18. Calcula bien tus movimientos

Si tuviera que definirme, diría que soy la clase de persona que suele planificar con mucho cuidado cada paso que da en la vida. “Nunca dejes nada al azar”, suelen decir en la familia, y es que un Daidouji no se puede dar el lujo de tomar decisiones arriesgadas sin considerar cada posible resultado, incluso los más inesperados. Una ideología muy fría y cerrada, si me lo preguntan, y que me tenía totalmente fastidiada. Quizá fue ésa la razón por la que, en una acción por completo inesperada (y muy probablemente desesperada), decidí mudarme de casa en dos días. Ocurrió todo tan rápido que ahora ni siquiera puedo distinguir lo que pasó. Un viernes me había encontrado con Eriol y mi paranoia había regresado, después me topé con Yue y de pronto tenía en mis manos el número de teléfono de un piso en renta. Había llamado esa misma tarde y a la mañana siguiente me encontraba visitando el piso. Tal como había dicho Yue, se trataba de una planta pequeña pero confortable, con cocina integral con barra a falta de espacio para una mesa, un recibidor que hacía las veces de sala, un baño y dos habitaciones. La localización era perfecta para moverse hacia cualquier parte de Tomoeda sin problemas, justo encima de lo que me pareció un consultorio de pediatría y acotado por una panadería y una tienda de artículos para la cocina. Casi al momento firmé lo que bien podría ser el contrato de renta más rápido de la historia. El domingo tomé las cosas más necesarias de mi apartamento y las empaqué en las mismas cajas de las que las había sacado al llegar a Tomoeda, las subí al automóvil y me acomodé en mi nueva casa después de unos tres viajes de ida y vuelta entre el nuevo piso y el anterior. Entre empacar, limpiar, desempacar, cargar y acarrear, volver a limpiar y todo lo que conlleva una mudanza, terminé exhausta y el domingo a medianoche caí sobre el futon que había puesto en mi improvisado cuarto para no volver a despertar hasta que sonó la alarma de mi celular el lunes por la mañana. Como dato extra, debo mencionar que nunca había tenido que esperar a la alarma para tener que despertar, y cuando lo hice me encontré en un lugar que no reconocí, usando la ropa del día anterior y sin idea de qué diablos estaba pasando.

Tardé lo suficiente en comprender que no había sido un sueño y que tenía que apresurarme si quería llegar a tiempo al trabajo.

—Luces cansada —me dijo Nakamura al descubrirme intentando reprimir un bostezo por los pasillos de la escuela. Sin embargo, antes de que pudiera argumentar la razón, una mirada suspicaz y un atisbo de sonrisa pícara hicieron acto de aparición. Cuando, además, alzó una ceja, no me sorprendió lo que vendría a continuación—. ¿Fue un fin de semana interesante?

¡Oh, no sabes cuánto! Aunque, si me refiriera estrictamente a lo mismo que ella, el fin de semana “interesante” había sido el anterior, no éste. Pero dejaría ambas historias para otra ocasión, por lo que me limité a sonreír y encogerme de hombros.

—Me mudé de casa ayer. Fue un fin de semana un poco agotador, pero valió la pena —le guiñé un ojo y su boca dibujó una “O” divertida antes de despedirnos para caminar a nuestras respectivas aulas. Una parte de mí hubiera querido poder decirle más, pero la conciencia de saber que seguía siendo vigilada por el equipo de mi madre había reforzado mis niveles de paranoia. Era cuestión de lógica pensar que, además de mi casa, Sonomi tendría alguna manera de espiarme en mi trabajo, y aún si descartaba a Nakamura como una espía (demasiado distraída y coqueta para los gustos de mi madre), no sabía qué otros oídos podrían escucharnos en esos pasillos. Era mejor andarse con cuidado, aunque no estaba dispuesta a permitir que la sombra de mi madre me impidiera disfrutar lo que más me gustaba hacer, por lo que, con ese pensamiento en mente, me planté frente a la puerta de mi clase, aspiré profundamente y la abrí para dar un paso decidido al interior. El nuevo trimestre empezaba y no cabía duda que sería muy distinto del anterior en más de un sentido.

