11. Si alguien quiere pisotearte, alza tú el pie primero

Habían pasado unas semanas de vértigo entre la escuela y los entrenamientos (nada fáciles, por cierto)  con Ryusei y su padre saliendo de clases, de modo que decidí aprovechar que el viernes las clases terminaron temprano para saltarme el entrenamiento y su consecuente riña diaria con Touya y treparme a un tren con dirección a Tokio. Después de hacer las pases y cerrar debidamente nuestro compromiso, Eriol y yo no habíamos podido vernos debido a que él había tenido que salir a Hokkaido durante el fin de semana anterior por cuestiones de trabajo, así que ahora tenía ganas de darle una sorpresa a mi novio. “Apuesto a que siempre debes concertar una cita con tu novio para poder verlo” había dicho Touya y admito que sus palabras consiguieron picarme el orgullo. Nunca me veía con mi novio sin una cita previa y un poco de espontaneidad nos vendría bien ahora. Habíamos prometido vernos el sábado para comenzar a con los arreglos de la boda. ¿Y qué tal si lo hacíamos el viernes en lugar del sábado? Mejor aún: el viernes y el sábado, y de ser posible encerrarnos hasta el domingo. Además, considerando que la última vez apenas habíamos tenido tiempo de salir a comer para conciliar nuestras diferencias, después de estas semanas ambos nos lo merecíamos.

—¡Oh, sí! no sabes la que te espera —me sonreí abrazándome a la bolsa que colgaba de mi hombro. El jueves había optado por darme un paseo por la única tienda de lencería que parecía haber en Tomoeda. Después de una hora de desidia finalmente me llevé dos atuendos que seguramente volverían loco al pobre hombre. No es por nada, pero soy consciente de que tengo una figura bastante femenina y delicada y me gusta usar una de esas hermosas piezas de vez en cuando. Sentirme sensual, aunque a veces no sé quién lo disfruta más: si él o yo.

Llegué al apartamento de Eriol. Tenía una copia de la llave, así que entré sin problemas. Eriol tardaría todavía un par de horas en llegar, por lo que me bañé y me tomé todo el tiempo del mundo en arreglarme. Esa noche habría acción, por lo que dejé mi cabello suelto pero perfumado. Me maquillé poco para evitar manchar las sábanas y finalmente saqué los dos conjuntos y los coloqué sobre la cama. ¿Negro con rojo o azul celeste con rosa pálido? Los dos tenían su tanga y su exquisito corsé, dignos de cualquier cabaret francés. El primero tenía un toque más sensual y venía con un sexy liguero de encajes, en tanto que el segundo parecía más inocente y juguetón con unos detalles muy lindos en el trasero.

Tomé el rojo.

Miré el reloj: las siete y media. Eriol no tardaría en llegar. Saqué de la bolsa una botella de vino y la descorché, colocándola sobre la mesita de noche junto a dos copas que tomé de la cocina. Lamenté no haber llevado velas también, pero entonces recordé que Eriol guardaba unas veladoras en la alacena y tomé algunas para acomodarlas estratégicamente. No las encendería hasta que llegara el momento, de esa manera Eriol no se daría cuenta de mi presencia sino hasta que entrara al cuarto y me viera postrada en la cama, dispuesta a atacarlo (o viceversa). Así que dejé el encendedor sobre el buró y me senté a esperar.

No pasaron más de diez minutos cuando escuché la llave en el seguro de la puerta y se me aceleró el corazón. Me sentía excitada como una niña jugando una travesura. ¿Qué cara pondría mi novio? Entonces le oí entrar, pero se me subieron todos los colores al rostro cuando le escuché invitar a pasar a alguien. ¿Había invitado a un amigo? ¡Era viernes por la noche! Diablos, debí haberme informado primero si su equipo favorito tendría partido.

