20. No pierdas tu tiempo negando lo innegable

Advertencia: el presente capítulo cuenta con escenas de carácter sexual y ha sido editado para cumplir con la clasificación de la página. En el caso de que quieran leer el capítulo con la escena en cuestión en su versión original, pueden hacerlo en la siguiente página: https://www.fanfiction.net/s/8798805/20/C%C3%B3digo-Daidouji

Ante todo, se recomienda discreción.


 

Desde el momento en que sonó el teléfono mientras terminaba mi desayuno tuve el presentimiento de que ese día me auguraría un par de sorpresas (no necesariamente positivas) para la posteridad. Con un suspiro terminé mi café y llené mis pulmones de aire y paciencia antes de contestar el aparato.

—Buenos días madre —saludé con la indulgencia de una santa.

Me pregunto si tienes idea de por qué te llamo tan temprano por la mañana.

Si lo que quieres es una respuesta sincera, admito que no lo sé.

Tu querido ex está dirigiendo una demanda contra la compañía. Recibí la notificación hace diez minutos.

Debo concederle algo a mi madre: sabe muy bien cómo ir al grano en una conversación, pero no podía revelarle que el mismo Eriol me lo había advertido de antemano. Como dije, no tenía intención de entrometerme en cualquier cosa que ocurriera entre esos dos.

—¡Vaya! ¿Mi querido ex mostró los dientes? Al final es como si fuera casi de la familia.

Mi madre dejó pasar unos segundos para soportar con paciencia el nada sutil sarcasmo de mi comentario. Entonces continuó como si éste nunca hubiera existido:

Sabía que ese hombre podía ser un problema si se lo proponía. Por eso nunca me han gustado los ingleses: no puedes confiar en alguien que le pone leche al té.

Y supongo que es por eso que querías que me casara con uno —ironicé, no dispuesta a quitar el dedo del renglón, pero no esperaba la respuesta que recibiría:

No lo olvides Tomoyo, mantén cerca a tus amigos, pero aún más cerca a tus enemigos.

Tratándose de Sonomi Daidouji, aquello bien podía ser una broma mordaz para medir mi reacción o la más pura verdad. Decidí creer en las dos, pero actuar como si fuera la primera sólo para no perder los estribos.

—De habernos casado, Eriol nunca habría levantado la mano contra la casa Daidouji. Sería como arruinar su propio patrimonio, ¿es eso lo que quieres decir?

Exactamente. Es demasiado astuto y tiene bastantes conexiones como para tenerlo de enemigo.

Lo dicho: como de la familia.

—Pues lamento haber arruinado tus planes —solté con desenfado—. Nunca se me ha dado la estrategia empresarial con la misma naturalidad que a ti.

Nunca te interesó.

“Nunca te interesó la familia”, era lo que sutilmente quería sugerir mi encantadora madre con ese aire de casualidad teñido de reproche que aún intentaba hacerme desistir de alejarme de todo ese mundo que ella manejaba como un maestro titiritero.

—Tienes razón, por eso tampoco me preocupa lo que pueda hacer Eriol —Sonreí mientras comenzaba a limpiar la mesa a sabiendas de que ella no podría verme. Siempre cosechas lo que siembras.

No puedes darle la espalda a tu familia de esta manera, Tomoyo. Algún día tendrás que tomar responsabilidad sobre tu persona y lo que eso significa.

—No me malinterpretes, madre. No me gustaría verte en problemas, pero no hay nada que yo pueda hacer para cambiar lo que está pasando ahora. No conozco a nadie que dirija sus negocios tan bien como tú, así que no veo razón para interferir ni temer un juicio. Además, aún con toda la astucia y las conexiones de Eriol, hay algo que él nunca podrá tener para ser un rival digno de ti —algo que, por el contrario, sólo yo tengo, pensé. La misma razón por la que sigo evadiendo esa confrontación al grado de mudarme lejos de casa—: él no es un Daidouji.

Así como seguramente ella podría imaginar mi sonrisa, yo hice lo mismo con ella al otro lado de la línea. A veces llegaba a darme miedo lo mucho que podía parecerme y sentirme en conexión con Sonomi Daidouji.

En eso tienes razón. Además, espero que ese chico sepa que no le conviene llevar el asunto demasiado lejos porque puede salir perdiendo mucho

—No en vano estuviste al pendiente de nuestra relación por dos años —comenté por casualidad y consulté mi reloj—. Madre, tengo que terminar de alistarme para ir a la escuela. Te llamo luego.