—————

La primera junta tras regresar de vacaciones de verano suele tardar un poco más de lo normal, o al menos eso sabía de antemano, y por supuesto que esta vez no fue la excepción. Finalmente se dio por concluida alrededor de la misma hora en la que terminan los clubes, por lo que al salir del edificio me fui encontrando con los niños que volvían a casa después de sus actividades extracurriculares. No tardé en ver también a los que venían del campo de fútbol, entre los que se distinguía muy fácilmente al más pequeño y callado de todos, que me saludó con una sonrisa radiante al verme.

—¿Tuvo junta hoy, señorita Daidouji? —me preguntó y yo no podía dejar de ver el barro en su mejilla derecha.

—Sí. ¿Está bien si camino contigo de regreso a casa esta vez? —ofrecí cuando llegó a mi lado y le limpié la cara con un pañuelo. Ni siquiera se inmutó mientras esperó pacientemente a que terminara. Simplemente asintió un escueto “sí” y ambos emprendimos el camino de regreso hablando sobre lo que era volver a levantarse temprano después de vacaciones y reanudar las actividades diarias. Como había imaginado, Ryusei no tenía ninguna queja al respecto y estaba feliz de poder jugar fútbol con sus compañeros otra vez.

Sin embargo nuestra conversación se interrumpió cuando a medio camino nos distrajo el llanto de un niño. Fue a la altura del puente que está después del parque Pingüino. Allí vimos al pequeño escondido entre los arbustos a la orilla del riachuelo. Le pedí entonces a Ryusei que me esperara un momento mientras me acercaba a al niño, sólo para darme cuenta en ese momento que llevaba el uniforme de nuestra escuela.

—Hola, ¿Qué te pasa? —le pregunté poniéndome de cuclillas y cuando se volteó a verme lo reconocí como uno de los chicos de segundo grado. Él también me reconoció al instante, así que agachó la cabeza y se recogió un poco abrazándose a sus piernas. Creí que le daría vergüenza decirme algo sabiendo que yo formaba parte del cuerpo de maestros, pero tras unos segundos lo escuché hablar en un gemido quedo:

—Los otros niños me molestan porque tengo dos mamás —susurró entre sollozos y escondió la cabeza aún más. Entonces caí en la cuenta de que se trataba de Furusawa Yoichi, el alumno al que se había referido la profesora Nakamura durante una de las juntas. No era un caso sencillo, pues no siempre es fácil explicarles a los niños por qué uno de ellos tiene dos padres del mismo sexo, y con frecuencia era imposible evitar que algunos se portaran hostiles o ser burlaran de él. Los niños pueden llegar a ser muy crueles en ocasiones y por un momento me quedé sin encontrar las palabras adecuadas. Yo podría decirle un millón de cosas sobre por qué algunos sectores conservadores de la sociedad se niegan aún a aceptar la homosexualidad como algo natural, también podría decirle que ignorara a aquellos compañeros que crecían en ambientes menos tolerantes que él, pero ¿no es pedirle demasiada madurez a un niño de siete, quizás ocho años? Es él quien tiene que soportar un rechazo que no comprende y vivirlo día a día y no puede un adulto llegar y decirle que no se preocupe, que ese abuso social no es más que el producto de la ignorancia de otros; eso no le quitará el dolor de no encajar entre los demás. Y así me descubrí incapaz de decir una sola palabra. Mi más plausible reacción fue colocar una mano en su cabeza y acariciarle el cabello un poco. ¿Cómo te digo que no es tu culpa? Pensaba, ¿cómo decirle que ser diferente no es lo mismo que ser malo? Pero una vocecilla interrumpió mi infructífero silencio.

—¿Qué tiene eso de malo? —Ryusei se acercó y se sentó sobre el césped, junto al otro, pero de repente sonrió y se agrandaron sus ojos oscuros—. ¡Ah! Quizá te tienen envidia. Las mamás son muy buenas, y no cualquiera tiene dos. ¡A mí me gustaría tener al menos una! —exclamó y unos segundos después la cabeza de su compañero asomó para mirarlo.

