21. Aprende a detenerte antes de que sea demasiado tarde

Octubre llegó con una rapidez que no me permitió dar cuenta de lo que ocurría a mi alrededor. Mi vida era un ir y venir entre la escuela, las ocasionales pero obligadas discusiones telefónicas con mamá y las tardes en el gimnasio al que me había inscrito para no tener que salir a correr bajo la lluvia de septiembre. Apenas me reincorporé en el misterio del flujo del tiempo el día en que encontré a la pequeña Ayami tratando de guardar calor pegándose contra la valla de la escuela y encogida en su uniforme, alzando la cabeza cada vez que percibía a alguien acercándose para luego volver a su posición abrazando la mochila. Apenas comenzaba a sentirse el otoño, pero parecía que la niña tenía dificultades para adaptarse al viento frío que soplaba por las mañanas húmedas. No obstante, su gesto friolento no le impidió obsequiarme una abierta sonrisa cuando la saludé.

—¿Qué haces aquí afuera? Si tienes frío puedes entrar al edificio.

—Gracias, pero si espero adentro no podré verlo cuando llegue.

Consulté mi reloj. Faltaba casi media hora para empezar clases y la mayoría de los alumnos llegaría en al menos quince minutos. Tratándose de Ayami sólo podría haber una persona por la que valdría la pena la espera, pero no pude resistir la tentación de hacer la pregunta y escucharlo de su propia voz.

—A Ryu-kun —se sonrojó mientras volvía a aferrar su mochila—, y tengo que ser la primera en verlo, o alguien más lo felicitará antes que yo.

—¿Ryusei-kun? ¿Es su cumpleaños?

—¿No lo sabía? —me miró como si le  hubiera dicho que no me sabía la tabla del 2.

—Confieso que no —le sonreí y me puse en cuclillas a su lado. Aunque no era difícil averiguarlo y me hubiera gustado saberlo de antemano, no me parecía equitativo estar al pendiente del cumpleaños de uno de mis alumnos sin hacer lo mismo con los demás—, ¿y piensas darle un regalo?

—Sí, yo misma se lo hice —orgullosa y aún portando un inocente carmín en el rostro, agachó la mirada hacia su mochila—. ¿Quiere saber qué es?

—Me encantaría, pero creo que llegué demasiado tarde para eso —le guiñé un ojo y señalé con complicidad hacia la calle donde venía mi distraído alumno. La sola visión del niño causó estragos en Ayami, quien se apresuró a sacar la cajita de regalo con manos torpes y se puso de pie inhalando aire con fuerza antes de caminar a su encuentro. No era normal verla tan ansiosa, así que decidí que lo mejor sería esperar hasta después para felicitar a Ryusei y me quedé en mi lugar para no interrumpirlos y dejarlos a sus anchas. Lamenté no andar con cámara en mano como antes cuando vi a la pequeña atrapar a Ryusei en un abrazo anhelado. El niño agradeció el gesto con formalidad, como un adulto que celebra su cumpleaños sólo por trámite, pero su expresión cambió a una de sorpresa al recibir su regalo. Entonces me puse a pensar en el sigiloso carácter de Ryusei en clase y su personalidad tan incompatible con los convencionalismos del mundo. Recordé cómo habían sido las cosas al inicio del año escolar: la preocupación de su padre y la rama solitaria donde pasaba la mayor parte de los recesos leyendo antes de que Ayami (su único contacto con el mundo en aquel entonces) llegara a buscarlo para compartir el almuerzo en los días previos a su amistad con el trío de cuarto año. Triste pero cierto, no tardé en entender que probablemente era la primera vez que tenía un amigo con quién celebrar.

—¿Puedo abrirlo? —preguntó finalmente y Ayami asintió con vehemencia. Cuando la envoltura de la cajita cedió a sus manos, sacó de ésta una tela negra con algo bordado en letras doradas—. Tiene mi nombre.

—¡Sí! Porque es tuyo —ella le regaló, además, la sonrisa más grande de Tomoeda—. Es un cinturón negro, para que todos sepan que eres un maestro en artes marciales.

—Pero no lo soy —comentó él sin entender el cumplido. Probablemente cualquier persona normal se habría sentido descorazonada ante la impavidez de Ryusei, pero Ayami no era una niña normal y sabía que la actitud de su amigo no era el resultado de una soberbia falta de entusiasmo, sino de su extraordinaria sencillez.

