12. No llores sobre la leche derramada

Un sonido seco a mi lado me hizo regresar a la realidad y me di cuenta de que me sentía como un gusano aplastado incluso antes de abrir los ojos. Gruñí.

—¿Te desperté?

Abrí los ojos de golpe y me incorporé como gato asustado al identificar la voz de Touya. ¿Qué diablos hacía él en mi habitación? Sin embargo me arrepentí del brusco movimiento en cuanto una punzada reclamó un lugar en mi cabeza. Cuando finalmente pude enfocar el rostro del intruso me di cuenta de la indiscreta burla con que me miraba.

—Pareciera que has visto un fantasma.

—¿Qué haces aquí? —pregunté como si no quisiera esconderme nuevamente entre las sábanas y despertar hasta el día siguiente.

—¿Es en serio? —él se cruzó de brazos y me miró como si me hubiera salido un chimpancé de la boca. Entonces meneó la cabeza y me pasó un vaso que estaba sobre el buró (adiviné que el sonido que me había despertado había sido el de Touya colocando el vaso ahí) y unas pastillas—. Toma, te ayudarán con la resaca.

Miré las pastillas y dudé un poco, pero finalmente me las llevé a la boca y me bebí el contenido del vaso de una sola vez.

—Aún no me has dicho qué haces en mi habitación —me llevé una mano a la cabeza. Ya daba igual si él se daba cuenta de que la estaba pasando de los mil demonios. Me había visto ebria, ¿qué podría ser peor?

—Eso es porque no estamos en tu habitación.

Nota mental: nunca preguntes qué podría ser peor.

Miré a mi alrededor y por primera vez noté que la luz de la ventana venía desde mi lado izquierdo en lugar del derecho, el color de las paredes era un tenue ocre amarillo en lugar de salmón y ninguno de los muebles coincidía con los míos. Además, las sábanas eran más rígidas que las mías, aunque el colchón era terriblemente cómodo y adictivo.

Fue instintivo: me llevé las sábanas al pecho y en la cama me alejé de la orilla más cercana a Touya.

—¿Qué pasó anoche? —de reojo comprobé que tuviera todas mis ropas en su lugar. Gracias a Dios así era. Incluso podía sentir el apretado corsé bajo mi vestido. Moría de miedo y vergüenza, pero no le dejaría deleitarse con mi humillación, por lo que levanté el mentón y lo encaré. Touya, en cambio, alzó una ceja divertido.

—Dormimos juntos.

Una vez escuché decir que no existe una unión de dos palabras más fuertes que “te amo”. Pues se equivocaron: mi mundo se vino abajo con ese “dormimos juntos”.

Respira Tomoyo, respira. Cerré los ojos y traté de hacer llegar algo de lucidez a mi cabeza punzante. Entonces recordé que aún seguía vestida. Orgullosa, elevé la cabeza nuevamente y lo encaré.

—Eso es imposible. No creo que te hubieras tomado la molestia de vestirme nuevamente —jaque mate. Le sonreí con autosuficiencia—. Ya, en serio. Si yo dormí aquí, ¿en dónde pasaste la noche?

Touya chasqueó la lengua y señaló con un dedo el costado al que me había retirado en mi ataque de pánico inicial.

—De ese lado.

Mi sonrisa se desvaneció.

—Es una broma, ¿verdad?

—No. Cuando te dejé sobre la cama y me disponía a largarme al cuarto de Ryu, tú simplemente no me dejaste ir.

¿En verdad hice eso? No podía creerlo. Sin embargo, el gesto de Touya parecía más satisfecho que burlón. Era probable que no fuera una broma después de todo. Suficiente, pensé y recurrí a esconderme entre las sábanas. Dormiría hasta el día siguiente. Quizá para entonces el mundo habría cambiado.

—Ya es mediodía. ¿Cuánto tiempo más piensas dormir?

—Hasta mañana —respondí sin salir de mi resguardo—. ¿Hay alguna otra cosa sobre mi comportamiento de anoche que deba saber?

—No sé qué es lo que recuerdas.

Intenté hacer memoria. No era fácil con esa maldita jaqueca.

—Estábamos en tu auto.