No mientas, Tomoyo, sé que no lo harás. Ni siquiera marcaste para decirme qué te pareció mi regalo de cumpleaños pese a que tengo constancia de que lo recibiste.

Un escalofrío recorrió mi espalda al recordar la mañana siguiente al día de mi cumpleaños, cuando a los pies de mi cama me tropecé con la adornada caja con su moño plateado por fuera y un set de lujo de moldes para hornear en su interior. No tenía nota e incluso llegué a pensar que Touya, el único que había entrado a mi cuarto el día anterior, la había dejado ahí sin que yo la notara hasta ese momento. Sentí un cosquilleo en toda la cara de sólo pensar en la vergüenza que pasé al ver su cara de estupefacción cuando le agradecí el detalle. Aún puedo recordar su ceño sarcástico y sus brazos cruzados, pero sobre todo sus palabras: “¿Crees que tuve tiempo de buscar un regalo mientras atendía a mis pacientes aquí y a una mujer hormonal en el piso de arriba? Puedes agradecerme el pastel si quieres, pero ese regalo no es mío”.

—Olvidaste decirle a tu eficaz espía que adjuntara una nota, porque hasta el momento no tenía idea de que fuera tuyo —mentí. Claro que lo había sabido después de pensar quién más tendría la “consideración” de entrar hasta mi recámara para dejar algo así sin decirme nada—. Tampoco ayudó el hecho de que no fueran ropa o accesorios como los otros años. Pero la verdad es que me ha gustado especialmente esta vez, pues cada día tengo más gente con quién compartir mis recetas —admití.

—¿Te refieres a ese dentista con el que estás saliendo?

Abrí la boca para soltar un “¿a qué te refieres?”, pero alcancé a cerrarla a tiempo. Era evidente que sus espías le habían dado a mi madre una información equivocada, o quizá había sido el mismo Eriol antes de que el asunto de la demanda saliera a flote. Por más retorcido que pareciera, no podía descartar que ambos se hubieran seguido viendo para tramar alguna manera de reanudar nuestro compromiso.

—Pese a lo que pueda parecer, no tengo ese tipo de relación con el padre de uno de mis alumnos —comenté finalmente—. Si fingí salir con él fue para mantener a Eriol alejado, así que espero que no te hagas más ideas al respecto.

¿Por eso te mudaste al piso arriba de su consultorio?

Podemos decir que eso fue una casualidad.

Supongo que también lo fue que pasaras un fin de semana en la playa con ellos, o que fueras a la boda de su hermana y hayas ido en varias ocasiones a su casa. Tomoyo, ¿crees que nací ayer?

Me concentré en respirar profundo y dejar las maldiciones hacia sus espías para después. El crujido de mis nudillos me hizo notar que estaba apretando el teléfono con más fuerza de la que  pretendía y cerré los ojos para recuperar la templanza. Tranquila Tomoyo, ¿qué otra cosa podrías esperar?

—No tengo tiempo de discutir mi vida privada justo ahora. Tengo que terminar de alistarme y salir al trabajo, así que puedes pensar lo que más quieras. A fin de cuentas, mientras la familia Kinomoto y yo sepamos cómo son las cosas realmente, lo que piensen los demás sale sobrando.

Muy bien, si así lo quieres, continúa lo que tengas que hacer. Sólo escucha esto: ¿estás segura de que sabes cómo son las cosas con ese hombre? Nadie me ha dicho que sales con él, yo sólo recibo la información de tus actividades y juzgo la situación a partir de los hechos y las imágenes, pero rara vez me equivoco. Por supuesto, es posible que haya malinterpretado todo, pero también podría ser a la inversa: ¿no eres tú quien se niega a admitir la verdad? —añadió a esto una breve despedida que ya no alcancé a oír y su voz se desvaneció en un redoble de tambores dramáticos. Si mi vida fuera una novela barata, seguramente el director habría hecho un primer cuadro de su cara astuta al salir de escena con gesto triunfal y mi expresión pasmada al escucharla hacerlo.

Desperté de mi ensimismamiento alrededor de un minuto después, aún con el teléfono en un mutis sórdido prendido de mi mano. Me espabilé como pude, despejándome la mente mientras alistaba mi bolsa y me lavaba los dientes. Pese a la llamada, aún estaba a buen tiempo para caminar tranquilamente a mi trabajo, así que no fue problema detenerme con una sonrisa en la cara cuando me encontré con la segunda (pero mucho más encantadora) sorpresa del día: el pequeño que con toda parsimonia comía un sándwich de pie frente a la puerta del consultorio de su padre.

—Buenos días, señorita Daidouji —enderezó la espalda terminando un bocado y yo le regresé el saludo.

