1. Si vas a caer, levántate con dignidad

Disclaimer: Card Captor Sakura y todos sus personajes pertenecen a CLAMP. La historia y demás personajes son de mi autoría.

Sonó la campana. Las clases del primer día oficialmente habían llegado a su fin.

Dios, juro que desde la escuela media superior que no había esperado tanto por ese glorioso sonido. Inclusive había olvidado esa sensación de ligereza sobre tus hombros cuando ese chirrido se esparce por los pasillos y anuncia que finalmente eres libre por el resto del día.

Y claro, digo desde el bachillerato porque no recuerdo campana alguna durante la universidad, además de que entonces el final de una clase lo único que logra anunciar es el inicio del verdadero suplicio: estudios, proyectos y prácticas. Por eso, que todos los ángeles bendigan el primer empleo… o al menos eso pensaba yo a mis 23 años en mi primer día de trabajo como profesora en la Escuela Primaria de Tomoeda, una pequeña ciudad al sureste de Tokio que apenas si conseguía figurar en el mapa.

Daba igual, pensaba yo. La ciudad era tranquila y la gente muy amable, como lo era la encantadora señora que ahora se aparecía en mi salón de clases marcado por fuera como el “3-A”.

—¿Qué tal tu primer día, Daidouji-san? ¿Cómo se portaron esos pequeños diablillos contigo?

—Mucho mejor de lo que esperaba, Nakamura-san, aunque admito que estaba muy nerviosa —le sonreí y era la verdad. Por primera vez tener frente a mí a cerca de treinta pequeños sin supervisión de mis superiores o tutores había sido absolutamente escalofriante, pero en mi familia tenemos un dicho: si tienes miedo debes estar siempre a un paso de él y nunca, nunca permitas que te alcance. En serio, es algo así como una frase Daidouji. Mamá no sería la temible e infalible presidenta de uno de los emporios más grandes de Japón si no siguiera estas palabras al pie de la letra, y ciertamente yo no hubiera tenido el valor de enfrentármele para negar el puesto que supuestamente debía ocupar para dedicarme a la educación si tampoco lo creyera.

—Parecen unos ángeles ahora, pero créeme —la profesora Akane Nakamura interrumpió mi soliloquio interno y atrajo nuevamente mi atención—, cualquiera de esos niños puede darte una buena sorpresa uno de estos días, así que no se te ocurra subestimarlos y mantén siempre el orden. Que nunca olviden que eres su profesora, no su amiga —me guiñó un ojo un poco en broma, un poco en serio. Tendría que tener razón en algo, pensé, después de todo ella era la maestra del segundo grado y le había tocado tratar con la mayoría de mis actuales alumnos, por lo que decidí no echar en saco roto su consejo, aunque iría siempre a mi paso.

Salí del aula y caminé al lado de la mujer por el pasillo. Teníamos una primera reunión en el salón de profesores en unos minutos y hacia allá nos dirigíamos. En el camino optamos por intercambiar impresiones sobre el primer día de escuela y mi proceso de adaptación al nuevo ambiente. Después de todo, hacía apenas dos semanas que había llegado de Tokio y nada dejaba de ser nuevo.

—¿Cómo vas con los nombres de tus alumnos? —rió ella—. ¿Qué te pareció el pequeño Schweinsteiger?

Solté una risilla y meneé la cabeza burlándome de mí misma al escuchar aquel nombre.

—Después de cinco intentos decidí dejarlo por la paz y le pregunté cómo le llamaban sus compañeros. Definitivamente “Paul” a secas es mucho más fácil —suspiré. Los niños seguramente tuvieron que esforzarse por no reír a carcajadas al escucharme intentar en vano nombrar a su compañero alemán.

—¿Y Kinomoto? —continuó Akane—. Quizás es muy pronto aún para que te hayas dado cuenta, pero créeme: ese niño es todo un personaje.

—¿Kinomoto-kun? —arqueé una ceja e intenté recordar al susodicho. No, ciertamente aún no me aprendía los nombres de prácticamente ninguno de ellos. Evidentemente la profesora Nakamura se dio cuenta de ello y me dio una palmadita en el hombro.

—Te entiendo, pero no te frustres. Ya lo conocerás, a él y a todos los demás. Te aseguro que en pocos días los memorizarás todos. Al final esos pequeños serán como tus propios hijos, y es ahí donde viene el problema…

—¿Encariñarme mucho con ellos y después tener que dejarlos ir? —pregunté ingenua. ¡Oh, qué ingenua era yo frente a esa experimentada mujer! Y su mirada de autosuficiencia me lo hizo saber inmediatamente al tiempo que me daba un pequeño codazo en el costado.