—¿No tienes mamá?

—No —respondió Ryusei con simpleza—, pero a veces veo a las mamás de otros y pienso que sería bonito tener una, así que seguramente tú debes ser muy feliz con dos y los demás niños te envidian por eso.

Casi pude escuchar cómo mi corazón crujía en ese momento. No obstante, la sonrisa del otro hizo acto de aparición y Ryusei se dio por satisfecho. Comenzaron a intercambiar sus ideas mientras el otro se secaba las lágrimas con las mangas de su uniforme, pero yo ya no podía seguir la conversación por completo, estancada como estaba en las palabras de mi alumno. En dos simples expresiones, tan inocentes como él mismo, había dejado traslucir lo mucho que le hacía falta la figura de una madre. Aunque lo dijera con una sonrisa en la boca me había partido el alma. En su tierna inocencia, él de verdad imaginaba a los demás niños envidiando a éste por tener dos, y yo me preguntaba si acaso sería que él los envidiaba a ellos por tener siquiera una. No me imaginaba a Ryusei quejándose de nada, pero eso no le quitaba ser un niño con anhelos, y sin duda tener una madre era uno de ellos. Sin embargo tenía que guardárselos todos para sí: Ryusei jamás le diría a su padre algo al respecto, lo admiraba demasiado para hacerlo.

Pronto el otro pequeño se sintió más animado y se despidió de nosotros, caminando en dirección contraria a la que íbamos, y Ryusei y yo nos disponíamos a reanudar nuestro camino cuando la expresión contrariada de él me detuvo en seco.

—¿Por qué está llorando, profesora Daidouji?

Tuve que llevarme la mano a la mejilla para sentir la lágrima que rodaba por ella, y de la que no me había percatado antes. Entonces la limpié con un gesto casual y le sonreí.

—Es porque estoy muy orgullosa de cómo hiciste sentir mejor a Furusawa-kun —mentí (parcialmente), pero él pareció creerme y se encogió de hombros.

—Sólo le dije lo primero que se me ocurrió. ¿No le parece que debe ser fantástico tener dos mamás? Usted tiene una, ¿verdad?

Me abstuve de decirle mucho acerca de mi experiencia personal con una madre. La referencia que Ryusei buscaba no era la de una que mantuviera una red de espionaje alrededor de sus hijos ni los entregara en matrimonio a cambio de mantener un estatus social impecable, sino la de aquélla que cuidara de ellos, los llevara de paseo los fines de semana, preparara cenas deliciosas con la receta de la familia y les diera un beso en la frente por las noches.

—Sí. Tener una madre es un gran tesoro —le dije con una sonrisa—, pero tener un padre que cuide de ti también es algo maravilloso. ¿Te dije alguna vez que yo no tengo padre?

—No. ¿Por qué no tiene papá? —su sorpresa pasó a mayores.

—En teoría… sí, pero hace mucho que no sé nada de él —me encogí de hombros. No era momento de relatarle a mi pequeño alumno sobre el ausentismo de mi padre, sus múltiples amoríos y el absurdo proceso de divorcio que habían pasado mis padres cuando yo era adolescente, ni mucho menos de su alivio al saber que lo único a lo que tenía que renunciar a cambio una jugosa cantidad de dinero era a buscarnos a mamá o a mí. No era tan difícil si apenas era capaz de recordar mi nombre. Basta mencionar que las tarjetas en los regalos de cumpleaños hasta que cumplí los quince siempre habían estado firmadas con la letra de su secretaria—. Pero tú tienes un papá que haría lo que fuera por ti. ¿No te alegra mucho eso?

—¡Sí! —se apresuró a contestar—, y hace muchas cosas, como un papá y mamá a la vez.

Me reí. Sería imposible no hacerlo al imaginar a Touya actuando como “mamá”. Incluso me pareció irónico que la primera imagen que me viniera a la mente fuera la de él haciendo precisamente todo lo que había pensado tan sólo momentos antes, añadiéndole un delantal y la olla con su cucharón. Pero mi acompañante se detuvo en una intersección y apagó mi risa con un suspiro apesadumbrado.

