19. Hay días malos, días peores y… “ésos”

Hay días que deberían ser borrados del calendario, especialmente esos que llegan tras cada ciclo lunar. Si bien suelen de llegar en distintas formas para cada mujer, existe un consenso general al respecto, y es que ninguna en su sano juicio diría que son días agradables, aún cuando no nos queda más opción que esperarlos con resignada paciencia mes tras mes e inclusive recibirlos como una auténtica bendición tras algún descuido o simplemente un retraso inesperado. Y es precisamente en estas ocasiones en las que pienso que la mayoría de las religiones tienen razón al describir a un Dios varón, porque sólo un macho con aires de deidad tendría el desatino (por decir un eufemismo) de pensar que no es suficiente cargar de por vida con el estigma del sexo débil ni agonizar para dar luz a una nueva vida después de 9 meses de antojos, náuseas y desmayos; no, por supuesto que debe ser estrictamente necesario desgarrarnos por dentro mes tras mes en medio de una explosión de hormonas e inestabilidad emocional, dolor y, para coronar, un problema sanguinolento con qué lidiar sirviéndonos de cualquier tipo de artilugio para evitar vergüenzas en público.

Agradezcan mi regalo, hijas mías, de lo contrario nos veremos en nueve meses.

Mis palabras de agradecimiento no pueden ser leídas por menores de edad. De cualquier forma sobra imaginación colectiva para pensarlas. Si no es así, bastará con decir que ese miércoles, a pocos minutos del mediodía, seguía recluida en el abismo de mi cama, escondida bajo las cobijas pese al calor que seguía sintiéndose en septiembre. No conforme con el sofocante sauna del que no pensaba salir, había encontrado la frazada eléctrica y la había colocado directamente en mi abdomen, calentándolo al punto de poder freír un huevo en él. Pero no me importaba, era eso o doparme con analgésicos (lo cual, admito, estaba muy tentada a hacer), y apenas así había cedido un poco el dolor en el vientre y espalda, aunque la sensación de tener las articulaciones destrozadas y los escalofríos no parecían querer rendirse con un remedio casero tan simple. La lógica me decía que me preparara un té caliente, pero la perspectiva de salir de la cama para arrastrarme hasta la cocina no parecía muy alentadora, aunada a las náuseas que me hacían temer hasta el vaso de agua que tenía sobre la mesita de noche.

Lo admito, me había atrevido a olvidar lo mal que podría llegar a ser. Me había sentido tan victoriosa al dejar de tomar la píldora anticonceptiva al terminar con Eriol, imaginando que no tendría que volver a acordarme de engullirla cada mañana ni asustarme al descubrir una pastilla de más de acuerdo al calendario, que no me había detenido a pensar en la razón por la que hacía ocho años que las tomaba, mucho antes de que conociera a mi ex: para controlar los síntomas que durante mi adolescencia tenían que quitarme a fuerza de inyecciones mes con mes. Mal momento para “dejarlo todo atrás”, pensaba mientras me atravesaba otro escalofrío y me hundía un poco más en las cobijas y en los rincones de mi propia bipolaridad hormonal. Hice una nota mental de hacer una cita ipso facto con el médico para renovar mi receta.

Estaba tan perdida en mis pensamientos, intentando escapar de los estertores de mi cuerpo, que me costó trabajo reconocer la melodía que irrumpía como un fantasma iridiscente en mi apartamento, hasta que algo en mi cabeza me indicó que se trataba de mi celular. Aturdida, arrastré la mano por la mesita de noche y cogí el aparato sin molestarme en alzar la mirada para ver la pantalla. No recordaba haber cambiado el tono de timbre, pero en medio de un espasmo no me detuve otro segundo a pensarlo y aspiré un par de veces antes de poder contestar la llamada.

—Si no te tomas la molestia de llamarme en semanas, tengo que ser yo quien tome la iniciativa —fue el cálido saludo de mamá y entonces recordé haberle asignado un tono distinto a su número en la agenda.

—Buenos días madre —suspiré—. ¿A qué debo el honor de tu llamada?

—No esperabas que me quedara de brazos cruzados el día de tu cumpleaños, a pesar de que te mudaras sin avisarme y haya tenido que enterarme después de que esta mañana la persona que envié con tu regalo se hubiera encontrado con tu apartamento vacío y la noticia de que no vives ahí desde hace al menos una semana.

