13. No bajes la guardia, anticipa el contragolpe

La primera señal de que ése no sería un día fácil la recibí por la mañana, cuando el celular sonó después del desayuno y mientras terminaba de alistarme para salir a la escuela. No tuve más que ver el nombre de mi madre en la pantalla para saber que no serían buenas noticias.

—Buenos días mamá —la saludé con tono neutro.

He escuchado que cancelaste tu compromiso con Eriol. ¿Es eso cierto Tomoyo?

Yo estoy muy bien, gracias, ¿qué tal tú? No sabía nada de ti desde aquella fiesta donde tú y mi ex planearon la entrega de anillo más falsa, estrafalaria y cursi frente a todos tus socios y empleados.

—Es cierto, el fin de semana pasado —me ahorré el “¿Quieres que te lo cuente con lujo de detalle o a qué debo el honor de tu llamada?”

¿Y se puede saber por qué? No deberías tomar decisiones tan drásticas y cambiar de opinión con tanta frecuencia.

—Querrás decir que no está bien visto.

Así es. Si no aclaras esto rápido, no tardarán en crecer los rumores a tu alrededor

Y es por esto, estimados amigos, que adoro a mi madre: siempre tan sensible, siempre tan preocupada por el bienestar de su familia. Enciendan su detector de sarcasmos.

—Gracias, lo tomaré en cuenta, aunque realmente no hay nada qué aclarar al respecto: no pienso casarme con alguien que me engaña con una pelirroja exuberante —no era necesario que diera el último dato, pero igual lo hice para saber su reacción.

¿Estás en tu departamento?

—De hecho, estoy a punto de salir —dije mientras me calzaba en el recibidor.

Bien, pues debes asegurarte que nadie más te escuche decir estas cosas. Todavía estás a tiempo de evitar un escándalo. Un simple affair no es tan difícil de esconder de la prensa.

Me quedé congelada en la puerta y mirando el teléfono como si fuera una serpiente. Ni siquiera de ella podía haberme esperado semejante “consejo” (por llamarle de alguna manera).

—¿En verdad me estás diciendo que me olvide de esto y vuelva con Eriol para casarnos y ser felices por siempre?

Sólo te sugiero que pienses mejor las cosas. La familia Hiragizawa es muy influyente y nunca está de más tener un contacto sano y próspero con ellos. No encontrarás un buen partido como Eriol en ese pueblo donde estás.

—Excelente, porque no quiero un “partido” como él. De lo contrario no habría terminado con él en primer lugar.

¿Lo dices porque te engañó? Aterriza Tomoyo: todos los hombres lo hacen. Lo importante es que sea discreto y no tenga los demás defectos que el resto tiene.

—¿Es por eso que tardaste tantos años en separarte de papá?

—Así es. Un amorío de vez en cuando puede mantenerse bajo control. El problema ocurrió cuando, en un descuido, la información se infiltró a la prensa. Entonces sí, el divorcio fue inminente.

Increíble pero cierto: realmente mi madre me estaba sugiriendo hacerme de la vista gorda ante el engaño de Eriol y continuar como si nada con los planes para la boda perfecta y vivir años y años de una falacia sólo para evitar escándalos y rumores entre sus socios y competidores.

—Gracias por tus consejos, mamá, pero ahora tengo que marcharme —pese a sentir la sangre caliente me despedí de la manera más ecuánime posible y salí por la puerta a la calle de la tranquila Tomoeda, respirando una buena bocanada de su aire puro a cuatro horas de distancia de Tokio, de casa y de ella.

———

El bullicio en los festivales escolares siempre es bueno para despejar la mente. Entre los gritos desaforados de los padres apoyando a sus hijos y los alumnos vitoreando a los representantes de sus respectivas clases, todo era euforia.  Por supuesto, los accidentes también estaban a la orden del día en un evento deportivo, por lo que las rodillas raspadas con sus consecuentes llantos me tenían dando vueltas entre las canchas y la enfermería. Incluso alguno que otro desmayo a estas alturas del verano parecía un ingrediente infaltable, por lo que no me di cuenta siquiera de la hora hasta las cerca de las cinco de la tarde, cuando la profesora Nakamura se acercó para ofrecerme un sándwich que había traído de la cafetería de la escuela.

