17. No te fíes de nadie… mucho menos de un Daidouji

La vida durante las vacaciones escolares suele volverse un poco monótona. De vez en vez tenía que ir a la escuela para organizar junto a los demás profesores el material para el siguiente trimestre del ciclo escolar, registrar los avances del pasado y  verificar que todos los grupos de un mismo año estuvieran cumpliendo con el programa de una manera homogénea, encausar retrasos y localizar problemas. Todo este trabajo administrativo es importante, pero pierde la diversión salir a la escuela por las mañanas cuando el cerebro sigue obstinado en decir que son vacaciones de verano y no hay niños en las aulas.

Ese viernes regresaba precisamente de la última reunión previa a reiniciar clases. Había sido muy corta, por lo que iba pensando en lo que haría el resto del día. Hacía un clima espléndido y pensé en salir a correr, darme un baño y luego ir a dar un paseo por la ciudad. Después de lastimarme el pie en la playa no había podido correr en toda la semana, pero la herida estaba cicatrizando rápido y ya podía caminar con toda normalidad desde el día anterior, por lo que no sería mala idea trotar un poco. Al menos eso pensaba cuando entré al edificio, pero al llegar a mi piso me llamó la atención ver un niño que se agazapaba para meter una carta en mi buzón.

—Buenos días —le saludé llegando a su lado, pero él dio un respingo y me miró como un ladrón frente a un policía al ser capturado en el acto.

—¡Bu…buenos días! —gritó nervioso.

—No eres alumno de la Primaria Tomoeda, ¿verdad? No te reconozco… ¡Hey! —exclamé cuando salió corriendo hacia las escaleras.

—¡Yo no sé nada! —corrió volviendo la cabeza para verificar que no lo siguiera— ¡Él sólo me pagó por entregar la carta!

No necesito decir que me quedé como una estatua, mirando el pasillo por casi un minuto e intentando asimilar lo que acababa de pasar. Al final me di cuenta de que la respuesta la encontraría en la susodicha carta, así que abrí el buzón y saqué los dos sobres que contenía. Entré a la casa y me descalcé mientras revisaba el del banco. Nada importante, por lo que lo dejé sobre la mesita de la sala y me senté en el sofá a abrir el otro, que simplemente decía “Tomoyo” con letra femenina. La carta venía en una hoja blanca sencilla y también estaba escrita con una mano delicada. El mensaje era muy corto:

Encuéntrame a las 7pm en el café junto a la biblioteca”

Me pasé varios minutos dándole vueltas al extraño asunto y buscando alguna otra señal tanto en la carta como en el sobre. ¿Quién podía valerse de medios tan misteriosos para citarme en un café? Evidentemente tenía que tratarse de alguien que no quería que nadie se enterara de nuestro encuentro. Pero si no quería que se enteraran, ¿por qué en un lugar público como un café cerca del centro? No tenía sentido alguno, a menos que quisiera hacerlo ver como una casualidad. Pero lo más desconcertante era la falta de una firma o alguna seña para identificarle, lo cual quería decir que la persona quería mantener su identidad oculta hasta el final. De hecho, tenía razones de más para sospechar que ni siquiera se tratara de una mujer, no sólo porque el niño había mencionado que era un hombre quien le había pagado, sino porque el estilo de la letra era demasiado distintivo. Me atreví a pensar que, así como el sujeto había pagado al niño, también había pedido a otra persona que escribiera la carta y el sobre por él.

Era demasiado sospechoso, seguía pensando mientras corría por el parque. Pese a la música, el ejercicio y la gente pasando a mi lado con sus familias y mascotas, no podía sacarme de la cabeza el misterioso mensaje. Me causaba escalofríos pensar que incluso podía ser peligroso. Vamos, no es normal que te quieran citar a escondidas sin mencionar nombres ni alguna referencia, y para eso tenía sólo dos explicaciones: o la persona era muy paranoica al pensar que alguien más vería el mensaje, o no tenía buenas intenciones… o yo era la paranoica y no era más que una de las tantas ideas de la ocurrente Nakamura. Pensándolo bien, durante la junta me había preguntado si tenía planes para la tarde, pues ella quería hacer algo. A sus cincuenta años, seguía teniendo la energía (y los gustos) de una veinteañera. Recordé cuando a modo de broma me propuso cambiar de grupos para que ella pudiera volver a estar con mi clase, pues, a decir de ella, los papás de sus niños no eran tan apuestos como los de los míos, aunque sé muy bien a quién se refería cuando mencionaba a “los míos”. Akane Nakamura no puede evitar dejar escapar una risita sospechosa cada vez que se menciona al papá de Ryusei en nuestras conversaciones. Está más que claro que Touya es de su tipo, aunque deba resignarse a admirarlo de lejos.

