16. Agarra al toro por los cuernos

Cuando atravesé la puerta de mi casa permanecí recargada contra ella durante un tiempo indefinido. Finalmente había llegado a mi refugio, al rincón en donde podía bajar la guardia y pasar toda la saliva del mundo si así lo quería, y en el silencio del departamento escuché mi propia garganta seca tragando como si forzara una sandía a través de ella.

Estaba exagerando, lo sabía, pero pocas veces en la  vida me había dado el lujo de hacerlo, así que ya había olvidado cómo diablos regresar a mi estado normal después de salirme de mi bien marcado renglón.

—Vamos Tomoyo —comencé a repetirme—, eres una adulta ¿qué rayos estás haciendo?

Era una adulta y también era momento de comenzar a comportarme como tal, así que tenía que dejar de actual como adolescente, me convencí. Y así, poco a poco pude recuperar el movimiento para siquiera descalzarme los zapatos.

Maldito Touya. No sé si lo dije en voz alta o sólo lo pensé. Para fines prácticos daba lo mismo, pues no había nadie más en el departamento.

Me desparramé sobre el sofá, aunque no estaba físicamente agotada después del viaje en automóvil desde Shizuoka. Sólo quería recuperar un poco de sosiego admirando las polutas de polvo que bailaban contra la última luz del atardecer. Quería adormecer un poco mi cerebro mientras tuviera oportunidad, pero de vez en vez mi mente insistía en recrear escenas, aromas y hasta sabores, pero no cualquiera, sino justo los que quería evitar en ese momento.

Habían sucedido demasiadas cosas para un solo día, pero me estaba agotando más con tratar de olvidarlas, por lo que terminé cerrando los ojos y dejando que mi cabeza repasara todo lo que se le ocurriera repasar, dando rienda suelta a mi descabritada imaginación.

Empecé por recordar los sucesos de anoche, especialmente la sonrisa macabra (a defensa de mi salud mental insistiré en llamarla así) de Touya y su siempre desequilibrante cercanía en los momentos menos apropiados. Pero mi pesadilla había empezado al día siguiente, poco después de rayar el alba:

Me había ofrecido para ayudar a Yukito con la preparación del desayuno desde el día anterior, por lo que me levanté temprano y juntos pusimos manos a la obra, y todo iba saliendo de maravilla hasta que aparecieron Syaoran, Ryusei y Touya por la puerta de atrás. Los dos mayores iban inmersos en tal discusión que no podría quedar persona dormida en toda la cabaña después de oír sus voces.

—No fui yo quien te lanzó en primer lugar, así que no puedes llamarlo trampa —bramaba Touya con su tono burlón de siempre—. Así que fue una victoria legal y…

—Fuiste tú quien escogió el lugar, así que sabías de antemano que había un pantano ahí y sin embargo no  me lo dijiste —respondía Syaoran con un tono mucho más elevado de lo normal. Sin tener que verlo me di cuenta que estaba bastante irritado—. Puedo apostar a que desde un principio lo tenías planeado.

—Puedes pensar todo lo que quieras, pero no cambiarás lo que pasó —en ese momento los tres entraban a la cocina y Yukito y yo nos quedamos boquiabiertos al ver el desastre que estaban hechos los dos adultos, destilando agua y cubiertos de lodo y hierba aquí y allá, y entonces la mención que acababa de hacer Syaoran sobre un pantano hizo eco en mi cabeza. ¿Acaso los dos habían caído en uno? El único que parecía más presentable era Ryusei, que llevaba sendos zapatos cubiertos de barro hasta los tobillos, pero nada en comparación con su padre y su tío.

—Entiendo que no puedan resistir las ganas de medir fuerzas y pelear como perros por las mañanas, pero al menos podrían pensar en los demás y quitarse los zapatos antes de entrar —interrumpió Yue llegando desde algún lugar de la casa y callando a los dos de una buena vez. Entonces ambos miraron el rastro (o ecosistema) que habían dejado tras de sí y suspiraron—. El trapeador y la cubeta están en el armario del pasillo, junto al baño, y será mejor que lo hagan antes de que se seque y sea más difícil de quitar —indicó con frialdad.

