10. No dudes ante el futuro, porque nunca preguntará si estás lista para él

Cuando consulté mi reloj de pulsera y vi que faltaban cinco minutos para las doce agradecí haberme cuidado durante la fiesta para no tomar de más. No quería siquiera imaginarme lo que sería de mí si, encima de la ansiedad, tuviera una resaca.

Fui a darme un último vistazo al espejo y corroboré que todo estuviera en su lugar: ropa, peinado, maquillaje y accesorios. Sin nada más qué hacer, regresé a la sala y decidí ponerme a hojear el programa para la siguiente semana de clases, pero no había terminado de leer la primera página cuando sonó el timbre.

—Buenos días princesa —me encontré de frente con un ramo de flores nada más abrir la puerta. Eriol era el único hombre que conocía capaz de cruzar Tokio, viajar cuatro horas en tren y luego atravesar Tomoeda con una veintena de claveles rojos y blancos envueltos en papel celofán y listones de colores sin sentir el menor pudor—. Te ves hermosa —me susurró con su característica sonrisa cuando bajó el ramo para entregármelo en la mano.

—Gracias. Tú también te ves muy guapo hoy —dije sinceramente tomando las flores y caminando al interior—. Pasa, por favor.

Eriol me siguió a la cocina, donde arreglé un florero con agua que después puse en la mesita de la sala.

—¿Viniste en tren cargándolas? —comenté casualmente y él se encogió de hombros.

—Hoy decidí venir en auto. Así conduciré yo  esta vez. Después de todo creo que ya puedo moverme por los sitios a donde me has llevado. Pude llegar a tu casa sin usar el GPS, así que supongo que ya es un buen logro, ¿no te parece?

—Tienes buen sentido de la ubicación. Seguro que sí —sonreí y él se adelantó de pronto para tomar mi mano y besarla.

—Te noto incómoda. Es raro que no me mires a los ojos —soltó y no me quedó más que aceptarlo. Era imposible engañar a ese hombre—. Está bien, yo también he estado pensando en eso… y creo que tengo que disculparme contigo.

Lo miré como si le hubiera salido una llama de la cabeza. Aunque imaginaba que Eriol quería arreglar las cosas de la mejor manera, nunca hubiera pensado que comenzaría por disculparse. Simplemente no estaba preparada.

—Está bien —contesté automáticamente—. Supongo que ambos hemos cometido errores.

—Creo que tienes razón. ¿Te parece si lo hablamos en la comida? —y su sonrisa encantadora se ensanchó—. Estaba tan ansioso por verte que sólo desayuné una manzana que tomé en el camino y ahora estoy muriendo rápidamente de inanición.

—Claro —no pude más que contagiarme por su sonrisa y el melodramático toque de su recuperado buen humor. Pronto salimos del pequeño edificio hacia su auto, estacionado junto a mi cajón.

El camino no fue silencioso, pero sí trivial. Hablamos sobre lo que habíamos hecho la última semana: él, sobre un par de problemas que tuvo en la oficina y yo sobre los planes que teníamos para el festival de deportes de la escuela. Me preguntó sobre la fiesta y le conté a grandes rasgos cómo había transcurrido, aunque por sentido común preferí omitir los detalles de mi trato con el hermano de Sakura. Ya en el restaurante, tomamos una de las mesas de la terraza y continuamos con la misma conversación casual  mientras ordenábamos nuestros platillos. Yo había desayunado bastante bien, por lo que ordené algo sencillo, pero Eriol no lo pensó dos veces antes de pedir uno de los platos fuertes mejor servidos y una buena botella de vino. Esperó entonces a que se marchara el mesero para tomar mi mano sobre la mesa.