—Bueno, no pasó mucho después de eso. Si eso es lo que te preocupa, te diré que no hubo más romance que el que al parecer tuviste con mi baño —pude escuchar claramente su risa macabra—. Aún no me has dicho qué pasó en ese cuarto la media hora que estuviste encerrada abrazada a la taza.

—¿Y Ryu? —musité intentando pasar por alto la humillación y la socarronería de ese hombre.

—En casa de Yukito, te lo dije anoche… cada una de las cinco veces que preguntaste.

—Quiero dormir.

—¿Necesitas que me quede a tu lado otra vez?

Alcé las sábanas y saqué finalmente la cabeza. Ahí continuaba él en la misma posición, observándome como si fuera un payaso de circo.

—No pude haberte pedido que te quedaras conmigo. Lo que pasa es que eres un pervertido y hubieras soñado con tener la oportunidad de propasarte conmigo —espeté intentando sonar firme y que no quedara en evidencia mi urgencia de correr al baño.

—Créeme: la oportunidad la tuve —sin discreción alguna contempló mi figura a lo largo y ancho de la cama—. Mirándolo desde otra perspectiva: una chica me llama a mitad de la noche para embriagarnos juntos, ella con lencería de ensueño bajo ese vestidito y muchas ganas de olvidar al zoquete de su ex. Milagrosamente se queda dormida en mi auto y no me deja otra opción que llevarla a mi casa. Se queda en mi cama y me sujeta como cangrejo para que también me quede a dormir a su lado. ¿No podría decir yo que la aprovechada fue otra? —chasqueó nuevamente la lengua y meneó la cabeza—. Tomoyo Daidouji, eres una pervertida. Deberían darme un premio por no caer en tu telaraña.

Me puse de mil colores. Lo sentí: mi rostro estaba ardiendo al rojo vivo.

—¡Sabes que no fue así!

—No conforme con eso, me abrazaste mientras dormías.

Tenía que morir. Nunca había tenido tantos deseos de hundirme bajo la tierra. ¿En verdad había hecho eso? Pero Touya soltó una risotada al ver mi rostro desencajado.

—Está bien, eso último no ocurrió.

Idiota. No, una Daidouji nunca se rebaja a decirlo en voz alta. Templanza y serenidad, templanza y serenidad. Pero ganas no me faltaban de al menos aventarle la almohada a la cabeza. Antes de tomar acción, mi estómago se adelantó y lanzó un generoso gruñido.

—Alguien tiene hambre.

—Suficiente, voy a casa —me incorporé y maldije por dentro al whisky y a todas las bebidas alcohólicas sobre la faz de la tierra cuando mi estómago quiso elevarse hasta mi garganta. ¿Cómo podía tener hambre y querer vomitar al mismo tiempo?

—Es la puerta de allá —señaló Touya como si nada a una de las dos puertas de la habitación. Sin oponer mayor resistencia corrí al baño y me desplomé sobre la taza. Sabía que él podía escuchar el resultado de mis dolorosas contracciones y pensé en irme por el caño junto a los tristes restos de mi estómago. Nunca había sido tan humillada.

Tras hacer un intento por lavarme la cara y enjuagarme la boca, salí nuevamente a la habitación. Mis ojos rojos lo decían todo.

—Voy a casa —traté de recoger mi bolsa y mi orgullo con ella, pero Touya se adelantó.

—Entiendo que es tu primera resaca, así que te explicaré las reglas: mucha agua, algún suero y comida baja en grasas e irritantes. Y muy importante: no salir a caminar como zombi bajo el sol.

—No tengo otra opción, no traigo auto.

—¿Sabes? Creo que mi pago por hacerte fingir ser mi pareja en la boda de Sakura ya ha sido excedido —Touya me miró con cierto enfado—. Si te sigues poniendo pesada, señorita Perfecta Daidouji, tendré que cobrarme con otro favor.

Tenía razón, así que decidí darle una tregua y me senté en el borde de la cama.

—¿Qué quieres que haga?

—Pues… ya arruinaste la mitad de mi sábado, así que deberás portarte bien la otra mitad —me dedicó una de sus sonrisas maquiavélicas. Antes de que pudiera protestar, continuó—. Empezaremos por desayunar. Tengo tanta hambre que podría comerte al carbón.