—Hace un año no sabía que era tu cumpleaños —le explicó con toda calma mientras le colocaba la cinta en la cabeza y las letras doradas quedaban justo en la frente de Ryusei—, ni siquiera te conocía, ni a ti ni a nadie. Acababa de transferirme a esta escuela y no tenía amigos. Todo parecía muy triste, pero ese día, justo hace un año, unos niños comenzaron a molestarme y tú llegaste a defenderme, ¿te acuerdas? Después de eso me diste la mano hasta que dejé de llorar y ni siquiera te enfadaste cuando la profesora Nakamura dijo que llamaría a tu papá. Ese día creí que eras un héroe salido de un manga. Lo único que te hacía falta era un cinto negro en la cabeza. ¿Sabes? A veces te imagino con ese cinto —rio y finalmente mi alumno pareció contagiado por ella. Una pequeña sonrisa iluminó su rostro.

—Gracias.

—Lo hice yo, ¿sabes?

—No.

Ayami rio nuevamente, nada sorprendida por la ecuánime respuesta, y con naturalidad tomó la mano de su amigo para guiarlo hacia el edificio principal. La visión de los dos niños caminando juntos era demasiado enternecedora para pasarla por alto y terminé sacando mi celular para capturar una foto de sus espaldas alejándose. Quizá ella no lo sabía, pero Ryusei no era el único valiente de los dos: se necesita mucha fuerza y madurez para enamorarse de alguien tan honesto y difícil de entender; alguien que no está ligado a las normas de la sociedad.

Tragué saliva después de este último pensamiento y me enfoqué en caminar tras ellos para evitar que mi mente divagara por aguas más turbias y personales. Era momento de entrar nuevamente en mi papel de maestra.

———-

Durante el almuerzo recibí una llamada tan inesperada como bienvenida. Era de Sakura para invitarme a celebrar el cumpleaños de su sobrino. La cita era a las 5 de la tarde en la entrada del museo. ¿Un museo? Sí, yo también me sorprendí con la idea de festejar el cumpleaños de un niño de 9 años en un museo, pero nuevamente estamos hablando de Ryusei. Además, enseguida recordé que a lo largo de octubre tendría lugar una exposición interactiva sobre los viajes de Roald Amundsen al Polo Sur y no conozco a ningún otro niño al que pudiera interesarle tanto la temática como al pequeño Ryusei. Sakura también me pidió mantenerlo en secreto, pues era una sorpresa, así que al finalizar las clases me apresuré a despedirme y marcharme a casa antes de que él se ofreciera a acompañarme, no sólo para evitar hacer cualquier comentario al respecto, sino para alcanzar a comprar un pequeño regalo camino a casa y cambiarme de ropa antes de dirigirme al museo. Agradecí que lo del regalo no fuera problema, pues desde antes había pensado en obsequiarle un libro sobre mitología japonesa que había visto en la librería y ésta era la ocasión ideal para hacerlo, pero aún así llegué diez minutos tarde a nuestra cita en el museo; los mismos diez minutos que me tomó vestirme con ropa más casual y mirarme al espejo para convencerme de que todo saldría bien, pues sería la primera vez que vería a Touya después de pasar un mes eludiendo cualquier encuentro con él desde la noche fatídica en que me di cuenta de lo que sentía por él. Para ejemplificar un poco este último punto, probablemente tendré que admitir que no fueron las lluvias la verdadera causa de las tardes en el gimnasio que me impedían regresar a casa antes de la hora de cierre del consultorio bajo mi piso. También así será más fácil entender qué diablos hacía en la escuela ese (y cada) día media hora antes del inicio de clases.

En resumidas cuentas: menos tiempo en casa = menos probabilidades de toparme con Touya Kinomoto.