—¿Quieres que les ayude papá? —se ofreció Ryusei y su padre le revolcó el cabello por toda respuesta, cubriéndole de paso la cabeza con el barro que traía en la mano.

—No, porque tienes que ir a bañarte —sonrió Touya con su típico gesto guasón y de repente, como si fuera la cosa más normal del mundo, se quitó la camisa y la tendió a su hijo—. ¿Puedes dejar esto afuera? Sólo va a ensuciar más la casa si lo traigo puesto. Ah, espera… — y antes de que Ryusei diera media vuelta con la prenda en sus manos el pantalón de su papá cayó al piso, igual que mi mandíbula inferior.

¿Qué diablos? Nunca supe si lo dije o si sólo lo pensé, porque igual nadie me hizo caso. Todos contemplaban cómo Touya se desembarazaba de la enlodada prenda y se la entregaba a su hijo, quien esta vez se quedó esperando a una nueva orden hasta que éste le volvió a revolver el cabello y le indicó que podía marcharse.

—Al menos podrías tener un poco de decencia —Syaoran entornó los ojos—. Estoy seguro que no te gustaría que alguien hiciera lo mismo frente a Sakura.

—¿De qué rayos estás hablan…? —el ceño con el que Touya lo miró fue sustituido rápidamente por la sorpresa cuando miró en la dirección en que lo hacía Syaoran, que era justamente hacia mí, de piedra y con unos palillos para asar en la mano. Sin embargo no tardó en recuperar la compostura y observarme con una tranquilidad digna de un monje. Incluso me dio la impresión de estar disfrutando del momento y de ver mi rostro, sea cual fuere la expresión que tenía en él—. ¡Vaya! Parece que alguien se levantó temprano. ¿Qué tendremos hoy para desayunar, profesora?

¿En verdad ese hombre estaba en ropa interior en mitad de la cocina y lo único que se le ocurría preguntar era qué había  para desayunar?

—Voy por las cosas para limpiar —declaro Syaoran quitándose la playera y desapareció de la cocina. Yukito continuó limpiando el pescado y Yue puso un poco de café en la máquina mientras yo continuaba contemplando a Touya como si fuera un fantasma. ¿Es que acaso era yo la única loca que pensaba que algo no era normal en esa escena?

—Deberías ponerte algo de ropa —vociferé finalmente regresando a hacer mi tarea y dándole la espalda, empeñándome en mi labor de asar las berenjenas para la guarnición.

—Con mucho gusto, en cuanto terminemos de limpiar esto… —pude escucharle sonreírse desde su lugar—, a no ser que el ayuno le esté afectando a alguien y prefiera desayunar carne en lugar de pescado.

Entendí cada significado posible de su aseveración, pero con una posición estratégica conseguí que nadie más que las verduras fuera testigo de los mil colores de mi rostro. Sin embargo la mañana apenas comenzaba y la paz relativa que llegó con el desayuno (encabezado principalmente por Ryusei y Ayami haciendo planes sobre lo que querían hacer a lo largo del día) se volvió a resquebrajar mientras nos preparábamos para salir nuevamente a la playa. Una vez puesto el traje de baño, me dirigía tranquilamente a encontrarme con Sakura en la arena cuando me encontré con los dos pequeños y Touya en la sala, que en ese momento le ponía bloqueador solar a un paciente Ryusei (juro que nunca había visto a un niño esperar con tanta paciencia sin salir corriendo hacia el mar). Ayami traía su propia botella de bloqueador, por lo que decidí detenerme a ofrecerle mi ayuda.

—¿Quieres que te ponga bloqueador en la espalda? —dije y ella aceptó gustosa mi oferta y me pasó la crema, colocándose de espaldas a mí. Comencé mi labor escuchando las ocurrencias de la alegre niña y las monosilábicas respuestas de Ryusei de vez en vez.

—¡Hoy quiero intentar flotar por mí misma! —anunciaba ella—. ¿Ryu-kun, me puedes enseñar a hacer lo mismo que tú hiciste ayer?

—¿Qué hice ayer? —Ryu movió el cuello a petición de su padre.

—Fue como si te acostaras en el agua. ¡Quiero hacer eso! —aunque no podía verlos, me imaginaba los enormes ojos de Ayami mirando a su ídolo con ensoñación. Sonreí, contagiada por su euforia.