—Muy bien, ¿qué propones?

—Ayer compré despensa, así que debe haber algo en el refrigerador. Vamos a ver qué se me ocurre —se encogió de hombros y salió de la habitación haciéndome un gesto para seguirlo. Entonces caí en la cuenta de lo que acababa de decir: si Touya tenía hambre, ¿por qué no había desayunado? ¿Había estado esperando a que yo despertara todo este tiempo?

—————

Después del “desayuno” (que por la hora y cantidad pareció comida) nos dispusimos a ver una película. Lo único que yo quería era echarme por el resto del día y al parecer lo único que Touya quería era tener la dicha de molestarme un poco. Estaba claro que yo era algo así como un hobby para él.

Me había quitado mi conjuntito “pasional” después de comer (ni siquiera había vuelto a recordar que lo traía hasta que Touya mencionó algo sobre mis medias), y ahora buscábamos algo digno de verse entre los DVDs de los Kinomoto. Entre películas animadas, documentales y terror, todo parecía insalvable. Después de varios minutos de silencio en nuestra búsqueda, me fijé en una fotografía que colgaba de la pared. Era un retrato de Sakura cargando a un Ryusei de unos cuantos meses. Me quedé mirando un tiempo: Ryusei y Touya eran tan parecidos que resultaba imposible tratar de imaginarse a la madre del pequeño.

—¿Ryusei-kun se parece en algo a ella? —cuando me di cuenta, la pregunta ya había escapado de mis labios. Bendita indiscreción.

—¿A Nakuru? —Touya se volvió hacia mí con dos DVDs en la mano. Sonrojada, asentí levemente y él entornó los ojos hacia la derecha, pensando, o probablemente recordando—. No realmente. Era una mujer muy terca… quizá más terca que tú, Tomoyo.

—No pudo haber sido tan malo. Después de todo, tuviste un hijo con ella, ¿no? —sonreí. Touché.

—No —él se encogió de hombros—. Tampoco tú eres tan mala.

¿Touché?

—¿Y cómo se conocieron?

—Fue en la preparatoria. Los dos estudiábamos en el Instituto Seijou. Desde que la conocí, no hubo un instante en que ella dejara de acosarme. “Touya esto, Touya aquello…” —comenzó a hacer gestos con las manos, aún ocupadas con las cajas de las películas—, y se colgaba de mi cuello a la menor oportunidad. En pocas palabras: un auténtico dolor de cabeza.

—¿Entonces cómo fue que ustedes…? —dejé el resto de mi pregunta al aire.

—En la universidad ya no nos vimos tan seguido. Creí que se olvidaría de mí y la verdad me sentí aliviado —rio con el recuerdo y otra vez pude ver sus hoyuelos—. Pasaron dos años y de pronto me la encontré en el festival del Tanabata (1). Ella acababa de colgar su deseo en el bambú mientras Sakura y yo escribíamos los nuestros. Cuando me vio sonrió y lo primero que me dijo fue “Ya no necesito más deseos”.

A estas alturas yo lo contemplaba casi pasmada. Todo cuanto Touya decía sonaba como a una película hollywoodense, aunque de antemano sabía que el final no podría ser feliz. Sin embargo Touya sonreía y yo no podía sino querer imaginarme cómo habría sido aquella historia; cómo habría sido ver a Touya enamorado.

—A veces parecíamos como el agua y el aceite. Ella quería ver películas románticas y yo las odiaba. Ella cocinaba pastelillos todo el tiempo y tanto chocolate me causaba migrañas. Yo no tenía tiempo de verla a mitad de los parciales en la universidad y ella se escabullía a mi recámara.

—Era la horma de tu zapato —le fastidié yo y él me dedicó una ceja alzada.

—Pero cada vez que quería ahorcarla ella me respondía con un beso. Siempre sabía cómo desarmarme.

—¿Así que es un beso lo que se necesita para quitarte lo pesado? —bromeé—, ¿quién lo hubiera dicho?

Claro que con esto me gané una mirada fulminante de su parte. Pero no tardó en regodearse y lanzarme su sonrisita ladina.