—Los festivales deportivos siempre son la locura total, aunque no te debes descuidar tanto: parece que no has comido nada en todo el día—se rio al escuchar los bramidos de mi estómago y traté de luchar en vano contra mi inminente sonrojo mientras tomaba el sándwich en mis manos y comenzaba a devorarlo tratando de disimular mi avidez.

—El partido debe estar por empezar —susurré luego de unos minutos mirando el programa que tenía en mis manos. Mi grupo tenía su último partido de fútbol del día muy pronto y muchos estaban ansiosos por ver jugar al líder de nuestra clase, el pequeño Ryusei, quien a su corta edad ya era una de las estrellas del equipo de la escuela y había ayudado a llevar a nuestro grupo a la final, de manera que me encaminé junto a la profesora Nakamura a las canchas de fútbol y ambas logramos adueñarnos de un lugar a la sombra poco después de que dieran el silbatazo inicial. Eran muchos los lugares ocupados por los padres de familia en las gradas y el césped, por lo que muchas personas se encontraban disfrutando del juego de pie. A lo largo del partido me distraje a ratos echando un vistazo a las gradas y al público en general. Entre ellos distinguí fácilmente a algunos de los padres de mis alumnos, que evidentemente apoyaban al grupo de 3-A. Incluso vi cerca de la portería al papá de Ryusei con su actitud despreocupada de siempre.

—Al menos una porra o unas palabras de apoyo no vendría mal para la ocasión —me reí. Me resultaba ciertamente irónico (y risible) que otras personas parecieran más entusiastas en apoyar al jugador estrella que su propio padre y entrenador extraoficial, aunque no podía esperarse otra cosa de Touya. Ryusei, en cambio, parecía más que contento con su sola presencia, pues repetidamente miraba en su dirección y sonreía. De vez en cuando también dirigía una mirada a la zona donde la pequeña Ayami daba de brincos sin cesar y clamaba su nombre a todo pulmón.

Sin embargo todo rastro de sonrisa huyó de mi cara cuando miré en dirección de los bebederos y encontré a la persona que menos esperaba ver ahí, en las canchas, en la escuela e incluso en Tomoeda.

¿Qué diablos haces aquí?

—¡Vaya, ése sí que es todo un ejemplar! Nunca lo había visto por aquí, ¿Crees que sea el papá de uno de los jugadores? Pero es tan joven —suspiró Nakamura a mi lado—.  ¡Sería una pena que estuviera casado!

—No… no creo que esté casado —musité en medio de mi asombro sin apartar la mirada de él. Tras asegurarse de que lo estaba enfocando me devolvió una inclinación de cabeza y se acomodó los lentes con su característica parsimonia mientras comenzaba  a andar en mi dirección. Inmediatamente adiviné sus intenciones y decidí que no era bueno enfrentarnos ahí frente a todos los demás, por lo que me disculpé rápidamente con Akane y me puse de pie. Con un gesto de la cabeza le señalé hacia los edificios que estaban detrás de las canchas y caminé hacia ellos sin mirar atrás, sabiendo que él me seguiría de cerca.

Me dirigí al jardín de hortalizas que los niños de primer año cultivaban en la parte trasera del colegio y ahí dejé que Eriol me diera alcance. Mi primer pensamiento había sido caminar a mi salón, que sabía estaría vacío, pero cambié de parecer ante la perspectiva de encontrarme a solas con él en un lugar que me gustaba tanto y en el que estaba a diario. Cuando lo vi acercarse me crucé de brazos.

—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte? —dije con el tono más casual que pude. Eriol se acomodó las gafas sobre el puente de su nariz otra vez.

—No contestas mis mensajes ni respondes mis llamadas, pero tenemos que hablar Tomoyo.

—Te escucho —solté en lugar de un “no me interesa”.

—He pasado las últimas dos semanas pensando en ti. Sé que cometí un error, pero me gustaría que lo intentáramos, que me dieras una oportunidad…

Lo miré incrédula sin cambiar mi posición aun cuando dio dos pasos más para acercarse a mí. Estuvimos juntos por dos años y nunca había visto una expresión de dolor en su rostro. Era la primera vez, y aun así no consiguió conmoverme. Podría decir que una parte de mí quería correr a sus brazos mientras la otra me repetía que aquel hombre me había traicionado y no merecía nada más que mi desprecio, pero mentiría si lo hiciera…

Porque en realidad no había ni un sólo gramo de compasión en mí por él. Me asusté. ¿A dónde se habían ido dos años de supuesta felicidad a su lado si en un momento crucial como éste ni siquiera conseguía sentir que algo se removía en mi interior?