¡Oh, mi cumpleaños! Había olvidado ese pequeño detalle. Sabía muy bien qué día de mi calendario femenino era, pero se me había pasado por completo el gregoriano. Bonita sorpresas tiene la vida: siempre se las ingenia para arruinarte al menos algo a cambio de un útero libre y fértil. Pero parecía demasiada coincidencia y por un instante dejé de escuchar los reclamos de mi madre, preguntándome si acaso en la escuela no habrían pensado que me había tomado el día libre para celebrar mi cumpleaños.

Créanme. Realmente preferiría estar dando clase.

—¿Y se puede saber cuándo pensabas informarme de la mudanza?

—Disculpa, creí que… —tuve que respirar nuevamente para ahogar una náusea repentina. Seguramente ella pensó que sólo estaba midiendo mis palabras, pero se equivocaba—, creí que no sería necesario si tus espías lo hacían antes que yo.

A mi comentario le siguió un silencio oscuro que ocultaba hasta la respiración de mi progenitora. En la situación en que me encontraba me costaba trabajo incluso imaginarme lo que podría estar pasando por su mente, pero seguramente tendría que estarse debatiendo entre negarlo y aceptarlo. Cualquiera de las dos salidas me parecía de lo más natural en ella, por lo que no me sorprendió cuando optó por la segunda.

—¿Acaso piensas reclamarme? No parece que tenga otra opción, considerando la falta de comunicación de tu parte.

Lo he dicho antes: el talento Daidouji para manipular las circunstancias a favor de uno es bastante plausible. Por supuesto, ahora era yo la que había suscitado nuestra falta de comunicación y la responsable de que los agentes de mamá estuvieran tras mis espaldas.

—No, no pienso reclamarte —suspiré y comenté como por casualidad—. ¿Qué te parece mi nuevo piso?

—Es difícil tener una opinión cuando no lo he visto.

A través del teléfono no era fácil saber si lo que decía era verdad.

—¿Tus espías no han tenido oportunidad de instalar cámaras adentro? —insistí—. Me sorprende que sean tan poco eficientes. No esperaría tanta tolerancia de tu parte.

Yo tampoco esperaría tanta insolencia de la tuya. Soy tu madre, así que no olvides el respeto que me debes, jovencita —habló en su tono autoritario y controlado, siempre bien medido—. Sin importar cuánto decidas alejarte y desembarazarte de nuestros asuntos, nunca dejarás de ser una Daidouji, así que no esperes que me quede inmóvil esperando noticias tuyas cuando sé que nunca llegarán.

Los cargos eran por negligencia e indiferencia. El veredicto: culpable. Sí, había aprendido de la mejor.

—Tienes razón, nunca dejaré de ser una Daidouji —suspiré con más amargura de la que esperaba y ella calló. Decir que no comprendió lo que quería decir con eso sería restarle crédito, pero pensar que iniciaría una batalla sin cuartel a distancia y a través del teléfono sería desmerecer las habilidades de negociación de la presidenta de Grupo Daidouji. Si yo sabía cuándo evitar una discusión ridícula e infructífera ella lo sabía aún más.

Supongo que no te dieron el día en el trabajo por tu cumpleaños, sin embargo parece que estás en casa —cambió de tema luego de varios segundos de silencio incómodo—. ¿Estás enferma?

—No. Sólo algo “indispuesta” —agradecí el cambio de tema y me la imaginé asintiendo con un único movimiento de cabeza.

¿No te está funcionando el tratamiento hormonal o lo dejaste?

No sé si el escalofrío que sentí fue otro más de los que llevaban torturándome toda la mañana o si fue el efecto de saber lo bien que podía leerme mi madre aún a la distancia. Su combinación de lógica, astucia e instinto maternal (fuera mucho o poco) podía resultar casi peligrosa.

—Lo dejé, he pensado en cambiarlo —mentí, avergonzada de reconocer mi error frente a ella. Ella comenzó a decir algo sobre visitar a un ginecólogo en Tokio, pues la oferta de expertos en un pequeño pueblo como Tomoeda no podía ser tan buena como en la capital, cuando el timbre de la puerta repiqueteó en el apartamento. Mentalmente celebré la inesperada interrupción mientras me despedía de ella argumentando que tenía una visita y quedábamos en continuar nuestra conversación en cualquier otra ocasión, lo cual igual podía significar al día siguiente o cuatro semanas después. Aliviada, colgué el teléfono y me incorporé para caminar a la entrada, acción que fue irremediablemente acompañada de esa desagradable sensación de que mi útero entero quería escaparse de un solo golpe.