—Está bien —Ryu asintió. Claro que jamás se negaría, pensé yo. Entonces su padre anunció que había terminado y el niño se sentó a esperar que yo hiciera lo mismo con Ayami—. ¿Usted no se pondrá bloqueador, señorita Daidouji?

—Claro que sí, o me quemaría muy fácilmente.

—Porque su piel es muy blanca, ¿verdad? —añadió Ayami y yo asentí—. Las pieles blancas son las más delicadas. ¡Es como una geisha!

Menuda comparación, pensé yo, aunque viniendo de una criatura tan inocente no podía menos que hacerme reír, y vaya que lo hice, pero al parecer no fui la única.

—Conque una geisha, ¿eh? —pude sentir la sonrisa torcida de Touya aún sin verla—. Suena interesante. Si gusta, puedo ayudarle a la señorita geisha a ponerse bloqueador en la espalda.

—¡No! —reaccioné antes de darme cuenta, pero al ver las miradas sorprendidas sobre mí recuperé la compostura y sonreí con toda la dulzura que la ocasión podía ameritar—. Quiero decir… no es necesario, gracias.

—Usted dijo que se pondría bloqueador —insistió Ryusei confundido. No pude evitar pensar en que sería mejor si insistiera en ponérmelo él en lugar de su padre.

—Lo haré, pero Sakura me ayudará con eso, por eso digo que no es necesario.

—Vamos Ryu, no molestes a tu profesora. Es evidente que no le agrado, por eso no quiere que le ayude.

¿De dónde diablos salió todo eso? Ni más ni menos que de la condenada boca venenosa y manipuladora de su padre, y muy por encima de su gesto “resignado” podía divisar el brillo de sus ojos calculadores y malvados.

—¿No le gusta el papá de Ryu-kun, señorita Daidouji?

Pero “gustar” no era la palabra adecuada. A veces la ingenuidad infantil termina por complicar mucho las cosas, sobre todo si hay alguien que sabe utilizarla a su favor. Terminé de untar crema a la amiga de Ryusei y comencé a ponerme en los brazos la que me había sobrado en la mano. Traté de actuar con toda la casualidad del mundo.

—Por supuesto que no es nada de eso —medí muy bien mis palabras para no usar los términos “agradar” ni “gustar” bajo ningún motivo—, pero ya le había dicho a Sakura que la ayudaría con el bloqueador y ella haría lo mismo conmigo —mentí descaradamente, pero los pequeños parecieron creerme y se dieron por satisfechos, así que salieron corriendo a la playa—. ¡No se metan a nadar todavía o se caerá el bloqueador! —alcancé a gritar y ambos asintieron agitando una mano, pero cuando volteé a mi lado pude ver a Touya juguetear con el frasco de bloqueador en la mano y alzarme una ceja divertida, de modo que me excusé rápidamente y salí a buscar a Sakura, a quien encontré tendiendo su toalla sobre la arena.

—¿Te quemaste mucho ayer? Te ves muy roja —me preguntó ella con la misma inocencia que los otros dos pequeños y yo solté un soplido.

—No es eso, es sólo que tu hermano… —me detuve a media frase. ¿Iba a decirle a Sakura que su hermano me estaba provocando sólo para divertirse a mis costillas? Quizá debería brincarme esa parte, pensé, pero entretanto Sakura ya había sacado sus conclusiones y entornaba los ojos hacia el cielo.

—¡Touya es un pesado! Supongo que ahora que no estoy yo tiene que encontrar a alguien más a quien molestar —infló los carrillos, pero calló al ver que Touya se acercaba. Sin embargo no se contuvo de dirigirle una mirada asesina al susodicho cuando éste pasó a nuestro lado. El otro, en cambio, se limitó a devolvernos toda la socarronería de la que pudo hacer gala en tres centímetros de sonrisa—. ¡Ay, cómo lo odio!

Ambas sabíamos que no era así. La típica relación de amor y odio de hermanos jamás me había quedado tan evidente como en este par. Había visto a Sakura hablar con cariño y admiración de su hermano con la misma pasión con la que le brindaba tremendas patadas a la mínima provocación, y lo mismo ocurría viceversa con Touya llamándole monstruo y diciendo sinrazones sobre ella al mismo tiempo que lanzaba señales de advertencia a cualquiera que quisiera acercarse a su pequeña protegida.

