes, además de sacarse de la manga un par de bromas para distraer a los niños, aunque eso no implicaba precisamente que me sintiera más tranquila de su presencia en el mismo salón que mis alumnos.

Después de unos 30 minutos nuestro “policía encubierto” se marchó por donde había llegado, aludiendo que tenía una misión importante por cumplir y recordando a los niños que debían guardar absoluto silencio sobre su presencia en la escuela, razón por la que no podía salir usando la puerta al pasillo. Los pequeños soltaron un grito de júbilo tras sus últimas palabras, “¡Y recuerden que siempre estaremos ahí para proteger y servir!”, y se acuñaron en las ventanas para despedirlo mientras él se escondía entre los arbustos. Sólo entonces pude respirar tranquilamente y me temblaron las piernas, por lo que me senté al escritorio y pedí a mis alumnos que guardaran la calma y continuáramos con las clases. No iba a revelarles la identidad de nuestro “visitante” por dos razones: 1) por miedo a que él fuera a escucharnos y tomar medidas al respecto; y 2) para no asustarlos por el peligro que acababan de correr. El resto de las clases transcurrió con relativa normalidad, aunque yo no podía dejar de asomarme a la ventana para verificar que el convicto se hubiera ido, cosa de lo que no estaba completamente segura. Fueron probablemente las horas más largas de mi vida y me pareció que transcurrió una verdadera eternidad antes de que la campana de la escuela anunciara la hora de salida. Recomendé a mis alumnos que fueran directamente a casa acompañándose entre sí y se excusaran de asistir a sus respectivos clubes y me desparramé sobre la silla al verlos salir por la puerta. Tenía el corazón estrujado por el estrés, intentando decidir lo que debía hacer a partir de ese momento. Cuando recuperé la noción de lo que hacía tenía el teléfono móvil en una mano y una acuciante pregunta en la cabeza: ¿debía avisar a la policía? Me parecía casi improbable que hubieran extendido la búsqueda hasta Tomoeda, pues no había visto más actividad de la normal en la policía de la ciudad, pero al mismo tiempo me daba horror pensar que una balacera pudiera desatarse en la ciudad antes de que todos los estudiantes pudieran estar sanos y salvos en sus casas.

—Si fuera usted no haría eso —di un brinco en mi silla cuando escuché la voz a mis espaldas. Supe de quién se trataba antes de ver la silueta que entraba por la ventana. Por enésima vez se me subió el estómago a la garganta y creo que el poco color de mi piel huyó por completo. El hombre se acercó a mí y me arrebató el teléfono de las manos—. Lo siento, creo que tendré que quedarme con esto.

—¿Por qué sigue en la escuela? —hablé finalmente—. No es un lugar seguro para alguien que quiere ocultarse.

—Es un pueblo condenadamente pequeño, ¿sabe? No me pareció buena idea salir a la calle de día. Cualquiera podría reconocerme por la calle, o al menos darse cuenta que no soy de aquí. Así que lo pensé mejor y creo que sería menos extraño si fuera acompañado de algún local —se recargó en el escritorio y me dirigió una sonrisa astuta que no tardé en reconocer—. ¿Qué le parece, profesora? ¿Está lista para ir a casa?

Si quedaba algo de esperanza en mí, se desvaneció en ese instante, pero en las inmediaciones seguía escuchando las voces infantiles, por lo que no podía atreverme a contradecirlo en el momento y encolerizarlo o estresarlo. Con el fantasma de fuerza que me quedaba en las piernas me puse de pie y lo mentalmente y con un nudo en la garganta de él, imaginando que ésa podría ser la última vez que cruzara por esa puerta. Al menos hubiera querido despedirme de ellos también. Pensé en mis alumnos con la vista nublada por las lágrimas que amenazaban por cerrarse frente a mis ojos. Inhalé profundamente y me forcé a no caer en la desesperación. Si alguien me veía por los pasillos llorando y acompañada de un extraño definitivamente llamaría la atención.

—No necesito decirle que no haga un movimiento en falso, ¿cierto? —metió la mano a la chaqueta para recordarme de la presencia de la pistola (como si la hubiera olvidado) mientras yo me ponía el blazer para salir.