—No, que no te puedas quedar con los padres —me guiñó un ojo y sentí que un calor insufrible me trepaba a la cara.

—¡Nakamura-san! —me escandalicé. No me podía imaginar hablando de un tema así con una cincuentona. “Mojigata”, pude leer claramente la palabra en sus pequeños y burlones ojos oscuros. Esa mujer era absolutamente punto y aparte en la pequeña Tomoeda, pensé.

—Ah, y hablando de Kinomoto-kun… —sonrió plantándose frente al salón de maestros y antes de posar una mano en la puerta me guiñó nuevamente un ojo—, su papá es todo un ejemplar. Ya que lo conozcas me dirás si no está para comérselo entero y en caliente.

—¡Nakamu… Buenas tardes! —tuve que tragarme mi tremendo sonrojo cuando la mujer abrió de improvisto la puerta y me dejó frente a frente con el resto del profesorado que ya ocupaba su lugar.

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¿Cómo estuvo tu primer día, princesa? —me preguntó Eriol por la tarde. Yo intentaba hacer algunos malabares para sostener el teléfono entre mi mejilla y mi hombro para conseguir sacar algo de dinero de mi cartera y pagar a la cajera del supermercado que me miraba con el gesto aburrido de quien igual podría estar trabajando que tirándose a un barranco.

—Muy bien, todos los niños parecieron encantados con su nueva maestra —respondí orgullosa al tiempo que triunfalmente sacaba unos billetes y los tendía a la mujer.

¿Quién no lo estaría, con esa sexy y hermosa maestra? —le escuché reír—. Procura no destapar todos tus encantos con ellos, o no querrán pasar de año. A mí no me importaría repetir con una profesora así…

Mi novio, Eriol Hiragizawa, siempre fue de esas personas que saben muy bien cómo y en qué momento sacarte una buena carcajada. Nos conocimos en la universidad: él estudiaba Leyes y yo Pedagogía. Él consiguió un buen trabajo en Tokio, así que por lo pronto procurábamos hablarnos todos los días y vernos los fines de semana. El primer fin había venido él a ayudarme con la mudanza, y al siguiente fui yo quien lo visitó, aunque la mayor parte del tiempo daba igual dónde estuviéramos, pues pasábamos la mayor parte del tiempo enclaustrados entre las sábanas “recuperando el tiempo perdido”.

Salí del supermercado con una bolsa en cada mano y balanceando el móvil aún entre mi hombro y mi mejilla.

—¿Vendrás este fin de semana?

Claro. Apenas ayer te vi y ya me siento como lobo enjaulado, princesa.

—Yo también te extraño —confesé e intenté cambiarme una de las bolsas a la otra mano para poder sujetar el aparato que comenzaba a resbalarse, pero al hacerlo no vi un pequeño desnivel en el piso y antes de darme cuenta mi tobillo se estaba contorsionando y lo único que alcancé a hacer fue emitir un grito de sorpresa antes de estamparme contra el pavimento del estacionamiento. Permanecí varios segundos allí intentando calmar el dolor punzante que se me había disparado desde el tobillo. Yo y mi fabulosa costumbre de usar tacones hasta para salir a comprar la despensa.

Tomoyo, ¿estás bien? —Eriol aún seguía en la línea y parecía haber escuchado mi grito, pero no pude más que mirar el desdichado aparato que había ido a rodar a poco más de un metro de mí. Sujeté mi pierna con fuerza y apreté los dientes soportando las punzadas. Si el dolor no bajaba, al menos tendría que poder aguantarme hasta llegar a casa.

—¿Estás bien? —una mano me acercó el celular y levanté la vista para encontrarme con un apuesto sujeto blanco como la nieve, de hermosos ojos dorados y extraños cabellos cenizos. Pese a su tono preocupado portaba una bella y contagiosa sonrisa.

—Sí, muchas gracias —acepté el teléfono y rápidamente me despedí de Eriol diciéndole que lo llamaría más tarde.

—Parece que todo se salvó. Menos mal que no compraste huevos, o sería un verdadero desastre —sólo entonces me di cuenta que había otro sujeto con él, de tez mucho más bronceada y cabellos oscuros. Éste se había ocupado recogiendo las cosas que se habían salido de las bolsas que ahora sostenía con una mano.

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—No era necesario, ¡muchas gracias!

—¿Puedes levantarte? —habló el primero. A decir verdad, eso ni yo misma lo sabía, por lo que decidí intentarlo, pero al momento de apoyar el pie sentí como si alguien me encajara un desarmador en el talón y caí nuevamente.