Entré en un ataque de pánico. ¡No podían verme así! Me imaginé la escena inmediatamente: Eriol y su amigo (o amigos) sentados en el sofá y yo apareciendo con mi liguero…

—Qué bonito lugar. Nunca me imaginé que encontraría un departamento de soltero tan limpio y ordenado —ésa no era la voz de un hombre.

Me quedé helada en mi lugar, maquinando pensamientos a mil por hora. ¿Qué hacía una mujer en el piso de mi novio? No, no podía hacerme ideas ridículas, ¿cierto? Bien podría ser la acompañante de uno de sus amigos. Después de todo, aun no sabía cuántas personas eran.

Muy bien, entonces hay que asegurarse primero, pensé. Procurando no hacer ruido alguno, saqué la cabeza de la habitación y me asomé buscando su presencia, pero era difícil ver algo aparte del pasillo y una parte de la cocina, así que de puntillas y con todo el sigilo del universo caminé por el pasillo para acercarme. Las voces se iban haciendo más claras: estaban en la sala.

—¿Gustas algo de beber?

—¿Acaso estás pensando en embriagarme?

A mí no me engañan: esa descarada era una coqueta, por usar algún eufemismo.

—Sólo un poco, quizás. Pero no creo que sea necesario

¿Qué? Fruncí el ceño. ¿Eriol también le estaba…? Suficiente. Con el corazón acelerado finalmente llegué a la esquina y me asomé por el borde con el mutismo de un ninja. Por si acaso me quedaban dudas, ninguna imagen hubiera podido ser más esclarecedora que aquella: una sensual pelirroja sentada en el sillón con mi prometido… besándolo. O él la besaba a ella, ya daba igual. Gracias al cielo que no podía ver sus manos desde mi posición: no necesitaba más ejemplos para saber lo que estaba pasando allí.

Hijo de…

Ahora la sangre me hervía y el corazón me latía como cien tambores de batalla, pero ya no precisamente por nerviosismo o suspenso. Con todo y sus palabras de amor eterno y su cuento sobre formar una familia juntos, ese desgraciado se había burlado de mí, ¿desde cuándo? Era lo de menos: Tomoyo Daidouji no es payaso de nadie.

Apretando los dientes para reprimir un sollozo regresé a la habitación y me sujeté de la mesita de noche para aspirar profundamente una y otra vez.

1…2…3…4…

Hijo de puta.

5…6…7…

No, no lloraría. Ese cabrón no lo merecía.

8…9…

Si él pensaba que me iba a humillar de esa manera, estaba muy equivocado. Después de dos años de noviazgo, evidentemente nunca supo quién era yo. Me miré entonces en el espejo del ropero con ese ridículo corsé y el liguero. ¿Qué diablos hacía vestida así para semejante imbécil? Lancé una mirada entonces a la cama. Ahí continuaba el otro conjunto que no había querido ponerme esta noche. “Para otra ocasión”, había pensado. ¡Já!

10.

Sonreí. ¿Por qué para otra ocasión, si podría usarlo ahora mismo?

—Cuando dijiste que me invitarías a cenar no aclaraste que yo sería la cena —escuché la dulce voz de la chica mientras me encaminaba nuevamente por el pasillo. Una risita idiota de Eriol le respondió. Al llegar a la sala él le plantaba un beso en el cuello.

—En realidad, tú eres el postre —les vi brincar en su lugar y ambos se pusieron rápidamente de pie para encararme con cara de conejos asustados al escuchar mi voz.

—¡Tomoyo! —Eriol se atragantó—, ¿qué…?

—Muy bien, Eriol. Esta vez sí le atinaste —le sonreí yo, no a él, sino a ella. Había aprendido esa sonrisa ladina y burlona de Touya. Incliné la cabeza en gesto de aprobación—. Ahora sí parece que hablamos el mismo idioma —caminé hacia ella y a propósito me mordí el labio—. ¿Cómo te llamas, linda? —tomé un mechón de su cabello. Obviamente no era pelirroja natural, pensé, pero igual lo acaricié con adoración y me lo llevé a la nariz.