—¡Touya! —exclamé deteniéndome en seco. Alguien que supiera dónde vivía pero que prefería evitar ser visto ahí; tenía que ser alguien que ya hubiera estado ahí antes y, por lo tanto, pudiera ser reconocido. Touya me había llevado una vez a mi apartamento, aquella vez que los conocí a él y a Yukito frente al supermercado, y había venido a recoger a Ryusei en otra ocasión. Ciertamente no es un tipo promedio: es alto, moreno y bastante apuesto, del tipo que no se olvida fácilmente, por lo que cualquiera (especialmente una mujer) podría reconocerlo bien. En cuanto al por qué querría que nos viéramos sin que nadie se enterara…

Tragué saliva. Había pasado casi una semana desde lo de la playa, y no es que me hubiera olvidado del “incidente” del beso, pero me había prometido no darle mayor importancia, como él muy claramente me había dado a entender. Por otro lado no podía quitarme la inquietud de que había hecho algo que estaba mal. Aunque las reglas de la escuela no dictaran nada específico al respecto, era una cuestión de sentido común saber que no te puedes relacionar con los padres de tus alumnos. Ni siquiera se lo había dicho a Nakamura (ni pensaba hacerlo), y si Touya quería hablar al respecto, no podía ser algo a la luz del público. Una semana atrás no me hubiera pasado por la mente esconderme de los demás para verlo; de hecho, solía suceder por encuentros casuales, a excepción del mismo viaje a la playa y las veces que entrené con él y Ryusei para el festival deportivo, pero ahora estaba “eso” y seguramente él sólo quería confirmar que no hubiera pasado a mayores. Es increíble darse cuenta de cómo cambian las cosas cuando uno siente que tiene algo que esconder.

Sólo confirmar que todo estaba en orden entre nosotros, me repetí de camino a casa.

A las seis no podía apartar la vista del reloj. Le había dado demasiadas vueltas al asunto a lo largo de la tarde y había tratado de distraerme mientras me arreglaba. Como resultado había terminado arreglándome de más, o al menos eso sentía. No era el maquillaje, pero… ¿por qué había escogido ese vestido? Quizá debía cambiármelo, pero entonces tendría que pensar en los zapatos y el bolso, y…

—Suficiente —me dije y decidí salir de una buena vez. ¿Qué diablos me estaba pasando? Un Daidouji siempre controla la situación, no al revés. Todo por culpa de Touya y su carta misteriosa. ¿Quién hace las cosas así hoy en día? Estamos en el siglo XXI y el hombre tiene mi número de teléfono, ¿No podía simplemente mandarme un mensaje de texto? Entonces lo más probable era que estuviera jugando con mi mente a propósito, después de todo era Touya Kinomoto, el bufón, y yo estaba cayendo como una mosca en su trampa.

La última hora fue la peor. Me dediqué a caminar por las calles del centro, distrayéndome con los escaparates y tratando de evitar las caras conocidas. La conciencia culpable causa estragos en las personas y nuevamente estaba exagerando algo minúsculo. Sí, él me había besado y yo le había respondido, ¿y qué con eso? Pensaba. Cualquiera comete un error, a menos que…

A menos que quisiera decirme que no había sido un error y que para él significaba algo más…

—¡No! —exclamé y la gente a mi alrededor me miró como una loca. Les sonreí con toda la inocencia del mundo y miré mi reloj. Al fin faltaban cinco minutos para las siete, por lo que me encaminé al café con una sola idea en la cabeza: no iba a ceder a ninguna propuesta extraña por parte de Touya. Soy una maestra de primaria y tengo principios y prioridades. Soy Tomoyo Daidouji, me dije cruzando la puerta y llenando mis pulmones del olor a café.