No vuelvo a ver películas románticas, pensé, son demasiado dramáticas.

—Tomoyo…

—¿De verdad viniste aquí a suplicar por una oportunidad? Creí que tenías más orgullo que eso —dije ladeando un poco la cabeza—. Me decepcionas, Eriol.

Lo tomé por sorpresa y lo vi en sus ojos pero no podía juzgarlo: incluso yo estaba sorprendida de mi respuesta.

—¿Quieres decir que no te importa lo que tuvimos?

—Me importó mientras lo tuvimos, pero a ti no. Ahora no tenemos nada, así que no le veo el caso, pero tú sí. ¿No crees que el que está mal en tiempos y prioridades eres tú? —respondí con una sonrisa irónica.

Te metiste con la Daidouji equivocada.

—¿Qué rayos te pasa? —dio otros dos pasos y finalmente estaba tan cerca que intentó tomar mi mano, pero no se lo permití. Su voz sonaba molesta, pero su mirada parecía confundida —. Ni siquiera pareces tú misma.

—¿No? ¿Quién parezco entonces?

—Tampoco ese día —acercó su rostro y tenía sus ojos azules tan cerca que podía contar sus pestañas s quería—. Nunca habías llegado de sorpresa al apartamento. Cuando me encontraste con Kaho ni siquiera reaccionaste. Ya lo sabías, ¿cierto? ¿Entonces para qué te vestiste así? ¿Lo planeaste todo para hacerme lucir como un idiota?

Finalmente entendí por qué no sentía una pizca de compasión por él. Eriol no me amaba ni me rogaba por una segunda oportunidad, o al menos no como decía (o creía) hacerlo. En realidad sólo sentía curiosidad por la forma en la que había terminado por él. Seguramente había pensado que lloraría y patalearía, que gritaría y correría como una reina del drama por las calles… pero nada de eso había sucedido. Su orgullo de macho conquistador había sido herido y había vuelto no por mí, sino para demostrarse que podía reconquistar a una Tomoyo que él no conocía y que le parecía más intrigante que la dulce Tomoyo con la que había salido, cogido y comido durante dos años.

Su sorpresa se acrecentó cuando me vio sonreír sin moverme un centímetro de mi lugar.

—No tuve que planear nada para hacerte lucir como un idiota, cariño, eso lo lograste tú solito. En cuanto a ser o no yo misma, mucho me temo que no me conociste tan bien como pensabas si de verdad creíste que todo en mí era dulzura y alegría.

Touché.

—¿Crees que no te conozco bien? Conozco cada rincón, cada pensamiento tuyo, y sé que no eres así —intentó acariciarme el hombro, pero le aparté la mano con la mía—. Sé que estás a la defensiva porque te lastimé, por eso vine a pedirte disculpas, a pedirte que comencemos de nuevo. Tomoyo… —susurró acercándose más. Pude sentir su aliento cerca de mis labios, pero estaba decidida a no moverme de donde estaba—, te conozco como nadie más. Para mí eres transparente como un cristal, y por eso sé que me amas y realmente no sabes cómo reaccionar…

—Es un bonito discurso, sobre todo la comparativa con el cristal —sin quererlo brinqué hacia un lado y Eriol también titubeó cuando escuchamos esa voz—. Admito que nunca lo había escuchado. Normalmente usan la analogía con el agua.

—¿Qué haces aquí Touya? —tragué saliva y estoy segura de que él disfrutó de mi sorpresa al verlo.

—Disculpa, te agradecería que nos concedieras un poco de privacidad.

—Creo que ya tuviste bastante tiempo y no lo supiste aprovechar —alzó una ceja y sonrió irónico—, si es que entiendes lo que quiero decir.

—Entiendo —sonrió Eriol sin dejarse amedrentar y se cruzó de brazos—. Así que pretendes algo con Tomoyo y vienes a rescatarla.

—¿Rescatarla? —Touya se metió las manos a los bolsillos y me miró por un segundo antes de volver a Eriol—, ¿de verdad crees que lo necesita?

Olvidando la sorpresa inicial, me mordí los labios para no sonreír. Touya no perdía la oportunidad para burlarse de Eriol y debo admitir que por mi mente jamás cruzó hacer algo por detenerlo. Simplemente no podía perderme de eso.