—Pase lo que pase, no dejes que se dé cuenta, por favor —iba rogando a cualquier ser supremo que tuviera la piedad de escucharme antes de llegar a la entrada donde veía al grupo esperándome. Desde la distancia alcancé a distinguir a Sakura y Syaoran, así como a Yukito, Ryusei y… él. Noté, aunque no me extrañó, la ausencia de Yue entre ellos y pensé que alguien como él no estaría interesado en esta clase de eventos, pero nuevamente me equivocaba con respecto a él, pues antes de llegar donde los otros escuché los sigilosos, casi felinos, pasos a mi lado. Tan sólo dio una cabezadita a modo de saludo y siguió caminando hacia los otros, pero su presencia inesperada y repentina me hizo preguntarme si acaso habría escuchado mis súplicas al cielo, aunque me tranquilicé al pensar que, aún si ése fuera el caso, no había nada en mis palabras que pudiera delatarme por sí solas.

¿Nada?

—Señorita Daidouji, ¿también usted viene a celebrar? —Ryusei interrumpió mi fuero interno sin simular su asombro cuando llegué junto a ellos.

—¿Otra vez te referías a ella cuando dijiste que invitarías un amigo? —tragué saliva al escuchar la voz de Touya en lo que casi parecía un déja vu, pero Ryusei negó con la cabeza y señaló hacia la acera opuesta, por donde venía corriendo Ayami con las mejillas sonrojadas por el ejercicio.

—Fue yo quien la invitó, hermano —anotó Sakura y su sola presencia bastó para que me olvidara de la pelusa invisible que me obstruía la garganta mientras intentaba fingir mi mejor sonrisa frente a Touya—. Me imaginé que a Ryusei le gustaría que Tomoyo también estuviera presente en su cumpleaños, ¿no crees? Mientras más seamos, mejor —finalizó ignorando el ceño del otro en tanto la pequeña Ayami aterrizaba frente a nosotros y se disculpaba por la demora. Un momento. Si se suponía que era una sorpresa para Ryusei, ¿por qué él mismo había invitado a Ayami? Pero nuevamente mis pensamientos fueron interrumpidos, esta vez por la presencia de un hombre de gafas y aspecto maduro que balanceaba en sus manos los boletos para el museo.

—Bien, ahora que estamos todos, ¿les parece si entramos? —preguntó con una sonrisa. Además de las gafas, su mirada gentil y expresión amable le concedían un parecido a Yukito, pero a  la vez había algo familiar en él que me recordaba a Ryusei.

—¿Conseguiste los boletos papá?

La pregunta de Touya fue respondida por una sonriente afirmación del buen hombre y una mirada de estupefacción de mi parte. ¿Ese hombre en verdad era su papá? Sólo entonces recordé vagamente su rostro en la boda de Sakura. Aquella vez no me había sorprendido imaginar que una persona de presencia tan bondadosa pudiera ser el padre de Sakura, pero era la primera vez que me detenía a pensar que su relación era la misma con Touya, con quien no parecía compartir más que la altura. Viendo a la familia reunida, no me cabía la menor duda de que en cada una existe la oveja negra y Touya era color carbón. La ironía: probablemente mi madre tendría la misma opinión sobre mí.

—Como papá es profesor en la Facultad de Arqueología e Historia, a veces puede conseguir boletos gratis para algunas de las exposiciones  —explicó Sakura acercándose a mí y me presentó al señor Fujitaka, quien me saludó como si me conociera de toda la vida.

—He escuchado hablar mucho de ti, Tomoyo —comentó con ligereza—. Ryusei y mi hijo te tienen mucho aprecio.

—Muchísimo —añadió Touya con sarcasmo y comenzó a caminar hacia el interior con boleto en mano—, ¿podemos entrar ya? Tenemos menos de dos horas antes del cierre y no quiero que nadie se esté quejando si nos falta tiempo.

La exposición contenía fotografías y notas del diario de varias de las expediciones más famosas del aventurero, así como algunos de los instrumentos y  parte del equipo de la tripulación en su viaje a las tierras más inhóspitas. Había, además, varios puntos en donde los niños podían jugar a ser exploradores y contestar preguntas sobre el Polo Sur y cuáles serían sus decisiones en una empresa tan arriesgada a principios del siglo XX. Los niños se divirtieron mucho, especialmente Ryusei, quien tuvo ocasión de contarle a la atenta Ayami algunos datos curiosos sobre las expediciones más famosas de la historia hacia los polos y Latinoamérica. Yo, por mi parte, pude observar cómo Syaoran admiraba sin reparos el trabajo de su suegro, cosa que Sakura celebraba mientras me relataba cómo al principio no había estado segura de si Syaoran la utilizaba a ella como un contacto para poder acercarse al profesor o si, por el contrario, usaba su afición por la arqueología como excusa para poder pasar más tiempo con ella. No era difícil imaginar su confusión, pues aparentemente su relación no había sido precisamente miel sobre hojuelas en un inicio. Al parecer, los dos se llevaban tan bien como el agua y el aceite y en un principio él realmente parecía más interesado en conocer a Fujitaka Kinomoto que lidiar con su compañera de trabajo.