Había algunos clientes, pero el lugar seguía a medio llenar. No había ninguna cara conocida y miré mi reloj: las siete en punto. El café tenía dos plantas, pero decidí quedarme en una mesa que encontré disponible abajo y desde donde podía ver la entrada, pero pasaron diez minutos y nadie conocido cruzaba la puerta. Impaciente, me dediqué a ojear el menú, pero apenas medio minuto después el camarero apareció colocando una taza de café frente a mí.

—Un cappuccino especial —dijo cuando me volví a verlo.

—Pero yo no he pedido nada aún.

—Ya está pagado —comentó con una sonrisa antes de irse sin darme oportunidad a preguntar quién lo había pagado, pero la respuesta (o al menos una pista) llegó justo cuando me disponía a meter la cucharita entre la espuma. Ahí, la fina mano del barista había escrito upstairs con exquisita caligrafía.

Por un momento pensé en subir inmediatamente a la planta alta y aclarar todo de una vez, pero opté por tomarme el café con toda tranquilidad. Si él había decidido jugar con mis nervios de esa manera, yo también podría tirar un poco de su paciencia. ¿Me había “invitado” un café? Bueno, pues ahora tendría que esperarse a que lo terminara para poder verme, o al menos eso pensé, pero lo cierto es que acabé antes de lo esperado y pronto no me quedó más remedio que subir las escaleras para terminar con esto de una buena vez. Iba repitiéndome las posibles respuestas que le daría, ya sea si sólo quería asegurarse de que ese beso no había pasado a mayores o si quería intentar algo más. Estaba resuelta a no permitir que ninguno de los dos siguiera pensando en el asunto y aclarar todo con la marca fría y calculadora de la casa Daidouji.

Pero todo lo frío y calculador se fue por el borde al comprobar que no era Touya quien me esperaba en la mesa del rincón.

—Buenas tardes Tomoyo.

Upstairs. Debí haberlo adivinado en ese momento.

—Eriol —simulando como pude mi sorpresa, tomé el asiento que él me ofrecía con su característica caballerosidad occidental. Me miró de pies a cabeza y alzó ambas cejas.

—Lamento haberte decepcionado si creíste que era alguien más. Parece que pusiste mucho empeño en tu vestuario.

—Era difícil imaginarlo con tanto misterio, así que más vale prevenir —comenté encogiéndome de hombros.

—Cierto. Espero no haberte causado demasiados problemas para venir el día de hoy… —y continuó con una serie de frases sacadas de su cajón de cortesías. Me di cuenta que  me trataba con los mismos modales calculados con los que trataba a sus clientes.

—¿Qué ocurre Eriol? —lo interrumpí de pronto y la suave sonrisa ensayada desapareció de su rostro.

—Tengo razones para pensar que tu madre te está espiando —soltó de pronto y meneó la cabeza—. Bueno, eso está confirmado. Más bien debo decir que tengo razones para pensar que tiene acceso a tu departamento, tú sabes: micrófonos, la línea de teléfono…

—¿Cámaras?

—Espero que no —y lo decía con sinceridad. Por supuesto que a él le afectaría que hubiera cámaras, especialmente en mi habitación, aunque en realidad cualquier parte de mi apartamento sería comprometedora para ambos si de imágenes se trataba—. No te sorprende.

—No —suspiré sin mayor emoción. Era Sonomi Daidouji de quien estábamos hablando. Dueña del control sobre todo cuanto le rodeara. Por supuesto que no iba a permitirse perderlo tan fácilmente sobre su propia hija tan sólo porque ésta se mudara al otro lado del país o del mundo. Aunque no había pensado a profundidad al respecto, tampoco tenía por qué sorprenderme. Espías tenía muchos y por doquier, aunque rara vez los utilizaba para otra cosa que no fuera espionaje empresarial, pero ya había pasado por eso cuando estaba en la adolescencia, así que no se trataba de la primera vez, a excepción de aquello de usar micrófonos.