Y no me quedaba duda de que ahora él se desquitaba conmigo por la falta que le hacía su hermana para tales propósitos, aunque evidentemente había adquirido otra clase de dimensiones, pues con Sakura jamás podría darse la libertad de hacer bromas con alusiones sexuales: burlas infantiles con una medida de sarcasmo, astucia y una pisca de sensualidad, todo mezclado perfectamente con su sonrisa patentada. El resultado era mucho más peligroso de lo que Sakura podría imaginar y yo no podía darme el lujo de reaccionar como ella lo hacía. Tenía que ser más inteligente si no quería ser arrastrada por su juego.

—Pero, ¿sabes? Él te va a seguir molestando mientras no le pongas un alto —me aconsejó Sakura con suma seriedad—. Así que tienes que demostrarle que él no puede contigo, y la mejor manera de hacerlo es ponerle frente. Recuerda que perro que ladra no muerde, y Touya ladrará mucho, pero… —rio quedito mirando de reojo a su hermano, quien inmediatamente se dio cuenta de que él era el tema principal de nuestra conversación—, no es más que un chihuahua.

Sobreviví a la comparativa sin partirme de la risa por el momento y para desviar el tema y no levantar más sospechas me ofrecí a aplicarle bloqueador en la espalda, y mientras lo hacía me preguntaba si realmente sería buena idea aplicar el consejo de Sakura. Después de todo, no solamente no parecía darle mucho resultado, sino que, como ya dije, la forma en la que su hermano jugaba conmigo era muy diferente en varios niveles. Sin embargo, en algo tenía razón, y es que Touya podría ser muchas cosas, pero también tenía comprobado que era un hombre calculador y con los pies en la tierra, por lo que no sería capaz de cometer una estupidez. Analizándolo bien, recién me daba cuenta que él entraba perfectamente en la categoría de los provocadores, y lo bueno de esta categoría es que sus miembros rara vez se salen de sus límites.

Así que me hice a la idea: tomaría el consejo de Sakura y le haría frente a su hermano. Quizá no exactamente en la forma en la que ella había querido decir, pero algo de razón cabía en ello.

El día se fue como agua jugando con los niños en la playa y nadando con Sakura, quien resultó ser muy buena para sumergirse y recoger cosas del fondo para llevárselas a Ayami, quien estaba especialmente entusiasmada aprendiendo a nadar de la mano de su adorado Ryusei. Después de la comida salí de paseo con los dos niños l(esta vez prometiéndome a mí misma no distraerme, por supuesto) y me maravillé cuando vi a mi alumno tomar un cangrejo ermitaño y explicarle un poco sobre su peculiar estilo de vida a la niña. Me imaginé que ese tipo de datos solamente podría sacarlos de su convivencia con el excéntrico Yue (quien, por cierto, no había soltado un solo momento el libro que había traído consigo). Y entre estos pensamientos me debatía cuando soltó la pregunta más inesperada de todas.

—Profesora Daidouji, ¿Usted seguirá siendo profesora después de que se case?

Primero pensé en preguntarle por qué se le ocurría algo así en ese justo momento, pero entonces recordé que en realidad el puesto que ocupaba actualmente en la escuela había quedado vacante a raíz de que una de las profesoras se había casado, y ni qué mencionar que la historia había estado a punto de repetirse conmigo.

—No tengo pensado casarme próximamente, así que no he pensado en eso —le confesé con toda sinceridad—, pero me gustaría no tener que dejar de hacer lo que más me gusta, que es enseñar.

Ryusei pareció satisfecho con mi respuesta, pero esta vez era el turno de Ayami de hacer la pregunta maestra.

—¿No se va a casar con el papá de Ryu-kun?

—¿Qué…? —lo malo de los niños es que nunca sabes en qué momento esperar las más grandes ocurrencias, y gracias a eso terminé tropezando con una roca y cayendo de bruces sobre la arena. No fue una caída muy aparatosa, pero como iba descalza y la roca tenía los bordes algo afilados terminé abriéndome una herida en la planta del pie, cerca del dedo gordo. Aunque no profunda, sí  era bastante molesta, y más con el agua salada que mojó mis pies con la siguiente ola.

