2. No especules, investiga desde la fuente

Disclaimer: Card Captor Sakura y todos sus personajes pertenecen a CLAMP. La historia y demás personajes son de mi autoría.

El primer mes de clases pasó increíblemente rápido, mas no inadvertido. Antes de darme cuenta los niños ya se habían acostumbrado a mí —probablemente fui yo quien tardó más en adaptarme a ellos—, y las clases se desarrollaban con total normalidad. Tampoco tardé mucho en identificar a los pequeños que seguramente tendrían mayores dificultades en pasar las asignaturas. Tendría que poner mayor énfasis en ellos desde ahora si quería que todos aprobaran al final del año. También comenzaba a identificar a los que presentarían problemas de conducta, aquellos a los que les gustaba ser el centro de atención. Es la ventaja de los niños: no pueden esconder su personalidad por mucho tiempo.
 
Sonreí asomándome por la ventana desde el segundo piso. Todos habían salido a los jardines durante el receso aprovechando el fantástico día que hacía. Estábamos ya a inicios de mayo y un delicioso calor comenzaba  a hacerse sentir en el ambiente, así que incluso yo sentía ganas de salir y ponerme a corretear con los niños.
 
—¡Hey, Kinomoto! —escuché a un niño de otra clase gritar un poco más allá—. ¿Nos puedes pasar la pelota?
 
El balón con el que jugaban algunos chicos había ido a parar al pie de un árbol. Sólo entonces me percaté que en una de las ramas de éste se encontraba uno de mis alumnos, Ryusei Kinomoto, recargado lánguidamente contra el tronco y leyendo cómodamente como si no estuviera a más de tres metros del suelo. ¿Qué rayos hacía ese niño ahí?
 
—Sí —contestó sin mover un solo músculo y volvió a su lectura.
 
—¡Eh! ¿y por qué no lo haces? —gritó el otro niño acercándose un poco al árbol. Se veía molesto y decidí que sería el momento de bajar si no quería que empezara una pelea ridícula entre los pequeños. Tomé las escaleras lo más rápido que pude. Sin embargo, cuando llegué me encontré con los niños jugando como si nada hubiera pasado y al pequeño Kinomoto en la misma posición sobre el árbol. Extrañada, me acerqué a él.
 
—¿Qué lees?
 
El libro se cerró de golpe frente a sus narices y él me dirigió una larga mirada con sus ojos oscuros antes de acomodarse un poco sobre la rama y… saltar.
 
—¿Qué diabl… qué crees que haces? —me corregí intentando controlar un ataque de pánico al verlo aterrizar ágilmente con sus delgadas piernas abiertas apenas lo necesario—. ¿Estás bien?
 
Ignorando mi gesto desencajado, Ryusei avanzó hacia mí y me extendió el ejemplar en sus manos.
 
—Es un libro que me prestó mi abuelo sobre los incas. Bajé para mostrárselo. Gracias, estoy bien.
 
Primero pensé que hablaba como un robot, pero parpadeé al darme cuenta que él simplemente estaba respondiendo en orden cronológico a cada una de mis tres preguntas anteriores (aunque no todas intencionales). Pasado el susto inicial, tomé el libro que él me ofrecía y al observar la portada noté que era una de esas ediciones de pasta dura en verde, con nada más que el título del libro al frente. Lo hojeé un poco y entonces comprobé que no se trataba de ningún libro para niños: era grueso, cargado de texto y “aburrido”, como lo definiría la mayoría de los chicos de su edad.
 
—¿Te gusta este tipo de libros? —no pude resistirme a preguntar y él asintió llanamente—. ¿Dices que es de tu abuelo? Debe ser un hombre muy culto —sonreí y él volvió a asentir.
 
—Mi abuelo es arqueólogo. Algún día seré como él.
 