—¿Qué haces aquí tan temprano?

—Vine a recoger el cuaderno que olvidé el viernes.

Haciendo memoria, recordé que el viernes pasado él había caminado conmigo a casa y se había quedado en la sala de espera del consultorio haciendo la tarea, pues en cuanto su papá saliera irían a visitar a su abuelo. Seguramente había dejado el cuaderno y no se había acordado de él hasta que no lo encontró al preparar su mochila, ya fuera ayer por la noche o esa misma mañana.

—Entonces quiere decir que podemos caminar juntos a la escuela, ¿cierto? —sugerí. Sus ojos gigantescos y oscuros me miraron con curiosidad y una pequeña sonrisa se abrió paso entre nosotros.

—Sí.

Ah, cierto, los monosílabos. Entonces noté que, pese a que había venido por su cuaderno, Ryusei seguía plantado afuera del consultorio.

—¿No vas a entrar a buscar tu cuaderno? Si quieres, te puedo ayudar.

—No, gracias.

Entorné los ojos. Era mi culpa nuevamente por no saber formular las preguntas, pero no importaba, pues de su actitud tranquila podía deducir perfectamente quién estaría a cargo.

—Tu papá…

—Encontró el cuaderno, así es —completó una voz que era imposible no reconocer desde la puerta del consultorio. Al mirar adentro vimos a Touya salir con el premio en una mano y tendiéndoselo a su hijo—. Buenos días, profesora.

Le devolví el saludo y anuncié que el niño y yo nos iríamos caminando juntos a la escuela. Touya asintió, satisfecho, y ya se disponía a adentrarse al consultorio cuando alguien más salió de éste.

—Habría sido más eficiente pedirle a ella que llevara el libro. Después de todo, tiene que ir a la escuela y ver a Ryu. Sólo habrías tenido que indicarle dónde encontrarlo.

Yue parece ser la única persona capaz de saltarse cualquier formalidad social y pasar directo a un análisis de la situación.

—Buenos días, Yue-san —saludé con una sonrisa que, sabía, no sería correspondida. Como había previsto, tanto él como Touya me ignoraron olímpicamente.

—Aunque lo hubiera hecho, no había nadie en el consultorio y estaba cerrado.

—Puedes darle las llaves que le habías dado al inquilino anterior, aún si sólo fueran por razones de seguridad.

—El tío Yue tiene razón papá: ¿no le habías dado un juego de llaves al señor Kirino? Fue por eso que pudo detener el incendio el año pasado, ¿no?

—¿Incendio? —inquirí y Touya chasqueó la lengua con fastidio.

—No hubo ningún incendio. Sólo fue un corto que chamuscó los cables de uno de los equipos. Cuando la luz se fue en el edificio, el antiguo inquilino bajó al consultorio y al ver el equipo lo desconectó antes de subir las pastillas nuevamente. No pasó nada, pero Sakura entró en pánico cuando los vio y comenzó a hablar de incendios y esas cosas —echó la cabeza para atrás y alzó una ceja despreocupada—. En fin, de cualquier manera creo que Yue tiene razón: al menos por razones de seguridad deberías tener una copia de las llaves del consultorio. ¿Estás de acuerdo?

Lo estuve y acordamos en que al día siguiente me daría la copia. Como cambio justo y por la misma precaución, yo también decidí sacar un replicado y dárselo, ya que él estaba ahí precisamente en el horario en que el departamento quedaba desatendido. Después de esto estábamos a punto de despedirnos cuando Touya frunció el ceño al ver las manos de su hijo.

—Ryu, estás cargando el almuerzo al revés. Vas a revolver toda la comida así.

El pequeño se disculpó y acomodó la caja del almuerzo en sus manos. Al ver su gesto abochornado le di una palmada en el hombro.

—No te preocupes, si algo le pasa a tu comida, yo te puedo dar la mitad de la  mía —y aproveché para añadir, mirando de soslayo al padre—, aunque me has hablado tanto de lo rico que cocina tu papá, que espero llegar a  probarlo un día. Hasta el momento sólo he probado tu cocina y la comida rápida cuando voy a tu casa.

Ataques sutiles marca Daidouji. Éste va por cortesía de la casa, que tenga un buen inicio de semana.

—No se preocupe, profesora, sólo falta que usted lo diga y le puedo hacer cualquier delicia… incluso algo de comida —Touya se cruzó de brazos y apenas el esbozo de sonrisa guasona en su rostro y un destello delator revelaban el doble sentido tras sus palabras. Sin embargo apenas pensaba en alguna respuesta plausible cuando dio un giro brusco a la conversación al mirar su reloj y comentar como si nada—. Creo que tienen que irse. Es mejor que salgan ahora si no quieren que se les haga tarde.