—¿Sabes? Puedo dejar la historia ahí. Tengo entendido que no eres una persona curiosa, así que seguramente no te interesa escuchar el resto.

Golpe bajo. Maldito Touya. Resiste Tomoyo, resiste. No pueden jugar contigo tan fácilmente. ¿Y qué más da si no te enteras de lo demás?

—Está bien, ya… me callaré —escupí entre dientes tragándome mi orgullo como un chiquillo obligado a pedir disculpas a su hermanito—. Puedes continuar.

Él me miró durante diez tortuosos segundos antes de decidirse a continuar. Sus ojos se deleitaban viendo mi ansiedad.

—Cuando salió embarazada su padre exigió que nos casáramos. Yo no tenía idea de cómo reaccionar, pero sabía que ésa no era la solución. Quería a Nakuru, mucho, pero no podía dejar mi carrera y dedicarme a una familia. Debía primero ser capaz de poder asegurarle un futuro.

—¿Ella no te pidió que se casaran?

—Creí que lo haría, pero fue la primera en encarar a su padre. ¿Sabes qué es lo que me gustaba de ella?

—¿Qué?

—Siempre supo lo que quiso, y una vez me lo dijo directamente: quería formar una familia… conmigo, pero prefería esperar a que el tiempo llegara en lugar de forzar las cosas. Ella quería que resultara de verdad. Cuando Nakuru se proponía algo, siempre lo conseguía.

Los ojos de Touya brillaban. Había visto ese brillo antes en Ryusei y podría reconocerlo ahora. Esos dos en verdad eran como dos gotas de agua.

—La admirabas, ¿cierto? Aún lo haces.

Su sonrisa ladina se extendió un poco más. Por fin dejó los DVDs a un lado y se acomodó sobre el piso, mirándome de frente.

—Por supuesto, es la madre de mi hijo. Sólo una mujer admirable podría serlo, o siquiera acercarse a él.

Permanecimos en silencio por lo que parecieron ser horas. Había algo en la mirada de Touya que parecía ocultar otra cosa: un trasfondo púrpura y profundo; y esa sonrisa ladina que no lo abandonaba parecía digna de un pirata en un segundo y al siguiente me recordaba a Ryusei.

En eso de las emociones, Touya era un completo camaleón. Era imposible pensar lo que se escondía detrás de ese camuflaje.

—En fin, los dos acordamos hacernos cargo de él aunque no estuviéramos casados —continuó él como si nada—. Rentamos un piso barato cerca de la universidad y lo arreglamos como pudimos. Conseguí un empleo de medio tiempo por la tarde e iba a clases por la mañana. Ella también siguió asistiendo a clases hasta un par de semanas antes del parto. Quizá no estábamos casados, pero el paquete seguía siendo el mismo: las visitas al doctor, los ecos, las vitaminas, el ácido fólico, los chocolates a medianoche aunque tuviera examen al día siguiente… —se llevó una mano al cabello y sus hoyuelos brotaron nuevamente. Era la tercera vez que me dejaba ver esa sonrisa y yo estaba aturdida—. Y si esa mujer estaba loca en su estado natural, imagínate cómo era con una bomba de hormonas en su interior.

—Seguro te sentiste como Alicia en el país de las Maravillas —sonreí apoyando mi mentón en una mano. A momentos se sentía como si estuviera conversando con un amigo de toda la vida. Touya pareció analizar mi comparación.

—Creo que más bien era como el conejo blanco: mirando el reloj y corriendo todo el tiempo, tratando de satisfacer a la reina —se mordió el labio y yo solté una carcajada. Él me miró divertido mientras yo intentaba componerme nuevamente.

—Y… ¿Sueles hablarle a Ryu sobre su madre?

Pareció sorprendido por el cambio y me pregunté si no estaba yendo demasiado lejos con mis interrogatorios, pero finalmente respondió.

—Ya casi no me pregunta sobre ella. De todas formas no hay muchas cosas nuevas que pueda contarle.

—¿No te ha dicho si le gustaría tener una “mamá”? Tú sabes…

—No. No solamente estoy yo; él siempre ha tenido a mi padre, a Sakura, a Yukito y a Yue… aunque sé que de ninguna manera puede ser lo mismo. Quizá lo ha pensado, pero no se anima a decirlo con palabras.