—¿Le duele? —Ryusei me miró con ojos preocupados y le aseguré que estaría bien, pero igualmente insistió en que regresáramos—. Yukito siempre trae un botiquín, así que podemos usarlo —fue su último alegato y con esto terminamos andando de regreso, yo tratando de no pisar mucho con la parte delantera del pie y Ryusei tranquilizando a Ayami, que parecía asustarse fácilmente con la visión de la sangre. Al vernos llegar, la primera en acudir a ayudarnos fue Sakura, pero me apresuré a asegurarle que todo estaba en orden antes de que se preocupara demasiado. Intenté convencerla de que sólo necesitaba lavar la herida con agua corriente y quizá usar alguna bandita, sin embargo Yukito no tardó en llegar y fue él quien me hizo sentar y terminó convenciéndome de dejarme revisar, pues al parecer algo de arena había entrado y se había quedado encarnada bajo la capa de piel que se había levantado. Naturalmente no tenía nada en contra de eso, sino de su sugerencia de que fuera Touya quien se encargara de hacerlo. ¿La razón? Muy simple: era el dentista del grupo y el único que tenía conocimientos básicos de anatomía y medicina en general (como si se requiriera de una licenciatura para limpiar una herida y poner un curita).

Aún intentaba argumentar que sólo requería lavarme el pie cuando Touya hizo acto de aparición.

—Parece que tenemos a una paciente testaruda por acá. ¿Qué pasó? —preguntó con fingida seriedad agachándose para echar un vistazo a mi pie y soltó un silbido—. ¡Vaya! ¿Cómo lograste meter tanta arena ahí? ¿Usaste una pala?

—Pensaba hacer un castillo de arena —intenté devolverle una sonrisa sarcástica, pero me ganó el dolor cuando presionó deliberadamente sobre la herida y solté un alarido.

—Vamos a limpiar eso —se puso de pie y me ofreció su mano, pero dudé en tomarla y él inclinó la cabeza con fingido fastidio y alzó su característica ceja—. No le va a doler, profesora, y si es valiente y se porta bien prometo darle un premio al final.

—Entonces estaré esperando mi paleta con ansias —le sonreí con tan creíble dulzura que incluso Sakura rió y me ayudó a incorporarme. Así entre los dos hermanos me ayudaron a llegar a la cabaña pese a mis protestas de no necesitar ayuda para andar. Ryusei y Ayami nos seguían de cerca y yo no podía evitar sentir que se estaba haciendo una exageración de algo que no tenía la menor importancia. Peor aún, cada vez que echaba un vistazo atrás para ver a los pequeños no dejaba de preguntarme de dónde diablos había sacado Ayami la idea de que el papá de su amigo y yo nos casaríamos.

—No tienes por qué avergonzarte. A cualquiera le puede pasar —comentó Sakura de repente y me di cuenta que debía tener la cara roja, aunque no sabía si era por el ridículo espectáculo que ofrecía, el hecho de sentir la mano de Touya sujetando mi cintura desnuda o el recordar las inesperadas palabras de Ayami y preguntarme si acaso lo mismo no estaría pasando por la cabeza de Ryusei.

—Disculpen, sigo pensando que todo esto no es necesario —sonreí dejándome llevar por la forma en que Sakura intentaba reconfortarme—, aunque agradezco mucho que…

—Pareces política —bufó Touya a mi lado cortando de tajo mi momento de inspiración. Sakura le dirigió una mirada que valía por las dos, así que no me molesté en decir más mientras ellos se enfrascaban en una nueva discusión y entrábamos a la casa y luego al cuarto de baño. Entonces Touya le pidió a su hermana que buscara el botiquín de primeros auxilios mientras él me sentaba en un banco junto a la tina, se lavaba las manos y hacia lo mismo con mi pie. Cuando Sakura volvió con la caja, él le indicó que no necesitaba su ayuda, así que podía regresar con el grupo.

—Pero ¿está bien que…?

—No exageres monstruo, nadie se está desangrando, y llévatelos contigo —agregó mirando de reojo a los niños que intentaban espiar a través de la puerta del baño—, que esto no es un circo.

