22. Ten cuidado con las buenas intenciones de algunos

Después del cumpleaños de su sobrino, Sakura me había invitado a cenar en su casa el sábado siguiente. Sobra decir que no pude ni quise negarme a semejante oportunidad, de modo que a la semana siguiente me presenté en su portal con una de mis mejores obras de repostería en las manos, que extendí hacia ella en el momento en que su cara asomó por la puerta.

—¿Lo hiciste tú? ¡No tenías por qué molestarte!

Me entretuve con su gesto cohibido pero fascinado mientras me descalzaba a la entrada.

—Es lo mínimo que puedo hacer para no desmerecer la cena preparada por la dulce Sakura —repliqué con voz soñadora, sabiendo de antemano el efecto que la adulación tendría en mi penosa anfitriona. No podía evitarlo: si tan sólo fuera un poco menos inocente y tierna no sería tan irresistible provocar esos accesos que la hacían abochornarse de pies a cabeza. Me invitó a la sala y me ofreció un poco de té. La cena estaba lista, pero aún faltaba que llegaran los demás—. ¿Los demás? —pregunté. No sabía que habría alguien más aparte del matrimonio Li.

—El tren de Syaoran sufrió un retraso, y Touya acaba de llamar para avisar que Ryusei tuvo un accidente mientras jugaba con sus amigos y se van a tardar un poco.

—¿Un accidente?

—Dice que sólo son unos raspones en una mano y las rodillas —me tranquilizó inmediatamente—. Touya le limpiará las heridas y se las tratará como deba hacerlo. Él es muy bueno para eso, ¿recuerdas que él te atendió en la playa?

—Sí, claro —¿Cómo olvidarlo? Me pregunté. Pero recordarlo también me hizo pensar en lo otro—. También Yukito-san debe ser bueno, después de todo es pediatra ¿no? Aunque ese día en la playa nadie mencionó que lo fuera. De hecho…

—¡Oh, sí! Por supuesto, si Ryusei necesitara más atención, Touya no tardaría en llamar a Yukito —rio Sakura—. Espera aquí, traeré el té enseguida —y con esto desapareció hacia la cocina dejándome a mis anchas para mirar su acogedora sala, que parecía tener un poco de ambos esposos. Al menos podía adivinar cuáles libros en la estantería pertenecían a Syaoran y cuáles a Sakura, así como las piezas de fina porcelana china (seguro regalo de bodas de algún miembro de la familia), que de alguna manera no parecían desentonar en absoluto con el resto de la sencilla decoración. Me senté en el sofá, contemplando la figurita de un conejito de madera que descansaba en la mesita de al lado, cuando una sombra acercándose a la mesa ratona captó mi atención.

—¡Ah! Así que tú eres el famoso Kerberos —me reí al ver el gato del que me había hablado Ryusei y que definitivamente no hacía honor a su nombre mientras olisqueaba las galletas que Sakura había puesto al centro de la mesa.

—¡Kero, no! —vino la voz de su dueña al fondo justo cuando el animalillo se alzaba sobre sus patas para asomarse a ver lo que había sobre la madera—. ¡Eres un glotón! Le acabo de dar de comer, pero le encantan las cosas dulces —dijo esto último dirigiéndose a mí mientras dejaba dos tazas de té para ambas.

—Ryusei-kun me comentó que Touya se estuvo haciendo cargo de él mientras vivías con tu padre —dije mientras el gatito se restregaba mimosamente contra mis piernas—. Quizá le daba muchas golosinas.

—Pero a Touya no le gustan los dulces. Tampoco a Ryusei —analizó—. De tal padre, tal hijo ¿cierto?

—Si eso fuera cierto, entonces una ternura como Ryusei-kun tendría que ser adoptada —bromeé y Sakura rio conmigo.

—Tienes razón, mi hermano puede ser un auténtico ogro, ¡si no lo sabré yo! Pero… —se quedó contemplando la misma figura que yo había estado admirando momentos antes— a veces puede sorprenderte. Por ejemplo —dijo estirando la mano hacia el conejito para tomarlo—, cuando entré a la escuela media me dejé arrastrar al club de manualidades. A mis amigas les llamó la atención y nos inscribimos juntas, pero la verdad es que yo era un auténtico fracaso. Por las tardes intentaba mejorar las cosas que trataba de hacer en el club, pero generalmente sólo terminaba empeorándolo.

