15. Las tentaciones deslumbran bajo el sol, pero atacan de noche

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Las tentaciones deslumbran bajo el sol, pero atacan de noche

Sol, arena, mar y dos tiernos niños haciendo equipo con Sakura para enterrarme en la arena. Un fin de semana veraniego en Shizuoka. ¿Qué más podía pedir?

—¡Ah, eso está helado! —solté un grito desaforado cuando sentí el frío en mi hombro izquierdo, cerca del cuello, y le lancé una mirada a Touya, quien me contemplaba desde su altura con una expresión sonriente.

—Lo siento, me tropecé —dijo encogiéndose de hombros y agitando alegremente los hielos (de los cuales sospechaba que era uno el que me había paralizado la piel) de su bebida.

—¿Me echaste coctel encima? —lo fulminé con la mirada, ahogándome el “bastardo” para otro momento en el que no estuvieran los niños (ni nadie más) presentes.

—Ya dije que fue un accidente —pero su sonrisa no tenía un gramo de inocencia. Sin embargo la réplica que tenía preparada para él no llegó a ser necesaria, pues antes de darnos cuenta un montón de arena le había caído en la cara.

—¡Deja en paz a Tomoyo, hermano! —gruñó Sakura con un ceño apenas comparable con el que solía poner Touya. Definitivamente esto era de familia, pensé—. Vaya que eres un pesado cuando quieres.

—Mira quién habla. ¿Acaso escuché a un monstruo hablándome? Ten cuidado Ryu, no te vaya a morder si le da hambre.

—¡Hermano!

En un parpadeo me olvidé del rastro de frío que había dejado el hielo en mi piel. Era todo un espectáculo ver a esos dos hermanos peleando como si fueran niños de ocho años. De hecho, los verdaderos pequeños continuaban concentrados en excavar arena y echármela encima, presionando y moldeando sobre mi cuerpo mientras los “adultos” parecían querer devorarse en cualquier momento. Ni siquiera me di cuenta de que me estaba riendo hasta que Yukito se inclinó a mi lado para ofrecerme una lata de soda con una pajilla para poder beber sin tener que moverme.

—Me alegra ver que también te estás divirtiendo —comentó con su sonrisa gentil y contagiosa y colocó la bebida de tal manera que pudiera alcanzar la pajilla con un movimiento de cabeza—. Es de limón, espero que te guste.

Le agradecí el gesto y di unos sorbos para refrescarme y lo contemplé por unos segundos con curiosidad, recordando mi sorpresa más temprano al encontrarnos con él y su… hermano (¿o pareja?) Yue en la casa de playa. Nadie había mencionado antes que ellos también estarían presentes, aunque al final descubrí la razón, y era más que suficiente, pues no sólo se trataban de amigos muy cercanos de los Kinomoto, sino que a fin de cuentas era Yukito quien rentaba a medio tiempo la bonita cabaña frente al mar, y tanto él como Yue habían llegado desde el día anterior para tomarse la molestia de limpiar y arreglar la casa para nosotros.

Definitivamente hay pocos hombres tan acomedidos como Yukito, pensé, aunque es muy lamentable que a las mujeres no nos toque disfrutar de sus bondades. No lo digo de mala fe, pero sigo siendo de la opinión que la homosexualidad nos está robando a los mejores especímenes.

—Voy a nadar un rato. ¿Quieres venir Sakura? —Syaoran se levantó de la toalla donde había estado sentado y esperó por una respuesta por parte de su mujer, aunque ésta estaba tan embebida en tirarle arena a su hermano e intentar pisarle un pie por algún comentario soez que él acababa de hacer, que su espera fue en vano.  Syaoran suspiró y se dirigió a nosotros—. ¿Qué tal ustedes? ¿A alguno le interesa entrar al mar después de que terminen de transformar a Tomoyo-san en una sirena?

—¿Es una sirena lo que están haciendo? —pregunté y los niños parecieron contrariados.

—Era un secreto —Ryusei bajó la cabeza acongojado y Syaoran se disculpó con él, pero la desilusión no le duró mucho, pues se volvió hacia su amiga para preguntarle si quería nadar con él después de enterrarme. Sin embargo la niña se puso visiblemente nerviosa y comenzó a juguetear con sus dedos.

—La verdad es que… no sé nadar.