—¿Tomoyo?

—Gracias, amor, estoy segura de que los tres lo pasaremos en grande. No podía esperar… —me pegué a Eriol esta vez y le planté un largo beso en la boca. Disfrútalo, cabrón, porque no hay repetición. Incrédulo, el hombre no sabía si mirarme a los ojos o a mi “disfraz”. Así es, el corsé y el liguero en sus respectivos lugares y a todo lo que daba su potencial.

—¿Quién es ella, Eriol?

Eso debería preguntar yo, zorra.

—Disculpa, soy Tomoyo. Creí que Eriol te habría dicho mi nombre, pero así es él, tampoco me habló mucho de ti, le gusta mantener la sorpresa hasta el final —le guiñé un ojo y sonreí—. ¿Cómo te llamas?

—Ka…Kaho… Kaho Mizuki.

—Hola Kaho… —le tomé ambas manos y me acerqué a ella en una pose bastante sugerente. ¿Querías una perra, Eriol? Ahora sabrás lo que es una—. Seguro Eriol ya te ofreció una copa, pero las dejé en la habitación. ¿Quieres acompañarme?

—¿Qué diab…? ¡Eriol! ¿Qué está pasando aquí? —la mujer fulminó a “mi prometido” con su mirada dorada, pero él mismo no sabía qué hacer. Podía verlo en su cara, el desgraciado estaba tan excitado como confundido. Sus dos cabezas (si es que me entienden) estaban en conflicto total. Touché.

—Yo… no… ¿Tomoyo?

Ajena a las preguntas de ambos, me coloqué esta vez detrás de Eriol y lo abracé por la espalda, mostrándole finalmente lo que traía en una mano: el otro delicado conjunto en azul y rosa. El pobre baboso lo miró con ojos desorbitados.

—Si me hubieras dado algunas pistas, habría podido escoger algo más adecuado para ella, pero creo que por hoy estará bien. ¿Se lo pones tú, o quieres que lo haga yo, amor? —susurré sensualmente contra su oído y lo sentí temblar. Vamos, ya casi estás ahí. Vas a estallar en mil pedazos, amor.

—¿Así que a esto me trajiste? ¿Por esto tanto misterio? —vociferó ella finalmente—. ¡Ustedes dos son unos malditos pervertidos! Eriol, no quiero volver a verte en mi vida —le apuntó con un dedo caminando a la salida.

—¡Oye, Kaho, no es lo que tú…!

—¡Mejor búsquense una puta! —roja como la grana (y como su cabello), Kaho tomó sus zapatos y se fue azotando la puerta tras de sí.

—Uy… —no pude evitar reír esta vez—. Creo que se enojó. Ni siquiera se quiso calzar aquí dentro. Me hubieras dicho antes que te gustaban tan temperamentales… habría comprado un látigo y algo en tonos oscuros.

Solté a Eriol y él se volvió hacia mí. Su mirada continuaba bailando entre la incredulidad, el asombro, el temor y… claro, tampoco podía esconder ese brillo de excitación. Alcancé a vislumbrar un discreto bulto en su entrepierna

—Tomoyo, yo no…

—¿No tendrás acción esta noche? —me crucé de brazos—. Ya me di cuenta —di la media vuelta y regresé por el pasillo hasta la habitación. Lo escuché seguirme. Y no, no me importó que mirara mi trasero con semejante tanga. Me había visto un millón de veces, pero era la primera vez que lo hacía sabiendo que nunca más podría tocarlo otra vez.

Caminé al buró y tranquilamente tomé ambas copas, las serví y le extendí una a él. Como si no hubiera sido suficiente, su extrañeza creció aún más en esos ojos azules y aún incrédulos.

—Brindemos: por tu libertad, cariño —sonreí como un auténtico ángel. Algún día me premiarían en Cannes.