Sí, claro, abriría la puerta… algún día, en el supuesto de que mi escala en el baño no me fuera a llevar toda una vida, y ya que no pienso redactar lo que ocurrió en ese pequeño cuarto de baño durante los diez minutos que estuve encerrada ahí, tan sólo diré que al salir lo último en lo que pensaba era en el timbre de la puerta, y ya me dirigía dando traspiés a mi cama, con piernas temblorosas y la espalda  encorvada de una anciana, cuando éste sonó otra vez. Como cualquier persona en su sano juicio haría en mi lugar, maldije al insistente visitante y me debatí por espacio de un minuto entre mi cálido refugio y el lejano y frío recibidor, quizá esperando aún a que, fuera quien fuera, él o ella desapareciera de mi puerta cuanto antes, cosa que no sucedió. Finalmente, cuando comenzó a tocar con los nudillos, me vi obligada a admitir lo inevitable y arrastrarme a la sala, donde apenas reconocí mi voz al tratar de farfullar un “ya voy”. Sólo entonces el sonido calló y la persona al otro lado esperó en silencio el tramo que recorrí con la misma firmeza que un potro recién nacido, sintiendo cuchillos en la espalda a cada paso. Aún así logré llegar a la puerta y poner un ojo en la mirilla para descubrir a mi visita. Por la manera en la que alzó una ceja, adiviné que alcanzó a escuchar perfectamente el suspiro acongojado que dejé escapar al verlo ahí. No obstante hice mi mejor esfuerzo por enderezarme y apretar los dientes en una sonrisa antes de abrir la puerta.

—¿Sí? —traté de saludar con voz cantarina. Touya me miró alzando ambas cejas.

—Quince minutos. A juzgar por tu cara, no esperes que crea que estabas dormida —murmuró meneando la cabeza y se pasó una mano por el cabello con esa casualidad que siempre esgrimía—. Ryusei me dijo que hoy te habías reportado enferma y tienen un maestro sustituto.

Suspiré aliviada. Al menos habían alcanzado a comunicarse con el profesor sustituto y los niños podrían tener clase hoy.

—Estás muy pálida. ¿Ya viste a un médico?

—No necesito ver a un médico —sólo necesito regresar a mi refugio bajo las sábanas y acampar allí para siempre, pensé contemplando con ensoñación la posibilidad de no tener que salir al mundo exterior nunca más. Pensé también en decirle a Touya que no se preocupara, que no era nada del otro mundo, pero podía ver en su mirada mejor que en un espejo: a jugar por su expresión, seguramente mi imagen debía ser tan encantadora y convincente como la de un espectro. Rindiéndome a lo obvio, decidí acercarme al sofá más cercano y dejarme caer en él. Las rodillas apenas se atrevían a soportar mi peso, trémulas y dolidas. Touya cerró la puerta tras de sí y, sin esperar invitación, se descalzó y entró al apartamento para quedarse de pie frente a mí.

—¿Tienes frío? Estás temblando.

Asentí y él hizo amago de inclinarse para tomar mi temperatura, pero yo retiré la cabeza con fastidio. Antes de desviar la mirada pude distinguir el ceño de Touya, pero me importó lo mismo que un maní.

—Voy a decirle a Yuki que suba a verte en cuanto termine con su paciente. Aunque sea pediatra, seguro puede revisarte y recetarte algo si lo…

—Sólo necesito descansar un día —murmuré escuchando mis dientes castañear por el esfuerzo de contener las contracciones en mi pelvis. ¿Cuánto tiempo más pensaba quedarse ahí de pie? Yo no le pedía mucho a la vida, sólo regresar a mi cama y permanecer ahí por el tiempo que fuera necesario sin moverme, lamentándome de ser mujer y cualquier otro drama que a mi mente embriagada de hormonas se le pudiera ocurrir. Sin embargo, Touya no parecía tener los mismos planes que yo y se cruzó de brazos desde su altura. Yo opté por ignorarle encogiéndome en mi lugar para guardar todo el calor posible.

—¿Quién iba a imaginar que la profesora sería una paciente tan difícil? —escuché su tono mezquino y burlón—. Vamos, que un resfriado le pasa a cualquiera y, por la cara que tienes, deberías agradecer que estoy aquí jugándome el pellejo y arriesgándome a que me contagies.

—¿Contagiarte? —dejando atrás todo resto de amabilidad que me había quedado antes de llevar lo que ya me parecía una eternidad fuera del calor de mi cama, lo miré como sólo se puede mirar a un insecto—, ojalá fuera remotamente posible.