—¿Qué dices? Este conejito es precioso —intenté replicar, incrédula, pero Sakura simplemente sonrió y lo volvió a colocar en su lugar.

—Claro que lo es, porque Touya lo hizo —se detuvo unos segundos para ver mi expresión de asombro y continuó—. Él ya estaba en la universidad para entonces, pero cada vez que venía de visita se sentaba conmigo y trataba de ayudarme con lo que tuviera entre manos, sin importar si era la tarea o unos papeles de origami, unas pinturas o una figura de madera. Se sentaba horas conmigo a cambio de trueques ridículos, como hacerme lavar los platos (que de todas formas yo lavaba todos los días desde que se había ido de la casa) o preparar la cena. A veces sólo se conformaba con llamarme monstruo y hacerme rabiar —rio.

—Admiras mucho a tu hermano —sonreí—. Si él lo supiera, seguramente no dejaría de jactarse al respecto.

—Por eso esto debe quedar entre tú y yo —me guiñó un ojo, pero luego su alegría pareció apagarse en un repentino suspiro, mirando esta vez la taza de té en sus manos—. A veces me parece que está muy solo. Es decir… tiene a Ryusei, pero creo que no le haría mal conocer a alguien, que forme una familia, que tenga una mamá para Ryusei…

—Eso solamente él lo puede decidir. Además, tampoco es un monje. Tendrá algunas amigas, ¿no? —por supuesto, alguien como él no podía dejar de llamar la atención del sexo opuesto.

—Pero nunca ha tenido una relación seria después de Nakuru. Además… —en ese momento escuchamos la puerta principal abrirse—. ¡Debe ser Syaoran! —saltó de su lugar y se apresuró a recibir a su esposo. Entonces me pareció entender a lo que Sakura se refería: ella quería que su hermano pudiera ser tan feliz con alguien más como ella lo era con su marido. Esa chispa de alegría que brillaba en sus ojos verdes ante la presencia de alguien a quien no se cansaba de ver pese a estar con él todos los días. Definitivamente eran la pareja perfecta, pensé al verlos entrar a ambos a la sala. No necesitaban traer una sonrisa pintada en la cara para que uno se diera cuenta del brillo en sus miradas. Claro, incluso a mí me gustaría tener una probada de eso al verlos así.

No pasaron quince minutos antes de que llegaran Touya y Ryusei quienes, a  juzgar por sus rostros al verme, habían estado tan informados de mi presencia  como yo de la suya.

—No dijiste que habría más invitados, monstruo —vociferó Touya obteniendo como respuesta inmediata una patada en la espinilla que hasta a mí me hizo cerrar los ojos. Ryusei, por su parte, se acercó a mí.

—¿Cómo están tus heridas? —pregunté al ver sus manos vendadas. Él alzó las palmas para mirárselas y volvió a bajarlas para esconderlas tras de sí.

—Bien, gracias. ¿Ya conoció a Kero?

Al ver su renuencia a hablar mucho sobre el tema, preferí seguir su conversación.

—Sí, es muy cariñoso. Pero eso me recuerda… ¿fue por él que me regalaste a Tenshi? Nunca lo vi en tu casa, pero imagino que para entonces Kero seguía al cuidado de ustedes, ¿cierto?

—Cierto.

—¿Qué ocurre, profesora? No me irá a decir que había pensado que Ryusei le había dado su premio en la feria como una muestra de admiración —se mofó Touya con su tono habitual cada vez que incluía ese título en un enunciado.

—No diría “admiración” —lo enfrenté—, sino cariño. Además, el que lo haya hecho por una razón no excluye a la otra, ¿cierto, Ryusei-kun?

—Cierto —asintió él naturalmente y caminó a la cocina sin molestarse en aclarar realmente cuáles habían sido sus intenciones. Touya me lanzó una sonrisa divertida, seguramente pensando lo mismo que yo: si había alguien capaz de dejarnos en ascuas a los dos, ése debía ser su hijo.