—Entonces entenderás por qué prefiero que no sepan que nos vimos.

—Te tomaste muchas molestias. Tuviste que venir personalmente y le pagaste a un niño para que entregara la carta. Por cierto, la escribió tu secretaria, ¿cierto? —sonreí—, ¿o acaso fue Kaho? —inquirí con una ceja suspicaz y reí ante la mirada mordaz que me dirigió—. Está bien, está bien, era sólo una broma.

—Sí, la escribió mi secretaria.

—Lo que quería decir es que debes tener alguna razón de peso para haber hecho todo eso. No debería importarte ahora que ya no estamos juntos, aunque… —acodé la mano derecha sobre la mesa y apoyé mi mentón en ella—, ¿tienes miedo de que algo salga a la luz ahora que estás pensando en empezar una nueva relación?

Eriol dio un sorbo relajado a su espresso y me observó con autosuficiencia.

—No me preocuparía por algo así. Sucede que me ha llegado un caso y estamos por iniciar un juicio contra una de las empresas Daidouji y necesito saber si hay elementos que tu madre pueda usar en caso de que se le ocurra recurrir al chantaje.

Permanecí en la misma posición por espacio de varios minutos sopesando la información que me acababa de compartir Eriol. Me di cuenta que al final no importaba en dónde estuviera, ya fuera cerca o lejos de casa, pues la sombra de mi madre me seguiría a donde fuera. Por más que quisiera desembarazarme de sus asuntos profesionales estaba involucrada en ellos hasta la médula y ahí estaba mi ex prometido para confirmarme que nunca podría alejarme lo suficiente de ninguno de los dos. Era hija de una y me había involucrado con el otro. Ambos habían sido aliados y su arca de alianza había sido yo, pero todo estaba por cambiar y a ninguno le convenía que yo me colocara del bando contrario.

Suspiré. Si por mí fuera, podrían pelearse como perros y gatos y dejarme en paz.

—Debieron casarse los dos sin ponerme en medio. Después de todo piensan igual: todo son negocios, ¿no? —susurré con aburrimiento y Eriol se removió en su silla.

—¿Disculpa?

—Nada, olvídalo —meneé la cabeza—. Lo que quieres saber es si no tengo fotos comprometedoras, ¿cierto? Después de todo, no puedo hacer nada si hay conversaciones grabadas —adiviné y él asintió. Eriol me conocía muy bien y sabía que mi afición a la fotografía podría suponer un problema para él. He dejado un poco de eso atrás, pero hace no mucho podría decirse que era el estereotipo de la chica que toma al menos algunas docenas de fotos cuando sale con sus amigos o sólo porque el día está agradable. Al mudarme de Tokio dejé mis cámaras allá, salvo una de bolsillo que prácticamente no uso. Supongo que quería dejarlo todo y empezar de nuevo. Sin embargo Eriol no se equivocaba del todo al estar preocupado.

—¿Las tienes?

—Depende de tu definición de “comprometedoras” —solté una risita y esta vez me alzó una ceja incómoda—. No te preocupes, me desharé de ellas, y para que estés tranquilo aclaro esto: no lo haré por ti, sino por mí. No son el tipo de fotografías que me gustaría ver cuando haga limpieza en el armario.

—Confiaré en ti entonces —suspiró y pronto pareció más relajado.

—A pesar de todo, veo que sigues confiando en mí —solté de pronto cruzándome de brazos esta vez—. Viniste a decirme que vas a demandar a mamá. ¿No creíste que podría ponerla sobre aviso? Y en cuanto a las fotos, supongo que tienes tus propios medios para pedirle a alguien más que haga el trabajo de entrar a mi apartamento, buscarlas y deshacerse de ellas.

Pero Eriol tampoco era un imbécil.

—Claro que sabía que no moverías un dedo para ayudar a tu madre. Sé que no lo haces por mí, sino porque no te quieres involucrar más con su empresa. Sobre las fotos, sabía que debían existir, pero probablemente lo habías olvidado y tú misma querrías destruirlas para evitar que él las viera. ¿Touya, verdad? —quiso corroborar y yo maldije su memoria privilegiada. Bueno, yo también había recordado el nombre de Kaho, así que supongo que era una cucharada de mi propia medicina.