La boca de Touya formó una O casi perfecta que se quebró cuando un atisbo de sonrisa comenzó a asomar por la comisura.

—Creo que comienzo a entender de qué estás enferma.

—¿En serio? —bufé—. A mí me parece que no es algo que un hombre podría entender.

—Parece que la profesora está pasando por esos días en los que cambiaría todo por ser un hombre.

—En tus sueños —gruñí—, aprecio demasiado mi cerebro. Además, los hombres no son más que un puñado de llorones. Su mayor drama es saber que su equipo favorito perdió un partido.

—Parece que acerté —comentó como por casualidad—. En fin, ya que la señorita tardó tanto en abrir la puerta, no me queda mucho tiempo, pero te voy a preparar un té. Y sé que querrás que te traiga chocolates, pero créeme: no te harán bien.

—¿Tú qué sabes de eso? —lo miré como si le pudiera arrancar la cabeza con mis pupilas.

—Nada en experiencia pero, a diferencia de alguien, razono con más lógica que hormonas en este momento, así que haz caso —se encogió de hombros y caminó muy ufano hacia la cocina—. Toma analgésicos y antinflamatorios. Te ayudarán.

Lo único que me ayudaría sería algo que pudiera dormirme hasta mañana, pensaba yo hecha un ovillo hasta que, uno o dos minutos después, me cayó encima una frazada. Al mirar arriba me encontré con Touya recargado en la espalda del sofá, contemplándome con desenfado.

—Puedes cambiar tu nido de operaciones a la sala. Aquí al menos podrás distraerte viendo alguna película cursi o alguna de esas cosas.

—¿Crees que sabes mucho de mujeres? —comenté envolviéndome en la manta, hasta que me di cuenta de algo—. Oye, esto estaba en mi cama. ¿Entraste a mi cuarto sin mi permiso?

—¿Y qué? —él se encogió de hombros sin inmutarse ante mi expresión colérica y abochornada—, ¿También quieres que te traiga tu manta eléctrica?

Mi cara debió pasar por las más diversas tonalidades del rojo. No podía concebir que Touya hubiera visto mi cueva en el estado en el que se encontraba en esos instantes (que verdaderamente le merecían el nombre de cueva), ni que hubiera descubierto mi equipo de “campamento”.

—Fuera de mi casa —tartamudeé ardiendo de pena, pero Touya ya se iba de mi lado.

—Claro, en cuanto te termines este té —me habló desde la cocina y regresó con una taza humeante—. Toma. A Sakura suele ayudarle, aunque nunca le dan tan fuertes.

—No es muy común. Creo que incluso en eso las mujeres Daidouji se esforzaron en sobresalir. ¿Qué té es éste? —pregunté al no reconocer el aroma entre los que tenía en la alacena.

—Le puse un poco de canela a tu té de menta; una improvisación de la infusión marroquí.

Di el primer sorbo y me quedé absorta en el sabor. Había probado la infusión marroquí con anterioridad y era precisamente por eso que me tomaba por sorpresa que Touya hubiera logrado acercarse tanto al paladar que ésta dejaba con una improvisación tan simple como aquélla, con ingredientes que había sacado tan casualmente de mi alacena.

—Sabía que te gustaría —sonrió satisfecho y se dirigió a la entrada para calzarse nuevamente—. Volveré en un par de horas para ver cómo sigues. Mientras tanto, puedes seguir detestando a los de “mi especie” a placer.

—Touya… —empecé antes de saber cómo quería continuar. Él se detuvo ante la puerta y me lanzó una mirada curiosa, pero no me salieron las palabras. Lo único que sentía era mi cara arder y el espectro (ahora lejano) del cólico. Sabía lo que me pasaba: esos días en los que mi cuerpo parecía quebrarse en mil pedazos no era anormal que me atacara una ansiedad de tener a alguien a mi lado, ya fuera para distraerme o para confortarme; algo muy parecido a la necesidad de un niño enfermo por sentir el calor y los cuidados de su madre. En esa clase de ocasiones, alguien (sobre) protector, aún alguien como Touya, suele apreciarse más de lo que podríamos admitir. Pero yo no estaba enferma y en definitiva no necesitaba de nadie que me mimara como si tuviera cinco años. Tragué saliva y Touya asintió levemente, sin sonrisas, como si en el fondo hubiera adivinado la horda de pensamientos que habían cruzado mi mente en los últimos diez segundos. Finalmente abrió la puerta y caminó al exterior.