—Descuide, no tengo pensado perder la compostura entre tanta gente —intenté mirarlo con firmeza, pero mi corazón se hizo un gajo de lo que era al llegar cerca de la verja de la entrada principal y ver al niño que bajaba de la rama del árbol junto a ésta. Ambos nos contemplamos en silencio hasta que mi “acompañante” y yo le dimos alcance.

—Hola niño —saludó el convicto, del cual me había olvidado por una milésima de segundo—. ¿Esperas a alguien?

—Sí —ajeno a las típicas respuestas de mi alumno, el convicto frunció el ceño, cosa que no pareció importarle a Ryusei.

—¿A Ayami-chan? —recibí una negativa—. ¿A quién entonces?

—A usted —señaló sin miramientos y, cuando pregunté para qué me necesitaba, su respuesta no pudo ser más inesperada—. Dijo que buscáramos a alguien para ir juntos a casa porque el convicto podía estar cerca, pero usted casi siempre se va sola.

Me quebré en mil pedazos por dentro al escuchar su sincera preocupación por mí, pensando en su infantil ingenuidad que él podría cuidarme de un hombre armado. Mantén la compostura, Tomoyo.

—Muchas gracias, pero como puedes ver nuestro amigo policía se ofreció muy amablemente a acompañarme. Además, es mejor que vayas directo a tu casa y si me acompañaras tendrías que desviarte al consultorio de tu papá, ¿entiendes? —él asintió—. ¿Hay alguien más que te pueda acompañar? —nuevamente asintió y, lanzando un último vistazo al “policía”, se despidió corriendo hacia afuera, donde lo vi reunirse con los tres chicos de cuarto año—. ¡Ryusei-kun! —no me di cuenta que había gritado su nombre hasta que volteó la cabeza y me miró con curiosidad. Entonces carraspeé, dándome cuenta que únicamente quería ver su rostro por un segundo más—. ¡Cuídate mucho! —balbuceé como pude y agité la mano para despedirme. Él hizo lo mismo, aunque no con la misma pesadez en el corazón que yo. Me grabé en la mente la imagen de sus extrañados ojos negros y su pequeña mano en el aire, dando casi por sentado que aquélla sería la última vez que lo vería.

—¿Podemos continuar? —la voz fría  a mi lado me recordó que tampoco tenía tiempo para despedidas.

———

Mi mayor temor al llegar a casa era encontrarme a Touya o a Yukito afuera de su consultorio. Tenía miedo de que alguno de los dos fuera a darse cuenta de que algo estaba mal o de que reconocieran al hombre que iba conmigo, por lo que agradecí que ése no fuera el caso. Una parte de mí lamentó no poder verlos una última vez, pero sabía que era lo mejor.

—No creo que sea momento para arreglarse los dientes —masculló “Shinji” (no podía recordar su verdadero nombre ni él lo había mencionado) cuando me quedé de pie frente a la puerta del consultorio por más tiempo del que debía. Subí entonces las escaleras a mi piso, sintiéndolas más largas e inclinadas de lo que las había sentido jamás. Lancé una última mirada al consultorio, rogando en silencio y desesperadamente, contra toda lógica y sentido de precaución, que alguien saliera de esa puerta y ocurriera algún milagro de película (supongo que me imaginaba a Touya derrotando al convicto con una patada voladora), pero nada ocurrió. Cualquier vestigio de esperanza que pudiera quedarme se esfumó en cuanto la puerta del apartamento se cerró, dejándonos a ambos adentro. Solos.

Él desconectó el teléfono y me hizo guardarlo junto con la computadora portátil y todos mis gadgets en el escritorio bajo llave (que, evidentemente, le tuve que entregar) para asegurarse que no fuera a pedir ayuda a la mínima oportunidad. Prendió el televisor y lo puso en el canal de noticias para estar al pendiente de cualquier nota que pudieran dar sobre él. Fue así como supe que su nombre real era Arata y que cumplía una condena por asesinar al amante de su novia en un ataque de celos. Trece puñaladas. Los vellos de la piel se me erizaron cuando escuché la sangre fría con la que lo había hecho y él me dirigió una sonrisa que me heló las venas.

—Pensar que lo hice por una perra que no valía un céntimo —chasqueó la lengua y caminó hacia la ventana para vigilar la calle—. ¡Ah! Mataría por un cigarro justo ahora —luego me miró con un retorcido placer—, es broma, por supuesto. No tiene, ¿verdad? No veo ceniceros por ninguna parte.