—Aquí se va a su casa, ¿verdad? —miró en la dirección en la que se encontraba mi apartamento (en teoría seguía siendo mío hasta el fin de mes, es decir, escasos cinco días más) y se disponía a despedirse cuando lo interrumpí guiñándole un ojo.

—En realidad, tengo que contarte un pequeño secreto —le sonreí—. Me acabo de mudar de casa ayer, así que te puedo acompañar todo el camino, pues está un poco más hacia el centro.

El cambio que surgió en su rostro sería digno de un retrato, y seriamente lamenté ya no cargar con mi cámara como solía hacerlo antes. Sus ojazos negros me contemplaron con la sorpresa del universo.

—¿En serio? ¿Y puedo conocer su nueva casa?

—Por supuesto.

—¡Bien! La acompañaré entonces.

Ah, él se refería a conocerla hoy.

—En realidad, aún está lleno de cajas. No he podido instalarme bien todavía, así que sería mejor…

—Puedo ayudarla a limpiar. Le ayudé a papá cuando nos mudamos a Tomoeda —insistió él con esa mirada que tienen los niños que es tan difícil de resistir. Debía hacerlo a propósito, meditaba mientras caminaba de la mano de mi pequeño alumno hacia mi nuevo hogar; simplemente no había manera en la que un niño como él no supiera cómo manipular a cualquier adulto a su antojo, aunque por otro lado estaban su inusual inocencia y falta de sentido, tan contrastantes con su particular inteligencia. Lo difícil de Ryusei Kinomoto era que su simpleza era tal que se volvía compleja a los ojos de cualquier adulto. Ryusei era tan auténtico que era imposible imaginárselo tramando algo. Simplemente te atrapaba en su guion sin él mismo ser consciente de ello. Era un director innato y un actor despistado.

Nos distrajimos con los escaparates de las calles que iban hacia el centro. A modo de sorpresa, no quería señalarle la casa a Ryusei sino hasta que nos encontráramos a la puerta, pero conforme nos íbamos acercando se me ocurrió que podríamos detenernos en la panadería de al lado, sólo para ver si llegaba a sospechar algo.

—¿Qué te parece si compramos un pastelillo para celebrar? —sugerí y él asintió de inmediato. Entramos a la panadería y dejé que mi alumno escogiera el postre de su preferencia. La chica de la barra envolvió el pastelillo en una caja y nos lo extendió con una sonrisa perfecta.

—¿No quiere que invite a mi papá? Él también puede ayudar —mencionó de pronto mientras yo pagaba y la sonrisa que había mantenido hasta entonces pensando en la cara de Ryusei cuando comiera el pastelillo se esfumó en la nada. Un reino de caos se alzó en mi cerebro: ¿Qué tenía que ver su papá con todo esto? No, no sería buena idea. Apenas había conseguido olvidarme por completo de él y todo lo que tuviera relación con él (excepto Ryusei, por supuesto). ¿Por qué teníamos que regresar al tema?

—Tu papá debe estar trabajando ahora, y seguro llegará a casa muy cansado —desvié mi respuesta y él pareció pensarlo. Justo antes de que celebrara mi fabuloso acto de convencimiento, él se encogió de hombros y me arrastró hacia la puerta debajo de mi departamento. Era tanta su decisión que pensé que había descubierto nuestra meta, aunque la puerta para subir directamente a mi piso en realidad estaba a un lado.

—Voy a preguntarle. A papá también le gusta mucho el pastel de chocolate —entró sin mayor ceremonia al consultorio de pediatría y saludó con familiaridad a la joven de la recepción, que le recibió con emoción.

—Hola Ryu-kun, no esperaba verte aquí. ¿Vienes de la escuela?

Sobra decir que yo me quedé de piedra en la entrada, sintiendo probablemente lo mismo que Alicia al momento de encontrarse en un cuarto con puertas y una llave sobre la mesa.

—Sí.