Aprovecho este momento para hacer un pequeño paréntesis y mencionar un par de detalles que, por omisión o distracción, no había mencionado antes: Sakura Kinomoto y Syaoran Li se conocieron hace poco más de 3 años en la cafetería donde ambos trabajaban a medio tiempo para poder costearse la universidad. Ella, con su encanto e inocencia naturales (características que comparte con Ryusei), solía llamar la atención de los clientes del lugar, siendo Syaoran quien tenía que lidiar con ellos cuando alguno intentaba pasarse de la raya, especialmente en una ocasión en que uno comenzó a acosarla al salir del trabajo. Si a esto le añadimos los celos irracionales de la ex novia de Li y finalmente el carácter testarudo de este último, no resulta tan difícil comprender el porqué de su antipatía inicial por la tierna Sakura.

Volviendo al museo, íbamos ya por el final de la exposición cuando llegó la hora del cierre, así que los niños se apresuraron a llegar al último punto de preguntas y respuestas y después nos dirigimos a la cafetería del parque Pingüino, a diez minutos caminando de ahí. Sakura había propuesto el lugar por tener el mejor pastel de zanahoria en toda Tomoeda, cosa que no pudimos comprobar porque ya se había acabado cuando llegamos, así que Ryusei escogió un pastel de yogurt con cubierta de chocolate que la mesera le sirvió con una chispeante velita que él no dudó en apagar antes de que su abuelo tuviera la oportunidad de tomar una foto.

—No pediste un deseo —suspiró Sakura y Ryusei se encogió de hombros.

—No tengo nada más que desear. Estoy seguro que mamá también está muy feliz hoy.

Escuché un sonido seco en algún rincón de mi cabeza al escuchar esto. En una frase y sin siquiera darse cuenta, Ryusei había plasmado la filosofía de su corta vida. Él era plenamente consciente de que su madre había dado la vida para salvar la suya y por eso la recordaba en un momento como ése. Cualquier persona con inclinaciones dramáticas imaginaría que el día de su cumpleaños debería tener un sabor agridulce, tanto para él como para Touya, pues era el mismo día en que Nakuru había muerto. Sin embargo, en lugar de lamentarlo, Ryusei lo celebraba como si ese intercambio de vidas fuera una estafeta y ahora le tocara a él vivir lo que a ella le había hecho falta. Sólo entonces entendí que quizás era precisamente por eso que para Ryusei la muerte de su madre era algo tan natural como respirar, porque no había rencores de por medio. No significaba que no deseara saber qué es lo que se siente tener una madre, pero al menos no le reclamaba a la vida por su ausencia.

¿Había sido Touya quien lo había criado con esa mentalidad? Sin quererlo ni pensarlo mi mirada se posó en él, quien no perdía la ocasión de jugarse una broma a costa de su hermana. A simple vista seguía pareciendo un hombre estancado en la adolescencia, pero el niño que le dedicaba la rebanada más grande del pastel era la muestra más clara de lo contrario.

No. Desvié la mirada hacia mi propia rebanada de pastel. De acuerdo, admitía que me gustaba, pero tampoco debía darle más importancia al asunto. Después de todo, era lo más lógico: el hombre tenía el físico de un modelo, una personalidad ligera, pero a la vez fuerte y madura cuando la situación lo requería, y podía seguir enlistando un montón de razones por las que cualquier mujer con sangre en las venas estaría más que gustosa de salir con él. Sin embargo, aún sigue habiendo una diferencia abismal entre gustar de alguien físicamente y quererlo o considerarlo como una pareja potencial. Visto así, si mantenía la cabeza fría y mis hormonas en su lugar, no tenía por qué temer. Tranquila, todo va a estar bien, me repetí tres veces apretando el plato entre mis dedos. Finalmente me relajé y suspiré, sintiendo que con esta resolución quitaba un peso enorme de mis hombros, pero fue entonces cuando sentí la mirada analítica de Yue sobre mí. Pude ver en sus pupilas cómo él podía atravesarme y en un segundo discernir todo cuanto estaba pensando y sintiendo, y aunque su cara de póker no cambiaría en lo más mínimo, no creo equivocarme al pensar que su posición al respecto no era la más entusiasta.