—No he dejado de pensar en ti toda esta semana —dijo plantando un beso en mis dedos—. He repetido la conversación del domingo una y otra vez en mi cabeza, y sólo entonces me di cuenta de que estaba siendo muy egoísta contigo al pedirte elegir entre hacer lo que amas y estar con quien amas —entonces me miró y tuve que confrontar la sinceridad de sus ojos azules, siempre tan tranquilos, pero visiblemente arrepentidos. Nuevamente sentí que me estaba desarmando. No podía negarme a esa mirada, a esas palabras ni al amor con el que Eriol me trataba. Era simplemente impensable seguir dándole vueltas al asunto y atropellarlo con mi dignidad de “mujer independiente”. A final de cuentas, todo había empezado por eso: una lucha de orgullos, pero no entre Eriol y yo, sino entre mi madre y yo. Eriol no era más que un “daño colateral” en nuestra historia de batallas sin cuartel.

Y aun así era él quien se disculpaba.

—Lamento haber puesto en duda tu sinceridad y pensar que mi madre te había manipulado para hacerme regresar a Tokio. Creo que fui un poco paranoica —admití apretando su mano. El efecto fue inmediato y le vi sonreír.

—Lo fuiste, pero tienes tus razones —me dirigió esa mirada de niño inocente pero astuto, única en él—. Entonces… ¿te casarás conmigo?

—Yo… —titubeé y me quise morder la lengua por eso. ¿Cómo era posible que me atreviera a titubear después de eso?

—Si quieres terminar tu año en la escuela, estoy totalmente de acuerdo. Es tu primer grupo y entiendo que quieras verlos pasar de año. Me encontré por casualidad con unos ex compañeros del instituto que ahora son profesores, y los tres (sobre todo las mujeres) coincidieron en que un alumno es casi como un hijo, así que no quiero arrancarte de su lado antes de tiempo.

¿Eriol tenía amigos que ejercían de maestros? No lo sabía hasta ahora, pero era una noticia agradable. Conociéndolo, esa “casualidad” de la que hablaba probablemente se debía a que en realidad había contactado a sus amigos para poder conocer un poco más sobre lo que yo pensaba y sentía. A pesar de los años juntos, esa habilidad suya de ponerse en sintonía con los demás aún me sorprendía cada vez que hacía acto de aparición. Lo había dicho antes y muy en serio: tenía el novio perfecto.

—Gracias —respondí conmovida.

—Después… ¿regresarías a Tokio? Puedes continuar trabajando allá. No te pediré que renuncies a lo que tanto trabajo te ha costado, y si tu madre insiste en que formes parte en su empresa prometo ya no interponerme en sus discusiones.

Iba a responder cuando regresó el mesero con el vino. Mientras descorchaba la botella y servía ambas copas me quedé abstraída contemplando los cubiertos. Su fino destello me recordó a los que habían colocado para la boda de Sakura la noche anterior. Las ideas comenzaron a conectarse una tras otra, trayéndome memorias ácronas de Sakura sonriendo del brazo de Syaoran; de ambos jurándose amor eterno con una mirada que hacía al resto del mundo desaparecer; de la pequeña y sonrojada Ayami compartiendo su almuerzo con Ryusei durante cualquier día en la escuela; de Sakura atragantándose con la champaña ante la pregunta de una de las hermanas de Syaoran sobre sus planes para la noche de bodas; del arrebolado Ryusei al tropezar mientras bailábamos y la sonrisa burlona y silenciosa de su padre al verlo.

Pensaba en todo esto y más mientras Eriol me tendía la copa y me proponía brindar por nosotros. En silencio agregué a ese brindis un deseo que por el momento no me atrevería a exteriorizar: formar una familia como los Kinomoto: con un amor invaluable como el de Sakura y Syaoran y una relación con mis hijos como nunca había visto antes de conocer a Ryusei y a su padre; sin abismos insalvables ni luchas de orgullos.

—¡Salud! —le sonreí a mi novio sintiendo que el corazón se disparaba en mi pecho, pujando entre el pánico a lo desconocido y la emoción de una nueva esperanza. Si ésta era mi oportunidad de vivir como Tomoyo y no sólo como una Daidouji, entonces la tomaría.