—¿Quieres ver a tu papá? Ahorita está con un paciente, pero si quieres puedo llamarle a Tsukishiro-san y…

Comencé a escuchar cada palabra a medias y mi cerebro se apagó por completo. No tenía idea de lo que estaba pasando, o al menos no conscientemente, porque el cosquilleo en mis manos y el zumbido en mis oídos me indicaban que algo dentro de mí estaba llegando a una conclusión ridícula e imposible.

—¿Va a tardar mucho papá? Quería invitarlo a venir para ayudarle a la profesora Daidouji a mudarse.

Ridícula e imposible, dije.

—¡Ah! ¿Ella es la profesora de la que me hablaste? —sentí que los dos pares de ojos se volteaban hacia mí en ese preciso instante y yo seguía muda y estática como una roca.

Quizá no me fijé bien, pero aún así estaba segura de que ése era un consultorio de pediatría y Touya era dentista. Repito: dentista.

—Mucho gusto —hablé de manera mecánica y mis ojos se desviaron hacia los nombres que había en un cartel pegado a la pared—, mi nombre es…

—¿Tomoyo?

Apenas conseguí reprimir un respingo cuando escuché mi nombre venir desde una puerta a mi izquierda.

—¡Yu-Yukito-san! —hice mi mayor esfuerzo por no sonreír nerviosamente ni sonar demasiado aliviada. Al menos ahora llegaba un alma caritativa que seguramente me explicaría que aquello era una extraña broma y luego se disculparía por ponerme los pelos de punta.

—¿Está todo bien? —se acercó a mí y me analizó con preocupación—. Supongo que es algo urgente si viniste con Ryusei hasta el consultorio. Te ves pálida.

—No, no es nada —hice un ademán con la mano y me encogí de hombros—. ¿Éste es tu consultorio? No sabía que eras pediatra.

—Sí  —dijo mirando de reojo el cartel de la pared y mis ojos se desviaron nuevamente hacia él—, y aunque no te pueda ofrecer a ti directamente mis servicios, me alegrará verte si vienes a consulta con Touya.

Ya no me tomó por sorpresa la última palabra que dijo después de verla escrita en el cartel que no había podido leer antes, donde se veían los horarios de atención de los médicos del pequeño consultorio: el pediatra Tsukishiro y el dentista Kinomoto.

No podía ser real. Demasiada casualidad sólo podía ser una broma… muy elaborada, y es que últimamente mi vida parecía un festival de relaciones inconexas al más puro estilo de Murakami. Anguila = cuchillo = Johnie Walker. En cualquier momento llegaría el Coronel Sanders y me haría perseguirlo por callejones oscuros mientras una lluvia de peces caía sobre nosotros (1).

La anguila es algo muy bueno. Algo incomparable. A Tomoyo le gusta mucho la anguila.

¿Ahora qué seguía? Sólo faltaba que apareciera Touya portando una botarga de conejo y me regalara una banderilla.

—¿Ryu? ¿Qué haces aquí?

Al parecer lo había invocado, aunque su falta de disfraz (fuera de una bata blanca) cuando apareció en la recepción fue casi decepcionante a estas alturas. Vi cómo su atención se enfocaba en Ryusei, pero luego éste señaló en mi dirección y él siguió su mirada hasta encontrarse con la mía. Al menos no era la única sorprendida ahí, pero él supo disimularlo inmediatamente con su ceño eterno. Estaba tan contrariado que esta vez ni siquiera se acordó de su característica sonrisa burlona.

—¿Ocurre algo? —avanzó hacia mí y me contempló desde su altura. Comprendí que seguía siendo extraño que me presentara ahí con mi alumno sin mayor explicación, así que debía decir las cosas como eran.

—Me mudé de casa el fin de semana y quería enseñar a Ryusei-kun mi nuevo piso. Cuando pasamos por aquí, Ryusei pensó en venir a invitarte también —sonreí. Toda esta avalancha de sorpresas tenía al menos un punto positivo: yo había sido la primera en recibir el golpe, así que ahora podía pasarlo al siguiente—. ¿Les apetece una cena para inaugurar mi nuevo hogar? No tengo aún nada en el refrigerador, pero tenemos un poco de pastel, y si no les molesta puedo pedir algo de comida para llevar.