—Así que no lo niegas: te gusta Tomoyo —Eriol bufó y volvió al tema. Sólo entonces yo también noté que él había lanzado una aseveración y Touya no la había respondido. La sonrisa de Touya creció y me miró. Sentí que se me caería la ropa con aquella mirada y pude percibir cada centímetro de mi piel calentándose bajo su sonrisa macabra y sexy. Sí, tengo que concedérselo esta vez: esa condenada sonrisa del diablo era sexy y sofocante.

—¿Para qué responder, si puedo no hacerlo? Me parece más divertido jugar con las cartas hacia abajo.

—Será mejor que te vayas, Eriol —hablé finalmente y ambos me miraron. Seguramente se dieron cuenta de que tenía la cara colorada, porque Eriol frunció el rostro y Touya alzó las cejas divertido.

—Ahora entiendo —musitó Eriol—. Él también te gusta. Por eso no reaccionaste cuando me viste con ella. Por eso no te quieres mover de este aburrido pueblo ni te interesa volver conmigo. Es por este tipo, ¿verdad?

—Te equivocas Eriol —hastiada, me alejé de él y caminé hasta colocarme a un lado del otro—. Te fui fiel hasta el último momento. Touya no tuvo nada que ver en eso.

—¿Y qué tal ahora? —frunció el ceño—. ¡Qué fácil pareces olvidarme a su lado!

Eriol seguía asumiendo que entre Touya y yo había algo. Podía sacarlo de su error en cualquier momento, pero simplemente no se me daba la gana hacerlo aunque una parte de mí temía el instante en que Touya fuera a abrir la boca para echarme de cabeza y desmentirlo todo.

—¿Creíste que sería más difícil? Te tienes en mucha estima.

No gruñó ni se lanzó contra nosotros sólo porque tiene un orgullo del tamaño del mundo, pero claramente lo vi apretar ambos puños a sus costados.

— Eres el tipo del festival en el templo, ¿cierto? —le lanzó una mirada a Touya y luego se dirigió a mí—. ¿No va eso contra tus principios, Tomoyo? Me pregunto qué dirían tus superiores si supieran que estás saliendo con el padre de uno de tus alumnos.

Desgraciado.

—Mira, hijo de… —Touya dio un paso al frente, pero lo detuve con una mano en su brazo. Él me miró con el ceño fruncido. La sonrisa se había borrado de su cara y parecía realmente intimidante, pero sabía que no era conmigo con quien estaba molesto. Apreté un poco más mi mano en su brazo para asegurarle que estaba bien y entonces me volví hacia Eriol.

—No me decepciones otra vez Eriol. Pese a lo que has hecho, sé que no serías capaz de caer tan bajo como para hacer ese tipo de cosas; deja eso para los malos perdedores. Si algo conozco de ti es tu orgullo y tu dignidad, así que no vayas a perderlos por una tontería, ni siquiera por mí.

Lo lamento mucho, cariño: jaque mate.

Hubo un momento de silencio en el que lo único que se escuchaba eran los gritos de los pequeños desde el otro lado del patio. Nada parecía moverse alrededor de los otros y hasta podía oír mi saliva mientras bajaba dificultosamente por mi garganta seca.

—Suficiente —Touya ladeó la cabeza—. Ya la escuchaste: puedes marcharte de aquí con lo que queda de tu dignidad intacta o comenzar el ridículo juego del ex novio celoso e irracional. Tómalo o déjalo.

Eriol me miró. Ya no parecía querer sacarme la cabeza con sus propias manos.

—Realmente has cambiado.

—O quizá nunca la conociste bien —agregó Touya antes de que yo pudiera responder algo.

—¿Y crees que tú lo haces?

Touya se llevó las manos detrás de la cabeza—. ¿Crees que me interesa?

Y no sólo fue Eriol, yo también me volteé a verlo con los ojos cuadrados.

—No sé. Ése será tu problema —respondió luego de unos diez segundos—. Lamento perderme el resto de su bonito festival, pero no tengo razón para quedarme más tiempo. Por cierto, puedes hacer lo que quieras con las cosas que tengo en tu departamento —se encogió de hombros—. Sólo espero que no te arrepientas cuando te des cuenta de la oportunidad que estás tirando a la basura: una alianza entre las familias Hiragizawa y Daidouji habría sido imparable. Habrías podido lograr muchas cosas, e incluso superar en pocos años todo lo hecho por tu madre hasta ahora. Ella lo sabía muy bien, pero parece que tú no.

