14. Verano sin sol no es verano

Ese día el pronóstico del clima no había sido nada favorecedor, aunque nada hubiera podido ir mejor con mi estado de ánimo que la ligera pero obstinada lluvia que caía constantemente de un cielo tan gris como yo misma. La razón de mi mal humor era simple: a mediodía había recibido una llamada de mi antigua vecina Chiharu, una de las pocas personas “de sociedad” con las que podía decir que me llevaba muy bien, y a la que no veía desde que había dejado Tokio; y no era ella quien me había disgustado (todo lo contrario), ni siquiera me había incomodado un poco durante nuestra amena conversación de media hora, sino lo que sucedió después, y es que uno de sus comentarios, tan casual y ligero que en el momento no le di mayor importancia, saltó a mi cabeza nada más colgar el teléfono.

—¡Vaya! Es impresionante que no te haya dolido nada ni estés amargada después de lo que ocurrió con Eriol. Después de todo, fueron dos años ¿no? Yo por lo menos me habría encerrado un par de semanas en casa a comer helado y ver películas románticas para torturarme una y otra vez, y de paso reprocharme por ser tan ciega y estúpida para no ver sus verdaderas intenciones. Al menos eso haría si ese Takeshi me hiciera una jugarreta así. ¡Aunque primero lo ahorcaría! —había dicho con su usual sinceridad y reído tras la última exclamación, en la que sin duda se había imaginado a sí misma apretando el cuello de su novio desde hacía cerca de siete años—. Pero, acá entre nos, tú siempre fuiste mucho más madura Tomoyo, por eso te admiro mucho y me alegra que estés tan bien a pesar de todo. Eriol nos engañó a todos con su buena cara, pero me alegra que lo hayas desenmascarado a tiempo y le hayas dado su merecido…

Y había dicho un montón de cosas más, pero la pregunta que el espejo de la sala me devolvió al mirarme en él giraba en torno a esto. ¿Realmente no sentía nada después de terminar una relación de dos años con alguien con quien había estado (o creído estar) dispuesta a pasar el resto de mi vida? Y la respuesta era la misma que le había dado a Rika: no. Incluso me sentía bastante aliviada de haberlo sacado de mi vida, pero ése era el problema ahora: ¿cómo había podido pasar dos años con alguien a quien (ahora me daba cuenta) no amaba? Me daba vergüenza admitirlo, pero eso me hacía sentir muy vacía, como si todo hubiera sido un absurdo. ¿Qué había hecho de mi vida durante ese tiempo? ¿Y qué iba a hacer ahora?

Definitivamente no era mi día. Ni siquiera estaba en mi período, y sin embargo ese tipo de preguntas y reclamos venían acosándome desde entonces, y las nubes grises que veía por la ventana no ayudaban a cambiar la situación. Incluso, pese a ser un viernes por la tarde en plenas vacaciones de verano, hubiera preferido quedarme en casa a intentar apagar mi cerebro con alguna película de trama barata, pero el destino tenía preparado otro plan para mí, pues pronto se me antojó el helado mencionado antes por Chiharu y pronto el antojo se convirtió en capricho, aunque no había ningún restaurante, cafetería ni heladería lo suficientemente cerca de donde vivía, por lo que mi única solución consistía en tomar mi paraguas y armarme con él para salir a la calle a recorrer las dos cuadras que me llevarían al supermercado. Empero, como cabía esperar, terminé comprando más de lo que había esperado y como consecuencia tendría que ingeniármelas para cargar con las cuatro bolsas del mandado de regreso a casa, pero no podía arrepentirme ahora, y es que nunca me había fijado en la impresionante variedad de helados que surtían en ese supermercado, además de que era imposible resistirse al ver ese pulpo en su punto ideal para preparar unas deliciosas croquetas, y evidentemente tenía que acompañarlo con un excelente sake y alguna guarnición. Por si fuera poco, había encontrado las tabletas de chocolate amargo en oferta y simplemente no pude negarme a comprar unas para preparar una tarta en un día lluvioso como éste.