Eres la maestra, nada más.

Lo sabía. Lo sé, me repetí y me tragué el sabor amargo del vuelco en el pecho junto con un bocado. No podía despegar los pies de la tierra, pero era difícil pensar con un ambiente tan cálido y familiar acogiéndome e instándome a soñar despierta. Dejé entonces mi plato y el regalo que había traído sobre la mesa, me excusé por un momento con una sonrisa para no levantar sospechas y salí a sentarme en una de las sillas de la terraza, que empezaba a mostrar más mesas vacías conforme el otoño seguía avanzando. Había caído la noche y las farolas del parque iluminaban el paseo de algunas parejas que deambulaban en vísperas del fin de semana. Las inmediaciones del parque Pingüino eran una de mis partes favoritas de Tomoeda, ya fuera de día o de noche, y en la tranquilidad del lugar me dediqué a respirar el aire fresco y dejar que éste despejara mis pensamientos exacerbados por una velada con el niño más encantador de Japón y su inconveniente padre. Si quería mantener la cabeza sobre los hombros tenía que comenzar por evitar esta clase de situaciones que no ayudaban en nada a superar lo que hasta el momento seguía siendo un gusto pasajero. No necesitaba más que eso, me convencí exhalando mis pensamientos en el aire frío de la terraza.

—Ése fue un largo suspiro —escuché a mis espaldas y ahogué una maldición en mi lengua enredada. Al volverme apenas tuve tiempo de reaccionar para tomar el suéter que Touya me había lanzado—. No está haciendo tanto calor para que olvides esto adentro.

—Gracias —mascullé tratando de decidir cuál sería la actitud más normal. Si quería comportarme con él como si todo siguiera igual, lo primero que tenía que hacer era recordar cómo actuar; en otras palabras, cuándo sonreír y cuando deslizar un comentario irónico o sarcástico. El problema era que de repente me sentí atacada por la amnesia y me descubrí preguntándome qué es lo que haría Tomoyo en ésa o cualquier situación a solas con Touya.

Tendría que improvisar sobre la marcha. Primera regla: no preguntar más detalles íntimos sobre su vida ni la de Ryusei. Mientras menos sepas sobre ambos, más fácil te librarás de ésta.

—No estoy segura de quién ha disfrutado más del cumpleaños de Ryusei hasta ahora —empecé con aire casual—, si él o Ayami-chan. ¿Viste el regalo que ella le dio?

—Me lo mostró —asintió sentándose a mi lado y contemplando al interior de la cafetería.

—Hubieras visto su emoción cuando finalmente se lo pudo dar. Es una gran coincidencia que se hubieran conocido el mismo día de su cumpleaños, ¿no te parece? —Touya asintió de manera distraída y yo continué, por primera vez decidida a no dejar un silencio incómodo entre nosotros. Al menos no esta vez—. ¿Dónde aprendió karate?

Su rostro, iluminado por la farola sobre nuestras cabezas, se transformó al instante, adoptando una sombra lúgubre y fría.

—Ésa es información clasificada.

Me sorprendí y callé por un segundo, hasta que le eché un vistazo nuevamente y esta vez noté que algo extraño ocurría con sus mejillas. Un momento… ¿Eso era un sonrojo? De modo que no era frialdad lo que había percibido de Touya, sino algo mucho, mucho más interesante.

—¿Acaso hay algo que a Touya Kinomoto le dé vergüenza decir al respecto? —lo piqué. Recuperada de toda incomodidad con esta nueva oportunidad, casi sentía cómo me salían los cuernos de la cabeza cuando fijó su mirada asesina en mí. Me había dado cuenta y él lo sabía, y peor para él sería intentar negarlo. Sin embargo, inesperadamente dejó aparecer esa sonrisa ladina que parecía su marca registrada.