—Tomoyo, ¿qué es todo esto? No puedes…

Lo ignoré olímpicamente. Se atragantó con sus disculpas, sus no-es-lo-que-piensas, un sinfín de no-volverá-a-suceder y sus lo-siento. Balbuceó y repetidamente trató de acercarse hasta que me terminé la copa. Entonces le lancé una mirada aburrida.

—Es de mala suerte brindar y no beber —tranquilamente caminé a mi bolso y saqué el vestido con el que había llegado. Sin quitarme mi sugerente atuendo comencé a vestirme agradeciendo que le sentaran bien las medias negras que aún traía puestas y prendidas de su liguero—. Dicen que son siete años de mala suerte en el sexo…

—Tomoyo, en verdad eso no era nada. Lo importante es que tú y yo nos vamos a casar y…

—¿Es por el vino? —miré entonces su copa—. Te aseguro que es un excelente merlot, muy frutal y aromático, aunque si prefieres un bouquet con notas minerales, creo que tengo lo que necesitas —me acerqué a él y de un sólo movimiento me saqué el anillo de compromiso y lo dejé caer al líquido rojo con todo y su exquisito diamante—. ¿Qué tal? Te aseguro que esa copa vale por lo menos unos cientos de miles de yenes ahora —ironicé.

—¿Estás rompiendo nuestro compromiso?

Entorné los ojos y metí a la bolsa todo lo que había traído. Cuando estaba por meter la botella, decidí dejarla ahí como un “regalo” para mi querido Eriol. Seguramente la necesitaría esa noche.

Me miré en el espejo de cuerpo completo y comprobé que bajo mi inocente atuendo no alcanzaba a divisarse nada de lo que traía por debajo. Saqué las botas (que había dejado en una esquina de la habitación para que Eriol no se diera cuenta de mi presencia al verlas en el recibidor) y caminé campantemente a la salida.

—¡Tomoyo, por favor! Piénsalo un poco, quédate y danos la oportunidad de hablarlo y encontrar una solución juntos.

No había duda que era un abogado y hombre de negocios. Seguramente era así como había visto nuestro compromiso desde el inicio, como un trato de mutuo beneficio y cláusulas en letras pequeñas con respecto a la “exclusividad de las partes”. Cada palabra suya me encendía de coraje por dentro, pero claro que ese cabrón no me vería hacerle un drama. No lo merecía

—No es necesario: yo ya encontré la mía —le sonreí—. Cuídate mucho, Eriol, y que tengas mucha suerte en encontrar a alguien mejor. Seguramente la necesitarás —le guiñé un ojo y me despedí de él con un beso en la mejilla. Punto final.

Salí de ahí y caminé sin voltear atrás. Sentí su mirada en mi espalda y la puerta de su departamento aún no se había cerrado cuando el elevador llegó. Las puertas metálicas se cerraron detrás de mí y sólo entonces suspiré.

————–

—¿En verdad pasó eso? —Touya alzó una ceja, aparentemente más divertido que de costumbre. Yo alcé mi copa y me encogí de hombros.

—¿Crees que lo inventaría?

Tenía mi punto y él lo sabía. De pronto lo vi llevarse una mano a la boca. No tenía que ser adivina para darme cuenta de que le costaba trabajo no reír  a carcajadas.

—No te pedí que vinieras para burlarte de mí. Eso lo haces todo el tiempo —hice un mohín y aprovechando que el barman por fin me prestaba atención le pedí otra copa.

—Hey, tranquila. Ya llevas cuatro, sin contar las que ya habías tomado antes de que llegara.

Y ahí estaba esa faceta protectora de Touya. A lo largo de las últimas dos semanas entrenando con él y su hijo la había visto aflorar en más de una ocasión. Pese a aparentar ser un sádico guasón irremediable, nunca permitía que Ryusei o yo nos extralimitáramos en algún ejercicio con la emoción del momento. A veces sentía que me tomaba como una especie de suplente de su hermana. Ahora que Sakura estaba lejos de su alcance, tenía que encontrar a alguien con quién comportarse como un hermano odioso.