Castañeé los dientes al descubrir cómo podía usar el tiempo a su favor, pero por esta vez tenía que concederle la razón y nos despedimos sin más, caminando mi alumno y yo por las calles de la Tomoeda que despertaba en el ir y venir de transeúntes. Íbamos en silencio al principio, disfrutando de nada más que la compañía del otro. De reojo, podía ver a Ryusei tan centrado en sus propias reflexiones que pronto un ceño similar al de su padre comenzó a formarse entre sus cejas espesas.

—¿Hay algo que te preocupa, Ryusei? —inquirí y le vi asentir, aún perdido en sus pensamientos. Reformulé mi pregunta—. ¿Y qué es lo que te preocupa?

—¿Los vampiros también pueden morir de SIDA? —soltó de pronto con toda la seriedad del mundo. Tendría que agradecer que sus ojos intrigados iban clavados al piso, porque así no pudo ver mi rostro desencajado de asombro. ¿Había siquiera escuchado bien su pregunta?

—¿De SIDA, dices? —aventuré y él asintió con el mismo ceño—. Antes de contestarte, ¿podrías decirme a qué se debe la pregunta?

Esta vez alzó la cabeza y me miró, confundido.

—Usted me preguntó qué era lo que me preocupaba.

Algún día tendré que aprender a anticipar las respuestas de Ryusei Kinomoto si quiero conseguir formular la pregunta adecuada a la primera.

—Quiero decir, ¿por qué te preocupa algo así?

—Mi papá me regaló un libro de monstruos mitológicos y de la era moderna…

Primera pregunta: ¿Qué clase de padre regala…? Ah, cierto, Touya. Ni siquiera sé por qué me sorprendo. Seguí prestándole atención a mi alumno:

—… ¿Sabe? Aunque en el pasado la gente contaba muchas historias de vampiros, hace tiempo que no se habla de ellos, más que en películas. Entonces creo que, o desaparecieron, o están escondidos. Por otra parte, Yukito me dijo que el SIDA es una enfermedad de la era moderna, ¿lo es, profesora?

—Así es. Los primeros casos, si no me equivoco, se presentaron en los años ochenta —contesté un poco al aire, casi sorprendida de que no hubiera sido Yue el que le proporcionara la información.

—Y es una enfermedad de transmisión sanguinal. Los vampiros chupan sangre y pueden contagiarse muy fácilmente. Si en todo este tiempo no se ha sabido de ellos, ¿no cree que puede ser porque se contagiaron y murieron… o porque tienen miedo de contagiarse y prefieren obtener sangre de otro lado, así que ya no atacan a la gente? —analizó con gesto severo en su rostro minúsculo, dejándome sin una posible respuesta en la boca. Ahí estaba yo, temprano por la mañana, camino a la escuela con mi ocurrente alumno reflexionando sobre el trágico destino de los chupasangre (supongo que en la categoría entrarán más que vampiros) con la llegada del virus del siglo. Era una situación tan irreal que parecía digna de recordar con una buena carcajada, lujo que no podía darme en ese momento.

—Técnicamente, los vampiros no están vivos —comencé, preguntándome si de verdad estaba bien que no empezara por aclarar su inexistencia—, así que no se pueden enfermar. Seguramente en tu libro se incluyen las diferentes formas en las que puede morir un vampiro, ¿cierto? —él asintió—. Entonces sabes que no pueden morir por causas naturales. Seguramente han desaparecido en los últimos años por otras razones. Por ejemplo… —pensé lo más rápido que pude—, porque ahora es más fácil identificarlos y atraparlos —y comencé a explicar cómo los sistemas de vigilancia serían difíciles de sortear aún para un vampiro, por lo que ellos ya no podían darse el lujo de llamar la atención. Ryusei pareció satisfecho con mi “teoría”, la cual continuamos alimentando durante nuestro camino hasta llegar a la escuela, donde regresamos a nuestros papeles de alumno y profesora. Era en días como éste que me llamaba la atención lo fácil que Ryusei parecía adaptarse a este cambio de roles. No todos los niños aprenden tan rápidamente a distinguir las diferencias entre estar fuera y dentro de la escuela cuando desarrollan lazos afectivos con algún profesor y esto puede llegar a generar problemas. Por ejemplo, no es raro que un alumno llegue a ver a su maestra como a una madre y admito que Ryusei me había preocupado particularmente en un inicio, pues la mayoría sabe comparar y distinguir a su madre real de la “madre maestra”, pero él, al no tener una referencia directa, habría podido perder la perspectiva fácilmente. Sólo el tiempo demostró que ése no era su caso. En primer lugar, nunca (ni fuera, ni dentro de la escuela) dejaba de llamarme “señorita” o “profesora” Daidouji, y los momentos en los que se acercaba a mí de una manera más personal solían ser a la salida, en esas veces que caminábamos juntos a casa, especialmente cuando él iba a visitar a su padre al consultorio. El resto del día en la escuela seguía siendo para él aprender, leer en su árbol favorito, comer con sus amigos de cuarto grado o con la pequeña Ayami, que no dejaba de buscarlo mientras no estuviera con los otros tres. Hablando de los cuales, ese día parecían fascinados con el almuerzo que mi alumno les compartía.