—Ésta te va a costar.

—Pon el precio —acepté alzando una ceja y él pareció meditarlo por unos segundos. Entonces sus ojos chispearon.

—Información a cambio de información. Tendrás que responderme a una pregunta después, y vas a ser sincera. ¿De acuerdo?

Sus ojos negros indicaban peligro. No lo hagas, Tomoyo, me decía una vocecilla en la cabeza, recuerda la primera regla, no quieres saber nada de él, no necesitas saberlo, pero el “de acuerdo” se escurrió de mis labios antes de darme cuenta y no habría poder en el mundo que pudiera traerlo de vuelta cuando la mano firme de Touya estrechó la mía en un trato. Con toda la fuerza de la que pude hacer uso conseguí fingir serenidad y confianza, aunque mi paranoia crecía al pensar que la bestia frente a mí olería mi miedo en cualquier momento.

—Muy bien —silbó Touya—. En primer lugar, no es precisamente karate lo que practica Ryu, sino algún arte marcial chino, supongo que kung-fu, pero eso tendrás que preguntárselo al chino ése —sus cejas arqueadas hacia el interior de la cafetería dejaron en claro (en caso de que no lo adivinara por el fastidio en su voz) a cuál chino se refería—. Yo le había enseñado un poco de karate anteriormente, pero no creí que estuviera tan interesado hasta el año pasado.

—¿Fue cuando defendió a la pequeña Ayami?

—No, para entonces ya había entrenado suficiente… —suspiró y entornó un poco los ojos. No podía disimular que la siguiente parte le costaba algo de trabajo—. Fue a principios del año pasado. Un día, una discusión con el mocoso se salió un poco de control y estuvimos cerca de llegar a los golpes de no ser por Sakura, que se interpuso entre los dos —balbuceó por lo bajo algo sobre lo “terca” que era su hermana y continuó—. Entonces me burlé de él porque su novia tenía que venir a rescatarlo.

—Machos… —entorné los ojos.

—¿Esperabas algo más? —él se encogió de hombros con su sonrisa holgazana—. En resumidas cuentas, él dijo que podría derrotarme con una mano atada y los ojos cerrados, yo le contesté que lo tendría en el suelo antes de que pudiera siquiera tomar posición y él respondió que hasta un niño de siete años podría tirarme al suelo. Obviamente, lo reté a que lo intentara, pero él mejoró la apuesta: si él hacía que Ryu lograra derribarme en un lapso de medio año, yo dejaría en paz su relación con Sakura.

Cuando escuché esto último mi cara seguramente parecía la de una niña sentada al borde de la silla viendo su película favorita.

—¡Fue Syaoran-kun quien le enseñó! —me mordí el labio para evitar reír—. ¿Entonces Ryusei-kun te derrotó? —claro que tenía que ser así, o no le habría costado tanto trabajo acceder a contármelo.

—Me “derribó” —aclaró señalándome con un dedo—. No es lo mismo que derro… —pero yo ya había estallado en carcajadas y tenía que luchar por tratar de controlarme, cosa que no era nada fácil cada vez que miraba de reojo al hombretón que tenía a un lado y trataba de imaginarlo cayendo ante el diminuto y tierno chiquillo que disfrutaba su fiesta de cumpleaños a unos metros de nosotros. Después de unos minutos de doblarme sobre mi estómago y sentir las mejillas acalambradas finalmente pude regresar a la normalidad. Al hacerlo me encontré nuevamente con la mirada lúgubre del papá de Ryusei.

—¡Oh, vamos! —le guiñé un ojo—. No es tan malo.

—¿Ya te reíste lo suficiente? Aún tenemos tiempo antes de regresar, ¿sabes? —pese a sus palabras, sus ojos eran dos afiladas dagas que se clavaban directamente en mi yugular.

—Está bien, está bien. Para que veas que soy justa, cumpliré mi parte del trato. ¿Ya pensaste en la pregunta que me vas a formular?

Sus labios volvieron a estirarse desde la comisura derecha y ahora su mirada parecía aún más oscura, aunque ya no asesina. Instintivamente tragué saliva.

—Por supuesto. ¿Puedo confiar en que responderás con la verdad?

Alcé una mano solemne.

—Bien. Entonces responde, profesora Daidouji: ¿Alguna vez me has imaginado desnudo?