—No fumo —contesté sin moverme de mi lugar, clavada por su mirada y la pistola que bailaba en sus manos. Él se encogió de hombros.

—Pensé en hacerle comprar una cajetilla cuando pasamos por esa tienda, pero uno nunca sabe cuándo a una mujer se le puede soltar la lengua frente al cajero, ¿cierto? —alzó una ceja y cerró un poco las persianas, dejando apenas unas rendijas para poder seguir vigilando la calle sin ser visto desde afuera—. No confío mucho en las mujeres. Podrá imaginarse por qué, ¿o prefiere que le explique?

Me hubiera dado el mismo miedo en ese momento si en lugar de una pistola estuviera blandiendo  un oso de peluche frente a mí. Su mirada parecía irse oscureciendo al compás de la tarde. No dejes que se dé cuenta. Me repetía. Una de las bases del poder es el miedo que puedes provocar a aquéllos a quienes controlas.

—Ya no estamos en la escuela, así que no creo que sea necesario guardar las formalidades. Puedes llamarme Tomoyo si quieres —a cuesta de martillazos internos logré hacer que mi sonrisa casual reapareciera.

—Bien. Llámame Arata —titubeó. Ciertamente no se lo había esperado, así que aproveché ese pequeño desconcierto suyo para relajar mi postura, antes rígida, y comentar que tenía algo de hambre. Con el estómago revuelto lo último que quería pensar era en comida, pero si lograba que él estuviera de acuerdo al menos accedería a que cocinara algo para los dos. El plan funcionó y yo me pasé las siguientes 2 horas y media esmerándome en la cocina, incluyendo una pequeña tarta, lo que fuera para estirar cada minuto lejos del hombre que continuaba postrado frente a la ventana y escuchando el televisor. Pese a que no sentía el sabor de las cosas en la lengua, hice lo que podría ser mi mejor comida en un par de meses. Tenía que ser útil, tenía que convencerlo de que, cualesquiera que fueran sus planes, me mantuviera libre y de una pieza para poder ayudarlo.

Comí poco, pero me obligué a hacerlo mientras él hablaba sobre su ex, el amante, cómo había matado a este último y cómo había sido aprehendido antes de poder hacer lo mismo con ella. Al mismo tiempo devoraba bocado tras bocado como si no lo hubiera hecho en años. Incluso se permitió elogiar el plato principal y yo le sonreí el cumplido. Hiciera lo que hiciera, no podía permitir que él percibiera mi miedo. Ni mi sonrisa ni mis manos podían temblar y supe que mi plan había funcionado cuando se ofreció a ayudarme a recoger la mesa.

—¿Sabes? Había pensado en darte un tiro, tomar tu auto y salir a medianoche hacia el pueblo más cercano —comentó tras dejar la vajilla en el fregador, como quien dice “hoy había pensado en ponerme la camisa azul, pero luego vi la verde y cambié de idea”, y con la misma sonrisa fría agregó—, pero creo que será mejor que manejes tú. Es menos sospechoso ver un auto con dos personas, además de que así puedes cocinar más para mí. Además… —yo ya comenzaba a sopesar la idea de si no habría sido mejor dejarlo meterme un tiro en la cabeza y ya, cuando lo vi ponerse a mis espaldas y sentí sus manos en mis hombros—. Hace mucho que no estoy con una mujer. Y la última… esa perra, no era ni la mitad de bonita que tú, linda.

No dejes que se dé cuenta. Volví a repetirme mientras cerraba los ojos al sentir su aliento contra mi oído y sus manos deslizarse por mis brazos.

—Si haces otras cosas tan bien como cocinas, tengo que verlo —susurró mordisqueando mi cuello con la fuerza de un apetito prolongado—. Qué rica estás —agregó tras saborear mi piel erizada con su lengua. Estuve a punto de ahogar un sollozo de desesperación que me tuve que tragar y se atoró en mi garganta como una bola de alambre. No dejes que se dé cuenta.

—¿Estás seguro? Suelo ser muy ruidosa, y mis vecinos saben que vivo sola, así que les puede extrañar si nos llegan a escuchar —insinué con una media sonrisa y él me tomó del mentón. Se relamió los labios a centímetros de los míos.