————–

Al llegar a casa y escuchar el auto de Eriol marcharse para empezar su largo camino de regreso a Tokio lo primero que hice fue soltar un enorme suspiro. Esta vez era de verdad. Estaba comprometida y los planes (al menos el panorama general) estaban hechos: dentro de menos de un año estaría casada con Eriol Hiragizawa. Aún sentía que me temblaban las rodillas y se me cerraba la garganta, pero ahora comprendía que era lo más esperable: un poco de temor y emoción, aunque no sabría cuál triunfaba hasta el momento. Lo importante era saber que era la mejor decisión y pasaría el resto de mi vida con el hombre que amaba. Dejaría de ser el novio perfecto para convertirse en el marido y, aunque por el momento no lo hubiéramos discutido, seguramente también el padre perfecto.

Suspiré nuevamente y entonces tomé mi celular. Le había prometido anunciarle la noticia cuando tomara una decisión y finalmente había ocurrido, así que con los dedos aún trémulos escribí el mensaje, que tardé cerca de tres minutos en formular correctamente, en parte por mis movimientos entorpecidos, en parte por mi indecisión al momento de escoger las palabras, pero quedé satisfecha cuando lo leí antes de mandarlo:

“Hablé con él. Nos casaremos el próximo año.
Estoy nerviosa, pero también feliz.
Muchas gracias por tu apoyo y por compartir conmigo parte de lo que puede llegar a ser una vida al lado de la persona que amas”

Encontré a Sakura en la lista y se lo envié. Entonces me fui a desvestir y tomar mis cosas para darme un buen baño, pero justo cuando abría la llave de la tina escuché el sonido lejano de mi celular en la sala. Maniobrando con la toalla que se me caía del pecho mientras caminada a rápidos trompicones, no me fijé siquiera en el identificador antes de aceptar la llamada y llevarme el teléfono al oído.

—Diga.

—Supongo que debo felicitarte, aunque aun no entiendo por qué habrías de agradecerme nada—sin necesidad de verlo, pude percibir su burla al otro lado de la línea—. En cuanto a lo de… espera… “compartir parte de lo que puede llegar a ser una vida al lado de la persona que amas”; sí sabes que eso de ser pareja durante la boda era algo ficticio, ¿verdad? Lamentaría tener que romperle el corazón, profesora.

¿Quién más podría hablar con semejante mofa y su bien dotada pizca de altanería? Me quedé de piedra al instante

—¿Touya?

—El mismo.

Entonces lo comprendí y sentí que me ponía colorada como un tomate:

—¿Te mandé a ti el mensaje? ¡Ay no…! —me llevé una mano a la cara, avergonzada, aunque igualmente no serviría de nada porque él de cualquier forma no podía verme, aunque tan sólo de escuchar su risa ahogada supe que podía imaginarme muy bien—. Lo siento, era para Sakura-chan. Supongo que me equivoqué y escogí sin querer al Kinomoto equivocado —no era difícil de adivinar. Por obvias razones alfabéticas, Sakura y su  hermano estaban uno al lado del otro en mi directorio.

—Excelente, entones no tengo que sentirme mal de haberte convencido de hacer algo así si la culpa es de Sakura.

—¿Culpa por ayudarme a decidir casarme con un buen hombre? —con eso logró hacer que olvidara mi pudor por lo pronto—. ¿Debo tomarlo de alguien que a sus treinta años y con un hijo sigue sin aceptar un compromiso?

Así que la profesora sabe dar golpes bajos… —otra vez esa manía de pronunciar “profesora” con ese tono arrastrado. Sólo él parecía poseer ese talento. Le iba a contestar con alguna otra tontería, pero de pronto recordé que él no se encontraba soltero precisamente por gusto: Touya Kinomoto había amado a una mujer, la madre de su hijo, y se habían comprometido a estar juntos pero fue la muerte quien se interpuso entre ambos. Me mordí el labio.

—Lo siento. No quise decir eso.

—Claro que quisiste. Quizás tengas razón.