—¿Qué? —no supe si lo había pensado o dicho, pero ¿Qué diablos? ¿Qué clase de pregunta era ésa? Y a estas alturas mi cara seguramente ya era del color de la grana, porque sentía que todo me ardía por dentro.

—¿No escuchaste bien? —esa maquiavélica sonrisa se ensanchó—. Pregunté si alguna vez me has imaginado desnudo. Sin ropa. Con traje de Adán…

—Sí, ya, ya entendí —le puse una mano en la boca. No necesitaba más aclaraciones, ni siquiera tenía que hacer memoria de los sueños que me venían asaltando por las noches y sin embargo ahí estaban, paseándose y contoneándose en mi cabeza como si hubieran sido invocados por él a la luz de las farolas. No me di cuenta de que él se había desecho de mi mano sino hasta que sentí su respiración en mi oído.

—También cuenta si me has soñado.

Hijo de puta.

—Sí, sí, ya sé —fue lo único “coherente” que pude responder al tiempo que lo apartaba de mí con un empujón. No, no  podía estar roja. Seguramente estaba morada porque ni siquiera podía respirar bien. Incluso sentí que comenzaban a sudarme las manos.

—Tienes que decir la verdad —se mofó alzando una ceja oscura. Idiota, lo sabía, ¡Claro que Touya lo sabía! ¿Cómo diablos se había podido dar cuenta? ¿Acaso tiene un detector de sueños eróticos integrado o algo así? Y entonces comprendí su jugada: no sólo se conformaba con saberlo, sino que en realidad quería escucharme admitirlo.

—Te odio —mascullé rechinando los dientes. Sé que parecí infantil, pero mi cabeza se fundía rápidamente y no podía pensar en cómo diablos escapar de ésta.

—¿Qué dijiste? —él se acercó nuevamente—. ¿Sabes? Con un “sí” o un “no” me basta.

—Sí —susurré desviando la mirada, no soportando los agujeros negros de sus ojos.

—Estoy por acá. Lo siento, no te puedo escuchar si hablas hacia el otro lado.

Vas a morir.

—Dije que sí —lo encaré vistiéndome con toda la dignidad que me podía quedar. Un Daidouji nunca se humilla a sí mismo, así que estiré las comisuras de mi boca hacia sus extremos y sonreí tragándome el veneno—. Y si quieres saber los detalles tendrás que hacer un mejor trato que ése. ¿Qué tal, quedó repuesta tu hombría después de la humillación de perder frente a tu hijo?

—¡Por supuesto! Muchas gracias profesora —me dio una palmadita en el hombro—. Y no es necesario que me digas cómo, aunque si te interesa te puedo decir si yo te he…

—No es necesario, créeme —lo corté de tajo entornando los ojos. Sí, me interesaba y me corroía la curiosidad por saber si yo no era la única en falta, pero no le daría el placer de admitir eso también. Era un macho sin remedio, uno que se daba mucha cuenta de lo que comenzaba a provocar en mí y no se terminaba de tragar mi fingida indiferencia. Sus ojos negros en mí mientras yo simulaba mirar al interior del local me causaban escozor. Entonces me incorporé y lo insté a que hiciera lo mismo—. Vamos, quiero ver la cara de Ryusei cuando abra el regalo que le traje.

—Seguro le sorprenderá recibir dos libros de mitología japonesa el mismo día.

—¿Qué? —lo miré como si tuviera un espantapájaros en la cabeza—, ¿cómo lo sabes? Y… ¿ya le dieron otro libro igual?

—Te escuché decírselo a Sakura —y sonrió como un dragón, sus dientes como colmillos humeantes—, y no, me temo que no hay otro libro, pero no habría sido mala idea para que todos vieran la cara que acabas de poner.

—Muy gracioso.

—Gracioso sería que…

—No me interesa saberlo —entorné los ojos y continué mi camino al interior sintiendo la sonrisa de Cheshire a mis espaldas. Pese a la humillación y la vergüenza que me habían caído encima, debía admitir que al menos no tendría que pasar el resto de mis días fingiendo que no me sentía físicamente atraída hacia él. Yo lo sabía y ahora él también, pero bien dicen que admitir el problema es el primer paso para solucionarlo.