—Si necesitas algo, sabes dónde estoy. También puedes mandarme un mensaje si no quieres bajar —le escuché decir antes de cerrar la puerta tras de sí y dejarme envuelta en un tumulto de palpitaciones, dolores que regresaban como el oleaje y hormonas que irremediablemente me hacían sujetar el teléfono para escribir mensajes que jamás enviaría al contacto que al mismo tiempo no podía dejar de maldecir. Así, acurrucada en un rincón del sofá, con el estómago caliente y relajado por el té y metida entre mantas y bipolaridades, me quedé dormida antes de que se me ocurriera acudir al televisor para distraerme como había sugerido Touya. No desperté hasta que un olor suave y un poco dulce se coló entre mis sueños y me arrastró de regreso a la realidad. Suponiendo en un inicio que me encontraba en mi habitación, tardé en reconocer los muebles a mi alrededor como los de la sala. No tenía idea de cuánto tiempo había dormido, pero el apartamento estaba sumido en las sombras y la noche debía estar por caer. El olor que seguía penetrando mis fosas nasales me había despertado el hambre. Incluso me sorprendió que la náusea hubiera cedido al antojo.

¿Era miso?

—Creí que nunca despertarías… —la voz a mis espaldas fue interrumpida por mi sobresalto, que me hizo girar el rostro hacia el respaldo del sofá y retroceder de un brinco, desapareciendo en un santiamén de los ojos del intruso—, ¡Qué diab…! ¿Estás bien? —Touya sonaba preocupado al verme caer al suelo y escuchar mi gemido al golpearme el codo con el borde de la mesa en el proceso.

—Sí —fue la afirmación más lastimera que pude haber dado después del susto y la caída—. ¿Q-qué… qué haces aquí? Quiero decir… ¿cómo entraste? —musité sobándome el codo, ya por completo despierta. Touya se encogió de hombros y me tendió una mano para ayudarme a ponerme de pie.

—Terminé la consulta y vine a ver cómo seguías. Como no respondías tuve que usar la llave que me llevé a mediodía.

—Espera… ¿Te llevaste mis llaves? —mi mirada debió ser la de un dragón, pero a le afectó lo mismo que un grano de arena al oleaje del mar.

—No me iba a quedar otra media hora esperando a que la señorita se dignara a abrirme —se encogió de hombros—. Además, toqué antes de entrar.

—Oh, gracias por la consideración —mascullé con una sonrisa dulcemente sarcástica—. Es un verdadero alivio saber que, antes de invadir mi espacio personal, te tomas la molestia de tocar a la puerta.

—¿Sabes? Es por cosas como ésta que agradezco que Ryusei sea varón. No me imagino cómo lidiaría con una mujer cuando entrara en esa etapa del “espacio personal”.

—No creas que los varones son mucho mejores. La adolescencia es una etapa insoportable para todos.

—El problema es que ustedes la viven una y otra vez cada 28 días —se mofó mientras yo me distraía una vez más con el olor que parecía llegar desde la cocina—. Es osumashi (1), del restaurante de la esquina. Imagino que no te has levantado a comer en todo el día, así que una sopa caliente no te vendría mal.

Hubiera podido mantener mi dignidad (o lo que quedaba de ella) intacta diciendo que no era necesaria tanta molestia, de no ser porque mi estómago se encargó de regalar a Touya una respuesta mucho más elocuente. Su media sonrisa fue más expresiva de lo que hubiera deseado. Entonces me preguntó si prefería comer en la cocina o ahí mismo, en la sala, pero comenzaba a sentirme como una larva pegada al sofá, por lo que acepté su ayuda para moverme a la cocina. Pese a la lucha de orgullos que había en mi cabeza, no faltaba esa pizca de niña mimada que tenía la fea costumbre de ganar sobre cualquier atisbo de altivez Daidouji en días como éstos, por lo que no hubo protesta de mi parte mientras Touya me sujetaba de un brazo camino a la cocina. Todo lo contrario: su calor se sentía terriblemente agradable.

Cuando comencé a devorar todo como si no hubiera mañana, aliviada de tener una tregua con la náusea, Touya se acodó al otro lado de la barra y me contempló en silencioso divertimento. Un brillo de satisfacción y triunfo se relamía en sus ojos, pero tampoco me importó. Después del té de mediodía y esta buena comida, estaba dispuesta a concederle el gusto.

—¿Debo preguntar si te gustó? —habló finalmente cuando mi plato quedó sin resto alguno. Yo me encogí de hombros como quien no quiere la cosa, pero finalmente cedí y le dediqué una sonrisa, esta vez de corazón.