¿Me estaba dando la razón y hablando con madurez? A veces —mejor dicho, la mayor parte del tiempo— actuaba como un auténtico adolescente, de manera que me sorprendió bastante.

—Eso parece, al menos en la superficie, pero es porque das esa impresión —carraspeé un poco—. Pero, ahora que lo pienso mejor, ¿no es acaso porque no piensas arriesgarte antes de encontrar a la indicada? —me atreví a preguntar. Me sentía bastante valiente, así que era momento de poner la carne al asador—. Asumo que no estás buscando a una mujer solamente, sino a una madre para Ryusei-kun.

No se trata sólo de mí —replicó él siguiendo mi conversación con toda la naturalidad del mundo, sorprendiéndome aun más—. No puedo pedirle que acepte a cualquier mujer como su madre. Conociéndolo, sé que no le molesta que salga y conozca a algunas mujeres, e incluso se esforzaría por aceptar a cualquiera que yo escogiera, pero no quiero forzarlo a nada. Si vamos a ser una familia, él debe sentirse parte de ella desde un inicio.

Sentí que el teléfono bailaba en mi mano mientras le escuchaba hablar así. Simplemente nunca hubiera imaginado que él sería capaz de decir semejantes cosas frente a mí. Touya solía dar la impresión de ser una persona cerrada y recelosa con su vida personal, pero ya me había mostrado en más de una ocasión una apertura que aún me costaba trabajo asimilar. Ni siquiera yo había sido tan abierta con él con respecto a mi vida privada. En verdad me era difícil entender esa actitud suya: cuando llegaba el momento era sincero y auténtico, aunque la mayor parte del tiempo parecía disfrutar fastidiándome la vida como si fuera su hermana…

Su hermana, repetí una y otra vez en mi cabeza. Finalmente todo parecía aclararse como si un huracán sacudiera las telarañas de mi cerebro. Sakura y yo teníamos la misma edad, y aunque el rechazo que Touya sentía por mí era evidente al momento de conocernos, de pronto éste se fue transformando poco a poco en un estira-afloja en nuestro trato diario, pero no pensado para dañar al otro, sino para obtener alguna reacción “interesante” a cambio. ¿No era así como Sakura me había explicado su relación con él?

—¿Sabes? Los teléfonos se inventaron para hablar. No puedo verte y saber lo que estás pensando —se burló al otro lado—. ¿O ya estás soñando despierta con tu boda de ensueño igual que el monstruo? —chasqueó la lengua—. Con un demonio, ustedes sí que se parecen.

Touya me comparaba con Sakura. Era por eso que me había permitido entrar en su vida.

—Disculpa, estaba pensando en lo que me habías dicho —confesé—. En verdad me parece muy loable la forma en la que cuidas de Ryusei-kun.

—¿Loable? —rió—. Si no me equivoco, fuiste tú la que dijo que era un pésimo padre. Apuesto a que pensaste que él no merecía tener a un patán como yo.

No pude evitarlo, simplemente no pude. Me había leído tan precisamente que incluso me causó gracia. Solté una carcajada y me llevé rápidamente la mano a la boa para intentar sofocarla, aunque del otro lado pude oír ese clásico resoplido que emitía cuando su risa burlona asomaba más de la cuenta.

—Perdón. Eso pensaba, pero parecía que te esforzabas en hacérmelo creer.

—¿Y ahora? ¿Qué piensa la “profesora favorita”  de Ryu?

—Creo que me reservaré el comentario —sonreí con auténtica malicia. Me agradaba la idea de dejarlo con la duda—. Pasando a algo más importante: es la segunda vez que dices que soy su “profesora favorita”.  ¿Acaso él dijo eso?

—No lo sé. Creo que me reservaré el comentario —sin necesidad de verlo pude imaginar su media sonrisa, aún más maléfica que la mía, y su mirada maquiavélica regodeándose de dejarme con la duda. Pero tenía que controlarme, aunque cualquiera que me conozca realmente bien sabría que la curiosidad es mi mayor debilidad.