La cena pasó más tranquilamente de lo que había imaginado, salvo algunos comentarios de Touya hacia su hermana que terminaban acallados por un golpe seco bajo la mesa que le hacía proferir una queja casi muda y entre dientes, además de las batallas campales que cruzaban la mesa de un extremo a otro en forma de miradas asesinas entre ambos cuñados. En este momento debo aclarar que, lejos de ser una atmósfera incómoda, resulta de lo más gracioso ver la interacción que existe en esta familia, especialmente cuando es coronada por la inamovible paciencia de un niño de nueve años que continúa su comida con el decoro del que los otros adultos no pueden hacer alarde. A la hora del postre, Sakura partió el pastel que yo había traído y lo repartió por partes iguales sin salvarse del comentario “casual” de su hermano hacia el niño sobre no probarlo antes que su tía, sólo en caso de que estuviera envenenado.

—La tía Sakura no envenenaría la comida, papá —replicó Ryusei y Sakura alzó el mentón.

—Además, el pastel no lo hice yo, sino Tomoyo.

—Con más razón.

—No te preocupes, Ryusei-kun, si quisiera envenenar a tu padre lo haría en algo que solamente él comería. Además, existen otras formas más sutiles —sonreí con toda la inocencia que semejante frase me podía conceder mientras mi alumno daba una mordida a su pedazo.

—¡Está delicioso! —exclamó—. Sus pasteles son aún mejores que los del tío Yukito.

Pese a no ser muy adepto a los dulces, Ryusei parecía tener muy buen diente para la repostería y siempre parecía feliz de probar mis recetas. No podía pedir más para considerarme satisfecha y sonreí.

—¡Es cierto! Hermano, vas a tener que admitir que Tomoyo es una gran cocinera —Sakura le señaló con el dedo y un ceño marca Kinomoto—. Tomoyo, cuando te cases vas a convertir a alguien en el hombre más feliz del mundo.

—Y diabético.

—¡Hermano!

—Pero… ¿la diabetes no es muy peligrosa? —Ryusei nos miró a todos con esa expresión preocupada y confundida de un niño de su edad que se toma algo muy en serio.

—Y perfectamente prevenible —le contesté—. No voy a estar haciendo pasteles todos los días, así que mi marido no tendrá de qué preocuparse.

Mi declaración fue acompañada por un silbido del lado más silencioso de la mesa.

—Parece que alguien se ha encontrado con la horma de su zapato. Digas lo que digas, Tomoyo siempre tendrá una respuesta adecuada.

Touya comenzaba a irritarse al verse rodeado desde cada frente, hasta que me puso sus ojos negros encima, anticipando una sonrisa casi malévola que poco a poco se fue abriendo paso en sus labios. Antes de que empezara a hablar ya podía imaginar lo que iba a decir, y ciertamente no me equivoqué:

—Tienen razón, aunque eso no significa que nuestra estimada profesora pueda controlar sus pensamientos tan bien como sus palabras.

De nuestro siguiente diálogo nadie pareció darse cuenta, pues ni una palabra salió de nuestras bocas mientras nos dedicábamos una sutil guerra de miradas.

“Hijo de… ¿quieres decirles que te he soñado desnudo? ¡Adelante!”

“Con que yo lo sepa es más que suficiente.”

“¿No querías reestablecer tu posición de macho omnipotente frente a tu hijo?”

“¿Para qué? No la he perdido aún.”

“Yo no estaría tan segura de eso.”

“¿De que soy un macho omnipotente o de la opinión de Ryusei?”

“De ninguna.”

“La primera la podemos comprobar cuando gustes.”

A los ojos de cualquiera parecería un diálogo muy elaborado para llevarse a cabo sin palabras, pero la forma en la que alzó la ceja y su sonrisa cuando me puse de pie eran la señal más clara de que no había otra interpretación. Eso… y el hecho de que, sin siquiera darnos cuenta, habíamos sido abandonados por los otros tres. ¿Exactamente cuánto tiempo habíamos permanecido en nuestro mudo ajedrez de miradas? No sabría decirlo, pero Touya pareció tan extrañado como yo cuando miró a su alrededor.

—Sigue soñando —sentencié dirigiéndome hacia la puerta.

—¿Aunque no lo haga tan bien como tú?

—Tienes razón, la imaginación no te alcanzaría —me encogí de hombros, pero él no perdió la oportunidad de tener la última palabra antes de dejarme salir a unirme con los otros:

—No, pero al menos ya tengo un corsé y un liguero en mente que seguramente me ayudarán.