—¿De verdad lo hizo tu papá? —alcancé a escuchar al que me pareció que era Ichirou con su voz potente desde el jardín bajo la ventana de la sala de maestros—. ¡Genial! Mi papá ni siquiera puede hacer un huevo cocido.

Las carcajadas llamaron la atención de la profesora Nakamura, que se asomó a la ventana junto a la que yo comía mi almuerzo.

—¿No te preocupa que Kinomoto-kun se junte con esos niños? —comentó con evidente gesto de desaprobación y yo meneé la cabeza.

—Todo lo contrario: estoy muy feliz —al ver su gesto compungido, agregué—. Creo que Ryusei-kun tiene muy buena influencia en sus compañeros. Es tan inteligente y tiene un don de gentes innato que hace que aún los mayores le respeten.

—Sin mencionar que sabe dar muy buenas patadas —añadió ella con una ceja alzada y gesto divertido—. Por ese lado, a esos pequeños brabucones les conviene tenerlo de su parte. ¡Hum! Muy cierto.

—Se equivoca, a Ryusei no le gusta pelear. Además de esa vez que usted me comentó, no he sabido que haya tenido otro encuentro, y esos niños no han vuelto a molestar a nadie desde que hicieron migas con él.

—¡Ah! Pero no lo olvides: crea fama y échate a dormir. Esos niños siempre han hecho de las suyas y no creo que cambien de la noche a la mañana. Ya muchos en la escuela les temen, excepto por los más grandes, y si tu alumno se sigue juntando con ellos no tardarán en temerle a él. ¿Qué te parece Ayami-chan? —dijo alzando el mentón en una dirección y seguí su mirada hasta ver a la pequeña escondida tras un árbol—. Ni siquiera su admiradora más acérrima se atreve a acercarse ahora. ¿Crees que eso no afectará a Kinomoto-kun? Aunque, siendo tan raro como es, la verdad es que no sé qué esperar de él —reflexionó con expresión pensativa y luego una idea iluminó su rostro rollizo, lo noté por la forma astuta y maquiavélica con que me miró—. Si yo fuera tú, pediría una cita de inmediato con Kinomoto-san. Es importante mantener a los padres al tanto de este tipo de cosas.

Claro, y esa sonrisa soñadora seguramente se debía a su abnegada responsabilidad como maestra y su preocupación por el que una vez fue su alumno. Nada tendría que ver la perspectiva de ver caminar por los pasillos de la escuela al “bombón” Kinomoto, como ella le llamaba a veces.

Miré una vez más a los cuatro niños sentados en el césped disfrutando tranquilamente de sus almuerzos y a Ayami escondida más allá, esperando el momento de poder acercarse a su ídolo. Ciertamente las palabras de Nakamura me habían llamado la atención, pero no podía olvidar que había algo que ella no sabía: ella no había visto a los chicos, esos mismos de los que ella desconfiaba, en mi apartamento hurgando entre libros, ni su atenta emoción al escuchar a hablar a Ryusei. Tampoco, pese a haber sido su maestra, lo conocía bien a él. Quizá otros se hubieran formado prejuicios con respecto a los “pequeños brabucones”, como ella había querido dar a entender, pero Ryusei era el niño que había crecido con un papá guasón pero sobre protector, una tía algo torpe pero angelical, un “tío” amanerado y dulce, y otro frío pero inteligente y atento (aunque fuera sólo con él). Él no sabía de prejuicios y era capaz de preocuparse hasta por los vampiros que podrían sufrir de SIDA.