Sólo por si hacía falta corroborar que mi encantador ex prometido había visto nuestro compromiso como una fabulosa oportunidad de negocios, aquí tenía la prueba final y no hubiera podido sorprenderme menos.

—Te equivocas: siempre lo supe, pero nunca me interesó. Lo único que quiero lograr es lo que estoy haciendo ahora, pero fuiste tú quien no lo entendió. Adiós, Eriol —susurré inflando el pecho. Él ya no contestó y dio la media vuelta para marcharse con un movimiento de mano como única despedida, andando sin mirar atrás hasta desaparecer de nuestra vista al doblar por uno de los edificios.

—Si ése era el hombre perfecto, no quiero saber en qué categoría entramos los demás —escuché a mi lado tras cerca de un minuto de silencio—. Pasando a cosas más importantes: así que… “Es por este tipo” —alardeó Touya señalándose el pecho con el pulgar y con una mirada socarrona. Entorné los ojos al cielo. Con tan sólo dos oraciones acababa de mandar al infierno toda la tensión que se había generado en esos diez o quince minutos.

—Así que… viniste a “rescatarme” —se la devolví con la misma sonrisa y él se encogió de hombros, pero tenía que admitir que de verdad me había ayudado, así que al menos debía agradecérselo—. Gracias y discúlpame por involucrarte en una mentira. Sé que no había razón para darle a entender a Eriol que estábamos saliendo, pero… —me encogí de hombros imitándole— cuando llegó a esa conclusión simplemente ya no quise desmentirlo para ver su reacción.

La sonrisa se borró de su cara y de repente, sin el menor aviso y con un solo movimiento hacia adelante, se deshizo del espacio entre nosotros y me sujetó de la cintura acercándome a él. Antes de poder preguntarme qué diablos estaba pasando me tomó el mentón con una mano y me obligó a mirarlo. Se inclinó un poco hacia mí, de manera que sus ojos estaban tan cerca que podía ver los matices de su mirada. No es fácil enfrentar una mirada como la de Touya Kinomoto; tan profunda, tan oculta, tan oscura… y tan cerca. En ese instante sentí que un rayo me atravesaba de los pies a la cabeza y estoy segura de que él pudo percibir muy bien el momento en el que temblé.

—¿En verdad era una mentira? —estaba tan cerca que hasta pude adivinar la taza de café que seguramente había tomado en el festival. Por más que me diera vueltas la cabeza no podía apartar la vista de sus ojos negros bajo ese ceño fruncido. Me quedé de piedra. Quería pensar que era una broma, pero su expresión era sepulcralmente seria. Tragué saliva. ¿Qué diablos estaba pasando ahí? El agarre de Touya alrededor de mi cintura se apretó un poco más y mi cuerpo finalmente hizo contacto con el de él. Una voz en mi cabeza me urgía a recuperar la compostura y alejarlo de mí, pero la otra me decía que me rindiera. ¿Que me rindiera a qué? No quería siquiera contestar a esa pregunta, de modo que tenía que salir de aquel aprieto cuanto antes.

—¿Q…qué haces Tou-ya? —no podía creer que aquel sonido de ratón fuera mi voz. Además había tartamudeado. ¿Qué diablos pasaba conmigo?

—¿Qué parece que estoy haciendo? —se inclinó un poco más y su respiración chocó contra mi piel. Sentí un grito de terror queriendo salir desde mi pecho, de modo que apreté los dientes y creo que volví a pasar saliva. Las piernas me temblaban como a una adolescente. Estaba jugando conmigo, lo sabía, pero lo peor era que no se me ocurría ninguna manera de escapar de aquella situación. Además, sus ojos serios tan cerca de los míos me hacían sentir disminuida. Casi podía escuchar la voz de mi madre diciéndome “¿Qué demonios crees que estás haciendo Tomoyo?”, un Daidouji no se puede dar el lujo de quedarse sin palabras de esa manera. Nadie juega con un Daidouji, punto.