—¿No? —Ryusei parpadeó—. A mí me enseñó mi papá. ¿Quieres que te enseñe? —lo dijo con tanta espontaneidad que hasta Ayami se desconcertó por un momento antes de brincar de alegría y celebrarlo.

—¡Ay! ése era mi pie —se me escapó un leve quejido al sentir de golpe el roce de la arena raspando mi pie con el brinco de la niña.

—¡Lo siento!

—No te preocu…

—Tengan cuidado, no vayan a lastimarla —intervino Touya y la niña bajó la cabeza al sentirse regañada. Yo, en tanto, lo miré con ojos desorbitados—. Recuerden que es amiga del monstruo, y se los puede comer si la hacen enojar.

Al parecer me había dejado sorprender demasiado rápido al pensar que se estaba comportando como un adulto. Entorné los ojos y regresé mi atención a los pequeños.

—¡La señorita Daidouji no es ningún monstruo papá!

Todo ocurría tan rápido a mi alrededor que no me daba tiempo de decir palabra alguna, ya sea en cuestiones de defensa o ataque. Comprendí entonces que en esta familia tienes que reaccionar a la velocidad de la luz o te conviertes en carne de cañón.

—¿Ah, no? —Touya alzó una ceja—, no lo olvides, Ryu: dime con quién andas y te diré quién eres.

—¿Qué quisiste decir con eso, hermano? —el reclamo de Sakura fue seguido por un alarido de dolor por parte de Touya al ser alcanzado por uno de los pisotones de su hermana menor. Fin de la discusión. Entonces Sakura se volteó para mirarme con la expresión de quien no mata una mosca y me tendió una mano—. ¿Vamos al agua? Será bueno que te limpies toda la arena de encima antes de  comer.

Asentí al ver que los niños parecían más emocionados por dar su primer chapoteo del fin de semana que por terminar su “obra maestra” de arena, así que le pedí que se adelantara con Ryusei y Ayami mientras yo intentaba salir de donde estaba enterrada. Lo cierto es que jamás podría negarme a una invitación hecha por ella. Era inevitable: Sakura es de ese tipo de personas que con su rostro angelical y ese aire de inocencia que se genera a su alrededor podría ser capaz de llevarte a cometer suicidio. No lo digo en broma: aún cuando pelea con su hermano y se transforma en algo cercano a una niña de primaria sigue despidiendo esa aura tierna e infantil que la vuelve absolutamente adorable. Sin embargo a veces peca de inocente y hasta ingenua. Me di cuenta cuando recién salimos de la cabaña e inmediatamente nos vimos rodeadas por tres jóvenes cargando sendos paquetes de cerveza y ofreciéndonos una lata a cada una. Sakura se disculpó con una sonrisa argumentando que no bebía cerveza, pero los tipos contraatacaron invitándonos a un helado. Por increíble que parezca, la hermana de Touya se quedó sin argumentos y estaba a punto de aceptar el trato, confiada de las buenas intenciones de los chicos, cuando tuve que intervenir y pedirles que nos dejaran en paz. Como continuaban insistiendo, no tardaron en llegar Syaoran y Touya para espantarlos de una buena vez, culminando el momento con lo que me temía, un predecible “¿Hasta cuándo vas a aprender que un hombre que te invita algo sólo tiene una cosa en la cabeza?” por parte de Touya, haciendo sonrojar a su hermana hasta las orejas (por cierto, otro punto a favor del encanto de Sakura).

Aquella discusión la terminé yo con un fulminante “El león cree que todos son de su condición, pero puedes ver que Syaoran-kun es un chico decente”, y por supuesto que me gané el ceño de ceños por parte de él, pero eso era lo de menos: al menos lo había hecho callar, aunque ahora comprendía un poco más el porqué de esa actitud tan sobre protectora y su tremendo complejo de hermano mayor. Cualquiera actuaría así teniendo una hermana menor como Sakura, tan…

—Torpe —Touya me trajo de vuelta al presente sin permiso alguno y al seguir su mirada pude ver cómo Sakura, adentrada ya en el agua, intentaba gritar algo en nuestra dirección y era alcanzada desde atrás por una ola de buen tamaño que la hizo desaparecer de nuestras vistas en un santiamén y emerger a varios metros de allí a los pocos segundos. Touya suspiró—. Te lo dije.