—Sí, Touya —me mordí la lengua pronunciando el nombre y sonreí recordando el pequeño malentendido de Eriol que nunca quise aclarar. Justo cuando me había olvidado de él (siquiera por un cuarto de hora) viene mi ex novio y me lo recuerda. Ironías de la vida.

—Por supuesto, también estaba el plan B de enviar a alguien a tu departamento, pero esperaba que no fuera necesario —me guiñó el ojo como si fuera la cosa más casual del mundo, y claro que para él lo era.

—Por supuesto —repetí y me levanté de la mesa—. En fin, si no hay nada más de lo que quieras hablar, creo que podemos dar esta “junta” por terminado, ¿cierto? No voy a preguntarte detalles sobre la demanda ni nada al respecto. Te deseo suerte. Creo que la necesitarás —dije esto último con sinceridad y él se levantó también para tenderme una mano.

—Gracias. Sé que no quedamos en los mejores términos y básicamente fue mi culpa, pero…

Tomé su mano y por primera vez desde que terminamos sus ojos fueron sinceros y sorprendidos. Le sonreí de verdad en esta ocasión.

—Recuerda que no lo hago por ti, pero de cualquier manera me alegra que podamos vernos de otra manera que la última vez. Además, te agradezco que me pongas sobre aviso. Había estado distraída con otras cosas, así que prácticamente había olvidado de lo que mi madre es capaz y bajé la guardia por completo. Si quieres, puedes decir que estamos a mano.

Su mano apretó la mía y me despidió diciendo que era mejor que me vieran salir como había entrado: sola. Él se esperaría un rato más y terminaría su café antes de marcharse. Sin embargo no esperaba lo último que dijo cuando me iba alejando:

—Espero que todo salga bien con Touya. Parece un buen hombre para ti y, por lo que vi en el festival del templo, su hijo también te aprecia mucho. Una familia sencilla sin las tonterías de nuestro círculo. Es justo lo que buscabas, ¿cierto?

—Sí… cierto —contesté con toda la seguridad que pude acumular en tres segundos, pero estoy segura que él notó mi conmoción, lo vi en sus ojos. Hice una inclinación de cabeza y me despedí caminando a las escaleras y deteniéndome en la planta baja para pasar un momento al tocador, donde me vi al espejo y comprobé lo que Eriol también había notado: me había arreglado como si fuera a tener una cita. ¿Con quién?

“¿Touya, verdad?”

Toda la tarde había pensado que la nota sería de él, pese a que ahora me daba cuenta de que no tenía lógica alguna. Incluso una parte de mi mente sabía desde un principio que no podía ser él y sin embargo me había empeñado en creerlo. Era para verlo que me había arreglado así y Eriol lo sabía:

“Lamento haberte decepcionado si creíste que era alguien más. Parece que pusiste mucho empeño en tu vestuario”

—No, Tomoyo —susurré mirando el reflejo—. Pon los pies en la tierra. No puedes tener nada con él. Punto.

Sonaba tan elocuente si lo decía en voz alta, pero aún así costaba trabajo creerlo. Frustrada, regresé a la cafetería y me disponía a salir a la calle cuando encontré un rostro conocido que tomaba la misma dirección que yo.

—Yue-san, buenas tardes.

—Buenas tardes —saludó él después de volverse a ver quién le había reconocido. Abrió la puerta y me dejó salir primero.

—¿Vienes solo? No te vi cuando entré.

—Estaba con un cliente a unas mesas de donde te sentaste antes de subir. La gente usa mucho este lugar para tener citas a ciegas.

—¿Qué? No, no… —agité mis manos—. ¿Lo dices por lo de…? No, no era una cita a ciegas… Ni siquiera era una cita —comencé a balbucear torpemente, pero desistí al ver que a él no parecía importarle lo que era ni lo que no era. Decidí cambiar de tema—. ¿Vas a tu casa?

—Sí.

No había duda de quién había enseñado a  Ryusei el sistema de dar respuestas escuetas y exactas.