—Quizá lo único que necesitan esos niños es que alguien crea en ellos —hablé en voz alta sin darme cuenta, hasta que escuché la exclamación dubitativa de Nakamura—. Además, Ayami-chan no se dará por vencida tan fácilmente, y estoy segura que al final también entenderá lo que Ryusei-kun ha visto en ellos. Si acaso tuviera que llamar a su padre, no sería para advertirle nada —además, sabía que Touya ya conocía a los nuevos amigos de su hijo y, si alguien tan protector como él los aprobaba, yo no tenía por qué dudar más. Miré mi reloj y me puse de pie: en un minuto sonaría la campana.

—¿Entonces qué es lo que le dirías? —preguntó Nakamura y dudé unos segundos, sólo los que tardé en entender a qué se refería. Luego me encogí de hombros y le confesé una verdad que agradecí no tener que decir frente a nadie más:

—Lo felicitaría por lo que ha hecho con él. ¿No le parece?

————–

El día en la escuela había sido un poco más largo de lo esperado, pues la mamá de uno de mis alumnos se había presentado a la salida para platicar conmigo sobre su inminente divorcio y discutir sobre los efectos que esto podría tener en el niño y cómo evitarlos o amortiguarlos. Tengo entendido que la mayoría de los padres no se acercan a los profesores para exteriorizar este tipo de situaciones, pues les parece algo privado que debe mantenerse en los límites del hogar sin tomar en cuenta que afectará a los hijos en todos los niveles y es importante que el maestro también pueda identificar cualquier cambio en el comportamiento y el desempeño del alumno a partir de sucesos como éste, así que agradecí su confianza y prometí estar al pendiente del niño y mantenerla al tanto de cualquier hecho que pudiera ser relevante.

Esta vez me tocó caminar sola a casa, así que aproveché para pasar al supermercado y apenas me disponía a preparar la cena con lo que había traído cuando el timbre de la puerta anunció una inesperada visita. Dejé a un lado la botella de vino blanco a medio descorchar (que pensaba usar para la salsa con que bañaría el filete de salmón que acababa de comprar) y fui a la puerta sin esperar encontrarme a Touya vestido de personaje de Halloween con la camisa cubierta en sangre.

—¿Qué te pasó? —me puse pálida del susto y me hice a un lado para dejarlo pasar, pero él entró como lo haría en cualquier otro día, descalzándose con la misma casualidad de siempre.

—No es mi sangre, es de uno de mis pacientes.

Con esto era suficiente para regresarme a mi estado natural. Comprendí al instante que tampoco tenía que temer por el paciente, de lo contrario Touya no estaría tan tranquilo.

—Lo sabía, te queda mejor el oficio de carnicero.

—Lamento decepcionarte —me dirigió una de sus medias sonrisas de ceja alzada—. Tuve complicaciones con una muela de juicio y me di cuenta un poco tarde que tenía la bata a medio abrir. ¿Puedes prestarme tu lavadora un momento? No quiero llegar a casa y ver a Ryusei con la misma cara que hiciste al verme.

—La cara que cualquier ser humano con sangre en las venas haría —completé—. Adelante, la lavadora está en el cuarto de baño —lo llevé al cuarto y le mostré la máquina. Saqué una pastilla de jabón del gabinete y lo puse en el cartucho. Se me ocurrió aprovechar y meter a la lavadora unas toallas de la cocina que había dejado en el cesto de al lado, y mientras lo hacía me llamó la atención el sonido del agua corriendo en el lavabo—. ¿Qué haces? —me quedé boquiabierta al voltear y ver a Touya ya sin camisa, poniendo ésta bajo el chorro de agua corriente. Honestamente, no importa cuántas veces hubiera visto su torso desnudo en la playa; era imposible acostumbrarse a imaginar que alguien como él podría esconder algo así bajo la ropa.

—¿Qué parece que hago? Será más fácil mientras menos manchada esté —comentó con desenfado y siguió con su tarea, tallando un poco la tela bajo el chorro por unos segundos más.

Al menos me hubiera dado tiempo de hacerme a la idea, pensé entornando los ojos al cielo y cuando terminó tomé su camisa mojada entre mis manos. Al alzar la vista hacia él, vi que unas diminutas gotas de sangre habían ido a caer en el muslo del pantalón.

—También tendrás que lavar eso… ¡Espera! —lo detuve cuando se llevó una mano al cinturón con intención de quitárselo—. Casi no se ven, así que puedes hacerlo más tarde, cuando llegues a casa.