—Entonces asumiré que eso es un sí —intenté sonar confiada, pero aún tenía la esperanza de que desistiera de lo suyo y me dijera lo que opinaba mi alumno sobre mí. ¿Acaso le gustaba la manera en la que daba las clases? ¿O era mi trato personal? ¡Diablos! A cualquier maestra (sobre todo novata, como yo) le gustaría saber lo que sus alumnos opinan sobre ella.

Suspiré.

—Creo que te extrañará si te vas de Tomoeda —soltó de pronto y una amarga sensación me llenó la garganta—. Nunca había platicado tanto sobre algún profesor. Cuando llega a casa lo primero que hace es ponerse a hablar sobre ti y la cantidad de cosas que les enseñas.

Fue como recibir un baldazo de agua fría en invierno. Me hizo temblar de pies a cabeza y no tuve más palabras para responderle. ¿En verdad Ryusei hablaba tanto de mí?

No me crees. Bueno, deberías saberlo sin que tuvieran que decírtelo —soltó un bufido cuyo significado no alcancé a reconocer, aunque lo siguiente que dijo me dio una buena pista—. Aunque espero que no se siga encariñando tanto contigo de ahora en adelante. Yue dice que está en una edad en la que comienzan a ver una segunda figura materna en la maestra. El problema es que él nunca tuvo una…

Y los baldazos seguían llegando uno tras otro. Sentí que los dedos se me entumían y tragué saliva. Ese pequeño se estaba robando una parte de mí que ni siquiera sabía que existía.

—¿Por qué me dices esto? —pregunté antes de darme cuenta.

Buena pregunta… Mejor olvídalo, no quiero que pienses que te estoy manipulando para que sientas preferencia por él y le des mejor calificación que a los otros. Como maestra, tu objetivi…

—No lo decía por eso —suspiré—. En fin… ¿puedo hacerte una pregunta un poco personal?

—Puedes. No significa que tenga que responderla.

Agradecí que no pudiera ver mi sonrisa torcida. Por supuesto que sólo alguien como él podría contestar algo así.

—¿Cómo era… ella?

—¿Nakuru?

—Sí, su madre —me mordí el labio. ¿Qué diablos debía importarme a mí cómo fuera la difunta madre del pequeño Ryusei?

—Parecía un personaje de película.

—¿Qué clase de comentario es ése? —fruncí el ceño. Definitivamente había esperado cualquier respuesta, menos aquélla—. ¿Lo dices por lo bella que era?

No —escuché movimiento al otro lado de la línea. Supuse que había comenzado a caminar, aunque no parecía estar en la calle—. Quiero decir: sí era hermosa, pero no era a eso a lo que me refería. Es sólo que nunca he encontrado a una mujer así en la vida real. No sólo era extrovertida, sino muy… sui géneris. ¿Te he dicho que se metía incluso al dormitorio de varones en la universidad para buscarme? Estaba prohibido hacerlo, pero a Nakuru nunca le importó. Para ella no existían planes. Si quería ver a alguien, simplemente lo hacía sin pensar en anunciarse.

—No me imagino haciendo eso —confesé.

—Nakuru era una persona libre. Tú llevas una vida más rígida. Apuesto a que siempre debes concertar una cita con tu novio para poder verlo.

—¿Estás diciendo que soy una persona cuadrada? —me molestó un poco, lo admito. Incluso sentí mis dedos aferrarse con más fuerza al teléfono.

—Podrías demostrarme mi error. Dime, ¿Alguna vez lo has hecho?

Ver a Eriol sólo por el hecho de verlo, sin tener que anticiparlo y siguiendo nada más que un deseo por estar con él como Nakuru con Touya. No, no podía mostrarle que estaba equivocado, porque no era así. Mi silencio fue su respuesta, pero antes de que pudiera sentirme más incómoda al respecto, volví a escuchar algo al otro lado de la línea.