Pero, pese a lo que dijera, una diminuta sonrisa intentaba asomarse en su rostro. Claro que, siendo el tipo “rudo” y sarcástico que era, tenía que mantener su imagen a toda costa, aunque descubrirlo tratando de no bajar la guardia era de lo más divertido, por lo que no pude evitar ahogar una risita y ganarme una mirada asesina de su parte en el proceso.

—¿Qué te parece tan divertido? —entornó los ojos con fingido disgusto y cambiando de tema mencionó algo sobre que era momento de nadar y se sacó la playera tirándola a un lado sin importarle si caía sobre la toalla o en la arena. Entonces yo sufrí una parálisis cerebral y muy probablemente un derrame nasal, y es que alguien debió ponerme sobre aviso antes de encontrarme frente a frente con ese tórax y todo lo que incluía.

Recapitulando, debería estar acostumbrada a ver cuerpos impresionantes; después de todo, a cada quien lo suyo y la verdad es que Eriol lo tenía, pero si tuviera que describir y hacerle justicia al cuerpo de Touya terminaría enredada en media página de frases suculentas más propias de una novela barata para mujeres sexualmente reprimidas que de este relato, y no: no pienso concederle más mérito del merecido a ese hombre después de la sonrisa torcida que me dirigió al ver mi rostro desencajado por la sorpresa.

—Puedes avisarme cuando te canses de mirar —se burló con toda la arrogancia del mundo mientras yo seguía preguntándome qué diablos hacía un dentista para terminar con semejante carrocería bajo una piel bronceada. Se llevó una mano a la cadera y comenzó a juguetear con el borde de su traje de baño—. Si quieres, me lo puedo quitar también. No creo que por más que lo intentes te salgan rayos X.

Cabrón. Esos dientes blancos y esa mirada de autosuficiencia me decían que él sabía muy bien que lo era. Suficiente. Me puse de pie y comencé a sacudirme la arena, aunque jamás llegaría a ninguna parte así: tenía que enjuagármela sí o sí, así que sin volverme a mirarlo pasé a su lado y me dirigí hacia el mar, deteniéndome sólo cuando escuché un silbido seguido de un murmullo a mis espaldas.

—Nada mal para una maestra de primaria.

Respira Tomoyo, respira.

—Lo tomaré como un cumplido, gracias —discretamente me llevé las manos al trasero en un ridículo intento por cubrirme de su mirada y le sonreí dulcemente con la marca de la casa Daidouji, pero él se encogió de hombros.

—Descuida, tampoco tengo rayos X o no habría tenido que esperar hasta este momento para decirlo —alzó su ceja burlona y caminó holgadamente a mi lado hasta llegar al agua. Le concedí el touché por esta ocasión, pero me la guardaría para después.

 

——-

Por la noche se organizó una partida de cartas en la cabaña. Éramos cinco jugadores: Sakura, Yukito, Yue, Touya y yo. Cualquiera pensaría que Ryusei se acercaría a mirar el juego de su idolatrado padre, pero resultó ser que el pequeño eligió sentarse junto a Yue para aprender de su estrategia impecable y su perfecta poker face (no muy distinta de la que tenía el resto del tiempo). Ayami, en cambio, se había colocado junto a mí y trataba de realizar sus propias sugerencias una vez que había creído comprender el juego. La adorable (pero muy inteligente) pequeña incluso parecía estar más segura de sí misma que Sakura, quien no dejaba de observar sus cartas cual si se tratara de productos alienígenas, por lo que la asesoría de Syaoran le venía de maravilla, aunque a momentos daba la impresión de ser él quien estaba en la partida, aunque no precisamente contra todos, pues era evidente que una batalla más personal entre él y Touya se estaba llevando  a cabo, lanzándose comentarios entre líneas y miradas de advertencia el uno al otro. En realidad, ni siquiera parecía importarles perder la partida frente al implacable Yue mientras  tuvieran un mejor puntaje que el otro.

El más relajado de todos era Yukito, que entre ronda y ronda se iba comiendo uno de los pastelillos que había sacado de algún lugar para la ocasión, y casi se había terminado la veintena él solo cuando Yue se incorporó de improvisto después de ganar una última mano y anunció que iría a leer un rato a la recámara que compartía con Yukito. Estaba claro que incluso alguien como él se aburriría de ganar tantas veces de manera tan fácil. Resignado de perder a su ídolo en el juego, Ryusei propuso a Ayami salir a buscar luciérnagas y ambos se dirigían ya de lo más contentos a la salida cuando fueron detenidos Touya.