—Lo sabía, mujeres como tú parecen muy inocentes jugando a la maestra perfecta, pero son unas fieras salvajes en la cama.

—¿Has estado antes con alguien como yo? —pregunté con la mejor voz que pude expulsar de mis pulmones sin aire. Tenía que evitar cualquier silencio, cualquier oportunidad de continuar.

—No. Siempre hay una primera vez —sugirió apretando una de mis nalgas.

—Entonces… —comencé yo mordiéndome el labio y colocando una mano sobre su pecho, empujándolo con la mayor sutileza que pude—, quizá haya un par de cosas que debas saber —insinué con una sonrisa, procurando simular docilidad mezclada con un poco de control. En un desvarío recordé mi actuación en el departamento de Eriol y me pregunté por qué diablos siempre terminaba fingiendo esta clase de papeles en las situaciones más insospechadas. Su mirada, antes fría, lanzó un destello que me causó más pavor que su relato sobre cómo mató al que había sido su amigo hasta que se había metido entre las piernas de su ex.

—Enséñame entonces —gruñó lanzándose contra mi blusa y comenzando a desabotonarla, rompiendo algunos botones en un desesperado afán que me hizo apretar los dientes al darme cuenta que no había más minutos a los que pudiera agarrarme para dilatarlos. Era momento de decidir si de verdad quería seguir viviendo o morir de una vez. Sabiéndome perdida, me rendí a la miseria y mis esfuerzos quedaron limitados a hacer lo posible por no romper en llanto. Él me apretó contra su cuerpo y se inclinó para decirme algo al oído cuando el sonido del timbre nos detuvo en seco. Sus músculos se tensaron nuevamente y sus ojos me volvieron a observar con ese aire helado y sediento de sangre. “Te dije que no intentaras contactar a nadie”, parecían decir.

—No pude llamar a nadie, tú tienes mi teléfono —le recordé en un susurro—. No sé quién pueda ser.

—¿A esta hora? —me siguió mirando con suspicacia—. Finge que estás dormida.

—¿Con todas las luces prendidas? —pregunté en un atisbo de cordura y él se dio una palmada frustrada en la frente. Entonces me señaló con el arma e hizo un gesto hacia la salida.

—Ve, pero recuerda que te estaré vigilando desde acá. Si veo cualquier intento de decirle algo o si comienzas a susurrar… —asintió una vez con la cabeza, dejando en claro que no necesitaba continuar. Di una cabezadita en señal de entendimiento  y caminé a la puerta, arreglándome la blusa como pude pese a los botones desprendidos. Mi sorpresa no pudo ser mayor al encontrarme con quien estaba al otro lado.

—¿Yue-san?

—Llamé a tu teléfono para avisar que venía, pero dice que está fuera de servicio —señaló a modo de saludo—. Necesito pedirte las llaves del consultorio. Mi hermano olvidó algo y me pidió que pasara a recogerlo cuando saliera de trabajar.

Era tal el estado de mis nervios y mi sorpresa de verlo allí que en ese momento no recaí en dos cosas: por primera vez Yue daba explicaciones antes de pedírselas (aunque tiene sentido si llegas a las once de la noche a casa de alguien a pedir unas llaves) y finalmente había aclarado frente a mí su relación con Yukito, el único en ese consultorio que podía ser su hermano. Esa noche me limité a asentir y tratar de actuar natural al decir que las llaves estaban en mi cuarto, que iría a buscarlas y que él podía esperarme en el recibidor. Al caminar a mi habitación percibí de reojo la mirada de advertencia que venía desde la cocina.

No sé cuánto tiempo pasé en la recámara. Seguramente no fueron más de dos minutos, pero lo que pasó en cada segundo alcanzaría para relatar un día entero. Las piernas me temblaban y mis labios casi sangraban al morderlos para no gritar, debatiéndome entre pedir ayuda a la única persona a mi alcance, preguntándome si sería el último rostro familiar que vería mientras estaba con vida, pero al mismo tiempo convencida de que él no podría hacer nada por ayudarme y sólo terminaría haciendo que lo mataran también. Después de todo, ¿qué podría hacer él contra un asesino con pistola en mano? Sin embargo él seguía siendo mi última esperanza y se iba extinguiendo como arena entre mis dedos con cada segundo que pasaba en silencio. En mi agitación, las llaves cayeron de mi mano al tomarlas del cajón, pero al              agacharme al recogerlas el susto de mi vida me hizo caer de espaldas al escuchar una detonación.