—Tengo que aprovechar: tú pagas.

Finalmente había decidido cobrarme el favor que me debía Touya, y lo hice sacándolo pasada la medianoche de su casa para acompañarme a una ronda de copas. Después de llegar a Tomoeda, ni siquiera quise ir a casa; había caminado como autómata por un rato hasta toparme con este bar, pero no tenía ganas de lidiar con tipos desesperados por una presa fácil en viernes por la noche, así que después de un par de copas me pareció la mejor idea del mundo hacer de Touya mi compañía y escudo.

—¿Eso vas a hacer: embriagarte porque tu novio te engañó con otra? —bufó—. Creí que eras la “señorita perfecta”.

Nuevamente me encogí de hombros.

—Todo el mundo lo ha hecho al menos una vez en su vida. ¿No crees que es mi turno? Tengo veintitrés años, ¿Cuándo crees que tendré otra oportunidad para cometer una tontería así?

—Hablas como si ese tipo fuera el único capaz de engañarte —Touya tomó de su cerveza y yo le lancé una mirada asesina.

—¿Qué se supone que quieres decir con eso? ¿No crees que encontraré un hombre fiel para pasar mi vida con él?

Mi compañero de bebida se tomó su tiempo para acomodarse contra la barra y girarse para contemplarme abiertamente de pies a cabeza y luego de regreso. Apoyó entonces un codo sobre la barra y luego el mentón en la mano.

—¿Sabes? Normalmente las mujeres pasan por un “todos los hombres son iguales” antes de lanzarse nuevamente a la cacería del tipo ideal.

—En primer lugar, yo no soy una mujer “normal”. En segundo lugar, no he dicho que quiera lanzarme en una nueva “cacería” como dices —suspiré.

—¿Ah, no? —él fingió desilusión—. Vaya, y yo que creí que me habías llamado para eso. Incluso me puse ropa interior nueva.

Ese tipo. ¿Qué tenía ese tipo que era tan descarado y aun así lo soportaba? Pero con el pasar del tiempo había aprendido a seguirle un poco la corriente.

—Tienes razón, ahora que finalmente soy soltera debería ir y desatramparme con el primer tipo que se me cruce. Después de todo ya estoy vestida para la ocasión: corsé, liguero y medias; pero lamento decepcionarte, Touya —ahora yo alcé una ceja y enseguida le guiñé un ojo—, eres el papá de Ryusei-kun, por lo tanto estás fuera de mis ligas.

—¿Qué? —ahora él simuló estar ofendido—. Soy su padre, no un maldito eunuco. Y si vuelves a mencionar la palabra “liguero” enfrente de mí…

Solté una carcajada. ¿Yo, riendo a carcajadas? No sólo Touya, hasta yo me sorprendí por ello. Pero no había problema, podía culpar al alcohol y al día tan intempestivo que había tenido: el trabajo, el viaje a Tokio, encontrar a Eriol con otra, el asunto del “disfraz”, el tremendo acto teatral que había terminado representando para terminar regresando a Tomoeda con el orgullo pisoteado y las manos vacías y llamar de madrugada a nadie menos que el papá de uno de mis alumnos para embriagarnos juntos. Todo parecía sacado de un chiste surrealista. ¿Por qué no rendirse de una vez y soltar una carcajada? La merecía, después de todo, y Touya pareció estar de acuerdo porque una abierta sonrisa se hizo camino en sus labios, extendiéndose mucho más allá que aquella sonrisa suspicaz y burlona tan suya, llegando a formar un hoyuelo en su mejilla izquierda y dejando entrever sus dientes perfectos.