Las puertas automáticas de la entrada se deslizaron para abrirme paso a la brisa de la lluvia que había arreciado y entonces me encontré con mi primer dilema: ¿en cuál de las únicas dos manos que tenía iba a cargar mi paraguas? Tenía dos opciones: pasar las bolsas más pesadas a mi mano izquierda mientras sujetaba la más ligera en la derecha junto con el paraguas; u olvidarme del paraguas y caminar resignadamente bajo la lluvia las dos cuadras que me alejaban de mi seco hogar.

Tenía que ser realista: a menos que quisiera terminar con el brazo izquierdo dislocado, iba a tener que inclinarme por la segunda y más húmeda opción. Suspiré: de haberlo sabido, no me habría molestado en traer el paraguas. Ya me dirigía hacia la cortina de agua que me recibiría con los brazos abiertos cuando una voz cerca de mí me detuvo en seco.

—Profesora Daidouji, ¿tampoco trajo paraguas?

Una sonrisa se invocó por sí sola en mi rostro al escuchar esa conocida y agradable voz. No lo había visto desde que empezaran las vacaciones de verano, aunque de eso apenas hacía una semana, pero la verdad es que los extrañaba a todos.

—Ryusei-kun, no había notado que esta… —pero al girarme, me di cuenta de que no estaba solo—. ¡Ah, estás con tus amigos hoy! —rápidamente reconocí a los tres niños con los que lo había visto pasar algunos recreos. Se trataba de los mismos que había conocido mientras molestaban a tres pequeñas para quitarles su almuerzo.

—Sí. ¿Dejó su paraguas en casa? —insistió. Comencé a desechar la idea de que algún día me acostumbraría a su manera de jamás conceder más información de la solicitada (aunque, técnicamente, no le había hecho ninguna pregunta). Si algún día te topas con Ryusei Kinomoto, desembarázate de inmediato las normas sociales: presentar a sus amigos cuando los encuentras por primera vez juntos no es elemental. Aún más importante: está terminantemente prohibido dejar una pregunta suya sin responder; después de todo, él siempre responderá (muy concretamente y sin mayor elocuencia de la estrictamente necesaria) a las tuyas.

Lo peor es que lo hace de una manera increíblemente dulce.

—Lo traigo en la bolsa, pero no puedo usarlo con las manos ocupadas —me encogí de hombros restándole importancia y me dirigí a sus amigos—. Hola, ¿cómo se llaman?

Intimidados, hicieron sus torsos hacia atrás y se enderezaron, aunque no dieron un solo paso.

—Mitsuo.

—Shin.

—Ichirou.

—Mucho gusto —sonreí. Viendo sus rostros sonrojados de cerca, no parecían tan agresivos ni intimidantes—. ¿Se están refugiando de la lluvia?

—Sí —contestó Ryusei y los otros asintieron al unísono.

—Estábamos jugando fútbol en el parque, pero de repente comenzó a llover muy fuerte y corrimos hasta aquí —complementó el que se había presentado como Shin. Sólo entonces reparé en sus ropas llenas de barro y las rodillas raspadas de Ichirou, quien además sostenía entre sus manos un balón de fútbol (tomando en cuenta las reglas de convivencia entre chicos, supuse inmediatamente que él sería el amo y señor del balón: el único con derecho a tocarlo fuera de la cancha).

—¿Necesita ayuda? —se acercó Ryusei frunciendo el ceño y sin apartar su mirada de mis cuatro bolsas repletas. Su caballerosidad en ese aspecto no dejó de impresionarme, aunque tuve que declinar su oferta con una sonrisa.

—Estaré bien, muchas gracias. Vivo muy cerca de aquí, así que, aunque me moje, puedo tomar un baño en cuanto llegue a casa, así no me enfermaré —le guiñé un ojo. Su ceño (marca Kinomoto) se intensificó. A veces era verdaderamente igual a su padre.

———-

—¿Es de verdad? —preguntó Mitsuo acercándose a los tulipanes que tenía en el recibidor. Apenas iba a contestarle cuando tocó uno de los botones—, ¡Wow, es de verdad!

—¡Miren, una pecera! —volteé para ver a Shin asomándose con curiosidad al pequeño acuario que tenía a un lado del librero—. Ah, pero sólo hay un pez.