—¡Pero papá…!

—Tu papá tiene razón Ryusei —tuve que interceder esta vez—. Me sentiría mal si se arruinara su diversión por mi culpa. Mejor vayan tú y Ayami a aprovechar el día. ¿No quieres que Ryusei-kun te siga enseñando más cangrejos y caracoles, Ayami-chan?

No necesitaba decir más para persuadirlos. El rostro de la niña brilló de inmediato y arrastró consigo a mi alumno, que me lanzó una última mirada de preocupación antes de dejarse llevar por su amiga y su tía. Finalmente relajé el cuerpo cuando los vi marcharse, aunque no pasó mucho antes de que un escozor me hiciera regresar a la realidad cuando Touya comenzó a literalmente escarbar en la herida con una gasa estéril.

—Va a doler un poco.

—Gracias por avisarme —nuevamente mi sonrisa sarcástica fue reprimida cuando me tuve que morder el labio. Ahora Touya estaba levantando la carne y tratando de retirar la arena que se había incrustado por debajo de la piel—. ¿Es necesario hacerlo así?

—No. Lo hago por mera diversión —me miró alzando una ceja y entendí el punto, aunque igualmente me explicó—. Si no retiro esto no sólo se puede infectar, sino que cicatrizará sobre la arena y después te dolerá más.

Decidí no quejarme más y aspiré profundo, dejando que él continuara con su labor. Pese a que su método parecía casi salvaje, me di cuenta que intentaba hacerlo con el mayor cuidado posible, así que me mordí los carrillos intentando no emitir ni un quejido, aunque claro que él se daba cuenta de cada vez que tensaba el pie y retorcía los dedos, pero cuando esto ocurría y él alzaba la vista hacia mí, conseguía encogerme de hombros como si todo estuviera bien en el universo, animándole a continuar, y cada vez también me daba cuenta que reanudaba su tarea con mucho más cuidado. En un momento la atmósfera había cambiado entre nosotros. Me di cuenta que después de todo Touya era una persona dedicada y cuidadosa, y no podía ser malagradecida con él por eso, así que el silencio que creí sería incómodo resultó transcurrir apacible y hasta rápido hasta que finalmente colocó una gasa en su lugar.

—Creí que ibas a poner un curita —comenté por fin y él meneó la cabeza.

—Es mejor así. La herida necesita respirar, pero debes tener mucho cuidado de no pisar la arena.

—No me puedo poner una sandalia así —le recordé mostrándole el pie, pues justo la horquilla de la sandalia pasaba por entre la herida. Touya entornó los ojos y se colocó a mi lado, tomando mi mano y haciendo señas de querer ayudarme a incorporarme, pero lo detuve con un gesto al sentir su mano pasar por detrás de mi cintura—. Estoy bien, de verdad. No necesito ayuda.

—¿Es eso cierto? —nuevamente su ceja alzada—. No sea testaruda, profesora. No muerdo, ¿sabe?

Esa sonrisa endemoniada hacía acto de presencia una vez más. Quería jugar con mis nervios, pero esta vez saltó a mi cabeza el consejo de Sakura. Era mi turno de reír.

—Claro que lo sé. Después de todo, perro que ladra no muerde.

Touché. La expresión triunfal desapareció por completo del rostro de Touya para mudarse al mío.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Exactamente eso. Todo ese asunto de llamarme “profesora” sólo para provocarme y eso de “lo que sucede en Shizuoka se queda en Shizuoka” no son más que espejismos. Sé que te encanta jugar con mis nervios, pero no es más que una fachada de hombre peligroso. Después de todo, eres del tipo calculador que jamás cometería una tontería. ¿Creíste que no me daría cuenta?

—Pareces muy segura… profesora —susurró inclinándose nuevamente hacia mí. Esta vez su sonrisa guasona había desaparecido, pero en sus ojos pude ver que aún intentaba mantener ese muro de seguridad y autosuficiencia. Lamentablemente para él, yo no me dejaría engañar nuevamente. Te metiste con la Daidouji equivocada, pensé.