—Si sigo bebiendo así tendrás que llevarme a casa —comenté tras recuperar el aliento y él se encogió de hombros.

—¿Eso quiere su alteza real? Le tengo otro trato: la llevaré a mi casa. Queda más cerca.

—Ni se te ocurra —le señalé con un dedo—. No permitiré que Ryusei-kun me vea en este estado.

—Si voy a ser el conductor designado, entonces yo decidiré a dónde iremos —él tomó mi dedo con una mano y se inclinó un poco hacia mí—. Además, llevé a Ryu con Yukito antes de venir. No iba a dejarlo solo en casa a medianoche sin saber cuánto demoraría o siquiera si regresaría a tiempo por la mañana. Aunque seguro se sorprenderá mucho cuando despierte y se descubra en otra cama.

Como siempre, Touya tenía que sacar primero su faceta de buen padre. Podría ser todo lo que quisiera, pero antes que nada estaba su hijo. Ahora recordaba por qué me agradaba tanto su presencia.

—No importa, me llevarás a mi casa.

Él silbó ignorándome olímpicamente y dejamos el tema zanjado por lo pronto para continuar brindando. Touya duró por lo menos otra media hora con la misma cerveza ahora que lo había condenado a manejar por los dos y yo continué pidiendo whisky. Admito que esa costumbre me había quedado por culpa de Eriol. El bastardo tenía un gran gusto para el whisky y siempre que salíamos a beber era ésa la poción elegida. Transcurrida una hora comencé a darme cuenta de que pedir un vaso más sería mi perdición, así que decidí que era momento de retirarnos de ahí. Al intentar ponerme de pie el mundo giró catastróficamente a mi alrededor y mis piernas se negaron rotundamente a detenerme. No pude evitar preguntarme qué diría mi madre si me viera en semejante estado.

—Eres un desastre —Touya me tomó de la cintura y sujetó con la otra mano uno de mis brazos para ayudarme a caminar. Estaba tan ebria que mi reclamo salió como un bufido incomprensible.

—Soy un desastreee… —tararé sin ritmo alguno.

—Nunca dejes de ser maestra —soltó de pronto y yo le miré confundida. Me costó un poco de trabajo enfocar sus ojos oscuros estando tan cerca, pero al final lo conseguí.

—¿Lo dices en serio?

—Sí —su rostro era toda seriedad—. Como cantante serías un fracaso.

No iba a decirle que siempre fui la estrella del coro hasta la universidad y fallé en darle un codazo, por lo que me limité a hacer un mohín y dejar que me arrastrara hasta el automóvil. Una vez ahí me relajé contra el asiento.

—Admito que cuando me llamaste pensé que te encontraría llorando desconsoladamente —dijo al entrar al auto y colocarse al volante. Ya a medio sueño alcé ambas cejas.

—No lloraré por un idiota como él.

—En verdad eres única, profesora.

¿Eso era un halago? No lo supe. Mis ojos estaban cómodamente cerrados y no los volvería abrir sólo para descubrir su sonrisa socarrona.

 CD- Tomoyo on a couch

Notas de la autora: gracias a todos por su paciencia. He tenido unas semanas alocadas después de exámenes, así que casi no podía sentarme a la computadora, pero vaya que me he divertido… y lastimado casi cada parte del cuerpo, jaja.

Éste fue uno de los primeros capítulos que escribí (y de mis favoritos). Es aquí donde aflora mucho sobre la personalidad de ambos personajes, además de que da un giro radical a la historia. Como vemos, Eriol no es ningún santito ni el hombre perfecto (lamento mucho desilusionarlas), y Touya es… Touya.

Hay un nuevo dibujo disponible para este capítulo en mi DeviantArt (IsisTemptation) y Facebook (Isis Temp). Espero que les guste, sobre todo a los varones que me leen y que me habían preguntado si habría algo para ellos.

Muchas gracias por sus comentarios y espero volver a leernos pronto.