—Touya… ¿qué…? —pero estaba más muda que un mimo. Entonces nuevamente su media sonrisa hizo acto de aparición y se acercó a mi oído. Lo escuché claramente respirar profundamente una vez antes de hablar con toda la parsimonia del mundo:

—Con esa cara, cualquiera diría que has visto un fantasma. Está bien, ahora estamos a mano —y finalmente me soltó, de manera que tuve que forzar a mis piernas de cervatillo a no tambalearse. Su gesto socarrón brillaba como un día de verano en esa expresión tan clásica en él—. Lo siento, ¿de verdad creíste que con un “gracias” me conformaría? Lamento decepcionarte, pero nada en esta vida es gratis, profesora Daidouji.

Lo quería matar. Juro que si no hubiera tenido el corazón en la garganta en ese momento lo habría atravesado con la pluma que se prendaba de mi blusa. Pero al mismo tiempo el sabor agrio que me causaba su mueca sexy pero infantil reactivó mis neuronas para al fin poder responderle algo coherente.

—Debería darte vergüenza darle esa clase de ejemplos a tu hijo.

—¿Por qué lo dices? Yo no lo veo por aquí —se llevó las manos detrás de la cabeza una vez más y comenzó a andar con desenfado—. Deberías regresar. Tus alumnos te estarán extrañando.

—En verdad no sé a qué diablos viniste —murmuré entre dientes mientras trataba de darle alcance. Según tengo entendido, él no es la clase de personas que hace un favor por iniciativa propia. Incluso aquella primera vez que nos encontramos tuvo que ser convencido por Yukito para ayudarme en el regreso a casa. Sin embargo, cada vez estoy más convencida que él es de esos hombres que ven su masculinidad en proteger a los demás. Pero entender a Touya y los propósitos de sus acciones era punto y aparte. ¿Qué diablos era esa bromita para burlarse de mí después de haberme ayudado?

—Ya lo dijo tu ex prometido, ¿no? Vine a rescatarte —comentó de pronto como cualquier cosa y tardé en comprender que había alcanzado a escucharme. Podría decirlo en broma, pero cualquier cosa era impredecible con él, de modo que para evitar sonrojarme o volver a caer en más pensamientos retorcidos me encogí de hombros y le dirigí la más fabulosa sonrisa que pude conseguir.

—¡Qué caballeroso! Muchas gracias.

—Cuando gustes —alzó el mentón y continuamos caminando en silencio hacia el hervidero de vítores y porras en el siguiente patio.

Lamentablemente el partido había terminado, aunque todos estaban tan contentos que no tardé mucho en contagiarme con sus gritos de alegría y apoyo. Sentados sobre el césped, sucios y agotados como lo ameritaba la ocasión, la mayoría de los jugadores devoraba ávidamente unas golosinas que algunas de las mamás habían traído para ellos. El único que no parecía tan entretenido con los dulces era precisamente Ryusei, quien en esos momentos comía tranquilamente de una cajita de almuerzo que al parecer había estado envuelta en un pañuelo rosado con motivos florales.

—No olvides comerte también los calamares —le decía con tono estricto Ayumi sin apartar sus bellos y enormes ojos de él. No tuve que pensarlo mucho para saber quién le había llevado ese almuerzo a mi alumno.

—Tienes razón: necesitaré proteínas y complejo B para poder participar en las pruebas de atletismo —analizó Ryusei contemplando el molusco que sujetaba frente a sus narices con los palillos—. Además, el arroz me dará mucha energía. ¡Gracias!

—Bueno… —Ayumi se sonrojó—, en realidad lo decía porque me costó mucho trabajo hacerlos y… espero que te gusten.

Ryusei la miró a ella y al calamar alternadamente, visiblemente contrariado. Traté de imaginarme lo que podría estar pensando, pero debo admitir que tratándose de él es simplemente imposible.

—Están muy ricos, pero también me gusta mucho el arroz —contestó con su característica simplicidad y Ayumi sonrió como si no hubiera un mañana.

—¿En verdad? ¿Quiere decir que te gustó todo?

—Sí.

Reí. Probablemente cualquier otro niño contestaría algo más o trataría de hacerse el interesante (o el difícil), pero Ryusei pecaba de sencillo y al mismo tiempo seguía siendo imposible de entender. Sentí a Touya resoplar un intento de risa a mi lado y sólo entonces recordé que él seguía ahí.

—¿Qué clase de niño conoce las propiedades nutrimentales del calamar? —solté de pronto—. No digo que esté mal, pero ¿No has pensado en enseñarle otra clase de cosas?