—No se alejen mucho de la casa o se perderán… o algo peor —advirtió con gesto sombrío.

—¿Algo peor? —preguntó Ayami y el rostro de Touya se volvió casi fúnebre.

—No vayan a encontrarse con “ella”.

—¿Ella?

—Papá se refiere a “la novia decapitada” —anotó Ryusei con una sonrisa que contrastaba radicalmente con el nombre de la mencionada—. Cuentan que hace años una joven que iba a casarse se encontraba esperando a su novio para celebrar una boda aquí en la playa cuando…

—No es  necesario contar otra vez esa historia, ¿verdad? —rio Sakura con evidente nerviosismo—. No quieres asustar a Ayami… ¿verdad? —rió otra vez—. Lo importante es que no se vayan a perder. Después de todo, los fantasmas no existen… ¿verdad?

Más que una sonrisa, en realidad la cara de Sakura parecía cruzada por una mueca rígida pero temblorosa. Ya me había mencionado una vez que desde niña sentía terror por los fantasmas o cualquier ente paranormal, aunque nunca sospeché que ese temor persistiera aun ahora.

—¿Fantasmas? —ahora Ayami también parecía afectada y había palidecido casi tanto como Sakura. Entonces yo me puse de pie.

—Si quieren, puedo acompañarlos, así no se perderán ni habrá fantasma alguno que quiera acercarse.

Me encanta la simpleza de los niños. No es necesario tener elementos para asegurarles que verdaderamente ningún fantasma sería capaz de acercarse con la presencia de un adulto; ellos parecieron más que conformes y pronto salimos los tres  por la puerta trasera de la cabaña hacia la vegetación. Yo ni siquiera sabía si encontraríamos las dichosas luciérnagas en esos parajes, pero no tardamos en vislumbrar un par. Ryusei y Ayami quedaron deslumbrados y comenzaron a acercarse lentamente, esperando poder aproximarse hasta tenerlas al alcance de sus manos para atraparlas, aunque éstas escaparon en un santiamén. Ryusei sugirió adentrarse un poco más entre los árboles para ver más, y así anduvimos por unos minutos hasta que llegamos al lugar donde yacía un tronco caído hacía ya varios años a juzgar por la vegetación que había surgido sobre y a través de él, pero lo fascinante eran ver los destellos verdes que surgían de sus recovecos. Serían docenas o quizá centenas las luciérnagas que revoloteaban de aquí a allá y se posaban en las ramas o dentro de la protección de la corteza hueca. Esta vez me uní a los niños en su asombro al ver tan bello espectáculo. Daba un aspecto fantástico al lugar y a la noche a nuestro alrededor. Así, entre las risas de Ayami y Ryusei y los chirridos de los grillos, la luz de la luna y los destellos de las luciérnagas, me sentí sosegada como hacía mucho no lo estaba. Me di cuenta que apenas ayer había estado sumiéndome en una miseria ridícula y ahora esos reclamos me parecían tan lejanos y absurdos como otra vida.

Me senté en el césped y me dejé caer hacia atrás, sintiendo cómo la hierba crujía y se doblaba bajo mi peso y me servía de colchón en ese maravilloso lugar, tan lejos de cualquier tontería; tan cerca de las cosas simples y encantadoras que quería disfrutar a profundidad en ese momento. Así, tendida y relajada, cerré los ojos y me dejé llevar por las melodías de la naturaleza y las voces de los dos niños fascinados atrapando luciérnagas entre sus minúsculas manos para después soltarlas al unísono y seguir su vuelo con la mirada.

Eso era vida, ¿qué si no? Al menos ésa era la vida que yo quería, y no una rutina gris en la próspera y enclaustrada capital. No era difícil, pues, saber por qué la nueva yo no tenía por qué lamentar ni un poco haber dejado todo atrás, incluyendo al hombre al que probablemente la vieja yo sí llegó a amar. Así, con una sonrisa en los labios, terminé sucumbiendo al sueño antes de poder darme cuenta.

Desperté cuando un cosquilleo en el cuello me hizo estremecer. Al abrir los ojos, lo primero que me encontré frente a frente fue el rostro divertido de Touya sentado a mi lado. Pese a la oscuridad, no era difícil distinguir su característica sonrisa ladina.