Admiré la decisión con la que decía aquello. Recordé entonces las palabras de la profesora Nakamura: ese niño era todo un personaje, y no era la primera vez que me daba cuenta de ello. En realidad, descifrar en qué radicaba su particularidad era de por sí un problema. No sabría si empezar por su aparente hermetismo para con los demás, que irónicamente contrastaba con su impecable educación hacia los adultos. Era muy quieto y no solía jugar con otros, y sin embargo era miembro clave del equipo de fútbol y todo un as de los deportes. Otra rareza: ninguna materia era su punto débil. De matemáticas a japonés, Kinomoto era como un pequeño genio, no obstante, ningún niño parecía interesado en querer abusar de él como lo harían del clásico ratón de biblioteca. Por si fuera poco, sus facciones finas y su cabello brillante, pero sobre todo sus fuertes ojos negros daban ya clara muestra de que en un futuro sería un joven muy apuesto, y no era difícil notar que algunas niñas le lanzaban tímidas miradas arreboladas a las que él parecía absolutamente inmune. Y con inmune me refiero a toda la extensión de la palabra: no sólo no le interesaban, sino que ni siquiera hacía como muchos niños de su edad que daban señales de repulsión y salían corriendo cuando una niña se atrevía a decirles algo lindo o siquiera se acercaba a ellos. No, Ryusei se limitaba a dar una inclinación de cabeza, quizás un “gracias” y tranquilamente se marchaba como si nada.
 
—Profesora Daidouji —su voz infantil me trajo de vuelta al presente y me obligué a mirar sus curiosos ojos negros. ¿De dónde había aprendido a fruncir así el ceño?
 
—¿Qué pasa, Kinomoto-kun?
 
—El timbré acaba de sonar. ¿No debemos regresar al salón?
 
—¡El salón! —le sonreí. Ni siquiera había escuchado la campana—. Claro, ¿me acompañas? —le tendí una mano que él contempló con el mismo ceño, pero que igualmente tomó después de un breve titubeo.
 
—Profesora Daidouji… —me llamó mientras andábamos hacia las escaleras.
 
—Dime.
 
—¿Le interesa el libro?
 
Sólo entonces me di cuenta de que aún tenía en mi otra mano su lectura y me disculpé por no habérselo devuelto antes.
 
—Parece interesante —sonreí intentando sacar conversación para conocer un poco más de mi alumno—. ¿Te interesan las civilizaciones antiguas?
 
—Sí.
 
—¿Y crees que cuando termines de leerlo me lo puedas prestar?
 
Su cabeza rotó lentamente hacia mí y nuevamente ahí estaba su extraña mirada oscura, tan poco “adecuada” para un niño de nueve años. En verdad —pensé al verlo ahí—, cada niño es un pequeño universo.
 
—Sí —volvió la vista al frente.
 
—————-
 
Todos los niños caminaban a casa en compañía de sus amigos. Las niñas solían salir en grupos más numerosos, en tanto que los niños lo hacían en grupos de dos en dos. Algunos —especialmente los más pequeños— eran recogidos a la salida por sus padres o hermanos mayores y otros se quedaban a participar en los diferentes clubes y equipos. Yo no solía quedarme tanto tiempo después de clases, por lo que no sabía mucho sobre estos últimos, pero aquel día se me retrasó un poco más la revisión de unos trabajos que no quería llevarme a casa y al salir me encontré con los pequeños que caminaban hacia la salida. Entre ellos me encontré a Kinomoto con su carita manchada de tierra. Noté que hacía un simple gesto de despedida a sus compañeros y se marchaba.
 
—Hey, ¿no quieres ir a jugar a casa de Daisuke? —le preguntaba uno de ellos. Parecía de cuarto grado. Kinomoto negó con la cabeza y se disculpó.
 
—Gracias, pero no puedo —diciendo esto sencillamente dio la media vuelta y se enfiló a la salida. Me sentía curiosa y no podía evitarlo (Akane tampoco se había equivocado al decir que así sería), así que apresuré el paso y le di alcance en la banqueta.
 
—Kinomoto-kun —le llamé y él pareció sorprendido de verme ahí—. ¿Siempre vas solo a tu casa? —él asintió como si nada—. ¿Por qué no vas con tus compañeros?
 