—¡Es Tenshi! —el rostro de Ryusei se iluminó al reconocer al animal que me había obsequiado en el festival del templo—, es él, ¿verdad profesora Daidouji?

—Así es. Ha crecido un poco —sonreí al ver sus rostros alegres merodeando alrededor de mi sala. La presencia de los niños me había devuelto el buen humor en un santiamén. De todas, ésta era la escena que menos hubiera imaginado al salir del supermercado. Los cinco estábamos prácticamente empapados tras intentar correr dos cuadras bajo la lluvia, cada quien con una bolsa del mandado entre sus manos e Ichirou con el balón de fútbol. Aún no comprendía cómo Ryusei había conseguido convencernos a todos de que ésa era la mejor idea. Había comenzado con un “El tío Yukito dice que no es bueno cargar demasiado peso. Puede lastimarse la espalda”, a lo que había intentado responder argumentando que no era tanto peso como para causarme daño alguno, pero su posición había sido inamovible. Al contrario: cuando le dije que su padre lo regañaría si llegaba a casa empapado, su única respuesta (irrefutable) al respecto fue que “él también haría lo mismo”.

Sobre esto último, no estaba segura. Probablemente tenía razón considerando el espíritu sobre protector de su padre (que, al parecer, también había sido heredado al niño), aunque cada vez era más difícil intentar adivinar el pensamiento de alguien como Touya Kinomoto, que igual gozaba de burlarse del prójimo como protegerlo. Antagonista de su propia filosofía.

¿Cómo había convencido a los otros tres de contribuir a la causa? Sólo tuvo que mencionar la frase mágica al echar un vistazo a una de las bolsas: “Lleva muchos chocolates. ¿Va a comerlos todos?”, y apenas me dio tiempo a responder que eran para preparar un pastel o quizás un mousse antes de que los demás se abalanzaran sobre las otras bolsas para ofrecer acompañarme por igual. A partir de ese momento cualquier intento de persuadirlos de lo contrario había sido en vano.

—¿Va a hacer brownies? Mi hermana hace unos brownies muy ricos —Ichirou se acercó a mí con mirada expectante y yo me llevé una mano al mentón, intentando decidir.

—Creo que tengo ingredientes para eso también. Pero, antes que nada, tienen que llamar a sus casas para avisar que están aquí. No quiero que sus madres se preocupen —les alcé mi ceja de “no acepto reclamos” y les pasé el teléfono—. Y tomen un baño mientras yo preparo los brownies. No me gustaría que se enfermaran por andar corriendo bajo la lluvia.

—Pero… ¡Aaachú! —Shin se restregó la nariz.

—Sin baño no hay brownies —me llevé las manos a la cintura—, y dejen sus ropas en el cesto para poder ponerlas en la secadora —y echando un ojo a la ropa enlodada me pregunté si habría tiempo suficiente para lavarla también, aunque una protesta por parte de Mitsuo interrumpió el curso de mis pensamientos.

—¿Pero qué nos vamos a poner? Sólo tenemos esta ropa.

Nuevamente me llevé una mano al mentón. Muy buena pregunta.

————-

—¡Están deliciosos! —el rostro de Ryusei brillaba como los rayos del sol al morder un brownie más y dar otro sorbo a la leche. Los otros tres dieron su confirmación balbuceando algo con las bocas llenas. Era un espectáculo verlos envueltos en esas camisas que les quedaban gigantes a sus cuerpos diminutos, llegándoles hasta la altura de sus rodillas desnudas, y es que finalmente había encontrado una utilidad para la ropa que Eriol había dejado en mi departamento. Conociendo su orgullo (no muy distinto del mío), él jamás se molestaría en regresar por sus prendas, así como yo tampoco volvería a plantar un pie en su piso para recuperar las mías, así que no había vuelto a pensar en ellas más que para considerar donarlas a alguna organización, pues estaban en excelente estado y se trataba de ropa de buena calidad. Al menos ése había sido el plan hasta ahora que lucían tan encantadoramente distintas con sus mangas arremangadas en los delgados brazos de los voraces niños que rápidamente las habían llenado de migajas de chocolate.