—Así que la bella durmiente podía despertar por sí sola —se pasó una mano por el cabello simulando decepción—, y yo que en verdad creí que sólo el beso de su príncipe azul podría lograrlo.

Practiqué mi mejor cara de indiferencia ante semejante comentario y preferí contraatacar antes de preguntarme si en verdad el hombre había pensado besarme (aunque lo más probable era que sólo lo dijera para jugar con mis reacciones):

—Lamento decepcionarte, pero tendrás que esperar a otra ocasión para poder hacerlo.

Apenas comenzaba a sentirme orgullosa de mi magnífica temple cuando él convirtió su sonrisa en una auténtica mueca guasona y se inclinó sobre mí, estirando una mano hacia mi rostro. Creo que hasta los cangrejos en la playa debieron asustarse ante el estruendo de mi garganta cuando pasé saliva al sentir el roce de sus dedos en mi cuello. Sin embargo él apartó rápidamente la mano y contempló con avidez el grillo que ahora tenía en ella. Comprendí que seguramente debía ser el mismo que me había despertado, aunque para ese instante lo había olvidado por completo.

—¿Quién dijo que pensaba hacerlo? ¿Y perderme de la tranquilidad que hay cuando duermes? Aunque… —me lanzó una mirada satisfecha de soslayo—, ¿debería sentirme halagado de que me consideres un príncipe azul apto para la tarea?

Me incorporé inmediatamente. ¿En qué momento había dicho yo semejante cosa? Pero no tenía tiempo de retroceder en la conversación. Estando entre Kinomotos lo más importante es saber reaccionar rápidamente.

—Parece que no soy la única a la que le gusta sacar conclusiones adelantadas —reí como un ángel e incluso el gesto de Touya me concedió el touché de la ronda. Entonces miré hacia arriba y vi que la luna había cambiado su posición en el cielo. Me pregunté cuánto tiempo me habría quedado dormida—. ¿Qué hora es?

—Las dos de la mañana —suspiró él en tono cansino y yo lo miré con ojos desorbitados. ¡Era imposible que fuera tan tarde! Pero, antes de que pudiera decir cualquier cosa, él continuó—. Hace horas que regresaron Ryu y su amiga a dormir. Imagina nuestra cara al ver que su “custodia” no estaba con ellos.

—¿Por qué no me despertaron entonces? —pero no podía evitar sentirme avergonzada. ¿Qué clase de maestra/niñera/cuidadora se queda dormida en mitad de su tarea? Al menos no les había pasado nada, pero no podía siquiera imaginarme qué sería si ése no hubiera sido el caso.

—Seguramente no quisieron molestarte. Hey, lo importante es que no pasó nada —al parecer, Touya había adivinado el rumbo de mis pensamientos—. Además, Ryu no es cualquier niño. Él sabe cuidarse por su propia cuenta.

—Confías mucho en él, ¿verdad?

Touya alzó el mentón con orgullo.

—Después de todo, es mi hijo. De lo contrario, no podría estar seguro a cargo de una persona tan incompetente —añadió con toda la socarronería que podía concederse—. ¿También te quedas dormida en el salón de clase? Me extraña que no te hayan descubierto aún.

—Por supuesto que no —respondí con sequedad sacudiéndome la falda. Podía haberlo dicho en broma, pero esta vez sí logró mancillar un poco mi orgullo con lo de “incompetente”.

—No importa. Además, lo que sucede en Shizuoka se queda en Shizuoka, así que puedes estar tranquila: el mundo nunca se enterará de tu pequeño descuido.

Como si fuera necesario que alguien además de él lo supiera para sentirme humillada, pensé. Incluso me costaba trabajo entender su actitud desenfadada. Siendo él tan sobre protector, ¿cómo era posible que estuviera tan tranquilo? Por una parte estaba de acuerdo en que Ryusei es de esos niños que saben cuidarse solos, pero eso no quería decir que no necesitara la supervisión de un adulto de vez en cuando.

—Lo siento. No creí que me quedaría dormida así.