—Si no te molesta, me queda en la misma dirección, así que…

—Lo sé.

¿Lo sabía? Al parecer, eran más los que sabían mi dirección de los que había imaginado, aunque eran las personas non gratas (ejemplo A: mi madre) las que me preocupaban.

—Pensándolo bien, quizá debería ir buscando otro lugar para mudarme —comenté, más para mí que para él, pero sentí su mirada inquisitiva sobre mí.

—¿Qué clase de lugar?

—No lo sé, uno donde… —no haya micrófonos, pensaba—, donde las paredes no estén tan delgadas. A veces mis vecinos no me dejan dormir —comenté rápidamente—. Quizá busque una casa pequeña o un piso.

—¿Un piso?

Sí, donde no puedan meter el cableado a través del ducto de ventilación del vecino, pensé.

—Sí, un piso estaría bien, en un lugar algo céntrico —para que no les sea tan fácil entrar a la luz del día mientras yo estoy en la escuela, pensaba—, para poder llegar caminando a todas partes —sonreí y sentí su mirada sobre mí. Por un momento creí que podría leer a través de mí, así que simulé distraerme contando con los dedos de la mano los requisitos de mi “lugar ideal”—. Por supuesto, tampoco deberá ser muy caro. Quizá pueda empezar a buscar por aquí.

Con eso esperaba desviar sus sospechas, cualesquiera que fueran, pero él me analizó con nada disimulada profundidad hasta que finalmente levantó la mirada hacia un edificio que estaba al otro lado de la calle, a tan sólo media cuadra de donde íbamos pasando, y lo señaló con la cabeza.

—No es muy grande la oferta de pisos en Tomoeda. Son pocos los que quieren arrendar, pero hace poco se puso en renta ese piso.

No me esperaba aquello en absoluto. Yue no suele ser la clase de persona que ayuda a los demás así por así. No es porque sea mala una persona, pues dudo que sea capaz de causar daño alguno a otros (al menos con alevosía), sino porque no le atrae meterse en asuntos ajenos.

—Gracias, lo tendré en cuenta.

—No lo hago por ti.

—¿Conoces al dueño?

—No —me miró como si le hubiera preguntado alguna incongruencia y volvió la vista al frente—. Es un piso de dos habitaciones con cocina y baño completo. Si sigue pidiendo el mismo precio que antes, entonces es una buena oferta. Además está bien localizado y hay un garaje para automóviles a la vuelta.

—¿Conoces a quien lo rentaba?

Debía ser, debido a la cantidad de información que tenía al respecto, pero nuevamente me contestó que no, así que decidí darme por vencida.

—Suena bien, creo que llamaré para preguntar. Voy a acercarme para anotar el número —señalé el letrero que estaba pegado en la ventana y me acerqué a la calle para cruzarla—, vuelvo en…

—Hasta luego —se despidió sin más, cortando de tajo mi intento de decirle que regresaba pronto y siguió caminando como si hubiera estado solo todo este tiempo, dejándome plantada en la orilla de la banqueta y preguntándome cómo Yukito podía convivir con semejante robot. Seguramente algo debía ver él entre el payaso de Touya y este hombre de hojalata, o quizá simplemente era un santo.

Suspiré. Tampoco podía negar que en cierta forma me había ayudado, pensé mientras cruzaba la calle y anotaba el teléfono en mi celular. Me quedé contemplando el nuevo contacto por espacio de un minuto, reflexionando sobre las ironías de la vida. Por la mañana, en mi tranquila junta escolar, jamás hubiera imaginado que al final del día me habría encontrado y hecho un “trato” con mi ex novio, habría recuperado mis niveles de paranoia Daidouji después de recordar las cosas de las que mi madre era capaz, habría tenido una conversación de más de dos palabras (aunque no muchas) con Yue y me habría planteado la posibilidad de mudarme de mi departamento. Posibilidad que había nacido en un segundo disparatado y con la misma facilidad ahora se antojaba increíblemente real en la palma de mi mano derecha.

Aunque había una cosa que sí debía agradecer: ahora tenía cosas más importantes de qué preocuparme que Touya Kinomoto.