Me sentía como Blanca Nieves con mis cuatro enanos. ¡Ah, cómo me había equivocado con esos tres chicos! La verdad es que me sorprendían a cada segundo que pasaba. No solamente eran mucho más tiernos y agradables de lo que aparentaban, sino que había descubierto un comportamiento muy singular en su grupo: contra todo pronóstico, el líder de los cuatro parecía ser (a todas luces) el más pequeño y tranquilo de todos: Ryusei-kun. Podrá sonar a broma, pero no lo es (o eso creo): había notado que los otros tres escuchaban y atendían a cada indicación que mi pequeño alumno daba, desde no dar golpecitos a la pecera porque podían inquietar a Tenshi, hasta lavarse las manos y esperar a que sirviera la leche antes de comer los brownies. Estaba pasmada. De pensar (al igual que su padre) que el niño tendría problemas para socializar con otros chicos de su edad, había pasado a darme cuenta que tenía una especie (muy sui generis, pero lo tenía) de liderazgo natural. Tan sólo tenía que recordar cómo había convencido de una manera tan sutil y natural a sus amigos de ayudarme con las bolsas del mandado, ¡Y no sólo a ellos! ¿No había sido yo la primera involucrada en su inocente pero efectiva jugada?

Y ahora me venían a la cabeza las veces en las que había terminado arrastrada por mi pequeño alumno a cenar a su casa e incluso entrenar con él y su padre, todo de una forma tan fluida y cristalina como el agua. Reí. Así como yo, creo que ni él ni Touya sospechaban de su gran potencial. Después de todo, ese niño había aprendido mucho más de lo que aparentaba al convivir con tantos adultos.

Si tenía alguna duda, se disipó rápidamente en cuanto vi a uno de los otros ponerse de pie y caminar hacia mi librero para revisarlo.

—¡Yo también tengo este libro en mi casa! —se admiró al encontrarse con el lomo de Moby Dick—. ¿Lo ha leído, profesora Daidouji? ¡Yo sí! Lo terminé la semana pasada —tomó el grueso tomo y lo ojeó rápidamente—, ¿huh? Pero éste no tiene dibujos.

—¿Tuvieron que leerlo de tarea para la escuela? —aventuré y él meneó la cabeza.

—Mi abuelo era ballenero, y Ryu me preguntó si era como el capitán Ahab.

—¡Pero él no sabía quién era el capitán Ahab! —Shin soltó una carcajada y algunas migajas de chocolate volaron desde su boca llena.

—Entonces Ryu nos contó la historia sobre el marinero que buscaba a una ballena gigante y blanca por todo el mar. ¡Un capitán con una pierna, caníbales… indios rojos! —los ojos de Ichirou crecieron con la exaltación—, ¡Genial!

—Así que le pedí a mi papá que me comprara el libro —anunció Mitsuo orgulloso—. ¡Y una noche ni siquiera podía dormir! Creía que Moby Dick iba a salir de debajo de mi cama.

—¡Qué tonto! —rieron los otros y todos estallaron en carcajadas. Ryusei sonreía ampliamente sin dejar de dar sorbos a su vaso de leche, contemplando en cómodo y alegre silencio toda la actividad ocurriendo a su alrededor. Yo estaba fascinada: ese jovencito había llegado al punto de hacer leer a sus amigos, ¡y que les gustara la lectura!

Probablemente (no, seguramente) incluso les había persuadido de no continuar robando almuerzo a los demás estudiantes, pues no había vuelto a escuchar de otra situación similar que los involucrara.

No pasó más de media hora antes de que sonara el timbre. Era la mamá de Ichirou que venía a recoger a los tres, pues vivían en el mismo complejo de apartamentos. Ofreció llevarse a Ryusei también, pues seguía lloviendo y venía en automóvil, pero el niño le explicó que su padre había quedado de pasar por él al salir del trabajo. Los chicos volvieron a vestir sus ropas ya limpias y secas, pues finalmente había decidido pasarlas por un ciclo de lavado antes de ponerlas a la secadora. Después de cruzar algunas palabras y negarse tímidamente a mi invitación a cenar (estaba preparando las croquetas de pulpo al momento de su llegada mientras los chicos se entretenían volcando el contenido de mi librero), la joven madre se marchó con los tres chicos. Me despedí de ellos y regresé al interior del apartamento, donde descubrí al niño restante acomodando los libros que habían extraído de su lugar unos minutos antes.