—No me mires a mí, es él quien pregunta esas cosas e investiga sin cesar —Touya se encogió de hombros—. Además, no soy yo quien le pasa esa clase de datos. Puedes culpar a Yue si quieres.

Oh, el témpano de hielo y amo de las estadísticas, Yue, ¿cómo no lo pensé antes?

—¡Profesora Daidouji! —Ryusei no tardó en descubrirme y caminó rápidamente hacia mí—. ¿Vio el partido?

—Lamentablemente me perdí la última parte porque surgió un asunto que tenía que resolver —me disculpé—, pero me alegra saber que ganaron. ¡Felicidades!

—Gracias —dijo y al mismo tiempo se sacó la medalla que le colgaba del cuello—. Tenga.

—¿Para mí? —de más estaría describir mi sorpresa y alegría, pero ese pequeño era la ecuanimidad hecha persona.

—Claro. Usted entrenó conmigo también y fue muy divertido, así que quería dársela.

—Gracias —susurré luchando por no dejar escapar una lágrima de emoción ante tanta ternura—, pero… ¿no crees que a Ayami-chan le gustaría más recibirla?

El niño me miró como si tuviera una calabaza en la nariz—. ¿Ayami-chan? ¿Por qué?

Miré a Touya y él se encogió de hombros como diciéndome “A mí no me metas en esto”. Con razón, pese a ser tan extraordinariamente inteligente, su hijo era un gran despistado en cuestiones de interacción social, y su padre no ayudaba mucho a mejorar la situación.

—Pues porque… todos los días te prepara un delicioso almuerzo para que te mantengas sano. ¿No crees que eso también es un gran mérito?

Ryusei parpadeó unos segundos y asintió. Entonces se dirigió a su pequeña amiga.

—Ayami-chan, ¿te gustaría quedarte con mi medalla? Te la regalo.

Como era de esperarse, los ojos de la niña centellearon como dos galaxias.

—¿De verdad puedo quedarme con ella?

—Sí.

Era una comedia ver a ese par junto. Ella, la viva imagen de la emoción y la euforia al recibir el regalo de su amado héroe; él, la seriedad e inocencia absolutas aún sin comprender el porqué del abrazo y la explosión de alegría de su amiga.

—Si quieres hacerla de celestina con mi hijo, admito que estás haciendo un buen trabajo —Touya apareció a mi lado nuevamente—, aunque debes tener cuidado con lo que le aconsejas. Comienzo a pensar que Ryu haría cualquier cosa que tú le pidieras.

—¿Eso crees? —y vi que tras su sonrisa guasona había un dejo de algo que me costó trabajo interpretar—. Parece que eso te preocupa o… ¡Un momento! ¿Esperabas que él te regalara esa medalla a ti?

—¿A mí? — Touya alzó una ceja y me miró divertido—. ¿Eso te parece, profesora? Quizás sí, quizás no.

Ahora estaba intrigada. Debía ser eso; su orgullo de padre había sido lastimado, de lo contrario, ¿qué más podría ser? En cualquier caso, sabía que no sería una pregunta fácil de responder.

 

Notas de la autora: tenemos de regreso al dulce Ryusei y en el próximo capítulo habrá un poco más de él. Pero también tenemos a Eriol, que no podía quedarse de brazos cruzados (aunque no en la mejor posición para las fans de este caballero inglés). ¡Qué enfrentamiento entre un hombre tan orgulloso como él y un bufón como Touya! Aunque ambos lograron picarse mutuamente las crestas. Pero Tomoyo tampoco podía quedarse atrás y volaron los golpes bajos en todas direcciones. De verdad que todos parecen querer aprovechar cada segundo para fastidiar al otro, por eso me caen tan bien (jajaja, soy igual).

¿Qué opinan en cuanto a Ryusei y Ayami? Me pregunto si algún día el pequeño se dará cuenta o si la niña tendrá que ser aún más directa. De cualquier forma, son una parejita que me mata de ternura.

Por otra parte, tengo el placer de informarles que Sonomi va que vuela para ser nominada al premio “Mamá bitch” (que me acabo de inventar). ¿No es un encanto de madre?

¡Muchísimas gracias a todas por sus reviews! Me hacen el día cada vez que recibo uno nuevo y leo sus impresiones, así que no dejen de hacerlo, porque yo también muero de risa cuando me entero que logré arrancarles una carcajada en plena calle o en la oficina 😉

Hasta la próxima!