—¿Con quién hablas papá?

Me brincó el corazón al escuchar su voz. Ese espíritu maternal que parecía dormido en mí la mayor parte del tiempo se encendió recordando las palabras de su padre minutos antes. Definitivamente un alumno es mucho más que sólo eso, pensé.

—Averígualo tú mismo. ¿Quieres hablar con ella?

—¿Ella? ¿Es la tía Sakura?

—No.

Oí cuando el auricular cambiaba de manos. Entonces su voz, aún más aguda a causa de la línea telefónica, timbró en mis oídos.

—¿Ho…hola? Habla Ryusei Kinomoto.

Un nuevo ataque de ternura me invadió al notar la formalidad con la que se presentaba. Podía sentir su bochorno llegar hasta mí y sin embargo había cogido el teléfono y trataba de saludar a la persona desconocida al otro lado. Ese pequeño ángel había caído en una travesura más de su padre.

—Buenas tardes, Ryusei-kun —me animé a saludar y pude escuchar su sorpresa.

—¡Profesora Daidouji! Bu…buenas tardes —intentó continuar más calmadamente—. Ya hice mi tarea para mañana.

Casi quise reír.

—Me alegra mucho. Eres un chico muy responsable.

—¡Mi papá me ayudó! —anunció con orgullo—. Él sabe mucho de matemáticas.

Esta vez era mi turno de sorprenderme. No le había preguntado nada al respecto. Tratándose de Ryusei cualquier información extra siempre parecía innecesaria a menos que fuera expresamente solicitada. ¿O es que acaso era algo que quería compartir conmigo aunque no se lo preguntara?

Claro, pensé, para un niño su papá siempre será su más grande héroe.

—Entonces… si veo algún error en tu tarea, la mala nota será para tu papá —bromeé, aunque en mi interior una amarga sensación se había formado. Recordé cuando yo misma era una niña… cuando Sonomi Daidouji aún era mi más grande modelo a seguir: mi heroína. Y a mediodía me había disculpado con Eriol por pensar que mi madre lo había manipulado. Me había vuelto una paranoica tratándose de ella.

¿En qué momento cambió todo para llegar hasta esto?

—Ryusei-kun —continué, luchando por recuperarme—, tu tía Sakura me dijo ayer que estás entrenando mucho para el festival de deportes. ¿Es cierto que además del equipo de fútbol estás saliendo a correr con tu papá?

Sí —habíamos regresado a las respuestas precisas. Irremediablemente me arrancó una sonrisa.

—Te interesan mucho los deportes, ¿verdad?

Esta vez la respuesta demoró más tiempo de lo esperado. Casi podía ver sus ojos parpadeando como cuando hacía cuando meditaba algún tema.

No sé.

Tenía que aprender a formular mis preguntas si quería obtener más información de mi pequeño alumno. Al contrario del resto del universo, las preguntas cerradas y reducidas a un o no (o un no sé, como en este caso) no eran la solución con Ryusei.

—Sin embargo estás entrenando muy duro, así que supongo que te interesa ganar, ¿No es así? —otra vez una pregunta cerrada, así que intenté compensarla—. ¿Por qué?

Sí —por el tono de su voz imaginé su distintiva seriedad—. Papá y la tía Sakura ganaron todas las competencias de deportes cuando estuvieron en la primaria, así que quiero hacer lo mismo.

¿Sakura también era una atleta? Esa chica era un estuche de monerías. No sé si así era también en sus tiempos, pero algunas de las competencias en nuestra escuela son mixtas, por lo que no es fácil que una niña les gane a sus compañeros en todo. Sentí que mi admiración por la joven Kinomoto crecía un poco más. Mi habilidad para los deportes quedaba reducida al esquí de montaña durante el invierno y salir a correr por las mañanas. No me quejo: mi condición física no es mala, pero los deportes de competencia, en equipo o de contacto jamás fueron lo mío pese a que se supone que debo ayudar a mis alumnos a prepararse para el festival.