—En realidad aún tengo un último paciente por atender, así que…

—No hay problema —insistí con la misma sonrisa—. Podríamos esperar unos minutos. Incluso puedo ir pidiendo la comida para que no demore tanto. ¿Qué te parece, Yukito-san?

 

—¿Puedo unirme a ustedes? —me miró con alegría—. Sería un placer.

Con esto, Touya se quedó sin argumentos para negarse. Yukito acababa de aceptar la invitación y Ryusei hacía su rol de niño tirando suavemente de la manga de su padre y contemplándolo con los mismos ojos enormes a los que yo no me había podido resistir antes. Su suspiro no fue más que la confirmación de su derrota. Touché.

—Está bien, pero no tienen que esperar aquí hasta que termine —se llevó una mano al cabello y se acercó al escritorio para tomar un post-it y una pluma que luego me extendió—. Puedo unirme a ustedes en cuanto acabe. ¿Cuál es tu dirección?

—Oh, eso no será necesario —dije señalando a los dos artículos con una sonrisa radiante que dejaría a un ciego deslumbrado—. Estoy segura que recordarás la dirección sin problemas.

—¿Ah, sí? —él me miró con suspicacia—.  Entonces dime, soy todo oídos.

Debí parecer una niña comiendo un chocolate en el momento en que señalé con un dedo hacia el techo. Jaque mate. Su expresión valió todas las sorpresas que me había deparado la vida para la última media hora. Probablemente no era muy diferente de la que yo misma tenía cuando vi su nombre en ese cartel, aunque a mí me llegó racionada en pedazos desde el momento en que vi a Ryusei saludar tan afablemente a la recepcionista. A Touya le cayó en un fuerte y sórdido golpe. Hasta debería darme pena, pero estaba muy ocupada disfrutándolo. Tanto, que me perdí de la sonrisa de Tsukishiro hasta que le dio una palmadita a Touya en el hombro.

—¡Es una excelente noticia! ¿No te parece, Touya? —entonces se dirigió a mí—. ¿Sabes? Cuando se mudó el señor del piso de arriba estábamos preocupados de quién sería nuestro próximo vecino. Esperábamos que no fuera alguien con vicios o que pudiera significar alguna amenaza para nuestra clientela, pero tratándose de ti, estoy seguro que todo estará bien… —y continuó diciendo algunas frases entusiastas al aire y tomando mi mano mientras yo grababa a fuego en mi memoria la expresión desencajada de Touya. Considerando que la última vez que lo había visto era yo la que no cabía en su propia confusión, éste era un auténtico (y bien merecido) revés de la vida.

—¿En verdad vive arriba del consultorio de papá? —fue la voz de Ryusei la que finalmente me distrajo y su inocente expresión hizo que olvidara todo pensamiento frívolo (y malévolo) que pudiera rondar mi cabeza.

—Sí. ¿No te parece excelente? Ahora podrás visitarme cuando vengas a ver a tu papá y te aburras de este lugar.

Bueno, casi todo pensamiento malévolo. Lo siento Yukito, eso no iba para ti.

—¿A eso se refería Yue cuando dijo que no teníamos que preocuparnos más sobre nuestro próximo vecino? —finalmente, después de lo que habían parecido décadas de estupor, habló Touya—. Si desde un principio sabía que eras tú, bien pudo habérnoslo dicho —comentó sin simular su acidez. Fue sólo entonces que caí en la cuenta del comportamiento de Yue el viernes pasado. A eso se había referido al decir que le estaba haciendo el favor a alguien más (o al menos eso había implicado al decir que no lo hacía por mí… quiero suponer).

—Creo que Yue-san prefiere omitir todo detalle que considere innecesario —agregué como cortesía en una manera muy sutil de decir “¿Te sorprende? Deberías conocer mejor a tus amigos”. Por supuesto, mi sonrisa angelical indicaba precisamente otra cosa, pero el ceño de Touya era muestra clara de que había entendido perfectamente lo que quise decir.