—Llamaré a un taxi…

—¡No, gracias, estoy bien así! —me apresuré interrumpiendo de paso al moreno y sonreí a modo de disculpa—. Perdón, quiero decir… puedo caminar a casa, sólo necesito quitarme… esto —mientras hablaba, forcejeaba para poder sacarme las botas. Sentía cómo el pie se iba inflamando rápidamente y definitivamente no podría andar más con esos tacones, a menos en uno o dos días. Los dos varones me miraron con curiosidad mientras terminaba la operación y quedaba finalmente descalza.

—¿Caminarás descalza a tu casa? —el moreno arqueó una ceja y no supe si era incredulidad lo que veía en su gesto o unas incontenibles ganas de reír. Luché por no abochornarme. Un Daidouji no se deja amedrentar tan fácilmente. Si la vida te da limones, haz limonada, me recordé.

—Sí, sólo son dos cuadras —alcé el mentón y le dediqué mi sonrisa más angelical. Esta vez frunció el ceño: no se la había esperado. Touché.

—Entonces te acompañaremos. Yo llevaré las bolsas y puedes apoyarte de Touya para poder caminar si gustas —propuso el otro con una sonrisa no menos encantadora que la anterior y el moreno lo miró como si le hubiera brotado cola de repente.

—Yuki, te recuerdo que Ryu nos está esperando para empezar a hacer la cena.

—Sólo son unas cuadras, Touya. Además, Yue está con él.

—Está bien —bufó el que respondía al nombre de “Touya” y se acercó a mí tendiéndome la mano—. Vamos a ver si puedes pararte primero.

—En verdad, no quiero molestarlos —repliqué—. Si tienen que irse, por favor…

—No es ninguna molestia —sonrió “Yuki”. Era un hombre demasiado gentil, e incluso un poco afeminado. Entonces no pude evitar preguntarme si ambos serían pareja, aunque sus caracteres eran tan similares como el agua y el aceite…

—¡Hey, espe…! —mientras yo meditaba, el moreno se había cansado de esperar y cogió mi mano, tomándome totalmente por sorpresa. Antes de darme cuenta ya estaba nuevamente de pie y trastabillé un poco tratando de encontrar el punto de apoyo menos doloroso. Previendo que pudiera caerme, “Touya” colocó la otra mano en mi cintura y al instante sentí mi cara arder. Lo peor era que no podía decirle nada: supuestamente me estaba ayudando y rogué que fuera sólo eso. Si el sujeto intentaba propasarse siquiera un poco, no dudaría en sacar el gas pimienta de mi bolso.

—¿En verdad irás descalza? Quiero ver eso —desde su muy considerable altura (que sólo entonces noté por completo) me lanzó una sonrisa torcida y socarrona y me di cuenta que aún no soltaba mi mano. ¿Creyó que me humillaría tan fácilmente? Entonces no me conocía…

—Hasta donde tengo entendido, ninguno de nosotros ha nacido con zapatos —le sonreí como una dulce reina y tomé mis botas con una mano—. De modo que, si ustedes caballeros insisten en acompañarme, mi casa queda por acá —señalé con toda naturalidad e inicié el penoso camino de vuelta a casa, descalza, coja, y rodeada del par más disparejo que hubiera podido imaginar.

Agradecí que Yukito (que así resultó llamarse “Yuki”) fuera el más elocuente, por lo que me dediqué a procurar una amena conversación con él e ignorar olímpicamente al antipático de Touya, quien por cierto no perdió ocasión para preguntar si el piso estaba frío.

Imbécil. Eran principios de abril y estaba por anochecer. El maldito piso estaba helado.

Notas de la autora: he decidido dar un buen cambio a nuestra “dulce” Tomoyo. Como verán, en esta ocasión es un poco más incisiva, y habrá momentos en los que incluso parecerá hipócrita. No es nada más que mi respuesta a una pregunta formulada alguna vez: ¿Qué pasaría si Tomoyo en realidad no fuera tan dulce y alegre como parece? ¿Y si no fuera más que una máscara? De ahí nació “Código Daidouji”. Claro, no significa que vaya a ser una bruja. Simplemente es un ser humano con altibajos, pero que siempre muestra su mejor cara al mundo. Ya veremos cuánto le dura…

Antes de que pregunten: la actualización será cada 2 semanas. Llevo ya la mitad de la historia escrita, por lo que creo que no tendré problema para actualizar. Periódicamente estaré subiendo alguno que otro dibujo con nuestros personajes a mi cuenta de DeviantArt (IsisTemptation) o en Facebook (Isis Temp), sólo por diversión, pero pueden sentirse libres de hacer sugerencias.

No olviden dejar sus comentarios; ya sean buenos o malos (para un autor no existe comentario malo mientras sea una crítica constructiva), siempre son bienvenidos y agradecidos.

¡Hasta la próxima!