—¿Se siente bien señorita Daidouji? Se ve muy roja de repente —fueron las siguientes palabras que me recibieron en la sala.

————

Avanzada la velada, Ryusei y Syaoran movieron uno de los sofás de la sala para hacer más espacio en ella y ponerse a practicar algunas posiciones de lo que a mis ojos pareció kung-fu, o algún arte marcial chino, como Touya lo había llamado la última vez. Era casi paternal el empeño que ponía Syaoran en utilizar movimientos que no fueran a lastimar a Ryusei con las heridas que traía en manos y rodillas mientras éste, a cambio, le correspondía tomando con seriedad cada corrección por parte de su tío, que no perdía la oportunidad de dedicarle algunas miradas furtivas a Touya, seguramente pensando lo mismo que los demás: en aquel día en que su pequeño aprendiz había derribado al mastodonte sentado a mi lado. Al cabo de unos diez minutos Sakura desapareció en la cocina y sólo quedamos Touya y yo en el sofá. Pese a la presencia de los otros dos frente a nosotros, la concentración que ellos ponían en lo suyo me hacía sentir que había una burbuja entre nuestro mueble y el improvisado dojo que habían armado. Una burbuja que me dejaba a solas con él. Si acaso era la única que lo pensaba, dejó de ser un secreto cuando pasé saliva, porque fue tan seco y sonoro mi trago que sentí cómo Touya me miraba de reojo y con esa expresión analítica con la que parecía descubrir hasta mis más íntimos secretos.

—¿Incómoda?

—¿Por qué habría de estarlo con tan buena compañía? —ironicé y él se encogió de hombros.

—Tienes razón, a menos que prefieras que…

—Si haces una broma más sobre quitarse la ropa, gente desnuda, fantasías o algo similar, le pediré a Ryusei-kun que me haga una demostración de cómo pudo derrotar a su enorme padre —le advertí con voz baja y una sonrisa tan bien lograda que cualquiera habría pensado que manteníamos una charla de lo más amena. Touya alzó ambas cejas y volvió a cerrar los labios. Hacía tanto tiempo que no atinaba a adelantarme a sus pensamientos que hubiera querido soltar una carcajada con mi último touché, pero opté por el triunfo silencioso y, más importante, en mantenerlo antes de que a él se le ocurriera la manera de revertirlo y usarlo a su favor, así que volví mi mirada inmediatamente a los otros dos y continué como si el tema de mis sueños pervertidos (o la forma en la que él pensara en que lo había imaginado) no hubiera sido sugerido en absoluto—. Syaoran realmente es hábil en las artes marciales. Tú mismo lo reconoces, ¿cierto? Dudo mucho que permitirías a cualquiera enseñar a tu hijo si tú mismo pudieras hacerlo mejor —reí—. Con esto queda claro quién de ustedes es el mejor peleador —puse el dedo en la llaga con una sonrisa de azúcar, pero Touya ladeó la cabeza alzando una ceja misteriosa.

—Me temo que en eso te equivocas. Ese mocoso no es el único que entrena a Ryu. Después de entrenar con él unos meses ya no pudo continuar entre el trabajo y el asunto de la boda. Ahora solamente lo ayuda a corregir algunos movimientos de vez en cuando.

—¿No? Entonces ¿quién es el que le enseña? —lo miré de frente y mi rostro debió ser la muestra del más mudo asombro. Lo señalé con un dedo sin poder articular el “¿tú?” en mi mente y una sonrisa de macho orgulloso reptó por sus labios y deambuló en silencio por espacio de unos cinco segundos, hasta que finalmente se encogió de hombros y se recostó con desgane contra el respaldo del sofá.

—No. Mi estilo es diferente al del mocoso, pero hay alguien más que maneja el kung-fu aún mejor que él.

—Ya me imaginaba que no podías ser tú.

Touya alzó una ceja curiosa.

—¿Acaso la profesora cree que no soy lo suficientemente bueno para enseñar algo a mi hijo?

Reconocí la intención del mismo macho soberbio que se había relamido los bigotes al hacerme admitir mis fantasías sobre él, pero hoy no estaba tan dispuesta a dejar ir el control tan fácilmente, así que solté una risita casi tierna, pero con un secreto trasfondo de ultratumba que sólo un vampiro como él reconocería, e incliné la cabeza hacia un lado con aire despreocupado.