—Gracias, pero no es necesario. ¿No prefieres ayudarme a terminar las croquetas? —ofrecí y él asintió para caminar conmigo a la cocina y poner manos a la obra. La mayoría del trabajo estaba hecho, así que sólo quedaba acabar de formar las bolitas, cubrirlas y echarlas al aceite. Acerqué un escalón que solía usar para alcanzar la alacena en la parte alta y Ryusei lo utilizó para poder maniobrar en la barra libremente. Sus manos formaban las esferas con tanta naturalidad que era fácil saber que estaba acostumbrado a ayudar en la cocina de su casa.

—Al gato de la tía Sakura le gustan mucho las croquetas de pulpo —comentó sin desconcentrarse en su tarea.

—No sabía que tu tía tenía un gatito. ¿Cómo se llama?

—Kero.

—¡Qué curioso nombre! ¿Qué significa?

—Es por Kerberos, el guardián de las puertas del infierno.

Casi se me cae la croqueta que tenía en mis manos en ese instante. Dejando de lado la naturalidad con la que me dijo aquello (mucho más sorprendente había sido cuando me contara de la muerte de su madre con tanta tranquilidad), ¿Quién le pone esa clase de nombre a un minino? No podía imaginar a la tierna y vivaz Sakura pensando en un nombre así. Finalmente no pude contener mi curiosidad y le pregunté al respecto.

—Fue papá.

No sé por qué no me sorprendió. Sin embargo la siguiente pregunta era igualmente inevitable: ¿Cómo era que le habían permitido a él ponerle semejante nombre?

—El tío Syaoran se lo había regalado, pero eso era cuando mi tía vivía con mi abuelo, y él no sabía que mi abuelo es alérgico a los gatos, así que no podía quedarse con ellos. Le preguntó a mi papá si podía quedarse con nosotros y mi papá dijo que lo haría a cambio de que le dejara escogerle el nombre.

Suspiré mientras ponía el aceite en la sartén. Típico de Touya: aprovechar hasta la más mínima oportunidad para fastidiarle la vida a los demás. ¿Qué mejor que ponerle el nombre de una bestia infernal al tierno gatito de su “gran enemigo”?

—Pero Sakura podía pedirle a Syaoran que se hiciera cargo de él, ¿no?

Ryusei se encogió de hombros con un gesto inocente—. Mi papá se lo dijo, pero ella no quiso. Dijo que era como si le  estuviera devolviendo su regalo y que no quería que él se sintiera mal por habérselo dado.

—Supongo que en eso tiene razón —suspiré—. Parece que el aceite está en su punto. Voy a poner las croquetas. ¿Puedes encender la arrocera? El arroz ya está ahí. Así estará listo en cuanto esté la comida.

Con un asentimiento, mi pequeño ayudante se movió de su lugar y caminó a la arrocera, presionando el botón de encendido. Me causó gracia su rostro ligeramente enharinado, pero lo que más me sorprendió fue la atmósfera tan familiar que se generaba estando él ahí, como si hubiéramos hecho esto tantas veces antes, como si fuera lo más común del mundo tenerlo en mi cocina, charlando de esto y aquello. Ese chiquillo se robaba mi corazón a pasos agigantados y lo peor era que yo no estaba haciendo (ni quería hacer) nada para evitarlo.

¿Cómo reaccionaría si lo abrazara y le apretujara sin previo aviso? Un niño normal seguramente se desconcertaría ante semejante contacto por parte de su maestra, pero con él nada era seguro.

—Profesora Daidouji —su llamado me trajo de vuelta a la realidad y parpadeé—. Papá nos va a llevar a la playa mañana. ¿Le gustaría venir con nosotros? La tía Sakura también irá.