Él pareció meditar mi pregunta antes de responder:
 
—No viven en la misma dirección que yo.
 
Ésa era una buena respuesta, pensé, pero no era mi única duda, así que decidí hurgar un poco más.
 
—¿Puedo acompañarte?
 
—¿Vive usted en la misma dirección que yo? —él frunció el ceño. ¿Por qué un niño de tu edad frunce el ceño de esa manera? Pensé, ¿acaso no es una expresión muy adulta para tu tierna carita?
 
—No me queda lejos —respondí con una sonrisa. No tenía ni idea de dónde vivía él, pero a esas alturas me daba igual. Estoy casi segura que la curiosidad es mi talón de Aquiles y algún día será mi perdición—. Y… dime —comencé andando ya a su lado—, ¿nunca sales a jugar con tus amigos?
 
Pareciera que le hubiera pedido resolver una ecuación. Ryusei me miró como si no pudiera comprender mis palabras.
 
—Jugamos en la escuela.
 
En verdad, no sé si este niño es demasiado complicado o demasiado simple. Decidí intentar un poco más.
 
—¿Y el resto del día? ¿Juegas con los niños que viven por tu casa?
 
—No hay niños de mi edad por la casa.
 
—¿Con tus hermanos?
 
—No tengo hermanos.
 
Contuve las ganas de entornar los ojos. Ahora comenzaba a entender por qué era tan solitario.
 
—¿Qué haces entonces?
 
Sus negros ojos no habían dejado de observarme un solo segundo. Me comenzaba a preguntar si lo había visto siquiera parpadear.
 
—Tenemos tarea, usted lo sabe, es mi maestra.
 
Con tu genio, no te llevará ni treinta minutos resolverla toda, pensé, pero no era el caso decírselo.
 
—¿Y qué haces después?
 
—Limpiar la casa, preparar la cena —se encogió de hombros—. A veces tengo tiempo de leer antes de que llegue papá del trabajo.
 
¿Eso era todo? No podía ser cierto, ¿verdad?
 
—¿Sales mucho con tu papás? —tenía que agotar mis posibilidades, quizá este niño tenía una vida muy familiar, pensé, pero él negó nuevamente.
 
—Sólo los fines de semana. Papá trabaja el resto de la semana.
 
—¿Y tu mamá? —suspiré casi rendida.
 
—No tengo mamá.
 
“No tengo mamá”, tan sencillo como decir “hoy comeré arroz”, o cualquiera lo interpretaría así por la forma en que él lo había dicho. Ryusei siguió caminando como si nada, admirando las copas de los árboles por donde pasábamos, y yo, Tomoyo Daidouji, estaba de piedra. ¿Qué se dice en una situación así? No sabía si su mamá estaba muerta o los había abandonado a él y a su padre, o quizás era una prófuga de la justicia, o incluso era posible que…
 
Demasiadas ideas. ¿Debería mejor preguntarle?
 
—Usted quiere saber qué le pasó a mi madre —cuando parpadeé nuevamente encontré la mirada de Ryusei fija en mí. Ojos oscuros y difíciles de leer. Asentí con la cabeza—. Ella murió cuando yo nací.
 
¿Quieres dejar de hablar de esas cosas como si hablaras del clima? En verdad, cada niño es un universo, y comenzaba a entender que éste era uno de ésos que jamás comprendería. Al contrario, él parecía haber leído mis pensamientos mucho mejor. Ni siquiera desviaba la mirada para decir esas cosas. ¿Por qué?
 
—Aquí vivo —se detuvo él de pronto frente a un pequeño bloque de departamentos con un bonito jardín al frente—. ¿Desea pasar?
 
Tardé unos cinco segundos en decidirme, pero ya estaba ahí, así que no estaría de más hablar un poco con el señor Kinomoto.
 
—¿Puedo?
 
—Adelante.
 