¡No!

—¡Yue-san! —salí corriendo con el corazón en la garganta, recriminándome por no haberme inventado algo para mandarlo a casa, por haberlo expuesto a…— ¿Qué… pasó aquí? —me detuve en seco al ver la figura del convicto inconsciente sobre el suelo y a Yue sacándose el cinturón—, ¿Qué… qué haces?

—Voy a inmovilizarlo —contestó con naturalidad, como si no hubiera una pistola humeante abandonada bajo una mesa y un hoyo de bala en el techo, por no mencionar al tipo de bruces en el piso.

—Pe-pero… ¿cómo…? —abrumada, no pude continuar y me deslicé de rodillas hacia el suelo—. ¿Está vivo?

—Claro —frunció el ceño con cierto fastidio, indicando en silencio que no sería tan estúpido para tomarse la molestia de inmovilizar a un cadáver.

La siguiente hora fue una sucesión de patrullas y ambulancias llegando a mi casa (la llamada al número de emergencias la había hecho Yue); curiosos acercándose envueltos en sus batas de dormir; policías e inspectores preguntándome qués, cómos, cuándos y dóndes; uno que otro reportero haciendo lo mismo mientras entraban a mi casa como si nada y la bañaban con los flashes de sus cámaras; peleas entre éstos y los policías por interferir en la investigación; luces, luces y más luces y unas ganas irrefrenables de vomitar lo poco que había comido. Entre “¿Cómo se siente señorita?” y “Puede descansar, la esperamos mañana en la comisaría para escuchar su declaración”, yo seguía con la sonrisa congelada, esgrimiendo varios “Estoy bien, gracias” y un montón de “Sí, inspector” aquí y allá, preguntándome cuándo podría quedarme sola finalmente, aunque cuando el ulular de la última patrulla se perdió en la madrugada y me encontré en la entrada de mi piso vacío, supe que no sería tan fácil apagar las luces y cerrar los ojos hasta el amanecer. Ni siquiera me había terminado de separar de la puerta cuando unos toques llamaron nuevamente. ¿Otro reportero? Pensé al no haber escuchado la sirena, pero una sorpresa más me esperaba al otro lado de la puerta.

—¡Touya!

—Uno de los vecinos me avisó que la policía estaba en el consultorio. Creyeron que alguien había entrado a robar y me llamaron —pasó sin esperar a ser invitado y se descalzó cerrando él mismo la puerta—. ¿Cómo estás?

—Bien —repetí lo mismo por enésima vez, con la misma sonrisa que me estaba matando, pero Touya frunció el ceño y pasó un dedo por mi mejilla, haciéndome sentir la humedad en mi piel. No me había dado cuenta que había estado llorando antes de que él llegara.

—Sí, seguro —entornó los ojos y me llevó al sofá, obligándome a sentarme a su lado—. Entonces todo hubiera estado de maravilla aunque Yue no llegara, ¿cierto?

Esto me hizo recordar lo que precisamente había estado pasando en el momento en que Yue nos interrumpiera y me llevé una mano al cuello, sintiendo una vez más la lengua deslizándose en mi piel. Mi otra mano se aferró inconscientemente a los cabos de mi blusa con sus hilos deshilachados en lugar de botones. Touya tomó la mano en mi cuello y me hizo apartarla. Sólo cuando escuché su bufido me atreví a mirarme en la pantalla de mi celular (nuevamente en mi posesión) y vi la marca morada en la piel.

—Yue-san… lo dominó en un instante —tartamudeé en un intento por evitar hablar de lo evidente—. Él es el maestro de  kung-fu del que habías hablado antes, ¿verdad? El que entrena a Ryusei-kun…

—Sí.

—Ah… debe ser muy bueno —quise continuar con nuestra pantomima de conversación, pero mi mano seguía tratando de cubrir mi cuello con movimientos nerviosos y Touya volvió a tomarla para sofocar el temblor, aunque esta vez no la apartó.