Hacía dos semanas que Sakura y su esposo estaban de regreso en Tomoeda después de su luna de miel y visitar a la familia en China, aunque no los había visto aún. Había hablado con ella el martes y recordé escucharla mencionar algo sobre un viaje a la playa. Debo admitir que era una oferta absolutamente tentadora, considerando el lugar, el buen clima y la presencia no sólo de mi pequeño alumno, sino de Sakura, a quien no veía desde su boda. De hecho, si se tratara solamente de Ryusei y su padre, me habría negado inmediatamente y es que, como profesora, no dejaría de ser “raro” que saliera a vacacionar a solas con un alumno y su padre. Sin embargo, la presencia de Sakura le daba un giro importante al asunto. Pero… ¿realmente estaba bien, o sólo me estaba convenciendo de que así fuera? Además…

—Muchas gracias, pero creo que deberías hablarlo con tu padre antes de invitarme.

—Ya le pregunté y le gustó mucho la idea —me replicó él sin parpadear sus ojazos negros. Yo, en cambio, lo miré como si le hubiera salido una cebolla de la cabeza. ¿Cómo que su padre estaba de acuerdo? Corrección: ¿cómo que le había gustado mucho la idea?

—¿En serio? —está bien, Ryusei no es precisamente del tipo mentiroso, pero había algo que no terminaba de cuadrarme al respecto—. ¿Cuándo le preguntaste?

—Sí. Le dije cuando llamé por teléfono a su trabajo para decirle que estaba aquí.

Lo miré con suspicacia, pero no tenía más remedio que creerle… supongo. De cualquier manera, continué dando vueltas a las croquetas y aspiré profundamente el aroma de éstas impregnando mi cocina y seguramente el apartamento entero. Sentí a Ryusei imitarme y respirar a mi lado en el segundo justo en que sonaba el timbre de la puerta por segunda vez.

—Creo que debe ser tu padre. ¿Puedes cuidar las croquetas mientras voy a abrirle? ¡Pero con mucho cuidado! —le advertí—. No te vayas a quemar, ¿ok? —lo vi asentir y caminé, pero antes de salir de la cocina le escuché llamarme nuevamente.

—¿Irá con nosotros a la playa?

Ah. Olvidaba que aún no había respondido a su pregunta. Le sonreí y guiñé un ojo—. Si todos están de acuerdo, sí.

Me había olvidado de la lluvia allá afuera hasta que vi a Touya entrar con paraguas en mano. Lo iba a saludar con un simple “hola”, pero cambié de idea al último instante.

—La cena está casi lista. Espero que tengas hambre porque hicimos bastante —me llevé las manos a la cintura, esta vez en posición triunfal. Si había alguien con quien podía tomarme la libertad de brincarme un saludo y transformar cualquier posible invitación a cenar en una orden de sentarse a la mesa, ése alguien debía ser Touya. Él me alzó una ceja divertida.

—¿Ah, sí? Muy bien, porque no he probado nada desde mediodía —comentó en tono casual descalzándose—. Sólo espero que no sea pulpo. Odio el pulpo.

Lo había olido y sólo lo decía para molestarme. Sí, estaba segura de eso, aunque tardé dos segundos en darme cuenta de eso y él notó mi desconcierto inicial sin problemas. Muy bien, habías ganado ésta, pero la siguiente sería mía.

—Es una lástima. Pero si es así, puedes comer todo el arroz que quieras hasta saciarte —alcé el mentón, satisfecha, y le di la espalda para caminar a la cocina. Casi podía adivinar su expresión detrás de mí.

—Está bien, supongo que puedo sacrificarme esta vez —escuché su voz llegando a la cocina—. Sería un desperdicio y no es bueno desperdiciar la comida, ¿cierto Ryu?

—¡Sí! —asintió enérgicamente el pequeño. Nuevamente me tomaba por sorpresa la manera en la que su estado de humor se transformaba cuando su padre entraba en escena. Era como si se le inyectara una chispa de energía directo al corazón.

El efecto de ver a la persona que más admiras y compartir juntos un momento. Atesorar cada instante que pasas con esa persona que pasa las horas y los días trabajando duro por ti. Pese a su corta edad, Ryusei era consciente de todo eso y ponía todo de su parte para pasarla bien con su ocupado padre. Creo que nunca he experimentado esa sensación. Mi fascinación por él crecía cada día más.