——————–
 
Como mencioné, un niño como Ryusei no necesitaba mucha ayuda para resolver los ejercicios que le había dejado de tarea a la clase, pero igual me ofrecí a ayudarle si acaso le surgían dudas. Me preguntó un par de cosas, aunque sospeché que lo hacía más por la cortesía de hacerme sentir útil que por otra cosa. Mientras lo miraba trabajar no pude evitar pensar que mamá hubiera estado contenta con tener un hijo como él. Siempre deseó un niño y yo siempre quise un hermano menor, uno educado y que no diera mucha lata; uno como Ryusei.
 
Terminados los deberes, me ofrecí a ayudarlo con la comida. Modestia aparte, siempre he sido buena en la cocina. Incluso logré convencerlo de preparar algunas galletas, ya que su padre tardaría en llegar. Aunque intentó esconderlo, Ryusei estaba emocionado.
 
—Es la primera vez que no hago galletas con la tía Sakura o Yukito —comentó de pronto mientras yo metía las planchas al horno—, y usted las hace muy diferentes, profesora Daidouji.
 
—¿Nunca habías hecho polvorones? —pregunté y él meneó la cabeza negativamente. Sus mejillas estaban un poco sonrosadas y un tenue atisbo de sonrisa quería asomarse entre sus labios. Contemplé a mi alrededor. La cena estaba en la olla y los utensilios que habíamos requerido se encontraban ya en el lavavajillas. Lo único que quedaba era esperar a que el estofado y las galletas estuvieran listos… y al señor Kinomoto.
 
—¿Nos acompañará a cenar, profesora Daidouji? —preguntó él de pronto. Era interesante escucharle preguntar algo finalmente. Sin embargo no podía aceptar la invitación de un niño tan fácilmente. Ya mucho había interferido con auto-invitarme a acompañarlo y entrar a su casa.
 
—Esperemos a que llegue tu papá y entonces le preguntas, ¿te parece?
 
Ryusei asintió y en ese momento, como invocado por mis palabras, se escuchó la puerta de entrada girar sobre sus goznes. El rostro del pequeño se iluminó y corrió hacia el recibidor.
 
—¡Papá!
 
—Perdón por la tardanza. ¿Cómo te fue hoy en la escuela, Ryu?
 
Era sin duda alguna una voz muy varonil y agradable. El señor Kinomoto bien podría ser un locutor de radio, pensé sin poder evitarlo. También se escuchaba que era un hombre joven. Había pensado que tendría unos treinta y cinco años, pero era probable que fuera aún más joven.
 
—Papá, quiero presentarte a alguien.
 
—¿Trajiste a un amigo a casa?
 
—No.
 
Reí internamente. Al parecer, Ryusei jamás brindaba más información de la requerida en una respuesta.
 
—¿Entonces?
 
Decidí salir de la cocina y presentarme yo misma. Estaba un poco nerviosa por lo extraño de la situación, pero al mismo tiempo ansiosa y definitivamente curiosa. Me alisé la falda y caminé al recibidor. Podía escuchar las voces de ambos aproximándose y preparé mi mejor sonrisa.
 
—Buenas noches, señor Kino… moto —cualquiera se hubiera dado cuenta de mi sorpresa al encontrarme frente a frente con uno de los sujetos que me había ayudado aquella vez que tropecé afuera del supermercado. Se trataba del moreno. Nunca olvidaría su rostro bronceado y burlón. ¿Ese payaso era el padre del cortés Ryusei?
 
—Papá, ella es la profesora Daidouji —Ryu tomaba de la mano a su padre y sus ojos parecían un poco más grandes de lo normal. Era sorprendente lo rápido que ese pequeño cambiaba de estado de ánimo.
 
—Tomoyo, ¿cierto? —superando la sorpresa inicial, el hombre se pasó una mano por el cabello—. No imaginaba que tú fueras la maestra de Ryu.
 