—Muchas gracias.

No se lo había esperado, lo supe por su muda expresión, más allá del asombro. Me di cuenta que estábamos tan acostumbrados a picarnos las crestas buscando molestar al otro para nuestro propio entretenimiento, midiéndonos las inteligencias y envolviéndonos en sarcasmos, que un regocijo sincero se había vuelto inesperado y hasta raro, tomándonos a ambos con la guardia baja. Su rostro, aunque fuera por un par de segundos, parecía tan contrariado que en cualquier ocasión habría podido marcar mi jaque mate frente a él, pero yo misma estaba fuera de combate para pensar en ello. De pronto, como invocada por el breve pero incómodo silencio que comenzaba a trepar por las paredes, la imagen de Touya besándome en Shizuoka me asaltó y cobró vida propia en cada fibra de mi cuerpo, electrizándome la piel y los labios tanto o más que en aquel instante. Me paralicé con el pánico que me provocó la escena, no por sí misma, sino por los estragos que repentinamente estaba ocasionando en mí, secando mi garganta y haciendo palpitar mi cabeza. Tum-tum, escuchaba en mis oídos y mi piel se retorcía en escalofríos. Reconocía los síntomas, y era eso precisamente lo que más miedo me daba. “Hormonas” gritaba una voz en mi cabeza, mi yo consciente, mi Rey David de la lógica y los sellos de mi caja de Pandora. Hormonas, tenía que ser la explicación más plausible y la única admisible. No importaba si era cierto, era lo que tenía que creer. Era la única razón por la que podría desear otro beso suyo con tanto anhelo que resultaba doloroso.

A veces, si cierras los ojos y te concentras lo suficiente, puedes creer hasta las cosas más inverosímiles. Esa tarde, sentada frente a Touya en la barra de mi cocina, cerré los ojos con fuerza.

—Quédate aquí, yo iré —habló él de pronto y lo sentí moverse. Cuando abrí los ojos sólo pude ver su silueta desaparecer hacia la sala. No entendí a qué se refería hasta que escuché cómo se abría la puerta de la entrada. Entonces caí en la cuenta de que habían tocado el timbre y, sumida como estaba en mis ridículas reflexiones, no lo había reconocido. Sin embargo no escuché voces desde la entrada, ni la de Touya ni la de mi visitante. Cuando pasaron varios minutos y el apartamento seguía en silencio, me decidí a salir a ver qué ocurría, pero al momento de levantarme volví a recordar las desventajas de estar en esos días y, dejando la curiosidad para otra ocasión, cambié de planes para apresurarme al baño, y nuevamente tuvieron que pasar al menos diez minutos antes de que pudiera salir de él y encontrarme con mi departamento completamente a oscuras.

—¿Touya? —susurré a la oscuridad y bufé buscando a tientas el apagador en la pared —. Linda broma. ¿Cuántos años tienes? Eres bienvenido en mi clase si quieres —hablé en voz alta mientras prendía la luz una vez encontré el interruptor—. ¿Estamos jugando a las escondidillas? Bien, pero te juro que no te va a parecer tan gracioso si te encuentro escondido en mi cuarto —solté en el tono de amenaza más claro posible y caminé hacia la sala, pero no había nadie ahí. Sin embargo los zapatos de Touya seguían en la entrada—. Sé que sigues aquí —hablé a las paredes y me encaminé a la cocina, donde estaba a punto de prender la luz cuando una flama que se encendía captó mi atención—. Así que aquí estás. ¿Me puedes explicar qué…?

—¡Feliz cumpleaños! —estalló un quinteto de voces (2) y la luz se hizo por sí sola, iluminando en un segundo las caras de Touya, Yukito, Yue, Shaoran y finalmente Ryusei, quien sostenía entre sus pequeñas manos un pastel con la vela que Touya acababa de prender con el encendedor que en ese instante metía en el bolsillo de su pantalón.