—Quizá sería bueno que me uniera a esos entrenamientos —bromeé. Craso error: tratándose de Ryusei Kinomoto nada es una broma, y me di cuenta de mi metida de pata cuando escuché al niño dirigirse a su padre al otro lado de la línea:

Papá, ¿puede entrenar la profesora Daidouji con nosotros?

Sentí que me cambiaba la cara de color y se me incendiaban las orejas. ¿Ahora qué iba a pensar Touya con eso? No te importa lo que él piense, intenté convencerme. Pero entonces escuché la risa apagada del otro.

¿Crees que pueda con el entrenamiento?

Con seis palabras encendió la chispa de mi orgullo. No me subestimes, Touya Kinomoto. Pero antes de que pudiera continuar con mi tren de pensamientos mi encantador alumno salió en mi defensa:

¡Claro que sí! La profesora Daidouji puede con todo.

Ese niño merecía un abrazo, un beso, un chocolate (o quizá un millar) y todo mi amor. Por alumnos como él es que todo valía la pena.

¿Cómo estás tan seguro?

Me estaba dando cuenta de que había sido dejada a un lado en esa conversación. ¿Ryusei se habría olvidado de que yo seguía al otro lado de la línea?

La vez que vino a comer pizza comió casi lo mismo que tú, y ayer durante la boda también comió muchísimo. Es como la tía Sakura o el tío Yukito, que comen mucho porque hacen mucho ejercicio.

Escuché las carcajadas de Touya tan claras y estridentes como un trueno y no supe si reír o llorar. Con semejante argumento ya no estaba tan segura de querer que mi pequeño defensor continuara abogando por mí. Sentí mi cara arder nuevamente: el día de la pizza había comido más de la cuenta por cuestiones de orgullo frente a la mirada burlona de su padre, y durante el banquete por la boda de Sakura no había podido parar de comer, ansiosa ante el prometido encuentro con Eriol y sus posibles consecuencias.

Entonces dile que puede empezar mañana mismo. Dile que venga contigo saliendo de la escuela, pero que no crea que voy a ser blando con ella sólo porque es mujer o porque es tu maestra. Todos entrenaremos a la par.

¿Me estaba retando? Alguien debía aprender que nadie se mete con el orgullo de un Daidouji. Cuando escuché movimiento en el teléfono supe que finalmente Ryusei se había acordado que estaba ahí.

Profesora Daidouji, dice mi papá que…

—Gracias Ryusei-kun, ya lo escuché —sonreí—. Dile que ahí estaré a partir de mañana. Tiene mi palabra.

 

Notas de la autora: finalmente de regreso después de un mes caótico de exámenes, aunque aún tengo que presentar otros dos la próxima semana. Dependiendo de esto es posible que se retrase otra semana la actualización de Moonlight Sonata y (por consecuencia) otra semana la de esta historia, así que tendré que pedir otra vez su paciencia, aunque les agradezco mucho la que ya han tenido durante todo este mes.

En fin, este capítulo en sí es tan sólo un preámbulo al que sigue, porque la trama está a punto de cambiar 180°, así que las cosas se pondrán muy interesantes entre este par.

Por cierto, hay quienes me han solicitado un POV de Touya. No lo había pensado en un inicio, pero ahora la idea juega en mi cabeza, así que también me interesa su opinión: ¿les interesa un POV de este genial hombre? No sé si prefieran quedarse con la duda sobre lo que va pensando o saber qué es lo que ocurre en esa impredecible cabeza. Así que en sus comentarios (que siempre es un placer recibir y que agradezco de todo corazón), pueden decirme si les interesa y por qué. Me agradaría saber lo que piensan al respecto.

Muchas, muchísimas gracias por su apoyo, sus hermosos comentarios y por seguir esta extravagante historia. Veo que ya muchos la han incluido entre sus alertas y favoritos, y sinceramente eso es todo un honor para su humilde autora.

¡Hasta la próxima!