—Perfecto. Está listo —dije sacando las últimas croquetas del aceite y colocándolas sobre el papel absorbente—. ¿Hey, qué estás haciendo?

—¿Qué parece? Pongo la mesa —contestó Touya como si fuera la cosa más obvia del mundo que se pusiera a hurgar entre mis cajones y sacar platos, vasos y palillos. Cualquiera que le viera pensaría que no era su primera vez en mi cocina. Lo dicho: con los Kinomoto, las normas de etiqueta se usaban como servilleta. Me reí imaginando a mi madre escandalizada si tuviera semejante invitado en su casa. Uno de sus más grandes orgullos es propiciar de un excelente servicio a sus invitados, restregándoles en la cara la exquisitez de nuestra servidumbre siempre capaz de satisfacer las necesidades no sólo de los señores de la casa, sino de cada huésped. Por supuesto, tanto servicio jamás lograría hacer sentir al visitante como en casa, y es que no estaba pensado para ser así.

¡Qué fiasco se llevaría con este sujeto!

—¿Se puede saber qué es tan gracioso? —para cuando reaccioné a su pregunta, el plato con las croquetas y el tazón de arroz ya estaban al centro de la mesa, al igual que las guarniciones que había preparado y… ¿quién y cuándo había preparado té?

—Nada, sólo… ¡Vamos a comer! —evadí la pregunta olímpicamente y me senté junto a ellos. Ryusei estaba a mi lado en la mesa, mientras que su padre ocupó el asiento del frente. Durante algunos de los entrenamientos antes del festival me había quedado a comer con ellos, por lo que cada vez esta escena me resultaba más y más familiar, a pesar de que en esta ocasión la locación fuera mi cocina. Era casi aterrador lo normal que se estaba volviendo convivir con ellos a la mesa, donde mi rol como maestra de Ryusei se perdía totalmente y los dos Kinomoto me hacían sentir como una más de ellos, arrastrándome a sus juegos y costumbres.

—Papá, ¿todavía quieres hablar con la mamá de la señorita Daidouji? —preguntó Ryusei de pronto y unos granos de arroz se me atoraron en la garganta al intentar tragar en ese mismo instante. Comencé a toser ruidosamente. ¿Había escuchado bien? Con los ojos llorosos por el esfuerzo, intenté enfocar a ambos. Ryusei me miraba preocupado y Touya… bueno, él nos contemplaba a los dos con el ceño fruncido.

—¿Por qué querría hablar con la mamá de tu maestra?

Bien, al menos no era la única que no entendía una gota de lo que pasaba aquí.

—Para que la deje ir a la playa con nosotros. Dijiste que hablarías con su mamá si fuera necesario —contestó el pequeño con toda la naturalidad del mundo, ganándose un silencio de medio minuto en la cocina, un ceño indescifrable por parte de su padre y mi cara de piedra.

—Ryu… —comenzó Touya después de un tiempo que pareció eterno y tosió para aclararse la garganta—, cuando dijiste que querías invitar a un amigo a la playa… ¿te referías a tu maestra?

—Sí.

Y ahora todo tenía sentido… al menos desde el punto de vista de alguien tan particular como mi alumno.

“Ya le pregunté y le gustó mucho la idea”

No por nada a su padre le había entusiasmado la idea de que Ryusei invitara a un amigo, teniendo en cuenta la preocupación de Touya con respecto a las pocas amistades que su hijo había formado hasta ahora. Sin embargo ése no era el mayor problema, sino el condenado sonrojo que no me podía quitar de la cara al darme cuenta de cómo se habían dado las cosas.

—Creí que te referías a tu amiga o a los chicos con los que juegas fútbol —Touya recuperó el habla antes que yo—. ¿Estás seguro que no quieres invitar a alguien de tu edad para jugar?

—¿Por qué no invitas a Ayami-chan? Estoy segura que le encantaría ir contigo —sonreí, resignándome a abandonar la idea de ir con ellos de una buena vez. Admito que, en el fondo, me había ilusionado un poco la idea de ir a la playa con ellos y pasar un buen rato haciendo castillos de arena con Ryusei y charlar con Sakura sobre su nueva vida de casada.