Un nuevo silencio se alzó entre nosotros. El gesto de Touya había cambiado por completo y no me gustaba el resultado actual. Parecía triste y la razón era evidente: él sólo quería darle lo mejor a la personita que más amaba en el mundo y que tanto dependía de él para ser feliz. En un instante había conseguido transformar al Touya bocón y socarrón en una sombra de sí mismo, un ser azul y melancólico, quizás incluso añorante.

Lo siento. Pero no pude decirlo. Me había pasado con tanta estúpida pregunta.

Tragué en seco y casi pareció que el sonido de mi garganta reverberaba por toda la habitación.

—¿Sabes? Creo que lo has hecho bien —confesé finalmente y mi propia voz me pareció apenas un hilo—. Si hubiera estado en tu lugar, lo más seguro es que no habría sabido qué hacer. Pero tu hijo está sano, bien educado y, por sobre todo, es feliz. Así que no tienes nada qué lamentar. Eres un buen padre, Touya.

Sus ojos brillaron por un instante, tan abiertos como incrédulos. Claro, ni yo misma podía creer que acabara de decir algo así, pero tampoco lo lamentaba: era la verdad. Entonces su sonrisa misteriosa y ladina regresó a su lugar de siempre y se inclinó hacia el frente, como si quisiera verme más de cerca.

—Así que finalmente admites que no soy el padre irresponsable que una vez me acusaste de ser —alzó una ceja—. Entonces… ¿La profesora Daidouji se equivocó al juzgarme?

¿Ni siquiera un mísero “gracias”? No, tenía que haberlo visto venir: Touya aprovecharía cualquier cosa para fastidiarme y echarme eso en cara. Ese hombre no se merecía la piedad de nadie. Pero respira Tomoyo, respira…

—Ya sé, vamos a ver ésta —propuso él de pronto sacando una del montón. Me fijé en el título y no me sonaba de nada.

—¿De qué se trata?

—No lo sé —se encogió de hombros—. Si es buena, la disfrutaremos. Si no lo es, podemos criticarla hasta hartarnos. Es tu especialidad, ¿no?

Algún día borraría esa sonrisa burlona de una vez por todas. Hacía mucho que ese hombre había acabado con mi capacidad para sonreír como un ángel. Pero tenía que admitirle una cosa: llevaba todo el día con él y aún no me había detenido a pensar en Eriol. Acababa de terminar una relación de dos años con un tipo que me había roto el corazón y herido el orgullo y ni siquiera se me había ocurrido revisar mi celular en busca de mensajes suyos o llamadas perdidas, como supuestamente debía ocurrir. En lugar de eso ahí estaba, sentada en la sala de su casa en medio de un caos de películas tiradas por doquier y fastidiándonos como niños, como si el pasado y el futuro no fueran más que ciencia ficción. Y sí, lo admitía: me estaba divirtiendo con esto.

 

(1) El festival del Tanabata: o festival de las estrellas. El Ama no kawa (la vía láctea) separa a los amantes Hikoboshi (la estrella Altair) y Orihime (estrella Vega), que solamente pueden verse la noche del 7 de Julio. Como parte de la festividad, durante este día se ponen en una rama de bambú tiras de papel de 5 colores (tanzaku) en las que están escritos deseos personales; se colocan otros adornos sencillos y las ramas de bambú se lanzan al río o se queman mientras se reza para que se puedan cumplir los deseos escritos.

Notas de la autora: he recibido todo tipo de reacciones tras lo ocurrido con Eriol en el capítulo anterior. Me alegra que algunas fans del inglés lo hayan aceptado así y se decanten por mi trigueño favorito, aunque no podía pedir lo mismo de las más acérrimas, lo cual ha abierto un delicioso debate. Muchas gracias por sus comentarios tan hilarantes al respecto y me alegra que les haya gustado. Pero descuiden, no será lo último que veremos de Eriol. De hecho, ¿imaginan un encuentro entre ambos hombres? Pues váyanlo haciendo.

¡Hasta la próxima!