Por si fuera poca, mi sorpresa inicial se había disparado al comprender que él había recordado mi nombre. ¡Diablos! Siempre fui mala para los nombres, y precisamente en el último mes había tenido que aprenderme los de todos mis alumnos. Pero algo tenía que responder…
 
—Sí, es una pequeña sorpresa… Kinomoto-san…
 
—Es Touya, ¿recuerdas? —su sonrisa comenzó a asomar por un costado. Por supuesto que se había dado cuenta de que me había olvidado de su nombre. Tuve que sonreír con cortesía para no sonrojarme de inmediato.
 
—¿Ustedes dos se conocen? —Ryusei nos contempló a ambos con curiosidad.  Su padre posó ahora la otra mano sobre su cabeza y despeinó su cabello igualmente oscuro—, ¡Hey!
 
—¿Hiciste algo malo? —ignorando la protesta de su hijo, Touya le lanzó una mirada—. Normalmente me citan en la escuela, pero es la primera vez que tu maestra tiene que venir directamente a la casa para hablar conmigo. ¿Qué fue ahora, Ryu?
 
—¡No he hecho nada!
 
Increíble, pero sólo frente a su padre Ryusei parecía comportarse como un niño normal.
 
—Kinomo… Ryusei-kun tiene razón —me corregí. Después de todo estaba en casa de los Kinomoto—. Él no ha hecho nada malo. Al contrario, es uno de los niños más inteligentes de mi clase y tiene un buen comportamiento.
 
Touya no pareció creerme en primera instancia, así que alzó una ceja hacia su hijo. Después se dirigió a mí.
 
—¿Puedo preguntar entonces qué haces aquí?
 
—Yo la invité. La profesora Daidouji me ayudó a hacer la cena y unas galletas.
 
Gracias a dios que había hablado el niño, porque yo no tenía ni idea de cómo responder a esa pregunta.
 
—Así que mi hijo te hizo cocinar para nosotros —como el buen payaso que había demostrado ser, Touya me dedicó una sonrisa ladina y socarrona. Por su gesto, comprendí que quería hacerme rabiar, pero no lo lograría. Aún no entendía quién era yo, así que le sonreí como una dulce e inocente niña.
 
—Fue muy divertido. Ryusei-kun es un excelente cocinero. Supongo que ha aprendido mucho de prepararte la comida todos los días —detrás de mi cara de ángel estaba mi deleite: “eres un papá irresponsable y tienes a tu niño de ocho años cocinando para ti”. Touya lo captó, estoy segura de ello, pero se hizo el desentendido y caminando hacia la cocina se encogió de hombros.
 
—Sí, es un alivio que no cocine como el monstruo de su tía.
 
—Papá, la tía Sakura no es un monstruo —reclamó el pequeño y no pude evitar reírme, aunque lo hice lo más quedo que pude. El hombre, no obstante, se dio cuenta y me miró con autosuficiencia.
 
—Bueno, creo que ustedes dos ya hicieron suficiente. Si me lo permiten, serviré los platos; después de todo, eres nuestra invitada —hizo una silla a un lado y me invitó a sentar. Era notorio que había algo detrás de su sonrisa disfrazada, pero decidí seguirle el juego. Después de apagar el horno donde seguían las galletas y lavarse las manos, Ryusei fue el primero en sentarse tranquilamente a la mesa. Me disculpé para ir al baño a lavarme las manos y cuando regresé la cena estaba servida y Touya estaba sentado. La mesa era de cuatro sillas, de manera que Touya y Ryusei se miraban de frente y yo estaba en el medio.
 
—¿Cómo siguió tu tobillo?
 
—¿Mi tobillo? —y sólo entonces lo recordé—. ¡Ah! Muy bien, gracias. Me costó trabajo caminar durante un par de días, pero no era nada serio. Ya no me duele nada.
 
—¿Cómo conociste a la profesora Daidouji, papá?
 
—¿Qué te dije de hablar con la boca llena? —Touya alzó una ceja y un leve sonrojo apareció en el rostro del pequeño—. La conocí tirada en el estacionamiento del supermercado.
 