—¡Oh, por…! —me quedé casi catatónica, haciendo un repaso a la velocidad de la luz sobre las mallas y la blusa dos tallas más grande que traía puestos, así como el estado demacrado de mi cabello y mi cara a medio morir. ¿Por qué, de todos los días, tenía que ser éste en que cayera un régimen sorpresa a celebrar mi cumpleaños? Me di la vuelta en un instintivo y cobarde intento por correr a mi habitación a ponerme algo al menos medianamente decente, pero mi asombro no hizo sino crecer al descubrir a Sakura cerrándome el paso sin siquiera ser consciente de ello, pues era ella quien se había encargado del interruptor de la luz antes de que yo lo hiciera—. ¡Sakura! —de manera casi instintiva tomé sus manos entre las mías, brincando como una bipolar de una emoción a otra y olvidando todo rastro de vergüenza al encontrarme con su rostro siempre alegre y relajado. La hermana de Touya me devolvió esa sonrisa abierta y encantadora que al parecer sólo ella posee y me abrazó para desearme un feliz cumpleaños. Viendo que no tenía otra salida que aceptar los hechos, me viré nuevamente hacia los otros y, agachándome junto a Ryusei para librar sus manos del pastel, les pregunté cómo se habían enterado de todo.

—Los profesores en la escuela dijeron algo al respecto y Ryusei nos avisó —contestó Touya.

—Seguro pensaron que me había tomado el día —suspiré, corroborando mis sospechas de la mañana. Al final había sido inevitable tanta coincidencia.

—Fue Touya quien nos avisó después y tuvo la idea de prepararte una pequeña sorpresa…

—En realidad fue Yuki el de la idea —Touya interrumpió a su hermana con una mirada. El aludido simplemente rio.

—Cuando Touya me dijo lo que tenías, pensé que un pastel podría animarte.

—Chocolate. Sólo por esta ocasión —Touya se cruzó de brazos recordándome nuestra charla del mediodía.

—¿Le dijiste que…? —lo miré como si pudiera atravesarlo en ese instante con una lanza, pero él simplemente se encogió de hombros y silbó.

—Insistía en subir él mismo o llamar a un amigo suyo que es médico general. ¿Qué esperabas que hiciera?

—¿Y de qué está enferma, señorita Daidouji? —preguntó mi alumno con la inocencia que la niñez le concedía—. ¿De verdad se puede curar con un pastel de chocolate?

—Pues… algo así —sonreí, entre divertida y conmovida. Touya se inclinó junto a su hijo y le susurró al oído algo que en realidad estaba pensado para que todos escucháramos:

—Cuando seas más grande comprenderás el efecto que un simple chocolate puede tener en una mujer.

Como era de esperarse, Ryusei tomó la respuesta de su padre como dogma absoluto y se dio por satisfecho mientras me invitaba a partir mi pastel, cosa que hice sin hacerme del rogar. Yukito preparó café para acompañar y, mientras Touya y Shaoran se enfrascaban en una discusión sobre cualquier cosa, se sentó a mi lado para extenderme una cajita.

—Toma. Agradezco que nos hayas recibido pese a que no te sientas bien. Como apenas me enteré a mediodía y no podía salir del consultorio, no te pude comprar un regalo, pero esto fue lo mejor que se me ocurrió por lo pronto. Espero que te ayude en estos días —bajé los ojos y comprobé que se trataba de un analgésico—. Pero te recomiendo que lo uses con mucho cuidado, porque es muy efectivo.

—Muchas gracias —le sonreí intentando no sonrojarme. Seguramente para un médico como él no era cosa de otro mundo conseguir hasta morfina si se lo proponía, y yo lo agradecería aún más por la noche, que era cuando normalmente llegaba lo peor. Sin embargo algo encajó en mi cabeza y me trajo de vuelta a la realidad en un golpe repentino e inesperado, como si finalmente encontrara la última pieza de un rompecabezas que ni siquiera sabía que existía—. Disculpa Yukito-san… —empecé, dudando de todo y de mí misma—, eres pediatra, ¿cierto? —él asintió con su sonrisa sempiterna—. Si es así… ¿por qué ese día en la playa me dijiste que debía dejar que Touya me atendiera? Lo hiciste ver como si fuera el único médico disponible.

—Veo que me descubriste —respondió él sin sufrir cambio alguno en su expresión relajada y gentil—. Lo lamento, no era mi intención engañarte, pero a veces me resulta imposible negar un favor.

—¿Un favor? —lo miré como si me hubiera dicho que la sal era polvo estelar—. ¿De qué estás hablando? ¿Quién te pidió que…?

—Tomoyo, Yukito… —como si se tratara de seguir las leyes de la entropía (comúnmente: Ley de Murphy), alguien tenía que interrumpir cualquier revelación que estuviera a punto de ocurrir ahí—, ¿Ustedes también quieren un poco? —preguntó Sakura blandiendo una botella y Shaoran explicó que se trataba de un vino chino que era muy popular en su país. Yukito y yo dejamos que nos sirvieran y luego él regresó a tomar su lugar junto a Yue. Entonces todos brindamos y bebimos, aunque jamás me había esperado que el licor de Shaoran fuera tan fuerte y terminé tosiendo el primer trago, recibiendo la mirada burlona de Touya a cambio.