—¿Es que acaso la opinión de la profesora debería importar? Si es así, me parece que alguien me concede demasiada importancia.

Jaque. Pero mi astuta respuesta quedó en el aire por mucho más tiempo del que esperaba antes de encontrar una réplica igualmente inesperada:

—Tienes razón —analizó él con la misma falta de entusiasmo que un economista en el noticiero de la noche—. Eso no traería nada bueno.

A diferencia de otras ocasiones, no había luchado por recuperar su posición de rey del ajedrez y dejarme teñida de rojo y maldiciéndolo entre dientes, pero el sonido hueco que creí escuchar en mi interior me hizo pensar que hubiera preferido eso a escuchar su reflexión y verlo con los ojos abstraídos en las siluetas de su hijo y su cuñado moviéndose a un compás, como dos sombras hipnóticas danzando entre sus últimas palabras. Eso. No. Traería. Nada. Bueno.

El tema murió, así como cualquier otro que hubiera podido surgir, así que hice algún comentario casual sobre Sakura tardando en regresar y me ofrecí a buscarla, aunque su falta de respuesta me dio a entender que había hablado en vano e igual me puse de pie y caminé a la cocina para encontrarme con Sakura sacando un plato del lavavajillas para secarlo con una toalla antes de colocarlo en su lugar.

—¿Necesitas ayuda?

—¿Eh? —se volteó, sorprendida, y casi tira el plato que tenía entre manos de no ser por un torpe pero afortunado malabar con el que terminó salvándolo de milagro—. ¡Ah, Tomoyo! Pues… no, gracias, estoy bien.

Su titubeo había sido tan evidente que hubiera sido suficiente por sí solo de no tener mis sospechas ya. Haciendo caso omiso de su negativa me acerqué y tomé otra toalla.

—Está bien, no necesitas fingir que estás ocupada. Sé cuáles son tus intenciones, Sakura-chan —susurré y la sentí tensarse a mi lado.

—¿D-de qué hablas?

—Espero que no digas que has estado sacando los platos de la máquina, porque aún sigue llena —intenté no reír y cogí un vaso para secarlo—. No quería creerlo, pero la verdad es que me estado dando cuenta de tus esfuerzos por dejarme a solas con Touya esta noche, además de todos esos comentarios sobre lo buen hermano y padre que es, o sobre lo solo que está. Incluso me atrevería a decir que no sólo ha sido esta noche. Desde el cumpleaños de Ryusei-kun me pareció sospechoso que me invitaras sin decirle nada a tu hermano y me hicieras creer que todo era una sorpresa para que no le dijera a Ryusei-kun que iría al museo con ustedes. ¿Me equivoco?

El sonrojo de Sakura bastaba para saber que estaba en lo cierto. Tomó otro plato y comenzó a secarlo una y otra vez nerviosamente.

—¿Crees que Touya también lo haya notado?

—No lo sé, a veces parece que tiene un tercer ojo para algunas cosas —bromeé—, pero no sé si se le ocurriría sospechar que su hermana quiere encontrarle pareja… a menos que lo hayas hecho antes —la miré de soslayo y ella alzó ambas manos, una con el plato y la otra con la toalla.

—¡No, nunca! —plato y toalla fueron abandonados sobre la barra de la cocina—, ¿y tú, Tomoyo? Quiero decir… ¿te molesta?

¿Me molestaba? No tenía qué preguntármelo para saberlo, pero al ver esos enormes y hermosos ojos verdes simple y sencillamente era imposible culparla a ella.

—No creo que haya nada que puedas hacer que sea una molestia para mí, Sakura. Aunque confieso que sería aún más incómodo si se tratara de cualquier otra persona.

Sakura se mordió el labio y suspiró.

—“Incómodo”, ¿quiere decir que… que… no te gusta mi hermano?

—Nunca dije eso.

—¿Entonces…?

—Tampoco he dicho que me guste —sonreí sin poder evitarlo tras ver ese atisbo de emoción comenzando a asomarse por su rostro—. De cualquier manera, no es importante. Sea lo uno o lo otro, ¿no crees que deberías saber qué piensa tu hermano al respecto antes de intentar buscarle una pareja?