—Lo es… bastante —suspiró y de reojo le vi fruncir el ceño—. Tomoyo, no llegué hace cinco minutos. Estuve media hora viendo cómo respondías a los policías y los guiabas por la casa, sirviéndoles té y ofreciendo galletas y unas sonrisas patéticas a la prensa, pero parecías más perdida que un perro en altamar, así que preferí esperar a que se fueran antes de acercarme a hablarte —confesó apretando mi mano y me tomó del mentón para mirarlo, cosa que intenté eludir, pero me sujetó hasta que consiguió que mis ojos subieran a los suyos—. Sólo te recuerdo que el mundo no se va a acabar si dejas de sonreír por una noche. Enójate, llora, haz lo que quieras. También tú tienes ese derecho.

No me hables así, por favor. Una Daidouji no llora.

¿Acaso no sentiste miedo?

Me quebré fuerte, ruidosa y largamente, como no lo había hecho probablemente desde que tendría unos cinco años. Ni siquiera supe si me abrazó para consolarme o para detener los espasmos que me sacudían. No sabía si lloraba para liberar el constante estrés de todo el día, de rabia por sentir el rastro de ese aliento fétido en mi piel, de frustración al saber que no había sido capaz de defenderme, de miedo por lo que pudo haber pasado o de alivio porque finalmente había acabado. No tenía idea de nada, pero me abandoné como no recordaba haberlo hecho en mi vida. Me perdí en una nube de llanto incoloro, más cerca de los brazos de Touya que de mí misma. No sé cómo le hizo para acercarme la cantidad de pañuelos que terminaron regados por el piso, pero él no se movió de su lugar ni volvió a hablar en lo que pudo ser media o una hora. Ninguno de los dos lo hizo hasta que dejé de convulsionarme en sollozos y todo quedó en silencio sobre el sofá de la sala. No me preguntó si ya me sentía mejor, pero la verdad es que sí: sentía que el peso que me había caído encima por la mañana y había ido creciendo hasta volverse una montaña indomable se había derrumbado de mis hombros, desbarrancándose hacia el vacío. En cuanto volví a ganar consciencia de mí misma y de dónde estaba lo primero que me vino a los labios fue una única e irónica carcajada. Me di cuenta que, comparado con lo que había vivido esa noche, cualquier temor o convención social que me tuviera atada hasta ese momento había quedado reducido a cenizas.

—Debo verme terrible después de llorar así.

Sólo entonces Touya se apartó de mí un momento y me dedicó una mirada rápida seguida de un esbozo de media sonrisa que no hacía mérito a las que lo caracterizaban.

—Así es, pero te he visto en peores condiciones.

—Lo dudo —bufé moqueando tras otro pañuelo.

—¿Quieres que le preguntemos a mi baño? ¡Oye! —exclamó cuando le arrojé el pañuelo con el que me acababa de limpiar la nariz—. ¿Dónde quedaron sus modales, profesora?

Siempre había detestado la forma en que arrastraba la voz cuando decía esa palabra. Él sabía perfectamente cómo hacerme rabiar y actuar como un crío… y ni siquiera uno como Ryusei, y nunca le estuve más agradecida por ello.

—Los dejé en algún cajón, sólo por esta noche. Después de todo, el mundo no se vendrá abajo por una noche, ¿cierto?

—Cierto. Esta noche es tuya —comentó como si nada y comenzó a revolver mi cabello como lo había visto hacerlo con Sakura antes, pero lo detuve tomando su mano con una de las mías y grabé para siempre en mis pupilas la cara de desconcierto que puso al verme sonreír.

—Que así sea —me impulsé y lo besé. En esta ocasión fue su turno de permanecer tieso por la sorpresa antes de darse cuenta de lo que estaba pasando y juntar el coraje para separarse apenas lo suficiente para susurrar contra mi rostro.

—Tomoyo, no ahora. No quiero que mañana pienses que me aprove… — le hice callar con un dedo. No le dejaría detenerme mientras me sintiera lo suficientemente fuerte para hacerlo.

—¿Tú? —dejé escapar apenas un gajo de risa que le hizo alzar ambas cejas—. Prefiero pensar que soy yo la aprovechada.

Touya no volvió a protestar después de eso, aunque tampoco le di mucha oportunidad de hacerlo.