No volví a conversar con Yukito, ni siquiera a acordarme de nuestra conversación a medias, pues la noche seguía avanzando rápidamente en compañía de todos ellos y, antes de darme cuenta, ya se estaban despidiendo, especialmente Touya y Ryusei, pues mi alumno tenía que hacer sus deberes y dormir temprano. Ante su pregunta le respondí que con seguridad me tendrían de vuelta en la escuela al día siguiente, así que no tenía por qué preocuparse más. No obstante, mientras su padre recuperaba el calzado de todos (que astutamente había escondido sabiendo que yo prendería la luz de la sala para buscarlo), le vi buscar algo en su mochila y me tendió un chocolate un poco aplastado que tenía en la bolsa del frente. Cuando le pregunté por qué me lo daba simplemente dijo que, si en verdad podía “curarme” con un chocolate, no debía dejar de comerlos.

Fue un impulso que me atacó antes de pensarlo. Nuevamente podía culpar a las hormonas si quería, pero el caso era que no quería. Cuando me enteré de lo que hacía, me vi abrazando a mi alumno, sintiendo su pequeño cuerpo sorprendido entre mis brazos. Finalmente me estaba cobrando todo cuanto me hacía desde que lo había conocido, fundiendo en uno solo todos los abrazos que había ido acumulando con cada una de sus hazañas inverosímiles y los puntos de quiebre a los que me había llevado. Como respuesta a su confundido gesto, le sonreí y le guiñé un ojo tomando su chocolate con ambas manos.

—Muchas gracias, pero tú eres el mejor regalo de cumpleaños que podría tener —y la mejor razón para convertir un día infernal en el mejor cumpleaños, agregué para mis adentros, guardando en la memoria su suave sonrojo, la risa contagiosa de Sakura, el gesto satisfecho de Shaoran, la magnanimidad de Yukito, la silenciosa ecuanimidad de Yue y el ceño de Touya al regresar y verme dando un beso en la mejilla a su hijo a modo de despedida. En una celebración con gente de verdad no había espacio para los vestidos de noche, el maquillaje, las flores decorativas, la lista de invitados ni los falsos deseos. Dejándome arrastrar por la auténtica espontaneidad de estas seis curiosas amistades sufrí una sensación de confianza que no había adquirido a lo largo de mis pasados 23 años “en familia”. Me pareció que no era tarde para iniciar mis 24 con algunas nuevas definiciones en mi vida.

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  1. Es una sopa clara que puede llevar una variedad de ingredientes. Es condimentada con dashi, que a la vez es elemento base para la sopa miso, por eso Tomoyo la confunde en el olor.
  2. Leyeron bien: Tomoyo habla de un quinteto de voces pese a tratarse de 6 visitantes, y no es que tenga oído de director de coro, sino que sospecha (muy atinadamente, por cierto), que las voces que se alzaron para desearle un feliz cumpleaños no incluían la del lacónico Yue.

Nota de la autora: Nunca es demasiado tarde para enamorarse de Touya. Ustedes también pueden hacerlo, aunque yo no envidiaría mucho a Tomoyo durante la primera parte del día (alias: oda a la menstruación). Bonita broma: un período fatal + cumpleaños, con una buena dosis de madres controladoras (Bitch mom is back?) y un Touya sobre protector que, como siempre, hace lo que se le da la gana. Aquí es donde se iza la bandera de mi curiosidad: ¿alguna ha tenido síntomas como los que describe Tomoyo? Si es así, ¿cómo recibirían a un intruso que las cuida y hace burla de ustedes por igual? Peor aún, ¿a alguien le agradaría una comitiva de cumpleaños como la que tuvo Tomoyo… en esas condiciones? A mí me ha pasado de todo esto y por supuesto que tengo mi opinión, pero en lugar de compartirla prefiero saber la de ustedes.

Pregunta más importante: ¿a qué favor y a quién se refería Yukito?

¿Teorías? ¿Críticas? ¿Comentarios? Inspírense, de todo se vale y no muerdo. Pueden dejarlo en un comentario y todos salimos ganando (sí, río maquiavélicamente).

Muchas gracias por leer y compartir esta historia. ¡Hasta la próxima!