—¿Está bien si la invito? —sus enormes ojos curiosearon en nuestras expresiones y Touya asintió llevándose una croqueta entera a la boca—. Pero en el carro sólo cabemos cinco: la tía Sakura, el tío Syaoran, tú, yo, la profesora Daidouji…

—Ayami-chan puede tomar mi lu…

—Sakura y el mocoso irán en el auto del tipo —gruñó Touya al mencionar al esposo de su hermana—, así que tenemos espacio suficiente.

Yo lo miré intentando ocultar mi sorpresa: ¿estaba dando a entender que yo también iría con ellos? Pero se suponía que no era a mí a quien tenía pensado invitar en un inicio.

—¿Y qué hay de la señorita Daidouji? —preguntó Ryusei y una vocecita en mi interior secundó: sí, ¿qué hay de ella?

Tranquila Tomoyo, tú no quieres ir a ese viaje, o al menos no tiene por qué causarte ninguna emoción la idea de ir o no ir. Todo el asunto de la invitación no fue más que una confusión creada por tu ingenuo y encantador alumno. Deja que vayan ellos y se diviertan.

—Bueno, si ella quiere puedo hablar con su mamá también —esa sonrisa socarrona apareció en su cara nuevamente sin quitarme la mirada de encima. Muy gracioso. Y sin embargo sonreí: era la manera de Touya de decir “puedes venir con nosotros, no hay problema”.

—¡Bien! Va a ser un fin de semana muy divertido. ¿Verdad, profesora Daidouji?

—Eh… sí, claro —intenté borrar ese sonrojo de mi cara tomando otro vaso de agua.

—Esperemos que así se le quite esa cara de amargura que tiene —comentó Touya como si nada y entonces mi sorpresa no pudo pasar a mayores. ¿Acaso había notado algo referente a mi estado de ánimo? No, era imposible. La presencia de los pequeños habían disuelto todo mi malestar como una mancha perdida en el agua, aunque bien era cierto que aún quedaba algún rastro de irritabilidad en mí. Sin embargo, podría jurar que era imposible de notar. Incluso yo lo había olvidado casi por completo.

Nadie podría notarlo, ¿cierto?

—¿Está amargada? —preguntó Ryusei con toda la inocente sinceridad que podría esperarse de él. ¿Tacto? No, por supuesto que no. De hecho, debía preguntarme primero si el niño había entendido por completo a qué se había referido su padre.

—Claro que no, Ryusei-kun. Es imposible sentirme mal cuando tú estás cerca —le sonreí y de reojo vi a su padre cruzarse de brazos.

—¿De verdad?

—No creo que tu maestra sea una mentirosa, ¿verdad? —chasqueó la lengua con gesto guasón y se puso de pie sin perder antes la oportunidad de lanzarme una mirada fugaz y significativa—. Vamos Ryu, tenemos que prepararnos para mañana. Y usted, no olvide pedir permiso en casa, profesora Daidouji.

 

Notas de la autora: antes que nada, una tremenda disculpa por la larga espera. Entre viajes, mudanzas, asuntos burocráticos, actividades deportivas, culturales y sociales, la verdad es que no había tenido oportunidad de sentarme a editar el capítulo que ya tenía escrito desde hace tiempo. Agradezco su paciencia y todos los comentarios que me han hecho llegar. Espero poder reanudar mi ritmo de actualización muy pronto, aunque no será tan fácil.

Con respecto al capítulo, quise enfocarme un poco en la relación que va surgiendo entre la profesora y el alumno, y que precisamente se está saliendo de ese esquema y Tomoyo recién comienza a darse cuenta de ello. Touya, como algunas ya lo notaron en el capítulo pasado, ya lo ha tenido en cuenta y no le resulta indiferente, aunque no parece quejarse mucho al respecto.

¿Les agradó el capítulo? Cualquier comentario o sugerencia, no olviden dejar un review, son sumamente apreciados y siempre intento contestarlos aunque tarde  en hacerlo 😉

¡Hasta la próxima!