—Lo sé, pero… Touya nunca va admitiría algo así, por más que se lo preguntara —esta vez hizo un puchero de lo más lindo y yo volví a respirar tranquila al conseguir salir avante de tener que admitir que, en efecto, Touya me gustaba, y al descubrir nuevamente a esa Sakura preocupada por su familia, a la eterna pero amorosa rival del hermano mayor al que admira y quiere ver feliz—. ¿De… de qué te ríes? —no me di cuenta que lo estaba haciendo hasta que ella lo preguntó. Entonces me encogí de hombros y meneé la cabeza sintiéndome más relajada.

—¿Sabes? No puedo imaginar que, en algún universo alterno, esta conversación sería diferente.

—¿De qué estás hablando?

—Viendo lo despistados que pueden llegar a ser tú y Syaoran siento que, de habernos conocido algunos años antes, me hubiera encantado llevar el papel de celestina entre ustedes dos, aunque —le guiñé un ojo—, probablemente me habría terminado enamorando de ti antes que él.

Su risita nerviosa llegó acompañada de un encantador color carmín que me hizo pensar en Sakura como la única Kinomoto capaz de sonrojarse por cualquier nimiedad. En comparación, la imagen de Touya y Ryusei haciendo lo mismo me era básicamente imposible. Para tranquilizar a mi apenada amiga, le sonreí  en tono de broma.

—No te preocupes, aún así nunca me interpondría entre ustedes dos. Ya sea en éste u otro universo, tú y Syaoran son la pareja perfecta. Yo soy más del tipo que se siente satisfecho con ver a la persona que ama feliz, aunque sea con alguien más.

El rostro de Sakura recuperó su color en un segundo y su expresión se tornó seria.

—¿Estás segura de que eso te haría feliz? A mí me parece un poco… no sé cómo decirlo —se mordió el labio, pensativa—. ¿No se te ocurriría pensar en que tú podrías hacer a esa persona más feliz? No me lo tomes a mal, pero no te imagino como la clase de persona que se rinde antes de intentarlo primero.

—Bueno, más que rendición yo lo llamaría velar por el bien de otro, ¿no te parece? —le respondí a la ligera y con una sonrisa, apenas ocultando el verdadero efecto que habían tenido sus palabras en mí. Sakura a veces puede dar aspecto de ser una mujer ingenua y hasta un poco aniñada, razón por la que su caudal de pensamientos puede tomarte por sorpresa en cualquier momento.

—¿Te gustaría ver a mi hermano con otra mujer? —preguntó tímidamente y yo me ocupé con otra taza al notar que la que tenía en la mano ya estaba más seca que un desierto. Suspiré al entrar nuevamente en el tema del hermano.

—Quizá la pregunta adecuada sería si eso debería importarme en primer lugar —señalé sin abandonar mi perfecta máscara de alegría y confidencia. Me di cuenta que, aún frente a Sakura (o quizá especialmente por tratarse de ella), seguía sujetándome a mi faceta de siempre con garras y dientes.

—¿Y no te importa?

No me mires así, por favor.

—¿Te gustaría que así fuera? —intenté responder con otra pregunta a sabiendas de que no hacía más que dar vueltas una y otra vez. Por alguna razón irrisoria, parecía aún más difícil admitirlo frente a ella que frente al mismo Touya. De sólo pensar en hacerlo se me secaba la garganta.

—No sería la única. Ryusei estaría encantado, ¿sabes? Él te quiere mucho.

No me digas eso, por favor.

—Lo sé, y yo a él, mucho —sentí que el ancho de mi sonrisa iba decayendo poco a poco—. Es mi alumno más especial, aunque ambas sabemos que no debería decir esto.

—¿Y a Touya?

No insistas, por favor.

—Como el padre de Ryusei-kun, lo respeto mucho, y espero que te puedas dar por satisfecha con esta respuesta, porque no puedo decir más que eso.

Sakura hizo un nuevo puchero que me ayudó a relajarme un poco. Al menos la tensión parecía disiparse poco a poco en la cocina.

—Los dos son muy obstinados en no dar su brazo a torcer. ¿Sabes qué creo? Que son el uno para  el otro. Nunca he visto a Touya tan abierto con otra mujer, creo que ni siquiera con Nakuru, y definitivamente nunca había visto a Ryusei tan feliz. Así como tú dices que Syaoran y yo somos la pareja perfecta, lo mismo siento yo cuando te veo con mi hermano.