—Ya te dije que no importa —él desvió la mirada hacia el tronco rodeado de luciérnagas—. Al menos ahora ya pareces más relajada. No quise preguntar nada antes ni lo haré ahora, pero si lo necesitas puedes contar conmigo… a menos que sean “cosas de mujeres”; para eso está Sakura —bromeó y consiguió hacerme reír, aunque no pude ocultar mi desconcierto otra vez al recordar cómo él había sabido leerme a la perfección el día anterior en medio de mis intentos de superar la “acritud post-ruptura”. ¿Cómo lo lograba? Y ahora que finalmente me sentía liberada de ese peso él también parecía adivinarlo, quitándome una máscara tras otra como si pelara una banana.

—No era nada del otro mundo. Dudas existenciales tras terminar una relación —intenté sonar lo más casual posible, e incluso conseguí encogerme de hombros—, pero la vida sigue, ¿no es así? Además, este lugar me ha ayudado a despejar mi cabeza. Hace mucho que no me sentía tan en paz conmigo misma.

—Sabía que te agradaría —se puso serio de pronto—. También vine aquí un par de veces cuando Nakuru quedó embarazada. Tenía tantas dudas sobre lo que sería correcto hacer que no podía pensar, pero siempre que venía aquí podía aclarar un poco la mente.

No me esperaba el cambio de conversación, pero lo agradecí. Era muy agradable la atmósfera que se respiraba cuando Touya revelaba detalles sobre su vida con Ryusei. Tenía una manera muy casual de hacerme sentirme en confidencia.

—Es una gran ayuda poder contar con un lugar al qué acudir cuando te sientes perdido, como un refugio. Incluso Superman necesita de su “fortaleza de la soledad” —suspiré y le vi sonreír, esta vez sinceramente—. Supongo que también viniste cuando ella murió.

—Supones mal —él se pasó la mano por el cabello, desordenándolo un poco más que de costumbre—, aunque a la vez no te equivocas.

Touya y sus mensajes encriptados.

—¿Qué quieres decir? —alcé una ceja.

—Quiero decir que estaba tan ocupado poniendo orden a mi vida, asimilando la muerte de Nakuru, cuidando de Ryu, lidiando con la universidad y el trabajo, que ya no tenía tiempo de escaparme para pensar. No volví a venir a este lugar hasta que Ryu cumplió los tres años. Pero en algo sí tienes razón: cuando regresé me di cuenta que me habría gustado poder hacerlo antes.

—Entonces debo agradecerte por compartir este lugar conmigo.

—No fui yo quien lo hizo, ¿recuerdas? Fue Ryu —él se cruzó de hombros simulando un ceño—. Un verdadero hombre nunca comparte su Fortaleza de la Soledad con una mujer. Por eso siempre digo que Superman era un marica.

Rompí a reír. No sé ni siquiera por qué lo hice, pero no pude evitarlo. Pudo haber sido el tono dramático con que lo hizo o la ridiculez y lo inesperado de la frase, o quizá sólo fue la liberación del peso que había estado cargando inconscientemente a mis espaldas hasta hacía un par de horas. Pudo haber sido el conjunto en sí, pero no pude detenerme hasta pasados unos buenos minutos en que finalmente conseguí respirar profundamente otra vez y miré a Touya a través de las lágrimas de mis ojos. Incluso Touya parecía sorprendido de mi reacción exagerada y me miraba entre divertido y asombrado. Su sonrisa también se había vuelto más abierta, tanto que parecía haber perdido diez años en un abrir y cerrar de ojos, aunque cuando se dio cuenta de que lo miraba intentó recuperar la compostura.

—Es tarde. Será mejor que regresemos —declaró tras aclararse la garganta y yo no pude estar más de acuerdo, llevándome las manos a las mejillas adoloridas. Así que ambos emprendimos el viaje de regreso en silencio. La cabaña no estaba lejos y pronto pudimos ver las luces y hasta algunas sombras moviéndose en su interior.

—Por cierto… —dudé un poco y finalmente me animé a preguntar—, ¿por qué no me despertaste? No puedo creer que en verdad hayas pasado tantas horas sentado a la intemperie a mi lado.

—Ya te lo dije: no sabía cómo despertar a la bella durmiente —y de repente, sin mayor aviso, alargó un paso y se dio la vuelta, deteniéndose justo frente a mí y provocando que casi tropezara con él. Se inclinó entonces hacia mí y en un instante tuve su rostro tan cerca que podía sentir su respiración en las mejillas—. ¿O preferías que intentara lo del beso? Después de todo, lo que sucede en Shizuoka se queda en Shizuoka, ¿no?