Touché. Este día había sido muy compensatorio por las veces pasadas. En mi interior me regodeaba de lo lindo.

—Volviendo al tema de la cena —continué como si nada—, el arrendador me habló de un restaurante de comida tailandesa muy bueno que está por aquí. ¿Qué les parece?

————

Estábamos sentados en la barra tomando un poco de té (que era lo más decente que podía ofrecer mientras no fuera a surtir la despensa) mientras esperábamos a que llegara la comida y Touya, que se estaba tardando más de lo que había dicho. Incluso me habría atrevido a pensar que había decidido marcharse y eludir el compromiso de no ser por dos cosas fundamentales: 1) su orgullo jamás se lo permitiría y 2) no podía dejar a Ryusei atrás. No era que su presencia hiciera falta, pues la  conversación con mi alumno y Yukito se había vuelto de lo más animada, pero definitivamente no podríamos empezar a comer sin él cuando la orden llegara. ¿Y si la comida se enfriaba? En esos pensamientos estaba cuando sonó el timbre de la puerta.

—Con permiso —me disculpé para ir a atender la puerta y tracé mi camino entre las cajas que aún quedaban por abrir (y de las que nos habíamos olvidado por completo) hasta llegar al recibidor, pero mi decepción fue evidente al encontrarme de frente con el repartidor—. Definitivamente se va a enfriar —suspiré.

—¿Perdón? —el joven me miró confundido bajo la visera de su gorra verde. Me disculpé y desvié el tema pagando la cuenta y pasándole una propina lo suficiente generosa para iluminarle el rostro y animarle a regalarme una encantadora sonrisa antes de despedirse. Cuando lo hizo me vi impedida de cerrar la puerta con las manos ocupadas, por lo que hice el intento de empujarla con la cadera, pero resultó mucho más duro de lo que había imaginado, y al mirar una mano deteniendo el canto entendí la razón.

—¡Oh! Hablando del rey de Roma —vi a Touya aparecer y comenzar a descalzarse. Me dirigió un ceño curioso.

—¿Estaban hablando de mí?

Mierda. No, no estábamos hablando de él. Era yo quien había pensado en él… en su tardanza.

—No realmente, pero estábamos a punto de hacerlo —conseguí decir a tiempo y él se dio por satisfecho al ver que la comida acababa de llegar. Tomó uno de los paquetes para ayudarme a cargarlos y echó una ojeada alrededor, viendo el lugar casi vacío.

—Creí que traerías tus muebles.

—Aún no termino de mudarme. Ni siquiera he abierto la mayoría de las cajas —le señalé los bultos del fondo y él asintió en silencio.

—Puedes avisarme si necesitas ayuda. De cualquier manera estoy en el piso de abajo la mayor parte del día.

—Gracias, aunque espero que no sea necesario —anoté sinceramente. Me di cuenta que nada parecía extraño entre nosotros aún después de lo que había pasado la última vez que nos habíamos visto, pero no quería tentar demasiado a la casualidad pidiéndole que viniera a solas a mi casa. Ahora Ryusei y Yukito estaban a tan sólo una puerta de nosotros, pero no quería imaginar qué sucedería si no fuera así.

Miré a Touya de reojo. Bien, quizá para él nada tendría por qué cambiar. Después de todo, seguramente está acostumbrado. Suspiré.

—Te ves cansada. Trata de dormir bien al menos esta noche. No es muy inteligente mudarse en un par de días, ¿sabes?

—Lo haré —y, como si sus palabras me hubieran recordado lo agotada que estaba, se me escapó un bostezo—. En cuanto a lo de mudarme, no pienso volver a hacerlo en un buen tiempo.

—Menos mal… —una sonrisa torcida se deslizó lentamente por la comisura derecha de su boca y su mano se escabulló entre la mía hasta tomar y llevarse en un movimiento casi ninja el otro paquete que yo seguía sosteniendo hasta ese momento—, ya comenzaba a pensar que te daría por mudarte cada vez que tu ex viniera al pueblo.