—La sangre es muy difícil de quitar cuando se seca y aún queda bastante espacio en la lavadora —comentó con toda la lógica del mundo y continuó con su tarea como si yo no lo estuviera mirando como a un lunático. Entonces pareció recapacitar y se detuvo tras liberar la hebilla. Alzó la cabeza hacia mí y una sonrisa lenta se escurrió de sus labios—. ¿O es que acaso la profesora se pone nerviosa frente a un hombre en ropa interior?

—Frente a un hombre, tú lo has dicho —contesté cruzándome de brazos—, pero no creo tener problemas para manejar a un adolescente.

—Conque un adolescente… —él pareció disfrutar la palabra mientras dejaba caer la prenda y se acercaba él mismo a ponerla en la lavadora, haciéndome retroceder un poco hacia la ducha—. Es curioso entonces que no sea yo el que está temblando como un conejo.

—¿Temblando? Me parece que tus ojos te engañan —mi voz salió un poco más aguda de lo que hubiera querido y carraspeé mientras me ocupaba pulsando el botón de encendido y escuchaba cómo la máquina ronroneaba suavemente antes de iniciar su ciclo—. No tengo nada que te pueda quedar mientras esperas, pero iré a buscarte una manta —intenté pasar por el espacio entre él y el lavabo, pero su mano me aferró como un grillete. Al girar la cabeza con una interrogante en la cara me topé de frente con su sonrisa sombría y una chispa extraña en sus ojos oscuros.

—No tienes por qué apresurarte. No tengo frío.

Pero yo sí, pensé pese a que su mano me estaba quemando la muñeca. Calma Daidouji,  me repetí como un mantra. Él solamente estaba jugando con mis instintos y probablemente lo hubiera logrado la semana anterior, cuando era víctima de las hormonas, pero ahora yo era dueña de mí misma y de mi cuerpo, así que podía enfrentar cualquier embestida.

Embestida. Tragué saliva. Quise decir “emboscada”. ¿Es que acaso ahora mi cerebro también me traicionaba?

—Pareces algo distraída el día de hoy —vi a Touya fruncir el ceño, pero esta vez con gesto divertido—. Supongo que no estás pensando en la última vez que estuvimos juntos en un baño, ¿o me equivoco?

¡Hijo de…!

—No, no estaba pensando en eso —pero gracias por recordármelo, completé apretando los dientes y maldiciéndolo en silencio. Lo único que me faltaba era eso—. ¿Podrías soltarme, por favor?

—¿De qué hablas? —él alzó una ceja con la satisfacción de un cazador frente a su presa. Al bajar la mirada me encontré con que mi mano había cobrado vida propia y se había afianzado a sus dedos. ¡Traidora! la observé mientras lo soltaba como si fuera un hierro al rojo vivo.

—Bien, voy por la manta. Con permiso —le sonreí como si nada hubiera pasado y caminé a la puerta, apurando el paso hacia mi recámara, donde husmeé en el armario para tomar la primera manta que brincara a la vista. Seguramente Touya no protestaría por un tono violeta, pensé—…. y si lo hace, al menos será divertido —me sonreí.

—¿Si hago qué cosa? —brinqué en mi lugar al escucharlo a mi lado y casi pego un grito de muerte.

—¿Qué haces en mi habitación? Te dije que me esperaras en el baño.

—No, no lo hiciste —anotó él entornando los ojos. Frustrada, le lancé la manta encima y me llevé ambas manos a las caderas, alzando la barbilla.

—¿Siempre te tomas esa confianza con las maestras de tu hijo?

—Sólo con las que él invita a cenar a cada mínima oportunidad —se encogió de hombros y la condenada sonrisa hizo acto de aparición—. Además, si se tratara de tomar confianza, más bien tendría que hacer algo como esto —dijo con desenfado lanzando la manta hacia el borde de la cama y dando un paso hacia mí, reduciendo el espacio que tenía entre el armario a mis espaldas y su cuerpo—. Ahora sí, profesora, creo que tiene razón de temblar como lo hacía en el baño.

—Lo siento —tragué saliva y alcé un poco más el mentón—, pero sigo viendo a un adolescente frente a mí.