Sentí que me atragantaba con un pedazo de zanahoria y comencé a toser un poco. Después de unos insufribles segundos finalmente pude respirar tranquila otra vez. ¿Qué clase de respuesta era esa? Bien podía haber dicho “Nos conocimos en el estacionamiento del supermercado”, o algo así. Al levantar la mirada me encontré nuevamente con la sonrisa burlona de Touya y mi bendito autocontrol tuvo que hacer acto de aparición para no dedicarle al menos una buena mirada glacial.
 
Agradecí al cielo que aquél fuera el único percance de la cena. El resto de la velada pasó tranquilamente y las galletas resultaron estar deliciosas. Incluso me sentí satisfecha al ver la cara de sorpresa de Touya después de probarlas. Seguramente no había esperado que estuvieran tan buenas. Touché.
 
Ryusei se despidió pronto y subió a su recámara. Aprovechando la oportunidad de quedarme a solas con su padre, decidí que era momento de hablar con él.
 
—¿Ryusei suele ser tan solitario? —fui directo al grano mientras le ayudaba a recoger la vajilla. Junto al lavaplatos, él me miró de reojo.
 
—No tiene muchos amigos, ¿verdad?
 
—Tú eres su padre, deberías saberlo —le pasé un par de platos—. Parece que prefiere leer a relacionarse con otros.
 
—Creo que esa manía la aprendió de Yue.
 
—¿Yue?
 
Touya se encogió de hombros y meneó la cabeza.
 
—Olvídalo. Siempre fue un niño muy quieto. No sé si eso sea bueno.
 
Asi que Touya Kinomoto estaba inseguro de su labor como padre. Podía comprenderlo: aún no conocía a un padre que supiera al cien porciento lo que estaba haciendo. Decidiendo llevar la fiesta en paz, pensé en tranquilizarlo.
 
—No creo que sea malo. A veces se debe a que tienen problemas para socializar, pero Ryusei no los tiene. Habla bien con los demás chicos y tiene algún leve altercado de vez en cuando, pero no lo he visto discutir fuertemente  hasta el momento. Además, es muy bueno para los deportes. Algunos chicos lo admiran.
 
—Desde primer año me dijo que quería entrar al equipo de futbol, y no tuvo problemas para que lo admitieran. Es muy bueno —sonrió orgulloso. El orgullo de todo hombre: tener un niño bueno en los deportes. Testosterona, nunca fallas.
 
—También es buen chico con las niñas. No les grita como otros niños. Al contrario, las escucha y luego dice lo que tiene que decir. Por supuesto que a muchas les gusta eso —reí—. Tiene una linda manera de rechazarlas. En verdad, con todo eso no sé por qué sigue siendo tan solitario.
 
—Yo tampoco —admitió él y finalmente parecía sincero—. Eso de tratar bien a las mujeres lo sacó de Yuki y mi hermana.
 
Yuki. Ah, ahora recordaba por qué me había sonado el nombre de Yukito cuando Ryusei lo había mencionado. Era el amigo amanerado de Touya.
 
—¿Y qué sacó de ti? —pregunté finalmente—. Ryusei parece un niño muy serio y maduro —no pude siquiera disfrazar por dónde iba mi comentario: “totalmente opuesto a ti”. De cualquier manera, Touya alzó su ceja sarcástica y se recargó contra la mesa.
 
—Precisamente eso, profesora —me guiñó un ojo—. Precisamente.


Notas de la autora: el pequeño Ryusei ha hecho acto de aparición. Les confesaré que me encanta este niño, poco a poco irán viendo porqué. Y desde ya podemos ir viendo ese estira-y-afloja entre Tomoyo y Touya, aunque él parece tomárselo menos en serio que ella. ¿Qué opinan?
 
Muchas gracias por sus comentarios al primer capítulo y vía Facebook. Apenas es el inicio de la historia, así que espero les siga gustando. Y aprovechando la época: ¡Feliz Año Nuevo! Les deseo mucho éxito y felicidad en todo su esplendor (con todo y sus malos ratos, que no sólo son inevitables, sino necesarios). Saludos y no olviden dejar sus críticas, comentarios o sugerencias.
 
¡Hasta la próxima!