—Y ahí estás otra vez, pero ya no te va a funcionar tan fácilmente —respondí encarándolo y alzando la barbilla—. Tengo 23, ¿sabes? Es buena hora para aprender a no dejarme intimidar con el palabrerío de un hombre que actúa como adolescente —me crucé de hombros y fingí un bostezo. Entonces tuve lo que en ese momento me pareció la mejor de las ideas—. Si vas a besarme, ¡adelante! hazlo de una vez y déjate de juegos, pero sé que no lo vas a hacer porque…

Me quedé a mitad de algo que al segundo siguiente olvidé por completo. Algo había salido mal en mis cálculos… muy mal, y es que en un momento me quedó la mente totalmente en blanco y no era para menos, pues sin mayor aviso Touya me estaba besando. Ni siquiera me dio tiempo de darme cuenta que había cortado cualquier rastro de distancia que quedara entre nosotros y se había apoderado de mis labios sin ceremonia alguna. No lo hizo de manera apasionada ni con suavidad. Tan sólo presionaba sus boca contra la mía y se entretenía un poco con mi labio superior. Para cuando me enteré de lo que estaba pasando sentí que la piel se me erizaba por completo y me quedé tiesa como una piedra, tratando de entender qué diablos había salido mal y, aún más importante, recuperar el control sobre mi cuerpo paralizado.

CD-Stealing a kiss

—¿Q-qué…? —intenté decir algo, quizás reclamar (aunque ya ni siquiera estoy segura de eso), pero no sólo fue en vano, sino contraproducente, pues Touya aprovechó la oportunidad para besarme de lleno y exigir más. Fue en ese momento que mi cuerpo me mandó a freír espárragos y decidió hacer lo que se le vino en gana, como si estuviera programado para responder automáticamente a un beso tan intempestivo, sugerente y (quiera admitirlo o no) excitante.

Lo que sea que estaba mal se estaba poniendo aún peor, y mi cerebro seguía de paseo por el País de Nunca Jamás mientras las hormonas se apoderaban de mis labios y manos, celebrando la fiesta de sus vidas.

Y de la misma manera inesperada en que empezó se terminó. Touya se apartó de mí, aunque no demasiado, y se quedó mirándome con una expresión que no conseguí descifrar. Estuvo así por espacio de algunos segundos que a mí me parecieron horas y, justo cuando iba a abrir la boca para decir algo, él se adelantó estirando una sonrisa perezosa y bufona.

—¿Ves? Te dije que no mordía

Cretino. Fue lo único que se me vino a la mente. Touya estaba decidido a llevar mis nervios al límite y ahora no me quedaba duda de que estaba dispuesto a cruzar cualquier frontera con tal de seguir teniendo la situación en sus manos.

—No puedo creer que… —me callé al escuchar unos pasos apresurándose por la casa hacia donde estábamos. Pronto vimos aparecer a Ryusei en el marco de la puerta.

—Papá ¡la tía Sakura y Yukito compraron anguila para llevar! —anunció con una alegría que no dejaba lugar a dudas de que debía ser uno de sus platillos favoritos, pero luego me observó con preocupación—. ¿Cómo sigue, señorita Daidouji? Está muy roja.

Escuché el instante en el que su padre se sonreía y traté de incorporarme con toda la dignidad que pude reunir, esquivando la mano que Touya me ofrecía y sujetándome del lavabo.

—¿Está segura que puede caminar sola?

—Vamos, profesora, no sea obstinada —secundó Touya alzando una ceja burlona.

—Papá lo dice por su bien. Además, si hace lo que le dice hasta le puede dar un dulce —insistió mi inocente alumno cuando cojeé hacia él dando brinquitos.

—Quizá no debí haberle dado su “premio” a tu maestra por adelantado —escuché decir a mis espaldas y tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para no volver la cabeza y decirle un par de cosas al respecto. ¿Cómo podía regodearse tan tranquilamente frente a su propio hijo? De verdad era un auténtico adolescente.

—¿Ah, sí? —Ryusei miró confundido mis manos en busca del supuesto “dulce”—, ¿y ya se lo comió?

—Si quieres, puedo darte más.

Fastidiada de ver cómo uno manipulaba la inocencia del otro a su favor para hacerme pasar un rato incómodo, me volví esta vez y lo encaré. Tenía que pensar muy bien mis palabras si no quería convertir a Ryusei en partícipe de una guerra sin cuartel que él no tenía por qué sufrir.