Detente, por favor.

—Sakura, sé que tu intención es buena, pero las cosas no son tan fáciles. Soy la maestra de Ryusei-kun, ¿recuerdas? —mi sonrisa se había desvanecido mucho antes de que pudiera darme cuenta y ahora el pánico de admitir lo innegable regresaba.

—Lo mismo que dijo Touya —frunció el ceño—. Incluso se parecen al momento de buscar excusas. ¿Por qué no lo aceptan los dos y ya?

—¿Has hablado con Touya al respecto? —pregunté pese a la obvia y anticipada respuesta. Ver la expresión frustrada de Sakura tampoco ayudaba a mantener la mente en claro, así que cerré los ojos un momento y respiré para luego mirarla nuevamente. Dejé toalla y taza a un lado y puse las manos en sus hombros—. Me fascina la manera en la que te preocupas por tu hermano y tu sobrino. Sé cuánto los quieres y que tus intensiones son las mejores, y es un honor para mí que me consideres como una buena candidata para ambos, pero ni tú ni yo podemos forzar los sentimientos de Touya —recordé la cara de Touya recién en el sofá, que podría ser la prueba más grande que tenía sobre su opinión al respecto—, y creo que es muy claro que para él sólo soy una buena maestra para Ryusei-kun y…

—Pero…

—…y con eso me conformo —concluí y le regalé la sonrisa más convincente que pude darle en ese momento. Sakura me miró con sus brillantes ojos verdes una vez más. No quería que me mirara así, de modo que fingí ocuparme con los platos y la toalla nuevamente.

No te preocupes, Sakura, no dejaré de hacer lo que esté en mis manos para hacer de Ryusei-kun el niño más feliz del mundo.

—Mi hermano es un verdadero idiota —Sakura también recuperó su toalla y el ceño en la frente. Insoluto, el tema había quedado zanjado de una u otra manera mientras yo seguía luchando con el pedazo de tela en mi mano derecha, esperando que ella no me hubiera malentendido. Entre su propia emoción y mi falta de respuesta concisa, seguramente imaginaría que lo que yo sentía por su hermano era algo digno de una novela, cuando en realidad no era más que algo físico y superficial. Nada más. El hueco en mi pecho no era más que una desazón natural en estos casos.

Con eso me conformo, repetí para mis adentros. No había necesidad de enredarse más en esa telaraña. Yo era Tomoyo Daidouji, la fuerte, la que podía ser feliz a través de la felicidad de sus personas más cercanas, la que  jugaba seguro y sin aventurarse a ciegas en callejones sin salida.

Poco sabía que en menos de una semana el destino se encargaría de poner todas estas creencias de cabeza.

Notas de la autora: Sé que no soy la única fangirleándose con Ryusei y Ayami, especialmente después de los fanart hechos por Banshee Soel y el lineart de Chocolate con Menta. Si quieren saber más al respecto y perder el sentido con la imagen de estos dos encantos, pueden ver estas obras de arte en las páginas de DeviantArt correspondientes (BansheeSoel e IsisTemptation). Muchas gracias por tan tremendo regalo.

Pasando al capítulo. ¿Creyeron que tanto Tomoyo como Touya quitarían el dedo del renglón después de las últimas confesiones? Yo no lo haría, y menos ellos dos, pero nuestra profesora finalmente va aprendiendo a tomar las riendas y no darle espacio al otro para hacerlo. Veremos cuánto le dura el gusto. Por los comentarios de muchas, supongo que para nadie fue una sorpresa ver las intenciones de Sakura. Un poco obvia, claro, pero es inevitable para alguien como ella, y ayuda a aumentar la confusión de Tomoyo. ¿Para bien o para mal? Bueno, lo dejaremos en sus manos.

Iba a dejar algunas pistas más sobre la relación de Yue y Yukito en este capítulo, pero lo moví para el siguiente, que aprovecharé para darle un vuelco a los personajes que insisten en estancarse en el clásico estira-afloja. No será un capítulo muy “bonito”, pero… bueno, ya no doy más spoilers.

¡Hasta la próxima!