—Todavía podemos corregir eso —susurró contra mi cara y, atrapando mi espalda con una mano, tiró de mí y me besó con el mismo permiso que había pedido para entrar en mi piso, en mi recámara y en mi vida. No fue un beso tentativo como el de Shizuoka, sino uno hambriento y tortuoso, exigiéndome una respuesta como unas garras arañando una puerta. Así Touya Kinomoto me arañó por dentro e invocó a otra yo que no tardó en responder a su llamado de la misma manera. Casi podía verlos a ambos devorándose uno al otro, sin atisbo de ternura ni timidez, sin medidas ni vagas ideas. Mi cuerpo se revolcó en una ola de instinto y se aferró a él con ventosas en vez de manos. Lo escuché y sentí reír con satisfacción, pero estaba decidida a reír yo al último, por lo que di un paso adelante, haciéndolo retroceder, y me giré, usando la poca fuerza que podía acumular en mi pequeño cuerpo contra el suyo para hacerlo caer sobre la cama. Nuevamente me pareció que no era yo, sino alguien más, quien se relamió los labios frente a su gesto sorprendido y complacido y sus ojos oscurecidos bajo la sombra de un deseo aún más negro que ellos. No podía ser yo, sino otra, la que trepó sobre ese cuerpo semidesnudo y lo atrapó bajo sus caderas. Y, pese a que esa no era yo, tampoco tenía la voluntad de detenerla, contemplando a través de sus ojos y sintiendo la piel morena bajo sus palmas. El mundo dejó de ser un lugar para el raciocinio y se convirtió en una parodia de instintos. Sin palabras, él y yo… o él y ella dijeron todo cuanto tenían que decir entre sonrisas retorcidas y miradas turbias.

Escuché mi suspiro cuando él comenzó a explorar mi piel, insatisfecho con sólo mis labios. Era un trato justo, pues yo hacía lo mismo con él. No tardó en querer deshacerse de mi blusa, mi falda y el resto de mi ropa, y yo tampoco se lo impedí. Era casi como un trueque: lo que él me hacía, yo se lo regresaba, y lo mismo sucedía con la ropa que me iba quitando, aunque en ese aspecto él estaba en evidente desventaja. Sentí su mirada en mi piel como un cosquilleo y quise morderme el labio para no sonreír.

Touya ya no era un humano, pero tampoco lo era yo. Éramos dos animales reducidos al instinto más elemental, desprovistos del habla y del sentido del tiempo, explorándonos uno al otro, domesticándonos mutuamente. Pero era siempre yo quien tenía el mando sobre él, física y mentalmente, dominando el rugido de su cuerpo con el mío y marcando la pauta entre nosotros hasta que mi vista se nubló de placer.

Mi cuerpo se sacudió en estertores mientras intentaba recuperar el aire que me había sido robado tras la explosión, pero aún mi respiración agitada no podía ahogar el retumbar de mis latidos contra mi oído. La garganta seca y el sudor en la frente, en toda mi piel. Mis caderas palpitaban mientras yo buscaba en la oscuridad un regreso a la realidad envuelta en silencio. Eran mi cuarto y mi cama, los mismos que en mis sueños, pero no había nadie ahí más que yo y una mente delatora. Me llevé las manos a la cara intentando cubrir mi vergüenza frente a nadie más que yo, la última en querer aceptarla y la primera en sufrirla. Incluso mi madre, a cientos de kilómetros de distancia, lo había visto mucho más claro que yo.

“¿No eres tú quien se niega a admitir la verdad?”

No había sido un sueño ni una pesadilla, sino una maldición, la traición de mi inconsciente, y el último eslabón que necesitaba para sumirme en la miseria de la realidad:

Me gustaba Touya, el sarcástico y el guasón, el ceñudo y sobre protector. El padre de mi alumno favorito.

 

Notas de la autora: finalmente llegó el momento de llamar a las cosas por su nombre. Si incluso Sonomi se dio cuenta, ¿Touya también lo habrá hecho?

He subido la clasificación del fic por obvias razones. Desde un principio había pensado en ponerlo en esta clasificación, pero no lo había hecho por… honestamente no sé por qué, pero ya corregí el error, así que espero que nadie se queje. Si se quejan, quito las escenas “subidas de tono” y lo regreso al “T” original (sí, imagino sus caras frustradas si lo hiciera).

Pero el sueño de Tomoyo revela algo más que su gusto por Touya. No digo mucho al respecto porque creo que es evidente, pero estoy abierta a sus preguntas. Yo también tengo una pregunta: ¿a los vampiros de verdad no les afectarán las enfermedades en la sangre?

Como comentario casual, sólo digo que estoy segura de que, en caso de haber nacido hombre, yo sería un Touya. No tan perfecta, quizá, pero sí igual de sarcástica y sugerente. Por alguna razón sus comentarios me nacen del corazón.

Muchas gracias por su paciencia, de la que he sabido abusar bastante, y sus comentarios que me hacen el día. Si les gusta la historia o si tienen alguna crítica constructiva al respecto, sus comentarios serán siempre bienvenidos en un review. Si los dejan firmados, siempre trataré de contestarlos.

¡Hasta la próxima!