Gracias a todos los dioses por inventar la noche, la oscuridad y hasta la nube que en ese momento cubría parcialmente la luna, permitiendo quedar en incógnito a mi rostro escarlata, y esta vez me abstuve de pasar saliva. No me moví ni un ápice, y esta vez no fue por exceso de coraje, sino por falta de éste, pues mi mente quedó totalmente en blanco y en un instante ya no sabía dónde era arriba o abajo, ni mucho menos qué era lo que se supone que alguien en control absoluto de sus emociones haría en ese momento. Ni siquiera estaba mi conciencia presente para reclamarme por qué había perdido la compostura con algo tan simple como eso. Lo único que podría delatarme sería mi silencio, de no ser porque en ese segundo una voz nos llamó desde la cabaña.

—¿La encontraste? —Sakura venía saliendo con su sonrisa fresca de siempre—. ¡Qué bien! Ya iba a salir a buscarte también.

—¿Aún estás despierta? Disculpa por haberlos preocupado.

—Descuida, sabíamos que Touya te encontraría pronto. Tiene el sentido de un sabueso —me guiñó un ojo y susurró—… y el cerebro también.

—Escuché eso monstruo.

Las dos reímos, y mientras caminábamos a la cabaña le pregunté a Sakura si los demás también estarían despiertos. Me daba pena que hubieran estado esperando por mí de madrugada.

—Yue sigue en su recámara, pero Yukito está en la sala.

—¿Y nos han estado esperando todas estas horas? —pregunté ofuscada, pero la expresión confundida de ella me extrañó aún más.

—No fue tanto. Apenas son las once. ¿No traes reloj?

–¿Las once? —la miré a ella y luego a su hermano—. Pero Touya me dijo que…

—Las dejo. Voy a ver si Ryu está dormido —Touya se despidió con una sonrisa demasiado inocente y se apresuró a salir de nuestras vistas. Me di cuenta que había estado jugando conmigo todo este tiempo. Me había hecho creer que era de madrugada y que se había pasado “horas” velando mi sueño, e incluso me había hecho sentir mal de que los demás se desvelaran por mi culpa. ¿Y yo? Muy bien, había caído redonda en su engaño, y para coronarse todavía me hizo el numerito del final, haciéndome retroceder en la evolución con su cercanía. Sin siquiera darme cuenta me había hecho jaque mate.

Me mordí los carrillos y ahogué un suspiro sumergiéndome en la conversación de Sakura, prometiéndome que no volvería a suceder. Disfruta tu victoria mientras puedas, le dije en silencio a la sombra que llegaba a la entrada de la cabaña, porque la siguiente será mía.

Y casi puedo jurar que me escuchó, porque en ese preciso instante distinguí cómo volteaba la cabeza hacia mí. Con el contraste que se formaba entre la noche que devoraba a la tierra a sus espaldas y la luz de la cabaña en su perfil, su sonrisa parecía más macabra y (que dios me perdone) sexy que nunca.

Fue sólo entonces que comprendí que ése sería un fin de semana más largo de lo que había imaginado.

 

Notas de la autora: lamento una y mil veces la larga espera. Quienes me han estado siguiendo por Facebook (Isis Temp) podrán entender el porqué de tanto retraso en mis fics. Agradezco muchísimo su apoyo constante hasta el momento y espero que cada capítulo sirva de recompensa por la larga espera.

Con respecto al capítulo: ¿alguien tiene idea de por qué el siempre atento Ryu no despertó a Tomoyo? ¿Habrá algún plan con maña detrás de esto? ¿O quizás es simplemente tan tierno e inocente que no quería interrumpir el sueño de su adorada maestra? Espero sus conjeturas. Además, el fin de semana playero aún no ha terminado, y Tomoyo tiene mucha razón al pensar que será mucho más largo de lo esperado. Un interesante giro está por ocurrir en el siguiente capítulo y tomará por sorpresa a nuestra protagonista.

Después de dejarlas con la intriga, por supuesto que me despido. ¿Quieren ahorcarme? ¡Con mucho gusto aceptaré sus amenazas en cada review! Sólo tienen que hacer clic en el botón correspondiente y explayarse cuanto quieran =D

¡Hasta la próxima!