—¿Ah, eso era un dulce? Lo siento, estaba tan insípido que creí que era alguna medicina. Discúlpame por no saber apreciarlo —hice mi mejor gesto de disculpa sincera, tanto así que cualquiera me hubiera creído, a excepción del mismo Touya, por supuesto. Después me di la media vuelta y seguí cojeando, aceptando esta vez la ayuda de Ryusei para moverme.

—No te preocupes, profesora, como dije antes: puedo darte más en cualquier momento—escuché a mis espaldas nuevamente. Su tono había cambiado y supe que había dado en el blanco, aunque en ese instante más que victoria sentí un estremecimiento correrme por la columna vertebral. De cualquier forma hice de tripas corazón y continué con la espalda tan erguida como antes, encogiéndome de hombros como si se tratara de la menor cosa.

—Muchas gracias, pero espero que no vuelva a ser necesario.

No sé cómo conseguí llegar con los demás, porque pese a la seguridad en mi voz y todo lo que pudiera proyectar exteriormente, la única rodilla que podía apoyar al caminar me flaqueaba con cada paso al sentir la mirada de Touya sobre mí y recordar sus palabras y el beso en el baño. De más está decir que no me lo pude quitar de la cabeza por el resto del día. Tampoco necesito mencionar que él se dio cuenta de mi estado alebrestado y seguramente también supo muy bien que él y nadie más era el causante de eso. El regreso a Tomoeda también fue de lo más incómodo, pues me tocó sentarme en el asiento del copiloto y el silencio que se formó cuando los niños se durmieron en el asiento de atrás fue por demás insoportable.

—No te tortures demasiado, Tomoyo —susurró de pronto cuando nos deteníamos frente a mi apartamento. Los pequeños seguían exhaustos después de un viaje tan lleno de emociones, pero igual le vi lanzar una mirada de reojo para comprobar que estuvieran dormidos. Después sus ojos se centraron en mí, tan negros como su mente imposible de leer. En ese instante incluso hubiera preferido que usara su famoso tono arrastrado y burlón para llamarme “profesora”, y hasta extrañé esa mueca lánguida y macabra que tenía por sonrisa. Pero su expresión era críptica e indescifrable—. Recuerda: lo que pasa en Shizuoka se queda en Shizuoka —repitió por última vez antes de que yo me despidiera con un ahogado “Hasta luego y gracias por todo” y cerrara la puerta del automóvil para caminar como pude hasta el edificio y entrar sin mirar atrás. Agradecí que no se ofreciera a ayudarme a andar y sé muy bien  (o creo saber) por qué no lo hizo: ambos queríamos dejar ese fin de semana atrás y sellarlo tan pronto como fuera posible.

Finalmente a salvo en mi territorio, no dejo de pensar en lo ridículo que es todo esto. No debería afectarme y lo sé perfectamente. Como le dije a él y me lo repito una y otra vez: ya no tengo quince años ni soy una adolescente que se va a pasar el resto del verano pensando en el beso que le robó un chico en la playa. Soy una maestra de primaria y él es el padre de mi alumno. No hay nada más qué decir al respecto y sin embargo me río de mí misma con sólo pensarlo: siempre es mucho más fácil ponerlo en palabras que hacerlo.

 

Notas de la autora: Touya en bóxer, Touya en traje de baño, Touya besando a Tomoyo. ¿Faltó algo más para tener el regalo de navidad perfecto? No empiecen con la lista, por favor; era una pregunta retórica.

La moraleja del día de hoy es muy simple: no te metas con Touya. Sabemos que Tomoyo es la reina al momento de jugar con la mente de las personas, pero Touya no se puede quedar atrás y piensa dar batalla. Sin embargo sigo preguntándome si es Touya quien usa a Ryusei para sus propósitos macabros (dígase: jugar con Tomoyo) o si acaso no será el niño quien usa a su padre para llegar a su maestra. O quizás ambos son mucho más simples de lo que podemos imaginar y sólo fluyen con la corriente.

Agradezco mucho a todos los que han seguido esta historia a lo largo de este año (que se ha pasado muy rápidamente). Les deseo unas muy felices fiestas y lo mejor en este 2014 que está por empezar.

¡Hasta la próxima!