—¿Qué? —esta vez fue mi turno de mirar cómo se regodeaba en silencio, con nada más que esa condenada sonrisa colgando de sus labios—. ¡Lo sabías! Yue te lo había dicho desde un principio ¿Verdad? —lo intenté, pero no pude ocultar mi indignación—. ¿Entonces qué fue todo eso de hacerte el sorprendido y fingir demencia?

—Parecías tan divertida con tu pequeño acto que no me hubiera atrevido a arruinarlo y perdérmelo.

Hijo de…

—¿Y cuándo pensabas aclararlo?

—No lo había pensado, pero la verdad es que no pude resistir la tentación por mucho tiempo —siguió jactándose con su mueca socarrona—. Por cierto, no es que Yue se niegue a dar información innecesaria. Sólo se trata de saber formularle la pregunta correcta.

Sólo le faltaba guiñarme un ojo para terminar su jugada. Había cantado victoria demasiado pronto y mi jaque mate no había sido más que una ilusión. ¿Cómo lo lograba? No podía terminar de entenderlo. Además seguía pasmada: hasta ese momento no había tenido la certeza de que Yue nos hubiera visto a Eriol y a mí juntos ese día.

—¿Vas a quedarte ahí? La comida se va a enfriar —me miró desde su posición y sólo en ese instante me di cuenta que él había avanzado y yo no. Le alcancé de inmediato y me concentré en recuperar la compostura.

—Espero que te guste la comida picante —sonreí. Había pedido su porción con un poco de chile extra. Touya se encogió de hombros y me miró de reojo.

—Me encantan las cosas picantes —no, no había entendido mal el doble sentido de su frase. La inequivocable chispa de sus ojos oscuros me quitó todo rastro de duda—. Por cierto —susurró tras comprobar mi sonrojo—, bienvenida. Ahora Ryusei tendrá doble razón para venir más seguido al consultorio —sonrió y siguió andando hacia la cocina donde el grito entusiasmado de su hijo le recibió. Yo, mientras tanto, seguí pensando en sus últimas palabras y las de Ryusei más temprano. Había pensado en tener una conversación con él sobre lo ocurrido por la tarde, pero esa sonrisa descuidada y sincera, con un aire casi melancólico me hizo saber que él no ignoraba nada de eso. Además, ¿qué podía decirle yo? “A tu hijo le gustaría tener una madre”, claro, sería como decirle que la Tierra era redonda. Touya conocía bien los sueños y anhelos de su hijo y no había nada que yo tuviera que hacer o decir al respecto.

Pero si hay algo que detesto de verdad es sentirme impotente ante algo, especialmente tratándose de algo que me importa, y Ryusei me importaba mucho. Pese a la buena compañía, esa noche la cena me supo a tierra.

 

(1)    El coronel Sanders es el fundador e imagen de Kentucky Fried Chicken (KFC). Tomoyo está haciendo referencia al libro “Kafka en la orilla”, de Haruki Murakami.

Notas de la autora: Este capítulo lo tenía casi terminado desde hace tiempo, pero he caído en un ciclo vicioso de lectura, películas y natación que creo que necesitaba después del semestre infernal que tuve en Gent. Ya no recordaba lo que era perder el tiempo por el simple hecho de hacerlo y la verdad me ha sentado bien. Pero hasta aquí hablo de mí. Volviendo al capítulo: si alguien no se ha enamorado de Ryusei en este capítulo, es porque no tiene corazón. Como mencioné previamente en Facebook, este capítulo para mí lleva por título “razones para amar a Ryusei y abrazarlo para no morir en el intento”, aunque probablemente Touya lo llamaría “cómo darle un giro inesperado a los planes de Tomoyo”. En fin, todos tenemos puntos de vista diferentes.

Muchas gracias a todos los que siguen este fic y han dejado sus reviews. Como siempre, esta historia se alimenta también de sus opiniones, así que no olviden dejarlas, ya sea si les agrada o no (una buena crítica es siempre bien recibida). ¡Saludos!